CAPÍTULO 2.

LA TRANSFORMACIÓN.

A juzgar por su aspecto, había aterrizado sobre los pies y sus piernas estaban dobladas en un extraño ángulo. Había sangre por todas partes, sobre la sucia bata que en un tiempo fue blanca pero ahora era de un horrible tono grisáceo, manchado de rojo.

Me arrodillé a su lado. Podía escuchar con claridad el débil latido de su corazón, a punto de marchitarse. No podía perderla. En mi cabeza se debatían por un lado, mi sentido común y mi voluntad por mantener mi secreto, y por el otro, las sensaciones que había experimentado la primera vez que la vi y que sabía que no se repetirían si no hacía algo. Solo lo había hecho una vez y no había salido bien, pero esta vez sí, saldría bien. Por lo menos tendría que intentarlo.

- Dr. Cullen…

Fue apenas un suspiro que salió de sus labios. Otro no lo hubiera oído.

- Esme, ¿qué has hecho? – le acaricié el pelo ensangrentado.- Esto no era necesario, te podías sobreponer, podías tener otros bebés tan preciosos como tú, podrías…

Me callé. El ritmo de su corazón era aún más lento. Tenía que actuar, ahora.

- Perdóname por esto, no sabes cuánto lo siento, pero no puedo dejarte ir.

Y lo hice.

Mordí su cuello. Al momento sentí que la sangre cubría mi lengua y se deslizaba a través de mi garganta, sumiéndome en un frenesí del que al principio pensé que no podría escapar. Después me forcé a mí mismo a recordar por qué estaba allí. Por qué estaba arriesgando mi secreto y sobre todo, por qué estaba traicionando a mis principios.

Porque la amaba.

Apenas 2 segundos después de que me separara de su garganta, comenzaron los gritos. Volví a sentir la impotencia de no poder hacer nada por aliviarle el dolor. Cerré los ojos para no ver los horribles espasmos que sacudían su frágil cuerpo mientras la ponzoña se extendía a través del riego sanguíneo. Le quedaban por delante tres días de dolores espantosos. Lo recordaba bien. Solo que ella no estaría sola.

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Abrí la puerta del hospital y no tuve que hacer mucho esfuerzo para poner cara de consternación. Todo el mundo se giró cuando entré y negué con la cabeza. Kate se llevó la mano a la boca. Ella era la encargada de llevarles la comida a los enfermos del manicomio y conocía muy bien la historia de Esme y como yo, había intuido que la mujer del acantilado era ella.

- Pobre chiquilla…Sabía que algo así acabaría pasando… ¿Mando al enterrador a buscar el cuerpo, Dr. Cullen?

- Me temo que una ola se lo llevó, Kate. Estaba subiendo la marea y no me dio tiempo a sacar el cuerpo de ahí. Por poco me parto la crisma bajando por el acantilado, estando todo tan resbaladizo…-mentí.-

No quería que nadie se molestara en bajar hasta allí. Había salvado a una persona de la muerte y no quería que otro se fuera en su lugar. No era el primer cuerpo que desaparecía engullido por el mar y todo el mundo daría por buena mi versión.

- Kate, si no te importa, me gustaría firmar cuanto antes el parte de defunción para que su marido pueda organizar el oficio religioso lo antes posible.- le toqué el hombro y ella rápidamente entró en el pequeño cuartillo que hacía de almacén.-

- Aquí tiene.- me dijo tendiéndome el papel, que yo firmé y ella se guardó.- Hemos mandado a Terry a buscar a su marido, que estaba en las colinas segando. Volverá en un par de horas…

- Perfecto Kate, se lo agradezco. Ahora si quiere se puede tomar un descanso, yo me ocuparé de los enfermos el resto de la mañana.

Me pasé el resto de la mañana pensando en Esme. La había dejado en casa, nadie oiría los gritos. A pesar de todo me preocupaba que ella estuviera sufriendo y yo no pudiera estar a su lado cuidando de ella. Al fin y al cabo, era yo el responsable de su estado, y no hacía más que preguntarme si había hecho bien sometiéndola a la transformación en vez de respetar su voluntad de acabar con su vida.

Me encontraba administrándole morfina a un paciente cuando la puerta de madera se abrió y entró Terry acompañado por un hombre bastante alto, moreno, con una barriga enorme y de expresión adusta. Tenía las botas llenas de barro del campo y observé con resignación las enormes huellas marrones que iba dejando a su paso.

Cuando llegó a mi altura le miré. Intenté ser lo más delicado posible.

- Sr. Platt…no le voy a engañar. Se trata de su esposa.

- ¿Qué le pasa a la loca esta vez? – frunció el ceño.-

Yo no me sorprendí en absoluto por su falta de cortesía y desprecio hacia su esposa. El señor Platt era un campesino de escasa educación que no se preocupó en absoluto cuando su esposa perdió el bebé. Para él fue como si perdiera una vaca, aunque yo tenía la sensación de que se hubiera lamentado más de haber sido uno de los terneros que guardaba tan celosamente los que hubieran fallecido. Veía a sus posibles hijos tan solo como herramientas que le ayudarían a labrar el campo cuando fueran mayores, y mientras no le fueran útiles, el afecto que podría sentir por ellos sería prácticamente nulo. Lo había demostrado durante el tratamiento de su esposa y al internarla en el manicomio cuando lo que necesitaba la pobre mujer era un poco de apoyo y cariño para superar la pérdida.

- Su esposa no pudo soportar la pérdida del hijo que esperaban ambos y esta mañana se quitó la vida. – bajé la vista.- Lo siento mucho Sr. Platt.

- Lo sabía… - murmuró el campesino frunciendo aún más el ceño y apretando los puños.- ¡Vaca estúpida! ¡Era solo un niño! ¡Podría haber tenido diez más pero no! ¡Ella decide dejarme solo! ¡Menuda egoísta! ¿Quién va a cuidar de mi casa ahora? ¡Tendré que volverme a casar!

Le dejé que se desahogara intentando concentrarme en el sonido del gotero del paciente al que estaba atendiendo antes de la interrupción para no enfadarme todavía más.

- Supongo que tendré que organizar un entierro y esas cosas…- murmuró el Sr. Platt.- Aunque claro, como la muy estúpida se suicidó, voy a tener que enterrarla fuera del pueblo. ¡Qué vergüenza! Ni siquiera va a estar en un cementerio como la gente normal.

- Sr. Platt, si quiere, puedo poner en el parte médico que fue un accidente. Nadie puede demostrar que ella se arrojó al vacío, aunque es lo lógico dado su frágil estado de salud mental… Podría enterrarla en terreno sagrado como al resto. Después de todo, ella era una mujer muy creyente…

- ¡NO! – bramó el campesino sobresaltado a toda la sala.- ¡Que se pudra ahí fuera!

Aunque me dolía la idea de que Esme fuera "enterrada" en el cementerio civil, no insistí más. Después de todo, iba a ser un falso entierro, dentro de la vasta caja de madera no habría nada, dado que el cuerpo de la supuesta difunta no iba a ser encontrado, pero mis creencias hacían que estuviera ligeramente molesto. Para mí, el alma de Esme seguiría dentro de ella cuando ya estuviera transformada, aunque esta creencia no era compartida, que yo supiera, por ninguno de mis congéneres. Y tenía la esperanza de que para nosotros había también un hueco en el cielo prometido al lado de Dios.

Cuando el señor Platt se fue, me fui a casa tras decir que no me encontraba demasiado bien. Dejé el hospital al cargo de la veterana Mary, que tenía conocimientos suficientes como para poder ausentarme durante unas horas sin que pasase nada.

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- Venga, solo faltan dos días.- susurré mientras le acariciaba el pelo y fingí que no oía los gritos estremecedores.- Ya, ya sé que duele mucho, pero tienes que ser fuerte. Pronto terminará…

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Contemplé las nubes que cubrían el cielo y se dirigían hacia el pueblo con estupor. Estábamos a unos cuantos kilómetros de la última casa de Northbrook, rodeados de cruces y lápidas de unos pocos desgraciados que fueron castigados a ser enterrados en tierra no bendecida.

Miré a mi alrededor y, aparte de mí, solo había cuatro personas: el marido de Esme, la celadora del manicomio, Terry y Kate, la enfermera. No tenía más familia. Dos enterradores bajaron la caja a un hueco excavado en la tierra y lo taparon en medio del silencio que les rodeaba. Cerré los ojos y recité una oración por el alma de Esme, porque no se fuera de su cuerpo con aquella especie de muerte en vida a la que la había condenado. El señor Platt se dio la vuelta y se fue tan pronto como echaron la última palada de tierra. El pobre Terry se agarraba a la cintura de Kate y lloraba en silencio. Eché un último vistazo a la lápida mientras la colocaban. Esmeralda Platt. Solo ponía el nombre; ni fechas, ni una dedicatoria, nada. Solo el nombre. Y gracias en el último momento había logrado convencer al señor Platt para que permitiera que le pusiesen su apellido, pues él pretendía que grabaran el nombre de soltera de Esme. Por honor, decía. ¿Pero qué honor? Ella no se hubiera tirado por un acantilado si él se hubiera sabido comportar como un buen marido.

Les hice un gesto con la mano y eché a andar en dirección contraria al pueblo, hacia mi casa.