N/A: ¡Gracias por los Favs y los Follows! Aquí les dejo un episodio más de este fic. Espero que les guste y cualquier opinión será bienvenida ^^


DOMESTICANDO AL NOVATO

Capítulo 2:

Conveniencia.

─Ni hablar.

Eiji frunció el ceño y mostró un puchero teatral al obtener una nueva negativa del menor, siguiéndolo a su clase. Sus amigos novatos iban tres pasos delante de ellos, ya aburridos por el mismo argumento. No obstante, el pelirrojo no pensaba rendirse.

─¡Pero, Ochibi...! ¡Tienes que hacerle este favor a tu senpai!

─No quiero.

─¡Si no lo haces el profesor de arte me reprobará y seré un fracasado toda mi vida!

El novato no contestó y el sénior temió no lograr lo que se había propuesto. Hasta que encontrase algo con que captar la atención del menor, debía pasar todo el tiempo posible con él, incluso aunque tuviera que obligarlo o chantajearlo emocionalmente.

─Mira que eres malo, cachorrito...

Echizen ingresó a su aula, pero él no se detuvo e ingresó detrás de él, sentándose en el pupitre contiguo y haciendo que el alumno que lo ocupaba se arrimara. Solo entonces el novato lo miró.

─Kikumaru-senpai, no creo que puedas sentarte allí.

─¿Por qué no? Me quedaré hasta que me digas que sí~

El ojidorado le miró otra vez, descolocado por un segundo, antes de girar el rostro hacia la pizarra como si no le importara. Al menos, así fue... hasta que llegó el profesor de inglés. Al principio, no notó la presencia del pelirrojo, incluso con el alumno de primer curso que estaba a punto de caer de su asiento debido a que el mayor lo desplazaba. No obstante, lo notó cuando pasó asistencia.

─Usted no es de esta clase, ¿se puede saber qué hace aquí? ─demandó con seriedad el docente, mientras Echizen esbozaba una pequeña sonrisa triunfal, sin mirar al mayor siquiera.

─Oh, es que... verá, Echizen-kun me debe dinero y quiero saber si me lo pagará. Me ha estado evadiendo y, bueno, no tengo dinero para el almuerzo ─se lamentó Eiji, interpretando a la perfección su melodramático papel.

Al siguiente segundo vio el rostro estupefacto del novato y resistió las ganas de reír... y de abrazarlo por verse tan tierno.

─Profesor, yo no le debo n... ─se apresuró a aclarar el menor.

─Echizen, todo hombre decente paga sus deudas.

─¡Profesor, yo no...!

─Echizen.

Eiji mordió su labio inferior para no reír ante el chasquido de lengua del novato. Le vio sacar su billetera y recibió el par de billetes que éste le tendió. Con una exclamación de felicidad, lo abrazó con fuerza, pegándolo a su pecho y casi sacudiéndolo. Fue rápido, se alejó antes de que el otro pudiera protestar.

─¡Gracias, Ochibi! ¡Pasaré mañana por tu casa! ─había dicho antes de salir del aula, disculpándose con el profesor de inglés por haberle quitado tiempo de su clase.

La mirada fastidiada del novato le produjo cierto regocijo indescriptible. Eiji imaginaba que Echizen era el tipo de muchacho que detestaba ser el centro de atención, pero, si se detenía a pensarlo, no era tan así... Había excepciones, sobre todo cuando se trataba de algo relacionado con el tenis, como un partido o un careo con algún miembro de otro club. Podía suponer, entonces, que el menor disfrutaba la atención, pero solo cuando se trataba de terreno seguro para él, de un ámbito en el cual le fuera casi imposible fallar y quedar en ridículo: el tenis. Haber sido expuesto de esa manera en una clase donde apenas empezaban a conocerlo debió haber sido bastante vergonzoso para él.

Aun así, Eiji estaba lejos de arrepentirse.


─¡Es que, en serio, fue tan divertido!

El pelirrojo volvió a reír, conciente de la mirada de Oishi. Éste sonreía mientras negaba con la cabeza, en señal de resignación. Ya se había acostumbrado a las ideas disparatadas de su pareja de dobles.

─Espero que le devuelvas su dinero. Pobre Echizen ─comentó Fuji, entrenando a unos dos metros del dúo de oro.

El pelirrojo sonrió, con sus orejas alzándose gatunamente al ver a cierto novato ingresar a las pistas. Traía su típica indumentaria y la raqueta roja sobre el hombro. No era posible ver sus ojos, debido a la gorra blanca. Eiji dirigió una mano al bolsillo de sus shorts, extrayendo los billetes que le diera el menor en la mañana y acercándose a éste. Se quedó de pie a su lado, sufriendo nuevamente la pesadilla de ser ignorado.

Su expresión alegre decayó. ¿Era en serio?

─¡Ochibi, mira lo que te traje! ─exclamó aun así, intentando levantar los ánimos y enseñándole al peliazul el dinero.

Éste siguió en lo suyo, haciendo flexiones para calentar antes de entrenar de lleno. El pelirrojo hizo un puchero, frustrado.

─¿Estás enojado por lo de la mañana? ─preguntó directamente.

No le gustaba andar con indirectas. Cuando quería algo, lo quería en el momento. Era impaciente y se desconcertaba fácilmente cuando algo iba mal. Como un niño, se ilusionaba y le dolía ser ignorado e, igual que un niño, se recuperaba rápido.

─No ─musitó el menor, pero no lo miraba.

De manera instintiva, Eiji comprendió algo: hasta el momento, los acercamientos más decentes que había tenido con el novato habían sucedido cuando él hacía algo que descolocaba al otro, como abrazarlo de la nada o lo sucedido en la mañana. Tal vez... el truco estuviera en sorprenderlo, en ser impredecible.

Y, oh, ser impredecible era su mayor talento...

─¿Quieres jugar un partido conmigo, cachorrito? ─preguntó.

Hubo algo en su voz, un cambio que no pasó desapercibido para el menor. Éste le miró un segundo, preguntándose a qué se debía tal cambio. Sí... era curioso también, como un gatito que no puede evitar fisgonear en terreno desconocido y peligroso, ávido por demostrar que puede hacerlo solo.

─¿Qué obtendré si gano? ─le desafió, con una media sonrisa en el rostro.

«Fase 2: Conveniencia. Los gatos son convenidos por naturaleza, así que deberías ofrecerle algo que anhela y que solo tú puedes darle».

─Lo que quieras.

Silencio.

Algunos murmullos se oyeron después. Los miembros del club empezaban a notar que algo sucedía entre ambos y habían dejado de lado sus actividades para mirar y saber qué pasaría después. Un desafío o una apuesta siempre resultaban atractivos. Siempre.

─Bien ─declaró Echizen, mirando al pelirrojo fijamente. Sonreía, y ver su sonrisa era como patinar cuesta abajo en una montaña nevada. Peligroso y excitante a la vez─. Si gano, Kikumaru-senpai dejará de acosarme y pagará, cada mes hasta que termine el año, mi menú en la hamburguesería.

Algo parecido a un "ohhh" se oyó por parte de los demás muchachos y Eiji pudo ver la sonrisa de Momoshiro. No supo si sentirse alentado o enfadado. Vio a Oishi y eso, de alguna manera, le sirvió para darse cuenta de que nada estaba dicho, incluso aunque el menor se oyera muy seguro de sí mismo. Miró alrededor, a cada rostro... Tezuka no estaba.

¡Pero claro!

─¡Me parece excelente! ─exclamó, dejando que el volumen de su propia voz reflejara una seguridad que, en realidad, no tenía al cien por ciento─. Pero, si tú no ganas... no solo seguiré tratándote como hasta ahora y accederás al favor que te pedí, sobre dejarme retratar los monumentos budistas que tienes en tu casa, sino que... podré quedarme a dormir el sábado y el domingo allí, en lo que preparo mi presentación de Arte.

─Eso jamás ─replicó instantáneamente Echizen─. Yo ganaré.

─Juguemos, entonces~

Eiji le sonrió al menor, antes de dirigirse a la pista más cercana, ante la atenta mirada de todos. Sí... Ahora sí tenía toda la atención del novato. Había tenido que retarlo para ello, vaya... ¿Solo así podía despertar su interés? ¿Llevándolo al límite de su paciencia? «Divertido, tan divertido...», pensó. Mientras cedía el servicio al menor, agradecía internamente por haber tenido tal novato en el club ese año. De solo pensar que hubiera ido a otro instituto...

De haber sido así, tal vez... los días serían bastante aburridos.

El partido inició con un saque Twist, el cual pudo contrarrestar al tercer intento. Usando su flexibilidad y su velocidad para desplazarse por la pista, pudo igualar el split step del menor, quien se movía cada vez más rápido, como si quisiera terminar ese encuentro en el menor tiempo posible. Iban dos juegos a uno, a favor de Echizen, cuando Eiji empezó a hacer volteretas en medio de la pista, confundiendo a su oponente respecto a la trayectoria de la bola. Al pequeño le costó dos juegos acostumbrarse a aquel ritmo.

Iban tres juegos a dos, con el mayor aventajando a su kohai, cuando Tezuka llegó a las pistas.

─¡Kikumaru! ¡Echizen! ¿Quién les ha permitido tener partidos? ─regañó con su seriedad habitual y Eiji intentó no sonreír─. ¡Treinta vueltas alrededor del campo!

Siguió al menor, quien bajaba la visera de su gorra sobre sus ojos y empezaba a correr. Carraspeó, ubicándose a su lado.

─¿Listo para cumplir tu parte, Ochibi? ─inquirió.

─Tezuka-buchou anuló el partido, así que tendremos que resolver esto pronto ─contestó el novato, visiblemente inconforme.

─No habrá necesidad, ya sabemos cuál es el resultado ─comentó el sénior, volviendo a reprimir una sonrisa ante la mirada casi temerosa del menor─. Ochibi apostó que ganaría y yo dije claramente: "si tú no ganas"... ¡Así que la apuesta va para mí!

Lo que sucedió a continuación... No pudo haberlo previsto. No. El novato dejó de correr, con la boca entreabierta por la impresión y los ojos casi saltándole de las cuencas. ¡Se veía tan asombrado! Eiji quiso abrazarlo. Luego el pequeño fue superando el shock y frunció el ceño.

─Eso... Eso fue trampa, Kikumaru-senpai.

─No, nada de trampas, nya~ ¿Dije o no dije esas palabras exactas, Ochibi?

─Las dijiste, pero...

─Si las dije y así sellamos el trato, ¿qué trampa hay? ─cuestionó el pelirrojo, reanudando la carrera que el menor había detenido.

Éste suspiró y lo siguió, ocultando la mirada.

─La hiciste buena ─fue todo cuanto dijo, derrotado. Era evidente que no le reconocería nada más, pero para Eiji era suficiente. Bastante viniendo del novato, de hecho.

«Mada mada dane, Ochibi».


Cuando llegó la noche del viernes, Eiji ya tenía listo todo: su manta preferida y su almohada preferida, tres mudas de ropa, su equipo de tenis, su cepillo y su pasta de dientes... ¿Qué más? ¡Oh, no podía olvidarlo!

Se apresuró hacia su escritorio, tomando el pedazo de papel arrugado de debajo de la lámpara. Le echó un vistazo, marcando la segunda fase.

FASES DE DOMESTICACIÓN

1. Indiferencia X

2. Conveniencia X

3. Curiosidad.

4. Travesuras.

5. Mimosidad.

6. Independencia.

7. Reconocimiento del Hogar.

─¡Assah! ¡A por todas, Eiji! ─se animó con un puño en alto, antes de guardar el trozo de papel y bajar al primer piso para despedirse de su familia. Ya había pasado la noche fuera antes, cuando tenía alguna noche de películas con Oishi o cuando iba a visitar a sus primos al otro lado de la ciudad, así que no fue gran problema obtener permiso de sus padres.

Luego de guardar en su mochila un bol con comida tradicional que su madre preparó (le había dicho que lo ofreciera a la familia Echizen, en agradecimiento por dejarle pasar ahí el fin de semana), salió de su casa y se dirigió a la de su novato preferido. Momoshiro le había dado algunas indicaciones para que no se perdiera en el camino, lo cual agradecía.

─Humm... Oh, aquí es ─detuvo sus pasos al llegar a la vivienda, leyendo el apellido en la placa y apresurándose a llamar al menor─. ¡Ochibi! ¡OCHIBI!

─Eres muy ruidoso, Kikumaru-senpai.

─¡Ahhhh!

─Tsk...

El pelirrojo se llevó una mano al pecho, mirando a Echizen. Éste había aparecido en la entrada casi al mismo tiempo en que él lo había llamado. El menor lo miraba casi aburrido, indiferente como siempre. O, acaso... ¿estaría fingiendo? Eiji no sabía cómo tomar su actitud.

─¡Hoi, hoi, Ochibi! ¡Nuestra aventura comienza! ─exclamó entusiasmado, antes de pasar un brazo por los hombros ajenos─. Ahora, muéstrale tu casa a tu senpai, quien te ganó de manera justa y honesta.

No se perdió el mohín que manifestó el novato ante sus últimas palabras, pero éste permaneció en silencio, así que él tampoco dijo nada. Se dedicó, más bien, a observar todo lo que había a su alrededor y podía darle una pista sobre la personalidad de aquel pequeño tan misterioso. La casa era de un estilo tranquilo y tradicional, lo cual era curioso teniendo en cuenta que Echizen había pasado toda su vida en Estados Unidos. Sin embargo, también podía ser que sus padres añorasen Japón.

─Éstas son las estatuas que querías retratar ─dijo el menor, cuando estaban en la entrada al templo.

Eiji formó una O con los labios. La luz nocturna daba a todo un resplandor casi onírico... Podía sentir que estaba ante un lugar con mucha historia, y la sensación no era del todo desagradable. Le hubiera gustado prolongarla, de hecho. Empero, se limitó a seguir a su kohai.

─Kikumaru-senpai está muy callado. Es raro ─comentó Echizen con una sonrisita burlona, mientras caminaban.

─Vaya, Ochibi me ha observado al punto de saber cuándo algo es raro en mí y cuándo no ─se dijo Eiji a sí mismo, ganándose una mirada del menor.

─No te he observado tanto así, senpai. Es solo que siempre estás gritando y hablando. Cualquiera lo notaría.

El pelirrojo intentó no sentirse desmoralizado ante aquello, sobre todo porque no quería apagar la única esperanza que le quedaba. No. Tenía que confiar en sus posibilidades, y en el consejo de Inui. «¡Bien, a la carga!».

─¿Dónde están tus padres, Ochibi? ─preguntó con tono inocente, revolviendo los cabellos del menor a medida que veía que se acercaban a la casa─. ¡Oh, están cenando dentro!

El otro no respondió, así que Eiji tuvo que esperar a ingresar a la casa. Echizen empujó la puerta corrediza y la silueta de una muchacha de cabello largo apareció en su campo de visión.

─¡Konbanwa! Nanako desu ─le saludó la chica, con una reverencia y una sonrisa cordial─. Soy la prima de Ryoma-san. Tú debes ser Kikumaru-san, ¿verdad?

─Sí, ¿cómo sabías de mí? ¿Acaso Ochibi te habló de mí? ─preguntó el pelirrojo, con estrellitas en sus ojos.

─Tuve que prevenirla ─susurró el menor, caminando en dirección a las escaleras luego de un breve saludo a su madre. La mujer parecía revisar un viejo libro de fotografías y Eiji, luego de haberle dado a Nanako el bol de comida que envió su progenitora, tuvo la necesidad imperiosa de saber qué era.

─Echizen no oka-san, ¿qué es eso? ─preguntó, intentando no sonar irrespetuoso.

La mujer le sonrió amablemente y se presentó como Rinko, antes de decirle que se trataba de fotos donde su esposo estaba más joven y Ryoma era un niño.

─¡OHHH! ¡FOTOS DE BEBÉ DE OCHIBI! ¡YO QUIERO VER, YAY!

─De ninguna manera ─irrumpió Echizen, tomándolo del brazo y jalándolo hacia las escaleras.

El mayor se dejó llevar con un puchero, aunque el hecho de que la madre y la prima del novato se rieran le animó. Parecían buenas mujeres, no del tipo que él había pensado (que se parecían más a Echizen con cabello largo y curvas, igual de orgullosas y complicadas que él), sino cálidas y gentiles. Mientras intentaba poner un pie delante del otro para subir las escaleras, sintiendo las pequeñas manos del menor en los omóplatos, se preguntó dónde estaría el padre del chico.

─Ochibi, ¿y tu padre? ─inquirió.

─No está ─fue todo cuanto obtuvo como respuesta.

¿Por qué habría sonado tan cortante?

─Hmm... ─quiso preguntar algo más, cuando la súbita realización llegó a él, al ingresar a la habitación de su kohai─. ¿Compartiremos cama?

─Kikumaru-senpai dormirá a los pies ─le sonrió Echizen. Había algo en ese tipo de sonrisas. Siempre se veían retadoras, como si buscaran lo mejor en cada rival para sacarlo a flote.

Todavía pensando en eso, el pelirrojo dejó su mochila a un lado. No obstante, en ese momento oyó un maullido. No pudo evitarlo, maulló en respuesta, buscando al gato del cual Momoshiro le había hablado.

─Karupin ─musitó Echizen, poniéndose en cuatro patas para echar un vistazo debajo de la cama. Estiró un brazo, pero el gato no salía.

─Seguramente no le gustan los extraños, Ochibi.

─Eso va por ti, Kikumaru-senpai.

─¡Déjamelo a mí, ya verás cómo lo saco!

─N...

De cualquier forma, Eiji actuó antes de que el menor pudiera hablar. Se agachó, quedando también en cuatro patas, y comenzó a maullar y a hacer ruiditos raros con la boca, intentando llamar la atención del gato. Éste lo miraba fijamente, acercándose poco a poco.

─No te va a hacer caso, senpai. La única forma de...

─¡Lo tengo!

Echizen abrió los ojos de par en par, parándose de la cama (donde se había vuelto a sentar) y acercándose al pelirrojo. Se veía confundido.

─¿Cómo lo...?

─Solo lo llamé, nya~ ─sonrió el mayor, acariciando al gato. Karupin se estiraba bajo su toque, ronroneando como si se le fuera la vida en ello.

Echizen miraba la escena, boquiabierto.

─Los gatos son un poco convenidos, ¿no crees, Ochibi? ─le sonrió Eiji, sentándose en el suelo y acomodando a Karupin en su regazo, sin dejar de acariciarlo─. Al final, todo lo que necesitan son mimos.

─Karupin, me has traicionado.

Aquellas palabras brotaron de los labios del menor en un acto reflejo, mientras miraba al gato. Eiji le quedó viendo durante un segundo que pareció eterno, sorprendido por aquel comentario tan... ¡Estaba hablándole al gato, hablándole de verdad! ¡Y no solo eso, le reclamaba porque estaba dando atención a alguien más!

─¡Ochibi, eres tan tierno! ─exclamó, jalando al otro del brazo y dándole un abrazo de oso. Al menos, pretendía, porque debido a las posturas de ambos Eiji terminó con un brazo perdido en la cintura ajena y la cara del novato muy cerca a la suya. Al jalarlo, había hecho que el menor perdiera el equilibrio, casi cayéndole encima.

No obstante, eso no fue motivo para dejarlo ir, sino todo lo contrario. Llevó una mano a sus cabellos, acariciándolos con fuerza. Restregándolos, más bien.

─¡Kikumaru-senpai!

─¡Tú también eres un gatito!~ Nya~

─¡No quiero! ¡Suelta!

El sénior terminó liberando a su víctima cuando la espalda empezó a dolerle, notando que Karupin había vuelto a desaparecer. Miró alrededor mientras Echizen se arreglaba la ropa y ambos pudieron oír la voz de Nanako tras la puerta, avisándoles que la cena estaba lista y que podían bajar. Luego añadió algo como "el tío entrará en una hora" y el pelirrojo pudo ver que el novato apresuraba su camino al primer piso. Le siguió con la misma velocidad, confundido por su actitud, y pudo comer hasta hartarse. No era por nada, pero la sazón de Nanako era excelente. No dudó en decírselo, ganándose un sonrojo por parte de la muchacha y un cumplido por parte de Rinko. Se sentía como pez en el agua.

Al menos, eso fue hasta que llegó la hora de ir a dormir. Echizen y él se despidieron de las féminas y se encaminaron a la habitación del menor, encontrando a Karupin hecho una bola en la cama de su dueño. El novato esbozó una sonrisa enternecida, detalle que el sénior no se perdió, encontrando aquella sonrisa extraña... Había producido un calor raro dentro de él, un calor que no podía explicar con palabras. Era tan sorprendente ver a Echizen sonreír de esa forma...

Cuando se vestían, el pelirrojo hizo un esfuerzo sobrehumano para no ver al menor. Eran hombres, así que no había peligro. Al menos, el otro no lo sentía así, y eso era evidente en su total descuido delante de su senpai. Empero, Eiji sí sentía un peligro próximo y era la misma falta de conciencia del novato. Lo intuía.

Ambos se acostaron, tal como habían acordado, pero Eiji no podía conciliar el sueño. Se sentía nervioso, aunque no sabía por qué. ¿Sería porque el novato estaba a solo un metro suyo, durmiendo ya? Intentó contar ovejas y luego lo intentó con pelotas de tenis, pero nada funcionaba. Como último recurso, se bajó lo más sigilosamente que pudo de la cama. Al haber estado a los pies, no había podido ver el rostro del menor, aunque podía oir su respiración tranquila y parsimoniosa. Dio un par de pasos en su dirección, bajando el rostro hacia él para verlo mejor. Dormía... Dormía con la boca abierta y babeando como un infante, con Karupin a un lado suyo.

El pelirrojo no pudo hacer más que enternecerse ante aquella visión, sacando su móvil y tomándole una foto, antes de detenerse a pensarlo siquiera. Antes de considerar la posibilidad de que la atracción que sentía por el menor pudiera echar raíces. Por el momento, le entretenía y le daba curiosidad, eso era todo cuanto importaba. Recostó la barbilla cerca al rostro durmiente, con las rodillas en el suelo y los brazos cayendo a los lados.

─Karupin...

Por un momento, Eiji se congeló, como solía hacer cada que pensaba que había sido descubierto haciendo algo malo. Sin embargo, cuando miró el rostro del menor, éste todavía tenía los ojos cerrados, así que el alma le volvió al cuerpo. Al menos, hasta que sintió las manos de Echizen rodear su cabeza, como si ésta fuera Karupin hecho una bola en medio del sueño. Arqueó una ceja, considerando la idea de librarse de las manos, pero luego desistió. En lugar de eso, cerró los ojos cuando los dedos acariciaban inconscientemente su cabello o sus mejillas. Eran falanges pequeñas y suaves, pero firmes.

En algún momento de esa noche, sintió tal paz que se quedó dormido.

Continuará~