Claim: Stannis Baratheon, Shireen Baratheon.
Notas: Pre-series.
Rating: T.
Género: Family
Tabla de retos: Infancia
Tema: 08. Algodón de Azúcar.


Stannis apretó los dientes, tragándose las palabras furiosas que pugnaban por salir de su boca, palabras que sin duda lo harían enfrentarse a Selyse tan temprano en la mañana. No le gustaba discutir con su mujer, porque nunca llegaban a ningún acuerdo, porque Selyse nunca olvidaba y aunque agradecía sus silencios, más que sus palabras, éstos eran compensados con miradas hoscas y recriminaciones disfrazadas. Así pues, la escuchó con atención mientras desayunaba, bastante seguro de que el desayuno de aquél día, que contenía todos sus manjares favoritos, había sido pedido expresamente por ella para engatusarlo. Comenzó a rechinar los dientes ante el pensamiento, pero aún así permaneció silencioso, escuchando.

—Quiere tenerlo, mi señor. Estoy segura de que no hará ningún daño —Selyse le lanzó una mirada a su marido por encima de la mesa, ignorando el sonido de sus lentes al rechinar. Tenía que convencerlo, después de todo, lo había prometido.

—Es muy joven para saber cuidarlo. No podemos desperdiciar a los empleados en un mugroso gato —el jamón le parecía agrio en la boca, pero no estaba seguro de si su mal humor tan temprano era la causa o las reservas del castillo comenzaban a agotarse.

—Shireen podrá, mi señor. Si es necesario yo le ayudaré —Selyse sabía de la aversión de su esposo hacia los gatos, sabía su opinión sobre ellos y que, en cierta medida, tenía razón. A ella tampoco le gustaban y sobretodo detestaba el sonido de sus maullidos a la medianoche, el canto desafinado para buscar pareja. Pero Shireen lo quería, lo quería de verdad, de otro modo seguiría molestando y Selyse no tenía tiempo que perder, no cuando estaba a punto de ser iniciada en los misterios del Señor de la Luz. No y menos por un gato.

—Ya veremos —dijo Stannis, levantándose y dejando el desayuno a medias. Prefería subir temprano a su despacho que seguir oyendo las quejas de Selyse y aunque su respuesta parecía dudosa, la decisión en realidad ya estaba tomada. No—. Un gato es demasiada responsabilidad —murmuró para sí mismo, mientras andaba por los pasillos, absorto en sus pensamientos, sabiendo que su respuesta haría llorar a su hija pequeña.

Estaba a punto de llegar a su despacho cuando pasos ligeros y rápidos se acercaron a él, seguidos por el leve y frágil maullido de un gato. Oh, Selyse y sus juegos sucios, la había enviado para que sintiera pena por ella y le dejara quedarse al animal, la había enviado porque sabía que en el fondo era débil ante su hija, de cabello negro y ojos azules, frágil pero llena de vida a pesar de la enfermedad que le había carcomido el rostro.

—¡Papá! —y para con ella, además, casi no tenía máscaras. Se dio la vuelta para encararla y la encontró vestida en sedas azules, un poco sucias pues seguro había perseguido al animal para traérselo, pero sonriente, sonriente y abrazada al gatito de pelaje blanco y puro como el invierno, que le lanzó un maullido, como retándolo a echarlo—. ¿Puedo quedarmelo? Mamá ha dicho que te preguntara.

El gatito se soltó de su agarre y correteó por el suelo, causando que su hija se riera. Mientras aguardaba su respuesta, también se puso a jugar con él, los ojos llenos de ternura, su risa llenando el castillo, casi siempre solitario y silencioso.

—¿Cómo se llama? —preguntó Stannis, sintiendo cómo su resolución se desvanecía, como los primeros rayos del sol matinal.

Shireen lo levantó en brazos antes de responder, acercándoselo a su padre, quien no logró disimular una mueca de disgusto.

—Azúcar —respondió con una sonrisa, a la que Stannis correspondió inmediatamente.

—Está bien, puedes quedártelo.

Odiaba a los gatos, pero Selyse había jugado bien sus cartas, Selyse sabía que la sonrisa de Shireen lo desarmaba, que a ella no le podía negar nada.