Hola! Acá les traigo el segundo cap de este two-shot ^^
Espero que les guste :)
Advertencia: slash y lemon.
Los personajes no me pertence, son propiedad de la BBC y de Sir Conan Doyle~
La nueva casa vacía
II
El apartamento vacío.
Una hora después, bañados, vestidos y sonrientes, como si el tiempo no hubiera pasado, los dos hombres caminaban por calles de Londres que John jamás hubiera pensado en tomar, pero a las que Sherlock estaba muy familiarizado, ya que debían escabullirse hasta su antigua residencia del 221B de Baker Street. ¿La razón? Obviamente Sherlock. El detective, como siempre, no había dado muchas explicaciones, sólo había dicho que necesitaban vigilar sus antiguas localizaciones desde un lugar elevado y seguro.
Y aquel lugar elevado y seguro no era más que un apartamento en el último piso del edificio que estaba justo enfrente de su casa, desde el cual podían ver a la perfección la mayoría del vecindario y, especialmente, la ventana de la sala de estar, en donde Sherlock solía pasar sus días tocando el violín, disparando a la pared o simplemente quejándose del mundo. Ya se encontraban dentro de dicho apartamento, al cual le habían violado la entrada, ambos parados al lado de la ventana, para poder vislumbrar el exterior. Después de unos largos minutos en completo silencio, el médico ex-militar habló:
— Sherlock, ¿vas a darme una buena explicación?
— Sobre qué. Sé más específico por una vez en la vida, John— respondió el otro con total frialdad, como si el apasionado reencuentro que había tenido no hubiera existido.
— ¡¿Por qué rayos desapareciste de la faz de la tierra por tres años?— gritó de la nada, como si hubiera estado conteniendo ese grito desde hacía años, lo cual, en cierta forma, era cierto.
El detective dejó de mirar por la ventana para clavar su vista en él. La mirada fría y calculadora había vuelto a dominar aquellos hermosos ojos cristalinos.
— Para protegerte— respondió entonces, sin más.
— ¿Q-Qué?
— Lo que escuchas. Debía protegerte, Moriarty y sus hombres estaban detrás de ti y de la señora Hudson, no iba a permitir que los lastimaran. Por nada del mundo.
— ¡Moriarty murió en aquella azotea Sherlock!
— ¡Si, pero sus hombres no!— lo tomó fuertemente por los hombros, clavando su mirada en la del médico— ¿No lo entiendes, John? Si yo moría, ellos te dejarían en paz… Por eso lo hice… Y no es que no haya querido aparecer antes, pero no podía hacerlo. Era indispensable que desapareciera por completo, de una forma definitiva, y sólo así podría perseguir a sus hombres.
— ¿Y qué estamos haciendo ahora aquí?
— Esperar a que el último aparezca. Su mejor hombre y su mano derecha. Uno de los mejores francotiradores del mundo me está buscando, siguiendo un rumor de que yo había aparecido en aquí, en Baker Street. Rumor que la señora Hudson se empeñó en correr.
— ¡La señora Hudson! ¡¿Ella sabía…?
— Fue la última en enterarse antes que tu, John, porque necesitaba de su colaboración. Mira por la ventana y observa nuestra sala de estar.
Y así lo hizo. Watson se asomó por la ventana como Sherlock le indicaba y ahí lo vio: sentado al antiguo escritorio de su sala de estar, sentado como si nada, había una especie de muñeco. Y curiosamente, se parecía mucho al detective. John le dirigió una mirada algo extraña, a lo cual el azabache respondió:
— Es una réplica exacta de mí, lo hizo un artesano que conocí en oriente. Es para despistar al francotirador. La señora Hudson se escabulle por la sala cada algunos minutos a cambiarla de posición, para que parezca más humana. Bien, supongo que sólo nos queda esperar…— y dicho esto, se sentó en el suelo, mirándolo desde abajo y haciendo un gesto como para que lo acompañara.
El doctor hizo caso, sentándose a su lado. Suspiró profundamente y se refregó los ojos, como cansado— Sherlock… ¿me podrías contar toda la historia?
El detective lo miró, luego deslizó un brazo por sobre los hombros de su compañero e hizo que sus cuerpos se acercasen más, casi obligando a que John apoyara su cabeza en su hombro. Y éste con gusto lo hizo, ya que aún sentía la necesidad de sentir que aquello no era producto de su imaginación y que su amigo de verdad había vuelto, que en verdad aquel cálido cuerpo estaba a su lado…
— Te contaré todo si así lo deseas— dio un largo suspiro, como para aspirar todo el aire que sus pulmones le permitían y comenzó su relato—. Cuando caí de la azotea, no estaba cien por cien seguro de que sobreviviría, ya que aunque había tomado algunos recaudos, nunca se puede jugar con ese tipo de cosas. La cuestión es que yo le había pedido a Molly que tuviera preparada una colchoneta, porque iba a encontrarme con Moriarty en la azotea del hospital y tenía que tomar medidas de seguridad. Asique cuando tuve que lanzarme al vacío, la colchoneta estaba preparada, lista para recibirme, pero fue casi suerte que cayera sobre ella. Obviamente me lastimé, porque nadie sale ileso de una caída como esa, pero no morí— John, estupefacto, abrió la boca para hablar, pero Sherlock no lo dejó—. Tu llegaste cuando mis vagabundos había removido ya la colchoneta y había hecho que la poca sangre que había salido de mi herida se expandiera por doquier. En cuanto me tomaste de la muñeca, no pudiste sentir mi pulso por un pequeño truco: yo estaba apretando una pelota bajo mi axila, lo cual hace que el pulso en el brazo se vuelva imperceptible. Te juro John, que tuve un arrebato, uno en el cual quise apretarte la mano, para hacerte saber que estaba bien, pero me contuve, me contuve porque no quería que te lastimaran…
— Pero sufrí igual Sherlock…— lo interrumpió apenado el rubio—, tres años… tres años creyendo que habías muerto, que ya no volverías… No tienes idea por lo que pase… ¡Incluso me casé Sherlock! Para intentar ocupar mi mente, para tratar de sacarte de mí, pero no puede… me fue imposible, completamente imposible. Y todos afuera diciendo que eras un farsante, un asesino, un psicópata, un mentiroso… Eso definitivamente me lastimó, Sherlock.
— Lo sé, pero por lo menos estás vivo. Además, para mí también fue difícil verte así, sabiendo que no podía salir a la calle, buscarte y decirte que estaba bien, que estaba vivo. Te espié, disfrazado de vagabundo, muchas veces John… Hasta que me fue imposible mantener las distancias, sintiendo que si seguía estando cerca de ti algún día saldría corriendo y te abrazaría— lo apretó aún más contra su cuerpo, apoyando el mentón en la cabeza del médico y cerrando los ojos—. Y entonces tuve que irme de viaje, para no cometer una locura. Viajé por Asia: recorrí el Tíbet, los templos de China, las islas de Japón y Filipinas, las selvas de India y los desiertos de Irán e Iraq… Y entonces no pude más, tuve que volver y, por suerte, con las averiguaciones ya hechas, mi regreso fue bueno para poder atrapar a este asesino que anda buscando mi cabeza… y para poder abrazarte de nuevo al fin, John.
El rubio sonrió débilmente, separándose un poco y levantando la cabeza, para verlo a los ojos. Le tomó el rostro entre las manos y besó suavemente sus labios, disfrutando de aquel contacto, de aquel sabor…
— Te amo Sherlock Holmes— dijo en un susurro, al separar sus labios.
El aludido abrió los ojos de par en par, para luego desviar la mirada automáticamente. Un casi imperceptible rubor acababa de aparecer en sus pálidas mejillas, ahora apenas tostadas por el sol de oriente. Un extraña expresión se dibujó en su rostro, a lo que el médico sonrió. Siempre que le decía cosas como esa a Sherlock ponía esa cara, mezcla de confusión, vergüenza y ternura, que simplemente lo podía. Lanzó una pequeña risita y, sin esperar respuesta, ya que sabía a la perfección que no la habría, volvió a besarlo. El detective no expresaba su amor ni su cariño por palabras, lo hacía en actos y gestos y él lo sabía a la perfección, porque lo conocía a la perfección, y volver a tenerlo enfrente lo hacía el hombre más feliz sobre la tierra.
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Pasaron unos minutos más, en los cuales ambos se dedicaron a mirarse en completo silencio: estaban recorriéndose con las miradas, como si fuera la primera vez que se veían, pero era evidente que lo estaban haciendo como una especie de comprobación, como para saber que aquello era real y no un simple sueño o una ilusión. Pero también estaban atentos a cualquier movimiento o sonido sospechoso en la calle, ya que debían atrapar a ese tipo.
Unos veinte minutos después, cuando ya habían quedado completamente a oscuras, porque la noche había caído y obviamente el apartamento no tenía luz, oyeron un extraño sonido muy cercano a dónde estaban, así como también un inusual movimiento en la puerta de aquel edificio. John automáticamente tomó su arma y se giró, en dirección a la puerta; mientras por el rabillo del ojo y con la poca luz que entraba por la ventana, pudo ver como Sherlock se ponía de pie y, tan sigiloso como un felino al asecho, se acercaba, pegado a la pared, a la puerta.
Y entonces todo ocurrió demasiado rápido como para que alguien comprendiera exactamente lo que estaba pasando. Se oyó un ruido sordo, como de algo metálico que cae a un suelo de madera a muy poca altura, luego un grito, seguido de disparos dirigidos en dirección a la ventana; luego, un disparo más, seguido de un grito de dolor y, por último, una seguidilla de ruidos: primero a alguien que golpea un cuerpo humano y, luego, a un cuerpo cayendo inconsciente sobre el suelo. Al instante se escucharon pasos apresurados y la puerta se abrió de par en par de golpe, permitiendo el paso de varias personas, armadas no sólo con revólveres, sino también con linternas que enceguecieron las vistas de Sherlock y John.
— ¿Lestrade?— preguntó el detective consultor, haciéndose sombra en los ojos con una mano.
— ¡Holmes, Watson!— gritó el inspector de Scotland Yard, entre sorprendido y alegre— ¿Qué se supone que hacen aquí? ¿Acaso ustedes…?— alumbró al hombre tendido en el suelo, el cual tenía una herida sangrante en la pierna –a causa del disparo que le había efectuado el doctor– y se hallaba inconsciente junto a una especie de maletín y tubos metálicos.
— Lo he estado siguiendo desde hace un año aproximadamente— respondió Sherlock—. Y él también me ha estado siguiendo la pista, es por eso que estábamos aquí. Pero nunca creí que elegiría el mismo lugar que yo para custodiar mi ventana.
— ¿Tu ventana?
— Si, desde aquí se tiene una vista perfecta de la ventana de la sala del 221B— explicó el azabache, señalando con la cabeza hacia la ventana de la habitación en la que se encontraban.
— Este tipo es el llamado "Capitán" Moran, es uno de los criminales más buscados de Europa.
— Y discípulo, por decirlo de alguna forma, del querido Jim Moriarty— agregó Holmes, sonriendo, aparentemente, de forma irónica.
El inspector suspiró profundo, guardó su arma e hizo señas para que sus policías pasaran para arrestar al francotirador.
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Momentos después, con aquel hombre ya esposado y atendido por un médico, Lestrade, John, Sherlock y la señora Hudson se miraban, entre divertidos y sorprendidos, en la sala de estar de las antiguas habitaciones de Watson y Holmes.
— Sabes, nunca hubiera pensado que diría esto Sherlock, pero en verdad me da gusto verte— dijo, palmeando el hombro del aludido, el inspector.
El detective no respondió, solo sonrió débilmente. Habían pasado tres años, pero él no había cambiado ni un poco, por lo que seguía sin entender demasiado cuando debía responder a palabras que expresaran sentimientos ajenos. Un extraño silencio inundó entonces la habitación. Sherlock y John se miraban fijamente a los ojos, casi sin parpadear, como si pudieran comunicarse con sólo esa mirada, que reflejaba intensos sentimientos. El inspector, entonces, volvió a hablar, esta vez caminando hacia la puerta.
— Bien, supongo que debo irme. Ya tendremos tiempo de hablar, Sherlock— el detective giró el rostro, para posar sus ojos en los del policía, dirigiéndole una mirada de duda, alzando un poco una de sus cejas—. Creo que tu y John tienen que hablar más que nosotros dos, ¿o me equivoco?— y entonces esbozó una sonrisa cómplice, mirando al doctor.
Watson le devolvió la sonrisa, pero la suya reflejaba más sorpresa e incredulidad que complicidad. Lestrade, entonces simplemente se marchó de la habitación y del lugar, dejando a Mrs. Hudson sola con los dos hombres. La anciana sonrió y luego de dedicarle una enorme sonrisa a ambos, dijo:
— Bueno, también me iré. Tengo que ir de compras.
— Pero ya es tarde— opinó Holmes, incrédulo.
— Oh, no, claro que no…— respondió la mujer, lanzando una risita y bajando por las escaleras y perdiéndose de vista.
— Es increíble como las personas de Londres no han cambiado ni una pisca por tres años— dijo el detective, sentándose en el sillón que había debajo de unas peculiares marcas de disparos enmarcadas en una pintada de aerosol amarillo.
John Watson lanzó una pequeña risa, negando con la cabeza y acercándose a su compañero— Tu tampoco has cambiado, Sherlock.
— ¿Eso crees?— preguntó el aludido, levantando el rostro y encontrándose con los ojos del rubio, que lo miraban llenos de amor.
— Si— respondió simplemente el otro, inclinándose un poco más y besando suavemente los labios de Sherlock.
Una vez más, como cientos antes, el sencillo beso del doctor hizo que el corazón del detective diera vueltas dentro de su cuerpo y que sus manos tomaran fuertemente el cuello de su camisa, empujándolo hacia él. John sonrió, aún con los labios apoyados en los de su amante, y colocó una de sus manos en el respaldo del sillón, mientras que la otra acariciaba las costillas del moreno por sobre la ropa. No tardaron en quedar acostados, con sus cuerpos pegados el uno al del otro, solo que esta vez, era el ex-militar quien estaba sobre Sherlock y llevaba el control.
Una vez más, se poseyeron en aquel cómodo sillón. Una vez más, la sala de estar del 221B de Baker Street se inundó de suspiros, susurros y gemidos de los hombres, que tanto se habían extraños durante todo el tiempo que habían estado separados. Pero esta vez, quizás como la primera de todas, fueron más lento. Ya no los invadía la desesperación de unir sus cuerpos, se sentir el calor ajeno; esta vez, se amaron con delicadeza y suavidad, con todo el amor y el cariño que encendía sus corazones, con toda la pasión que sus labios le brindaban.
— Sherlock…— susurró el rubio, entre jadeos, tomando las manos de su detective por sobre la cabeza de éste, contemplando casi con admiración el pálido y desnudo pecho bajó el suyo—. Voy a entrar— agregó, hablándole al oído.
Holmes no respondió, solo asintió, suspirando con deseo. Y entonces el médico empujó su cadera contra la del otro, penetrándolo profundamente de una sola vez. La espalda del pelinegro se arqueó, haciendo que sus pechos se tocaran, al tiempo que lanzaba un poderoso gemido, lo cual no hizo más que excitar aún más a su amante.
Los vaivenes comenzaron lentamente, mientras ambos se acariciaban mutuamente, recorriendo cada centímetro de la piel del otro de forma lenta y suave, disfrutando de cada poro, de cada cicatriz, de cara milímetro que recorrían. El sudor los cubrió a ambos mientras sus cuerpos se fundían, ahora un poco más fuertemente. John entonces ya no pudo contenerse más y aceleró al máximo sus embestidas, haciendo que los gemidos de su amante, y los suyos propios, aumentaran.
— Jo-John…— susurró el detective, tomando el rostro de quien le estaba haciendo el amor entre sus largos dedos—. Mi querido John…— agregó, antes de besarlo con fuerza, mordiéndole el labio inferior.
El doctor lo sabía, sabía a la perfección qué había querido decirle Sherlock con esos pequeños susurros. Sabía que ese hombre lo amaba tan profunda y locamente como él lo amaba, sólo que su maldito orgullo le impedía decírselo. Eso, y el hecho de que el detective tenía un corazón demasiado frío y una mente demasiado brillante como para permitirle pronunciar esas dos sencillas palabras que tan feliz lo harían. Pero aún así, no le cabía ni la más remota duda de que sin importar lo que pasase, sin importar quién apareciese o sin importar el tiempo que transcurriera, ellos seguirían amándose tan profundamente como siempre, saltando todos y cada uno de los obstáculos que apareciesen y fundiéndose en cuerpo y en alma como en ese preciso momento.
— Yo también te amo, Sherlock— dijo en forma de respuesta, cuando separaron sus labios para poder respirar.
El detective lo miró algo extrañado, pero luego sonrió y rodeó su nuca con sus brazos, esperando con ansias aquella última embestida, la que le permitió sentir el orgasmo a ambos, la que les permitió sentirse solos en el mundo, unidos como si fueran uno, inseparables, como debería haber sido desde siempre.
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Puff... terminamos~! ^^ Espero que les halla gustado :)
Ya saben, cualquier comentario es bienvenido! Y por favor, no marquen como favorito sin dejar un reviw, me desespera no saber su opiñón! xD
Saludos y nos leemos~! :)
