La pintura de los tallos de lirios parecía brillar fuertemente a la luz de las velas que se habían encendido en aquella cripta en la que se celebraban las reuniones secretas de aquella organización. Cada uno de ellos tenía algo diferente en su apariencia aunque si le hubiesen preguntado a alguien común no habría sabido expresar la diferencia. La diferencia no estaba en sus cicatrices, parches o prótesis robóticas que sustituían brazos y piernas, se hallaba en su mirada, una mirada tan fría y sin emociones que podría hacer retroceder hasta al más valiente. Los murmullos cesaron al instante en que un hombre ataviado con un hábito que tapaba su cabeza se colocó en lo alto de una especie de tarima natural que se había formado en aquel lugar.
― Nuestro tiempo de estar en las sombras ha llegado a su fin ― exclamó con una voz primitiva y gutural aquel hombre mientras se destapaba la cara para rebelar una apariencia que antaño pudo haber sido atractiva pero que ahora no era más que un montón de cicatrices que deformaban hasta lo que parecía el límite ―. Por primera vez en mucho tiempo volveremos al mundo y haremos que esas primitivas criaturas aprendan a temernos. Estamos en lo más alto de la cadena evolutiva. Somos lo mejor que le ha sucedido a éste mundo. ¿Quiénes somos?
― ¡Beta humanos!― contestaron todos los presentes al unísono haciendo vibrar las paredes.
― Y ahora ― exclamó el líder con una sonrisa tétrica―... Que empiecen los fuegos artificiales.
Pieter Janssen caminaba casi inconscientemente hacia la UvA o University of Amsterdam mientras jugueteaba de forma casi infantil con aquel regalo que acababan de darle. Con tan sólo 18 años estaba a punto de conseguir su doctorado en neurobiología con una nota tan excelente que desde hacía años le habían confirmado un empleo bastante lucrativo. Sin embargo, detrás de aquella sonrisa de ilusión se abría paso una sensación de inquietud que no conseguía explicar. Tras unos minutos de cavilar sobre eso decidió que no era nada importante y sin notarlo sus pensamientos se desviaron hacia aquel que le había enviado aquel presente desde América.
Habían pasado años desde que había visto a Gabriel. Su amigo había nacido en Italia un año antes que él. Sus padres se habían divorciado cuando sólo tenía tres años y tras mucho pelear en los juzgados su padre había conseguido la custodia y para alejarse de todo decidió mudarse a la hermosa y antiquísima ciudad de Ámsterdam. Pieter y Gabriel se encontraron con cinco años en un parque infantil y desde ese día se convirtieron en amigos inseparables. Años después, aquel hombre que tanto lucho por su hijo murió en un accidente de tránsito cuando un conductor ebrio impactó su auto acabando con su vida al instante. Al día siguiente la madre de Gabriel, una mujer que usando su cuerpo como arma había seducido y estafado a muchos hombres de dinero, se llevaba a su hijo a América prometiendo que aquel pequeño nunca volvería a ver a nadie de aquel pasado vivido con su padre.
Apenas habían restablecido contacto un año atrás cuando Gabriel había cumplido 18 años y heredado toda la fortuna de su padre. Pese a lo cercanos que se habían vuelto de nuevo, aún no habían podido encontrarse en persona. Pieter estudiaba día y noche casi sin parar y su amigo se encargaba de la fundación filantrópica de su padre.
Cuando el zumbido llegó a sus oídos la bomba ya caía directamente hacía él. El mundo se ralentizó y todo a su alrededor desapareció. Solo eran él y aquel artefacto que de un instante a otro explotaría acabando con su vida. Aunque le costara admitirlo, temía morir. Pero el destino ya estaba escrito y era inevitable.
Y la bomba estalló.
Los equipos de rescate buscaban insistentemente pero sin esperanza a cualquier sobreviviente de aquella catástrofe. Cuando vieron a aquel fornido hombre moverse débilmente se acercaron a él sin pensarlo dos veces. No era más que un destrozo humano, su cuerpo presentaba cientos de quemaduras y sus parpados parecían haber sido arrancados revelando unos ojos tan azules como topacios. A su lado yacía un papel de regalo arrugado y en su mano derecha, aferrado con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, tenía unos lentes de sol marca Ray-Ban.
Los débiles sonidos de las maquinas en aquel hospital indicaban que aquel hombre seguía con vida, pero para el ojo entrenado de aquel doctor él estaba más vivo que muerto. Había pasado más de un mes desde que más de diez países habían disparado una bomba nuclear sin razón aparente y las relaciones internacionales se encontraban en la peor situación de la historia. Suspirando aquel doctor se acercó al borde de la cama del paciente y contemplo su ficha médica. Al instante frunció el ceño por la molestia al descubrir que habían colocado mal las diferentes lesiones de aquel hombre. Con mucha molestia buscó el nombre del poco profesional que había realizado aquel informe antes de recordar que él mismo se había encargado de hacerlo.
Aquel paciente se había recuperado de más de cincuenta lesiones diferentes con una rapidez sobrehumana. Asombrado y asustado el doctor salió de la habitación gritando improperios y al borde de un colapso nervioso. Una hora más tarde un hombre de color entraba a la misma habitación. Con su limitada vista pudo deducir que se encontraba frente a uno de esos casos maravillosos en que la naturaleza se superaba a sí misma. Sonriendo Nick Fury salió del hospital con la certeza de que su sueño cada día estaba más cerca de ser realidad.
― Pieter, ¿es que no lo entiendes? ― exclamaba la voz proveniente de la oscuridad que invadía al mundo ― Has superado la evolución humana. No necesitas comer, dormir o entrenar ya que tu cuerpo hace todo eso por sí mismo. Un talento como ese no puede ser desperdiciado. Te necesito, SHIELD te necesita.
El color ha vuelto al mundo, me siento como un idiota siguiendo un sueño que tuve al estar en coma, pero no tengo ningún lugar al que pertenezco ni a nadie a quien acudir. Parece una mala jugada del destino, mis padres, mis compañeros de la universidad, incluso mi amigo Gabriel se han ido. Estoy sólo. Nadie me necesita. No importa lo que diga aquel hombre. No pueden usarme. No pueden ni saber quién soy porque incluso yo no conozco la respuesta a esa pregunta. Pieter Janssen murió hace meses y sólo dejó una coraza vacía que vaga por el mundo buscando un motivo para seguir.
Encuéntrame. Es todo lo que decía la voz de mis sueños. No sé quién era, no sé en dónde está, pero por alguna razón éste parece ser el lugar correcto. Por primera vez en mi vida sigo a mis instintos. Por alguna razón sé que mis preguntas serán contestadas si logró llegar a la cima de éste helado lugar. Debo terminar de escalar el Everest.
Tengo problemas para controlar mi nuevo cuerpo. Fue tan sorprendente como aterrador ver lo que la radiación de aquella bomba había hecho conmigo. Mis células por alguna razón consiguieron adaptarse a ella absorbiéndola y usándola como una especie de combustible que la hace funcionar. Puedo pasar toda mi vida sin dormir, puedo estar años sin comer, puedo dedicarme a una vida más que sedentaria y no dejaré de estar en forma. Soy alguna especie de superhumano. Ahora que lo pienso eso significa que estoy solo en éste mundo de dos formas.
Amanece cuando llego por fin a la cima. La vista es incomparable, pero no veo mi respuesta. No hay nada aquí. Sin poder evitarlo un grito desgarrador sale de mi garganta y rompe el silencio de aquel pacifico lugar. Puedo ver la gran cantidad de avalanchas que mi grito ha provocado, pero ya no me importa. Mi vida ha terminado.
― Ese fue un gran grito ― dice una voz a mis espaldas ―. Sabía que vendrías, de hecho, te he esperado toda mi vida.
― Se equivoca de hombre. Yo ya no soy nadie. He muerto.
― Eso puedo verlo, pero la solución es sencilla. Tú decides quien eres. Sólo deja ir a aquel que solías ser. Se alguien nuevo. Sólo piensa, ¿Quién quieres ser?
― Mi nombre es Clint. Soy Clint Barton.
Clint Barton despertó sudando después de soñar con su mentor. Sin notarlo se había quedado dormido de nuevo mirando las estrellas afuera de su pequeña cabaña ubicada en Los Alpes. Su carcaj lleno de flechas reposaba a su lado. Sin notarlo las lágrimas empezaron a correr por su rostro. En ese momento, con el sol saliendo e iluminando aquella cadena montañosa se juró de nuevo a sí mismo que vengaría a su gente. Vengaría a toda la orden del fénix de cristal. Destruiría al responsable de aquella matanza sin sentido y también con todos los suyos.
Él, Clinton Francis Barton, acabaría con todos y cada uno de los Asgardianos.
