Pellejo
Transparente era el vaso que yacía en su recámara, lleno de agua, y junto a aquello sus medicinas rutinarias contenidas en un pastillero. Esta vista era lo primero que obtenía del día, al principio de todo era lo menos alentador con lo que podía despertar, pero después se acostumbró, era algo ya normal con que lidiar. Mientras las sábanas cubrían encima de su nariz dejando escapar únicamente su alborotado cabello, su pereza aún lo tenía agarrado a la cama, lo cual respondía solo moviéndose de un lado a otro, deseando que el tiempo se detuviera un par de horas para seguir durmiendo. Su alarma del celular todavía no sonaba, pero ya presentía el molesto sonido a punto de irrumpir en su habitación, lo cual lo hizo concentrar todas sus fuerzas solamente para agarrar el teléfono y desactivar la alarma antes de. Faltaban dos minutos para las nueve, justo a tiempo, pensó él. Empezó a estirar sus extremidades de apoco para ya hacerse el ánimo de que tenía que levantarse ya, pero las sábanas eran tan agradables a esa hora que tarea fácil no era. Ya despejando su cara de las mantas se dispuso a bostezar ruidosamente. Agarró los pliegues y los quitó de su cuerpo de un tirón.
- Que flojera… - dijo desganado. Se sentó en su cama y dispuso a tomar sus medicinas, a veces pensaba que a lo mejor ya no las necesitaba, pero era mejor no arriesgarse, ir al médico no es nada agradable y menos barato.
Día Lunes por la mañana, el comienzo de la semana empezaba con rascadas en la axila y una ducha tibia. Iba a haber una temperatura agradable, por lo tanto no tenía que abrigarse demasiado, total iba a ir al gimnasio y después al médico, un viaje corto. Tampoco iba a tomar desayuno, ya que a veces lo mareaba un poco al camino al gimnasio, por lo que prefirió guardar ganas para el almuerzo, según él. Ya dando las nueve y media, el muchacho empezó a vestirse. Se dirigió a su habitación ya que allí había un espejo de cuerpo completo y por supuesto sus cajones de ropa. Para empezar su examinación diaria comenzó con sus piernas cortas, pero de apariencia saludable, un poco lampiñas, mientras en su entrepierna veía sus testículos, los muchachos, iguales que siempre, después subió la vista por su abdomen, marcado como el de un deportista, al igual que su pecho que mostraba ver sus clavículas agudas y pálidas, de ahí su cuello hasta llegar hasta su rostro que contenían unos ojos plácidos, que hurgueteaban su objetivo; la pregunta y la respuesta, que contenía su mente que jugaba a olvidar dolores, o mejor dicho a ocultarlos del ojo ajeno a su vida, con todo esto el proceso iba a terminar con una última vista a su cabello anaranjado y alborotado, que pedía a gritos un peine. Estaba todo igual ¿Pero si realmente estaba todo tan bien puesto como siempre, porque sentía que este último tiempo había sido tan caótico, tan triste? ¿Qué había de extraño en él? ¿O fue un sueño simplemente? ¿O tal vez todo lo que pasó fue un mero sueño? Él sabía que su respuesta se encontraba en el hemisferio derecho de su cuerpo. Sus ojos se fijaron ya acostumbrados en aquella extremidad que era parte de su carne o mejor dicho la carne que no estaba. Le faltaba su brazo derecho, pero en su lugar había un muñón un poco más corto que la altura normal donde se encontraba su supuesto codo. Shoyo Hinata, era manco producto de un accidente que también pudo costarle la vida, pero solo se llevó su brazo
- Hoy también será un buen día – dijo para sí, olvidando sus previas observaciones. Acto seguido agarró sus calzoncillos.
Un buzo deportivo y una polera, además de unos tenis y sus llaves, pero lo más importante, era su prótesis, ya que aún le costaba hacer ejercicio sin ella, sobre todo por el tema de las pesas. A pesar que el doctor siempre le decía que no hiciera ejercicio excesivo, para Hinata aquello era bastante injusto, a pesar que a veces le resultara doloroso, pero era uno de los pocos momentos que no se sentía como un maldito desvalido. El peor sentimiento que podría tener era de llegar a ser inútil y de no poder valerse por sí mismo; el dolor física no se comparaba con aquello.
Salió de su apartamento, cerró con llave y empezó a trotar camino a su gimnasio. Su día empezaba casi siempre igual, un poco de ejercicio en la mañana, sus clases de la universidad, ir a los entrenamientos especiales, comprar algo en la tienda de la esquina, volver a casa y de ahí dormir hasta el otro día. Por supuesto, a veces salía con sus conocidos, pero eso se daba una vez al mes, con suerte, y no porque no le invitaran, sino porque él no aceptaba. Después del accidente todo fue un cambio radical en su vida, dentro de su círculo social, del familiar, de sus estudios y hasta su modo de ver la vida fue fuertemente afectada, además que las circunstancias hicieron un pequeño hueco en su corazón que se llenaba con ocupaciones y entretenciones que no lo vaciaran aún más.
- ¡Hinata! – Lo saludo un chico más alto que él, con la cabeza rapada y ojos agudos - ¿Hoy también vienes a entrenar?¿Acaso los enanos no se cansan?
- Hola, Tanaka – reía Hinata al escuchar aquel apodo – Pero si tengo que estar en forma, hace poco empezó la preselección para el equipo, así que no quiero decepcionar.
- ¡Sí, eso supe! Me alegro por ti – le palmó su espalda en signo de felicitación – Pero tampoco es la idea matarte antes de jugar.
Tanaka, que también estaba entrando al gimnasio, lo había conocido en el equipo de volleyball de la universidad, era uno de sus superiores, pero por el tema del accidente ya no podría participar ahí, pero hace poco se había formado otro equipo de la misma universidad, pero para personas discapacitadas, lo cual Hinata quería incluirse de inmediato. Mientras seguían charlando sobre la vida, ejercitaban y sudaban como se debía. Su superior de alguna forma aún no se acostumbraba mucho a la prótesis que tenía que usar Hinata, era de color blanco y con partes de metal, lo cual sin querer a veces se le quedaba mirando, además que había un tema que quería conversar Tanaka que lo tenía con cierta incertidumbre.
- Oye y… - intentó ser lo más casual posible, mientras hacían mancuernas - ¿Al final que pasó con lo de Kageyama? – El más pequeño se quedó callado un largo rato mirando hacia la nada, mientras seguía sus ejercicios – Osea… es solo curiosidad, no quiero molest- De repente fue interrumpido.
- Nada, pues terminamos – dijo secamente y continuo – Ya hace seis meses – dio una pequeña pausa para dejar las mancuernas en el piso – Lo veo de repente en la universidad, se ve que está bien, ya que no hablamos – Su tono de voz no se notaba triste ni feliz, era como escuchar una gotera.
- Pero, Hinata – habló el otro - ¿Tú estás bien?
¿Bien? Pues, él ya no lloraba, ya no le afectaba tanto verlo, ya no le molestaba hablar de ello, ya no necesitaba perdonar ni pedir perdón, pero no sabía si aquello era exactamente estar bien, ya que fue una relación bastante profunda, eso tenía que admitirlo, pero tampoco podía quedarse en el pasado con un sabor amargo todo el tiempo y quejarse de la existencia de la gente y del amor. Aprendió que hay pequeñas cosas que hacen la diferencia y una de ellas fue su accidente que por supuesto marcó un giro en su vida totalmente, pero también en la vida que supuestamente estaba llevando con Tobio. No sabe si fue para mejor o para peor, pero al menos ahora podía vivir con todo lo que había pasado entremedio. De alguna forma no culpa a nadie, solo pasó y pasó.
- Sí, estoy bien.
¿Cierto?
