II
Se despertó con un gruñido de fastidio. La luz del sol le caía directamente en los ojos. Intentó levantarse pesadamente, y al instante sintió un punzante dolor en su sien que lo mantuvo recostado. ¿Dónde estaba? Éste no era su departamento. Lo supo al instante en que vio el gran televisor plasma de aproximadamente unas cuarenta o cuarenta y dos pulgadas. Además del penetrante olor a sopa instantánea hirviendo que llenaba la sala.
—¿Qué demonios? —tenía algo en la cabeza.
—Dios, creí que no despertarías —un tipo estaba frente a él. Un tipo calvo.
—No sabía cómo detener el sangrado. No soy médico, pero creo que lo hice bien —dijo orgulloso.
Instintivamente se tocó la frente y el dolor se intensificó.
—Solo tenía banditas.
Se levantó otra vez y vio su reflejo en el televisor. Tenía seis banditas pegadas en su frente, una encima de otra. Parecía que un niño hubiese estado jugando al doctor con él.
"¿Quién es este sujeto?"
—Y… ¿desde cuándo vives aquí? —preguntó. Supuso que para acabar con el incómodo silencio. Tenía una mirada aburrida. Una voz despreocupada, como si no hubiese pasado nada.
Otra vez se preguntó, ¿quién era este sujeto? ¿Desde hace cuánto vive aquí? ¿Cómo es que no ha huido antes?
Seguramente no estaba enterado. Pero esa idea era simplemente absurda. Cualquier persona con un poco de sentido común sabía que éste era el lugar más peligroso de Ciudad Z. Una ciudad que de por sí, ya era muy peligrosa. Aunque quizá tenga sus razones, como él. Podría ser un pobre divorciado en busca de un poco de soledad y un "encuentro consigo mismo". O quizá simplemente sea un loco.
—Bueno, creí que este sería un buen lugar para un poco de paz y tranquilidad. Y qué mejor que un edificio entero para ti solo, ¿no crees?
—La verdad sí, pero en estos tiempos no hay muchos adolescentes que busquen vivir en lugares apartados de la sociedad.
Ahora que lo veía bien, era demasiado joven para ser un divorciado. Tenía un rostro largo y la barbilla afilada, a excepción de sus ojos que seguían mirándole de una forma aburrida, podría decir que tendría entre unos veintitrés o veintiséis años.
—No soy un adolescente. Tengo diecinueve.
—Lo que sea —le interrumpió—. Creo que eres raro.
—Y me lo dice un hombre que ha estado viviendo aquí mucho antes que yo —se había enojado. Algo que odiaba era que lo juzgaran sin conocerlo.
—También eres enojón —el sujeto rió de forma estúpida. Haciendo que le hierva la sangre. A él le gustaba que lo tomaran en serio. Ya no era un niño. El merecía tanto respeto como un adulto.
—De acuerdo, creo que fue demasiada hospitalidad. Gracias por todo… por cierto, ¿Cómo te llamas?
—Ah, Saitama.
—Entonces, Saitama, te debo una —se puso de pie rápidamente. Quedándose quieto un rato por el pequeño malestar que le había ocasionado levantarse de golpe. Y luego le extendió la mano. El otro nunca le correspondió.
—Bueno —dijo con desinterés. También se puso de pie. No era más alto que él, incluso la postura en la que estaba lo hacía verse algo tonto. Llevaba una remera blanca con mangas rojas que, ahora que lo veía con claridad, decía "Oppai" lo cual le pareció de mal gusto.
Iba a reclamarle, pero no sabía por qué. Después de examinar rápidamente la pequeña sala decidió que era un buen momento para irse, no quería importunar más a su nuevo "vecino".
Caminó hasta la puerta y le hizo un gesto de despedida. El calvo, parado en medio de la sala, hizo igual.
Apenas cerró la puerta, suspiró lo más profundo que pudo, casi tirándose contra la pared. Habían sido los quince minutos más extraños de su vida.
…
Cuando llegó a su departamento, se duchó y arrojó su ropa al cesto que había denominado "de la ropa sucia". Separó su camiseta manchada de sangre en el fregadero de la cocina con un poco de detergente que había comprado el día anterior. Luego de secarse, desinfectó la herida adecuadamente y se vendó la frente con un esparadrapo.
Mientras se duchaba pensó en lo que había ocurrido el día anterior. De alguna u otra forma, estaba algo triste por no tener el edificio para él solo. Aunque en el fondo se sentía aliviado. Si alguna vez llegara a esta parte de la ciudad un gran monstruo, al menos tendría a alguien que muera con él. Decirlo de esa forma sonaba menos perturbador.
Ahora se sentía más fresco. Peinó hacia atrás su cabello rubio con los dedos, se puso una camiseta negra suelta y un pantalón de chándal rojo. Lo más cómodo posible, no pensaba salir de casa, por ahora.
Este era un buen momento para seguir desempacando. Tarde o temprano tendría que hacerlo. Quizá después de terminar podría seguir escribiendo la historia que dejó a medias la noche anterior a la mudanza. Aunque no tenía ganas para ordenar ahora. Así que se decidió a sacar la gastada libreta de la mochila y su confiable portaminas azul "Made in china".
—Veamos, ¿Dónde me había quedado? Oh si, los ojos de Melina… —balbuceó mordisqueando la punta plástica.
"Los ojos de Melina, tan grandes y melancólicos, de un dulce color miel expresaban su profunda tristeza. Agachó la cabeza suavemente dejando caer sobre su pálida frente los ricitos azabache, haciéndola tomar un aspecto casi angelical"
—No me convence en absoluto, creo que me he pasado un poco con los detalles —Se dijo apretando el puño —Pero no puedo evitarlo, Melina es simplemente un ángel —Suspiró otra vez. Había estado escribiendo por meses y hasta ahora no lograba darle un final digno a su historia, Ren no podía quedarse con Kanon, la reina no había interferido por más de tres páginas y Melina no dejaba de encantarlo cada vez que la describía, era su ideal de mujer y tenía que casarse con algún otro personaje que la ame de verdad, pero era tan difícil no perderse entre sus cabellos negros y su figura delicada por muchos párrafos.
Ahora que lo recordaba, no había desayunado y tampoco recordaba haber comprado algo de comer aparte de lo de anoche.
—Es increíble que haya olvidado comprar algo de comer —refunfuñó Guardando su libreta en la mochila. No recordaba dónde había dejado su billetera, buscó por todas partes pero nada. Felizmente había encontrado unos cuantos dólares en su mochila.
—Supongo que esto será suficiente.
Esta vez se decidió por las escaleras.
Eran mas o menos las doce del medio día. La calle estaba completamente vacía, hacia mucho que no venía gente por aquí, la mayoría de las casas lucían llenas de polvo, las otras estaban en escombros, pareciera que en cualquier momento iban a salir de las sombras los zombies en busca de su próxima presa. Todo el camino estuvo así, casas abandonadas, otras destruidas y algún que otro gato.
Al llegar a la tienda tenía una idea clara de lo que necesitaba pero, como todo comprador impulsivo, terminó por llevar un montón de otras cosas que ni necesitaba. El pan no se comía solo, por suerte el queso estaba a descuento. Oh, claro, no podían faltar las hamburguesas, pero para acompañar necesitaba café, y azúcar, y también cereal.
Entró al edificio con dos grandes bolsas llenas de comida, estaba por tomar el ascensor cuando sonó un conocido ¡ring ring!
Dejó las bolsas a un lado de la puerta para atender su celular. Seguramente era su madre.
¡GROAR!
¡No, no puede ser! ¿Por qué un Kaijin justo ahora que iba a hablar con su madre? Primero se cae y se abre una gran herida en la frente, ahora esto.
¡GROOOAR!
Estaba empezando a creer que las llamadas de su madre le traían una especie de mala suerte.
—¡HE ESTADO BUSCANDO A ALGUNA VICTIMA POR TODA ESTA MALDITA CIUDAD! ¡YA ERA HORA! —salió del lugar encontrándose con una especie de lagartija gorda y rara frente a él. ¿Se supone que debía estar asustado?
—¡Soy Kuromaru! Alguna vez fui un hombre que se obsesionó con la piel de reptil y terminó cosiéndose lagartijas vivas en el cuerpo, ¡si piensas huir esta es tu oportuni…!
—¡¿QUIERES CALLARTE?! ¡ESTOY HABLANDO CON MI MAMÁ AHORA MISMO!
No estaba de humor para esto. No había desayunado aún. Su estómago clamaba piedad y no quería alterar a su madre.
—Si quieres que te deje terminar tu maldito monólogo mal ensayado, por favor, dame un momento, ¿si? —dijo ya algo más calmado. La verdad es que tenía un carácter de los mil demonios cuando se enfadaba y le era difícil controlarse cuando estallaba. No importaba si estuviese hablando con el presidente, él no permitiría que nadie le tome el pelo.
La lagartija se le quedó mirando.
—Má, por favor, te vuelvo a llamar más tarde.
Guardó su celular en el bolsillo y se tronó los dedos. El supuesto monstruo apenas le llegaba a la cintura. Podría contra él fácilmente, incluso lo disfrutaría.
Sin más, le atinó una certera patada que lo mandó volando a la calle, estampándose contra el pavimento.
—Mocoso de mierda, ¡Me las vas a pagar! —gritó el bicho.
—¿Qué? Creí que ya habías muerto —escupió con arrogancia. Se acercó lentamente para darle el golpe de gracia —En verdad pensaba dejarte vivir, pero ahora que lo pienso, ¿Por qué no disfrutar un poco más?
—Y te atreves a burlarte, ¡INSOLENTE! Realmente no tienes idea.
La lagartija soltó una carcajada repugnante que lo hizo estremecerse. Esto ya había acabado, ¿por qué comenzaba a sudar? Un terrible presentimiento le hizo dudar de seguir avanzando. "¿Por qué no regresas? Aún estás a tiempo".
De un momento a otro, terminó en el suelo, retorciéndose de dolor.
—¿QUÉ TE HIZO CREER QUE ESTABA BROMEANDO?
La fea lagartija había crecido varios metros. Era ahora una especie de dinosaurio viscoso de grandes fauces.
¿CÓMO DEJÓ QUE TODO ESTO PASARA?
…
Bien, aquí esta la continuación *-*
Pues he tenido muchos asuntos que no me han dejado pero intenté escribir lo más rapido que pude. quizá actualice la proxima semana, y SI, LES DEJARÉ CON EL SUSPENSO! MUAJAJAJAJA es para darle emoción a la cosa, :v
