Se supone que debería estar durmiendo para descansar para mis pruebas de la Universidad pero nope, aquí esta Abaddon. Gracias por sus lecturas c:
Disclaimer: Los personajes de Fate no me pertenecen
Advertencias: Semi UA, Oc, y posible Ooc
Raiting: K
Eres bienvenido a disfrutar de la lectura, si te ha gustado no dudes en dejar tu comentario, eso me ayudaría mucho.
Abaddon Dewitt
No podría volver a ser un ángel…
La inocencia una vez perdida, no se vuelve a recuperar.
Neil Gaiman
Cuando eres niño, lo único que deseas es jugar, lo único que deseas es ir a la cama con la barriga llena de la empalagosa tarta de duraznos y té de jazmines, cuando eres niño el mundo es de vivos colores, pero desgraciadamente, aquello solo se aplicaba a los niños afuera del palacio. Gilgamesh permanecía encerrado, las largas sesiones de lectura lo estresaban, y a su edad, no era sano; más bien ¡Para nadie era sano leer tanto!, pero la respuesta siempre era la misma «Dumuzid ha enfermado y tú heredaras el trono». Aquello alegaría a cualquiera que no viviera dentro de esas asfixiantes paredes, oscuras y gruesas. Gilgamesh suspiró por décima u onceava vez, ya había perdido la cuenta. Tamborileó los dedos sobre la mesa mientras observaba el crepitar de una vela, afuera el clima era espectacular, perfecto para darse un baño el las aguas del Eufrates, pero no, estaba ahí mientras su maestro roncaba en la silla del costado.
—Gilgamesh —alguien lo llamó—, Gilgamesh —reitero la voz y el príncipe levanto el rostro.
Luana era el hijo de una cocinera al servicio del sacerdote Lillah, un pequeño un año mayor a Gilgamesh, moreno de cabello negro y ojos avellana, tenía trece años, había congeniado perfectamente con el rubio, tal vez porque era de la reducida cantidad de infantes que habitaban el palacio. Luana había aliviado en parte la depresión y el carácter de Gilgamesh luego de la pérdida de Kandra, aun que la tristeza aún se notaba en sus intensos ojos.
Gilgamesh miró dubitativo, su cuerpo ansiaba levantarse de la incomoda silla y salir, pero su mente le advertía que, Lillah seguramente enfurecería y su castigo sería uno de esos que tanto odiaba. Cuando fuera rey, su primer decreto sería abolir los castigos. Luana silbo suavemente y al final, Gilgamesh accedió a la petición del castaño. Con paso escurridizo se escabullo hasta la ventana, poco importaba si eran tres metros de pared los que debía bajar con cuidado, además de esquivar a los guardias, la adrenalina que corría por su cuerpo cada vez que se aventuraba más allá de las puertas que lo encerraban, lo merecía.
—¿A dónde vamos? —la voz le estaba comenzando a engrosar pero guardaba ese vestigio infantil y tierno de tiempo atrás—. Me dijeron que hoy alimentan a los leones.
Si algo le fascinaba a Gilgamesh, más que los espectaculares escenarios fuera del pueblo, eso eran los leones en cautiverio de su «Padre», aquellas fieras místicas e imponentes le causaban una sensación de poder e invulnerabilidad. Luana meditó, si bien era un aventurero, el hecho de mencionar «Leones» y «alimentar» en una sola oración no era exactamente algo en lo que pensara como buena idea para entretenerse, pero al final, Gilgamesh siempre terminaba ganando, era el líder absoluto entre los niños. Asintió no muy convencido, Gilgamesh sonrió satisfecho.
—La próxima yo elijo —habló Luana.
—Si. Como quieras —, aun qué Gilgamesh supiera que eso era falso porque él terminaba decidiendo que jugar y cuando jugar.
No existía malicia en él, pero así era su naturaleza, reacia y dominante, pero siempre su buen corazón terminaba por ceder, sobre todo ante las miradas suaves de la cocinera, que ahora era todo lo que le quedaba en ese lugar sombrío, y por supuesto Luana y…
—¡Gil! —vociferó una voz delgada y femenina—. ¿Por qué no me esperaron?
Ilkur, esa voz era la de Ilkur. Ella era hija de un mercader y una de las mozas del palacio, ínfima amiga del par y la menor de los tres, once años, pero aún así era más temeraria y necia que el mismo Gilgamesh, cosa que incomodaba al pequeño príncipe. Detestaba todo de ella, su cabello negro, sus ojos grises y su voz chillona igual a la de las fastidiosas gallinas que lo despertaban todas las mañanas. Gilgamesh torció el gesto, y la miró de soslayo.
—Porque iremos a ver como alimentan a los leones, y las niñas son demasiado cobardes para eso —contestó con soberbia el rubio.
—¡Eres un idiota! —frunció los labios con indignación mientras Luana ahogaba las risas.
—¡Dejen de discutir y vamos antes de que no podamos ver nada! —al fin los hizo entrar en razón y Gilgamesh fue el primero en salir corriendo a donde las jaulas.
Corrieron entre guardias y criadas, las risas en ese lugar era algo de lo que solo podía gozarse cuando Lillah no estaba, afortunadamente para los críos, el sacerdote había partido al palacio real de Uruk. Asuntos de política que por el momento, poco le importaban a Gilgamesh.
Finalmente llegaron, subieron hasta el techo de una de las torres que flanqueaba las jaulas de los animales, y desde ahí, contemplaron como los imponentes felinos salían aún con modorra de sus cuevas, un macho y cuatro hembras en una de las secciones, en la otra, un macho y dos hembras. Gilgamesh había estudiado mucho sobre las fieras, luego de que los viera por primera vez, Kandra ya le había hablado de ellos, el León era el rey de la selva, era majestuoso, pero sobre todo, libre y fiero, ganaba todas sus batallas y jamás se rendía, el León solo moría cuando había un contendiente más fuerte que él o cuando era viejo, con dignidad y cicatrices de guerra que mostraban que jamás daba la espalda al enemigo. El niño admiraba tanto al depredador, el emperador de los depredadores.
Sus escarlatas brillaron cuando el rugido del macho resonó con potencia, Luana e Ilkur se encogieron como gacelas.
—No sé cómo puede gustarte eso Gilgamesh, —se quejó Ilkur y él no respondió, únicamente chasqueó la lengua.
—Es obvio, porque Gil va a ser un rey, y el león es un rey —argumentó Luana.
Si, Gilgamesh sería un rey, pero a diferencia del León, él no sería libre, al menos no entre tantas personas estrictas y desabridas que lo rodeaban desde que salía el sol hasta que se metía.
—… Bueno ya vámonos —Gilgamesh se preparó para bajar de la azotea.
Ilkur estaba por seguirle, cuando algo se desprendió de su muñeca, una pequeña pulsera de cristales y listones, la niña intento tomarla pero Luana la jaló con fuerza del brazo.
—¡¿Es qué estas loca?! —le gritó sin clemencia—. ¡Idiota, es la jaula de los leones, deja esa estúpida pulsera!
Ilkur abrió los ojos consternada, pasando de la sorpresa al enojo, Gilgamesh solo observó de soslayo, y se mordió el labio inferior, aquello había sido imprudente, si, pero si mal no recordaba, aquel objeto sin «valor» había sido un regalo de su abuela, una reliquia que había pasado por las mujeres de su familia, y no había nada más importante para los habitantes de Uruk, que la familia. Se mantuvo en silencio, Ilkur apretó los puños antes de darle un último vistazo al tesoro perdido.
—Solo es una pulsera —Gilgamesh suspiró mientras se quitaba el brazalete de oro de su brazo —Anda, toma, sé que no tiene el mismo valor sentimental, pero… como el señor de este palacio, después de Lillah claro, es mi responsabilidad pagar tu perdida dentro de mis terrenos.
Ilkur no dijo nada ni acepto el brazalete, simplemente bajo del techo como un gato en apuros y comenzó a correr mientras se restregaba los ojos con los puños, los dos niños guardaron silencio durante el camino de regreso.
La hora del almuerzo fue silenciosa, Urur, la cocinera, miró a ambos muchachos con expresión interrogante, ninguno se atrevió a contestar, el carácter de la mujer era bastante fuerte en cuanto a su modo brusco de jugar, decirle que habían hecho llorar a Ilkur, implicaba quedarse sin postre por varias semanas, y eso era peor castigo que sentarse a estudiar, por lo menos desde la percepción de Gilgamesh.
—Y bien ¿Alguien va a decirme o tengo que recurrir a otros métodos? —con cucharón en mano Urur amenazó —. Contare hasta tres… uno… —ambos niños se miraron uno a otro—. Dos…
—Hicimos llorar a Ilkur —soltó de golpe Luana mientras Gilgamesh expresaba su sorpresa y a la vez molestia.
—Luana imbécil —Gilgamesh se levanto consternado —. Tú la hiciste llorar a mi no me metas en tus problemas.
Urur jaló con fuerza la oreja de Luana que soltó un chillido, y Gilgamesh sonrió satisfecho, justicia divina, sin embargo, él no se salvo del mismo castigo.
—¿Por qué a mi? —se quejó indignado— Yo no tuve nada que ver.
—Pero no me dijiste nada —dijo Urur para luego soltarles las orejas ahora enrojecidas.
Luana se sobó la parte afectada mientras algunas lágrimas amenazaban con salir, Gilgamesh contrario a ello soportó el dolor y suspiró resignado, nunca nadíe lo vería llorar ni doblegarse, lección aprendida después de la muerte de Kandra… Kandra, la extrañaba tanto, seguramente ella hubiera hecho lo mismo, ella lo educo para siempre ser honesto, aun que eso trajera consecuencias, pero él debía afrontarlas con honor y dignidad «Jamás le des la espalda a la realidad». Gilgamesh se levantó de su lugar y se inclino ligeramente ante Urur.
—Lo siento… —musitó, Urur sonrió enternecida, Gilgamesh podía ser un poco déspota a veces, e incluso soberbio, pero no había dudas de que a pesar de estar magullado, su corazón aún palpitaba con la inocencia de un niño.
—Hoy tendrás tu pedazo de torta —asintió la cocinera y Gilgamesh sonrió satisfecho, Luana frunció las cejas y se cruzó de brazos—. Y tú muchachito, vas a lavar a todos los caballos, así que si fuera tú, ya comenzaría ¡Anda!
Tomando la escoba del rincón, Urur comenzó a correr a Luana, el niño bufo algunos improperios por lo bajo mientras se despedía de Gilgamesh. El rubio saco la lengua en señal de victoria, y el moreno gimió molesto.
La noche cayó serena y tibia, la cena había estado deliciosa, sobre todo la parte en la que Luana se quejaba porque su trozo de pastel había sido degustado por Gilgamesh, sin embargo, Ilkur no se encontraba con ellos, cosa que no le hubiera importado a él, de no ser porque la había visto llorar, o eso intuyo, ¡Odiaba tener que sentirse preocupado por ella!, ciertamente el remordimiento lo carcomía. Se levantó de la cama y se coloco una tunica encima, era verano, las noches eran calidas, así que no necesitaba cubrirse tanto, se asomó por la puerta esperando no encontrar a nadie.
—Príncipe… —el corazón se le detuvo al escuchar una voz familiar—. ¿Qué hace despierto a esta hora?.
Yggar era un anciano de carácter suave y sabiduría pulida con los años, encorvado de cabello y barba blanca, tanto como la luna, ojos hundidos por las arrugas y casi ciego, aún así su oído permanecía intacto y claramente muy agudo, la mano derecha de Lillah. Gilgamesh suspiró derrotado, el anciano era un maestro en el arte de la labia, discutir con él terminaría con Gilgamesh haciendo algo que no quería como ir a dormir o estudiar con él en la biblioteca.
—No tengo sueño —aun qué sabía que eso era mentira, fue lo primero que llegó a su cabeza.
—Ya veo ¿Hay algo que lo perturbe? —el niño negó, Yggar se rasco la barba—. Bueno, cuando la gente no concilia el sueño es que algo los perturba, su alma no esta en paz.
—… —se mordió el labio inferior—. Podemos decir que… el idiota de Luana lastimo a alguien que no me agrada, pero, aun que no me agrada me hizo sentir mal —bufó, Yggar era un hombre mayor que sabía muchas cosas desconocidas para Gilgamesh, seguramente él podía ayudarlo… o eso pensó—. ¡De verdad! La detesto, es una niña tonta, parece un hombre, y se queja de todo —gruño molesto—. Además me enoja que tenga un cabello tan largo y lindo —sus mejillas se tornaron rojas e Yggar soltó una risa junto a la tos típica de su edad.
—Eso es amor joven príncipe —le contestó sin tapujos y Gilgamesh se horrorizo.
—¡No! —exclamó furibundo y al borde de la histeria, esa niña que parecía más bien un animal salvaje no podía ser motivo de «amor»… bueno tal vez para sus padres, pero no para él.
Yggar colocó su mano sobre el hombro de Gilgamesh y lo fue conduciendo por los pasillos hasta llegar a una de las terrazas, hablar en compañía del cielo desnudo y la brisa calida era mucho mejor, además de no contar con los oídos inoportunos de alguna moza en vela.
—Bueno joven príncipe… a veces, el amor puede ser interpretado de muchas maneras, usted aún es muy joven—, cada vez Gilgamesh entendía menos.
—No entiendo… —mencionó con frustración, Gilgamesh odiaba sentir y no saber interpretarlo.
—Es decir, a usted le molesta la presencia de Ilkur porque no sabe interpretar las sensaciones que le provoca cuando esta cerca —, Gilgamesh medito sus palabras, era verdad, se sentía extraño cada vez que la tenia cerca. Pero… un momento ¡Él jamás había mencionado el nombre de ella!
—¡No, no es ella!… bueno… —estaba perdido, más que perdido, Yggar volvió a reír.
—Cuando sea rey, prohibiré que te rías de mi —se cruzó de brazos y frunció los labios, Yggar deposito su mano sobre la cabecita dorada.
—Cuando seas rey, necesitaras una reina —, suspiró—. Oh casi lo olvidaba ¡Por todos los dioses! Se suponía que te venía a buscar porque Lillah te busca, esta cabeza mía cada vez más olvidadiza.
Gilgamesh carcajeó ante el drama exagerado del anciano, sin embargo, saber que su padre lo buscaba a esas horas era algo demasiado desabrido, su risa cayó cuando los guardias llegaron, era momento de ir a donde ese hombre.
Cuando estuvo frente a él, solo pudo escuchar el crepitar de las antorchas, esa sala era el lugar que menos le gustaba, tan oscuro, tan deprimente, Lillah le miró con cierto desprecio, y a su vez con fingido interés.
—Su majestad Dumuzid esta muerto —sus palabras fueron como una premoción, las piernas de Gilgamesh tremolaron justamente como la noche en que había muerto Kandra, y el corazón se le ahueco nuevamente—. Y es por decreto de los dioses que tú Gilgamesh, asciendas al trono de Babilonia, gobernando desde la ciudad de Uruk.
Palabras crudas, despreciables, con un tono adusto y lleno de rabia, para Gilgamesh, aquello más que un honor era un desagradable golpe con la realidad. Sobre todo porque, no volvería a ver a Luana, ni a Urur… Ilkur… se quedo en silencio ¿Qué expresar? Las palabras sencillamente no lograban salir de su garganta, se atoraban mientras la severa mirada de Lillah lo constreñía como una serpiente.
Cuando alcanzó el valor, al apretar los puños y plantarse con orgullo, un guardia entró agitado, Lillah exigió con la mirada la respuesta a tal interrupción abrupta. Sus palabras fueron todo, Gilgamesh solo atino a tragarse el orgullo pero sobre todo una vez más, las lagrimas.
—Mi señor, dos niños en la jaula de los leones…
