Evelyn jamás tuvo, lo que se dice, "la mejor de las suertes". Quizá un asomo de vez en cuando, pero no sabía cómo rayos hacer que se quedara con ella un rato más, disfrutarlo un poco.

Como dije, jamás pudo hacerlo.

Nació en Argentina, fruto de su madre, una prostituta de Buenos Aires, y su padre, el famoso dueño de una disquera en Essex. Él la amaba, se había enamorado de ella en aquel viaje de negocios, como decía cada vez que Eve se lo preguntaba. "¿Cómo la conociste?" inquiría ella, y él decía que cuando fuera más grande se lo diría.

A los cuatro años, su padre las llevó a ella y a su madre a su casa en Essex, donde los esperaba una no tan grata sorpresa.

"¿Quiénes son? ¿Por qué las trajiste?" fueron las preguntas que las recibieron por parte de su nuevo hermano Exequiel, de trece años. Chico cerrado desde que su madre había muerto, odió a Evelyn con todo su corazón apenas la vio aparecer por aquella puerta. La otra mujer no era problema, solamente le tenía lástima por ser mucho menos agraciada e inteligente que su mamá. Pero la niña… ella se lo llevaría todo. Ya cuando llegaba a la casa su padre la justificaba y la bendecía, diciendo que serían muy felices los cuatro, que se calmara.

Pero como dije, Evelyn no sabía mantener a la suerte de su lado.

Un año más tarde de su llegada a Inglaterra, su madre se volvió a Argentina y jamás se supo nada más de ella. Lo único que dejó fue una carta escrita a las apuradas, con marcas de lágrimas mezcladas con el delineador barato y las palabras al final que no se veían porque la pluma se había gastado. La carta decía que no lo soportaba más; Exequiel la trataba como si no estuviese allí o sólo fuese un aparato para la decoración. Su trato glacial y terriblemente distante, ignorado por el patriarca Bann, la había vuelto loca finalmente y la hizo irse. Fue el primer golpe para Eve a sus cinco años, la primera vez que sintió su alma agrietarse.

Pero luego hubo más…

-¡Papá!- llamó Exequiel a gritos un día- ¡Papá, Evelyn está muerta!

-¡¿Cómo?!- el hombre dejó la grabación de lo que sin duda sería un trabajo exitoso y fue hacia donde estaba su hijo. Al llegar, Eve era como un juguete de trapo al cual habían dejado en el piso sin interés, sin siquiera respirar. Su padre se acercó a ella y puso una mano en su cuello para buscar su pulso.

-¿Está muerta, papá?- preguntó Exequiel sin disimular el deseo en su voz. El dueño de la disquera se giró para mirar a su hijo con enfado.

-No siento su pulso… ¿viste si le pasó algo antes de caer así al suelo?

-No, sólo… cayó y ya, no vi nada.

-Hay que llevarla al hospital.

-Sí, tener un cadáver en el suelo no le dará buena fama al negocio.- comentó el niño, que con eso se ganó un golpe de su padre.

Ya en el hospital, a los médicos les extrañó que una niña de cinco años cayera al suelo como muerta de la nada, sin dar ninguna muestra de vida luego, siquiera un latido de corazón, por lo que uno de los inexpertos sugirió algunos estudios para ver si por lo menos el cadáver era apto para donación de órganos. El doctor más experto le dio un golpe y mandó a Evelyn a electroencefalograma.

Es de decir que dio en el clavo, pues en la máquina se reflejaba actividad cerebral normal e incluso ondas que identificaban desesperación y angustia, cosa que dejó a Exequiel y al importante padre de la chica en una incertidumbre terrible. ¿Qué quería decir aquello? ¿Evelyn estaba muerta pero no muerta? ¿Se quedaría así para siempre? ¿Exequiel habría visto su sueño cumplido?

Por horas, esas preguntas rondaron en las cabezas de ambos hombres, mas fueron disipadas al llegar los resultados finales, que no eran tan alentadores como pensaban.

-Evelyn es cataléptica.- soltó el médico como si fuera una piedra que caía en la cabeza del empresario musical. Catalepsia… siempre había pensado que era la peor enfermedad conocida por el hombre, incluso peor que el cáncer, pero de ahí a que le pasara a su hijita…

Exequiel, en tanto, estaba en la duda de qué rayos sería esa enfermedad. Sabía que su media hermana era un fenómeno, vistiéndose con ropa grande y tocando música horrible con instrumentos de la disquera que no sabía utilizar, pero que fuera cataléptica… ¡quizá podría ir al circo, presentarla y pedir dinero para que vieran lo que hacía!

-¿Qué es eso, papá?- preguntó el chico con aquella brillante idea en la cabeza.

-Luego te explico, hijo.- contestó él, dirigiéndose al doctor- ¿Cómo pasó?

-Ah, desconocemos la causa.- dijo éste como si fuera algo realmente banal, casi al aire- Pero la catalepsia se produce por muchas cosas, especialmente por epilepsia, insania mental y estrés emocional, extremo estrés emocional. ¿Ha recibido… usted sabe… "golpes duros"?- inquirió esta vez seriamente y mirándolo con expectativa; sus ojos verdes parecían más de cuervo que de persona, y al mirarlos, el padre de Evelyn podía sentir la culpa apoderándose de él como si esas pupilas hurgaran dentro suyo, casi adivinando todo lo que a su hija le había pasado.

-Sí…- murmuró desviando la mirada- Ella ha sufrido mucho…

-Ya veo.- respondió el otro hombre apiadándose de la niña y del padre. No todos los días se veía a una pequeña cataléptica de cinco años y era obvio que sus familiares debían sufrir mucho aquella situación- Y tú, pequeño,- lo llamó arrodillándose frente al hermano- ¿cómo estás?

-¿Qué es la catalepsia?- preguntó éste sin hacer caso a lo que el doctor le había dicho; tenía curiosidad, ansias de saber, y ningún viejo alargado con ojos de pájaro le iba a joder su averiguación con preguntas sin sentido.

El neurólogo frente a él alzó las cejas con sorpresa, pero más allá de eso, su expresión era impasible.

-La catalepsia- comenzó con voz lúgubre- es una enfermedad en la que el afectado disminuye todos sus signos vitales al mínimo y queda como muerto sin poder moverse, aunque tenga la voluntad de hacerlo. Piénsalo chico,- le dijo acercándose- tu hermana está encerrada en un cuerpo inútil y está desesperada por salir, pero ni siquiera puede mover los ojos. ¿Cómo crees que es eso?

-Ella no es mi hermana, maldita sea.- declaró el niño endureciendo su mirada. Casi se podía decir que no tenía la edad que tenía- Y creo que es una mierda porque no podré venderla al circo.

-¡Exequiel!- exclamó su papá, escandalizado realmente- ¡¿Qué cosas dices?! ¡Vender a Evelyn, tu hermana!

-¡¡Ella no es mi hermana!!- gritó, haciendo que todos los pacientes allí se giraran a verlo- ¡¡Solamente es un maldito accidente que no debió suceder, y por tu culpa!!

Ambos hombres y todas las personas se quedaron de piedra, mientras que en la habitación, una lágrima resbalaba por la sien de Evelyn sin que pudiera controlarla.


-Papá, ¿por qué tengo que ir a aprender violín? No me gusta.- alegó la pequeña de ocho años llevando sin ganas el estuche con el pulcro instrumento que le había regalado su padre.

Corría el pelo castaño largo de su cara con fastidio; se había olvidado su hebilla favorita en la casa, maldición. Vestía una camiseta demasiado grande para ella con un astronauta jugando al golf en la luna y un pantalón corto; cualquiera que la viera la habría confundido con un niño de no ser por el cabello.

-Porque veo que tienes ganas de aprender a tocar algún instrumento de cuerdas y éste me pareció el indicado.

-¡Pero papá…! ¡Yo no quiero tocar esto! Yo quiero tocar el bajo como el tipo que va siempre a pedirte que grabes los demos de sus grupos; es genial.

-Te dije que no te vuelvas a acercar a ese hombre. No me gusta cómo es; se droga, bebe y demás cosas que sabrás cuando seas grande.

-Y también tiene sexo con prostitutas y es satanista.- dijo Evelyn de manera tan natural que sorprendió a su papá de sobremanera. Ella lo miró con curiosidad- ¿Qué? Es la verdad. Y no me quiero imaginar cómo será eso que no me quieres decir.

-Se acabó, no volveré a aceptarlo en mi disquera.

-¡Pero si…!

-¡Que no!- rebatió el robusto hombre mientras entraban en la escuela de música. Las paredes de aquel edificio estaban cubiertas con cuadros de famosos músicos, compositores… hombres que marcaron generaciones en la historia de la música: Bach, Beethoven, Vivaldi, Mozart, Chopin, entre muchos otros. Evelyn miraba cada uno y se extrañaba por los rostros de aquellas personas.

-Míralos, hija,- le dijo su papá con complicidad- algún día quizá seas como ellos.

-Tienen caras de homosexuales.- comentó ella sin mucho interés. El empresario le dedicó una mirada escandalizada y ella muy tranquila respondió:- ¿Qué? Es la verdad.

-¿Quién te enseñó esa palabra?- le preguntó muy enojado, cruzándose de brazos delante de ella.

-El hombre del bajo.

-¿Tienes idea de lo que significa?

-Sí. Es cuando un hombre no parece hombre y parece más… mujer.

-Eso es lo que te dijo.

-Ajá. ¿Es otra cosa?- inquirió la niña con curiosidad. Su papá dudó un momento y frunció el ceño sin saber qué decirle. ¿Sería apropiado explicarle el significado de la palabra "homosexual" a una niña de ocho años en una escuela de música?

No, mejor no.

-Luego hablamos.- sentenció, reanudando el camino al aula- ¿De donde sacaste esa camiseta, Evelyn? Es muy original.- rió con verdadera gracia.

-Me la regaló él; me gustó mucho cuando se la vi y me la dio, dijo que no la necesitaba para tocar buenas canciones.- sonrió Eve mirándola con cierto cariño. Todo lo contrario al hombre al lado suyo, que de pronto la odiaba.

Entraron al salón y todos los alumnos de aquel curso miraron a Evelyn como si fuera un bicho raro. Hasta ella se sintió un bicho raro, con todos vestidos tan bonitos de camisa y corbata y toda la cosa, las niñas con sus vestiditos y zapatitos relucientes…

Tomó aire y les dio una segunda mirada, como el hombre del bajo lo haría. Rió para sus adentros. Sí, todos los niños allí parecían homosexuales…

-Bien, niños,- exclamó la profesora de marcada edad en el rostro y ropa de colores oscuros- démosle una cálida bienvenida a Evelyn Bann, nuestra nueva alumna.

-Parece un niño.- opinó un chico larguirucho desde el fondo mirándola con extrañeza.

-Y tú pareces una niña.- rebatió ella mirándolo fríamente. Se sentó sola en un rincón. Sacó su violín y se lo colocó en el espacio entre el cuello y el hombro… pero al revés.

-Oh, no, cariño.- le dijo la maestra con dulzura, aunque un poco aprehensiva por la agresiva actitud de la chica- Esto se pone así, la parte de abajo va en el cuello. ¿Lo ves?

-Sí, gracias.- respondió ella con toda la cortesía que le fue posible. Escuchó unas risas desde los otros bancos y le pareció oír "es una estúpida, no sabe ni sostenerlo" y algún que otro "no tiene idea de nada". Dirigió sus ojos a su papá, que la miraba desde la puerta como si fuera su más grande orgullo. Para él lo era, sí, pero a ella le costaba tanto soportar todo aquello por él…

Sacó también el arco del estuche y lo tomó de lo que parecía ser el mango. Eso no había sido tan difícil, la cosa ahora era cómo tocar aquella cosa con cuerdas. Más risas, sentía que le taladraban los tímpanos y las ganas de gritarles que se fueran al carajo le hacían un nudo en la garganta.

Pero no podía, no podía ser así allí. Luego se lo contaría al hombre del bajo y le preguntaría qué hacer en esas situaciones.

Miró nuevamente a su padre como pidiéndole que la sacara de allí, que si no lo hacía él lo haría ella misma y no sería agradable, pero su papá sólo sonrió y se fue de allí, diciéndole que la iría a buscar a la hora que habían dicho que tendría que ir a buscarla.

Bien, serían dos horas muy largas…