Ejem, bien, se que me he tardado mogollón en subir el cap que en teoroa tenia que subir la otra semana peeero aqui estaaa. Espero que no este demasiado mal jeje.
Veamos... Toca el...
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Suspiró, cansado de seguir insistiendo a aquel muchacho para que saliera de esa maldita cama. Era por esas cosas por las cuales detestaba los chiquillos y nunca le habia agradado cuidar de ellos.
Aunque sinceramente, en el fondo le daba lástima ver a ese enérgico chico de aquella manera decaida. Era consciente de que aquel muchacho era uno de sus mejores amigos y aquella muerte era muy poco deseosa, en su opinión, una de las peores que alguien pudiera tener, y él lo sabía demasiado bien.
—¿Podrías levantarte de una maldita vez? —intentó nuevamente, tratando de transmitir su habitual despreocupación—. Me pones enfermo estando así.
No obtuvo más respuesta que un ligero sonido que tomó por una especie de negación por parte del chico.
Cansado de tanta insistencia y ningún resultado, cogió la manta en la que se cobijaba el muchacho cual niño de cinco años y le destapó. Descubrió que no sólo parecía no dormir pese a estar en la cama por cuatro días seguidos, sino que estaba más que hambriento y todo le indicaba que necesitaba un buen baño. Y ni hablemos de que se veía como si hubiera pasado un año en el Sahara, por como la falta de agua le afectaba.
Todo ello, sumado a su pelo de por sí blanco, hacia que en vez de verse como un chico en plena adolescencia, fuera un anciano inválido al que no habían atendido en un mes.
—Escuchame bien, estúpido aprendiz —empezó, tratando de no pegarle un buen puñetazo que seguramente le deformaría la cara de por vida—. Te vas a levantar de esa maldita cama y te vas a dar una buena ducha —ordenó—. Y luego vas a trabajar como una mula para pagar todas y cada una de las deudas que se te han acumulado en estos cuatro días —declaró, sin admitir réplica—. ¿Me he explicado bien?
El muchacho lo miró con desdén. Asintió con un ligero movimiento y cerró los ojos, durmiéndose prácticamente al instante.
—¡Pero no te duermas, idiota!
Cross Marian cerró los puños, apretandolos con fuerza. Las ganas de ahorcar a ese jovenzuelo se hacían incontrolables y no sabía como se autocontrolaba.
Agitó bastantes veces el cuerpo del chico, pero era como mover una pared. No se despertaba, ni lo haría aunque le dijese que era el fin del mundo.
Suspiró nuevamente. Definitivamente, detestaba a los chiquillos aprendices estúpidos con pelo blanco.
