Disclaimer: Saint Seiya no me pertenece, todos los derechos están reservados por Masami Kurumada y la TOEI. Dionne y Aniel son propiedad de la autora Mouxe. No pueden utilizarse a menos que ella lo permita.
Juramento eterno
Capítulo 2: Dionne y Aniel
Corrió hacia él lo más rápido que pudo y se arrodillo a su lado. Lo tomó entre sus brazos y lo llamó.
— ¡Pegaso! ¡PEGASO…! —llamó con insistencia mientras lo zarandeaba levemente. La joven de mirada grisácea se veía perturbada, parecía tener… ¿miedo? — ¡Por todos los dioses, respóndeme Panthea…! —insistió en voz baja, zarandeándolo un poco más fuerte que la vez anterior.
Dejando pasar unos cuantos segundos agonizantes para la joven dama que se encontraba cubierta de sangre y algunos raspones, el muchacho de cabello castaño claro y tez clara hizo una mueca de dolor debido a la insistencia de la mujer. Esto claramente alivió y relajó la expresión de la doncella de cabellos negros. Su corazón había comenzado a desacelerar sus latidos…
—- ¿Panthea…? —preguntó con suavidad.
— A-Athena… —susurró él al abrir los ojos y posar su mirada sobre su diosa—. ¿Q-Qué ha sucedido…? —preguntó con dolor— ¿Y Po-Poseidón…?
Tratando de tranquilizarlo un poco recorre con sus delicadas manos su rostro— Tranquilo, Poseidón se ha ido… Hemos vencido —le dice con suavidad mientras varias lágrimas intentan salir de sus grises ojos.
— Hey… —susurra él mientras alza con lentitud su brazo y con su dedo índice remueve las lágrimas de la diosa que ya había escapado de sus orbes—. ¿Por qué lloras…? Has vencido… Todo terminó…
— Si pero mira a qué precio… —comenta ella al tomar rápidamente su mano y presionarla contra su cara—. He perdido a muchos valiosos guerreros, compañeros, mucha gente inocente murió en esta tonta guerra —comenzó a decir—. Mira nada más cómo estás… por mi culpa estás en este terrible estado.
Panthea, sonriendo con dificultad por el dolor, le responde— Yo no importo… finalmente estás a salvo —comienza a decir—. Estás heridas no significan nada, querida Athena —la diosa simplemente negó con la cabeza, no dejando libre la mano de su querido protegido y amor de su vida.
— ¿Cómo puedes decir eso…? —le pregunta con voz suave, como si estuviera a punto de quebrarse por el dolor que sentía— Te expuse a un gran peligro… casi mueres en esta guerra… El que estés as-…
— El que esté así no significa nada Athena —le dijo él con la firmeza que su voz le permitía emplear en ese momento—. Luché porque así lo quise. Quería proteger este planeta, el amor… la justicia, pero por sobre todo… luché porque deseaba protegerte a ti, a la mujer que amo… llevarte a la victoria aún a costa de mi vida…
Aquella declaración, a pesar de haber conmovido su corazón, también lo llenó de tristeza y dolor; el simple pensamiento de perderlo le apretujaba el corazón como jamás se lo imaginó. Por lo que, no importándole si alguien estaba cerca y lograba verlos, acercó sus labios a los del guerrero y le plantó un tierno beso con leves toques de desespero.
Los ojos del guerrero de ojos color arena se abrieron inmensamente, pero a pesar de todo se dejó llevar y permitió que su diosa hiciera lo que ella quisiera con él, correspondiendo así el gesto lo más que podía, ya que su cuerpo le dolía y no podía moverse tanto.
Pero así como inició, terminó. Ambos se miraron levemente sonrojados por lo que acababa de suceder… para después dar paso a una suave sonrisa que surcó sus labios.
— Te amo —susurró él con suavidad.
— Y yo a ti… —le respondió ella, feliz de poder estar al lado del hombre que ama a salvo, sin haberlo perdido en esta sangrienta guerra que le había arrebatado a muchos seres queridos para ella, a quienes honraría eternamente y llevaría por siempre en su corazón.
Era hora de descansar y recuperar fuerza. Hora de volver a casa… aunque eso significase separarse.
— ¡Aniel, espera! —te pedí mientras jalabas de mi brazo al correr.
Nuevamente te habías escapado del entrenamiento de caballero que tu maestro te estaba impartiendo al nada más verme cerca; me tomaste de la mano y me hiciste huir contigo, como siempre.
— ¡Aniel, ¿a dónde me llevas?! —te pregunté con curiosidad, estábamos comenzando a entrar a las ruinas de templos pequeños que rodeaban el santuario mientras buscabas perder a los soldados y tu maestro, que al ver que huías conmigo, decidieron seguirte.
Pero claro, preferiste no contestarme y sólo verme con esos hermosos ojos verdes que tenías y una sonrisa burlona. Era claro que no me dirías. Continuamos corriendo por unos cuantos minutos más hasta que finalmente llegamos a uno de los templos más alejados del santuario, de los que estaban en peor estado.
Aquel sitio era un lugar desolado, nadie venía a este tipo de lugares pues no había nada interesante, sólo eran un montón de columnas apiladas entre sí salvo una que otra que a pesar de los años había conseguido mantenerse en pie.
Pero para ti era el escondite perfecto.
Habiendo pasado varios pilares derrumbados hiciste que nos ocultáramos detrás de uno de ellos y me hiciste seña con la mano de que guardara silencia. Intuyo que también buscabas que ocultara mi cosmos así como el tuyo, por lo que lo hice al instante.
Vimos pasar a unos cuantos soldados buscándonos como locos pero no vimos a tu maestro. Quizá decidió esperar afuera del templo, al ser un caballero plateado no podía desobedecer fácilmente las reglas, por lo que era probable que esa fuera la razón de que los guardias estuvieran ahí y no él. Aniel, por eso admiro a tu maestro, es recto… fiel, amable, un poco estricto como todos pero… una persona cariñosa y sincera.
Pero al ser tan estricto con las reglas le era difícil ubicarte rápidamente cuando ocultabas tu cosmos.
— Aniel… —intenté hablarte, pero me interrumpiste rápidamente, cubriéndome la boca.
— Aguarda un poco más —me dices mientras ves por sobre tu hombro, esperando a que los guardias terminaran de alejarse de nosotros mientras me mantenías presa entre tus brazos… aquellos en los que siempre me he sentido segura y feliz.
El silencio reina durante unos cuantos minutos más entre nosotros hasta que finalmente veo que tus facciones se suavizan y tú agarre también. Posas tu mirada sobre la mía y me sonríes confiado antes de alejarte y ponerte de pie.
— Listo, ya se fueron —me dices, ofreciéndome tu mano para que me levantara.
Con una leve sonrisa niego con la cabeza tu actitud y tomo tu mano sin dudar— Incorregible como siempre. Otra vez escapándote de tus entrenamientos Aniel —te digo con gracia, no era la primera vez esa semana que te le escapas a tu maestro.
— Bah, no pasa nada, hemos entrenado todo el día, un leve descanso no le hace daño a nadie —me dices mientras te acercas a uno de los pilares que están un poco más lejos.
Siguiendo tus pasos me giro y te digo— Pero a este paso no conseguirás ser un caballero —te digo con una mezcla entre preocupación y gracia, comenzando a acercarme a ti.
— ¡No tienes por qué preocuparte por eso, Dionne! —me dices una vez que te giras hacia mí de nueva cuenta, mostrando como siempre esa sonrisa confiada que tan bien te queda—. Seré un caballero, tengo que serlo… Si quiero protegerte he de lograr alcanzar esa armadura de bronce —me dices con decisión, en esta ocasión no había dejos de travesura e inocencia en tu mirar, a pesar de no mostrar seriedad extrema, lo estabas diciendo en serio… esto no era un juego para ti a pesar de todo—. Juro que lo lograré…
Te sonrío dulcemente. Ese espíritu inquebrantable que tienes es otra de las cosas que me gustan de ti Aniel, eres decidido, no dudas ni un solo instante. Jamás en mi vida he visto en tus ojos duda o preocupación. Siempre me has mostrado que eres alguien que confía en él como nadie, que sabe que puede alcanzar todo lo que se proponga.
Incluso lo que se supone no debería…
Me acerco más a ti y me permito pasar mis brazos alrededor de tu torso, encerrándote en un delicado abrazo que desde hacía días quería darte. Me he sentido sola esta última semana; como has estado entrenando arduamente no hemos tenido tiempo de vernos…
Pero no me importa, con tal de que consigas la armadura de bronce y estés protegido para la… inminente batalla que se avecina, puedo soportar estar sola varios días. Es por tu bien, lo sé… y como Athena deseo que obtengas ese ropaje celestial para que me acompañes a luchar por la justicia y el amor de este planeta…
Sin embargo, como Dionne… lo que más deseo es que obtengas esa armadura… para que tu preciada vida esté protegida. Jamás me permitiría el siquiera perderte.
— Asegúrate de conseguirlo… —te susurro mientras apoyo más mi cabeza sobre tu pecho, queriendo sentir al máximo tu calor.
Más a pesar de que antes te sentí un poco tenso, ahora puedo percibir como te relajas y me envuelves entre tus brazos con delicadeza. Me gusta… amo estar así.
Apoyas tu cabeza sobre la mía y me dices suavemente— Te lo prometo —me dices—. Conseguiré la armadura cuésteme lo que me cueste para así poder protegerte y luchar a tu lado cuando sea necesario —me dices antes de tomarme por los hombros y alejarme un poco de tu cuerpo para que nuestras orbes se mezclen.
Dirijo mi mano hacia tu mejilla derecha y la acaricio con dulzura— Lo único que yo quiero es… que tu vida esté protegida… No me perdonaría el que algo malo te pase Aniel… —te susurro. Debido a la cercanía estaba comenzando a ponerme nerviosa.
Tomas mi mano con la tuya y tardas en responderme, tu mirada me dice que estás ansioso, pareces… ¿nervioso? Extraño, pensé que sólo yo me ponía así. Después de unos segundos me sonríes cálidamente.
— Descuida Dionne… ni siquiera la muerte podría alejarme de ti… —me susurras con suavidad a la vez que sueltas mi mano y posas tu mano sobre mi rostro.
Nuestras miradas se mezclan la una con la otra y nos llevan a un mundo en el que sólo existimos tú y yo. Con anhelo cierro mis ojos y permito que rompas la distancia que hay entre nuestros rostros para poder sentir la suavidad de tus labios sobre los míos, saborear aquel néctar que sólo tus belfos son capaces de proveerme.
Había esperado este contacto desde hacía varios meses, ya que nos habíamos abstenido de demostrarnos este inmenso amor que nos tenemos por medio de un beso gracias a la intromisión de un pretensioso Dios que está tras de mi desde la era del mito.
Ares.
Furioso juró destruir la Tierra, pero por sobre todo a Anniel… ya que no podía concebir la idea de que yo, como Diosa, prefiriera a un humano por sobre una deidad tan "varonil" como él.
Pero ahora ya no tiene caso resistirme a lo que mi corazón me dicta, Ares atacará tarde o temprano… eso, ni siquiera alejándome del hombre que amo, lo remediaría. Si él no ha atacado aún, es porque está esperando el momento propicio, el momento en que las estrellas decreten que es hora de luchar y que aseguren su victoria.
Aniel sabe que una batalla se avecina, y es por eso que me asegura que conseguirá la armadura de bronce que le corresponde, pero desconoce quién es ese pretencioso Dios que nos asecha y por qué de pronto le negué muchas veces besarme…
Más todo es inútil ahora, y es por eso que me permito sentir de nuevo sus labios contra los míos y sus fuertes brazos apretándome contra él, ellos, en los que me sentía segura y protegida desde siempre, desde que lo conocí. Siempre ha sido así, esta sensación de protección y amor entre los dos, no sólo desde que soy Dionne y él Aniel…
… sino desde que eramos Athena y Panthea, nuestras vidas pasadas. Hicimos un juramento eterno de siempre estar juntos, de superar la barrera del tiempo y amarnos intensamente a pesar de estar prohibido.
Finalmente nos permitimos separarnos y retomar el aliento que nuestros pulmones exigía desde hacía unos cuantos segundos atrás. Nos miramos, y nos sonreímos tiernamente.
— Extrañaba tenerte así… —susurraste con calidez.
Ese tipo de declaraciones siempre logran sacarme un fuerte sonrojo en mis mejillas que regularmente intento esconder, pero esta vez no me molesté en hacerlo— Fue tu premio por esforzarte tanto esta semana —te digo con una sonrisa.
Riendo levemente, me respondes— Entonces me esforzaré más en los entrenamientos para recibir más de estos premios —y como siempre terminas sacándome una pequeña risa.
— Tendrás que esforzarte al 100% y conseguir esa armadura de bronce si quieres obtenerlo… No va a ser tan fácil —te digo con firmeza.
— Lo sé. Pero ya me preocuparé de eso después… —y tus labios vuelven a atacar los míos con suavidad, aprovechando mi distracción causada por tus ojos. Pero no hago el esfuerzo por alejarte y me dejo llevar por la sensación…
Soy Athena, y no es correcto, mi amor debe ser para todos mis guerreros… y eso lo sabemos. Pero como mujer… como Dionne, no puede haber situación más correcta y justa para mi corazón y para la del hombre que ha elegido desde la era del mito.
Suki: Bueno, finalmente puedo subir la continuación jaja. Espero que les haya gustado este pequeño shot de Dionne y Aniel, las encarnaciones que le siguen a Athena y Panthea. Ambos tienen 16 años, y la guerra que tendrán viene a cargo de Ares, según los registros.
Vamos a ver qué tal siguen las elaboraciones, diseño y dejar en claro las historias, de las siguientes encarnaciones junto con Mouxe y Pao, mis nuevas compinches. ¡Ahora sí, nos vemos!
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Suki90, presentó.
Y tú, ¿has sentido el poder del cosmos?
