La vida seguía su curso al margen de ilusiones humanas que jamás tendrían porque cumplirse. Muchas veces ese último punto quedaba en el olvido, era mucho más fácil perderse en una imaginación poderosa que cubría los malos momentos con imágenes ilusorias que gozaban de una credibilidad que en el fondo era poco realista.

Este había sido siempre el punto de partida de la supervivencia de Kara. Su existencia aburrida podía sobrellevarse acompañada de unos anhelos que tontamente pensaba podrían llegar a realizarse a lo largo de su vida, pero nada más lejos de la realidad, su fingida vida llevaba tiempo desvaneciéndose y aquella noche volvía a ser como otra de tantas, lo suficientemente larga como para que los malos pensamientos la nublaran.

Estar en la cama estaba empezando a parecerle absurdo, llevaba media noche sin pegar ojo y sabía que por mucho que cambiara de posición o por muchas vueltas que diera, el resultado sería el mismo que hacía unas horas.

Intentó darse una última oportunidad, una oportunidad para cerrar los ojos, para intentar no pensar por muy ardua que fuera aquella tarea y una oportunidad para intentar dormir un poco. Era obvio que estaba cansada, no es que hiciera demasiado en su vida, se había acomodado a hacer lo mínimo, pero el no dormir y el tener su cabeza dando vueltas a máximo rendimiento durante las veinticuatro horas del día, hacían que acabara exhausta y deseando que aquella cama le permitiera dormir durante algo más que el par de horas habituales en ella.

Sin muchas esperanzas se dio la vuelta en la cama, sabía que eso no ayudaría, pero por lo menos sentía que hacía algo, necesitaba no darse por vencida, necesitaba dormir, necesitaba ese pequeño momento de paz, necesitaba esa huida desesperada de la realidad.

Duró así unos instantes, pero volvió a ponerse boca arriba mientras iba maldiciendo a su psiquiatra, la medicación que tomaba para pasar las noches un poco más relajada no le estaba ayudando en nada, y eso hacía que todavía se pusiera más nerviosa, pues comprobaba con desesperación que no había ayuda posible para ella, y no quería seguir así por más tiempo.

Alzó la mirada al techo, la oscuridad la rodeaba, no sabía qué hora era y no le importaba, había llegado un momento en el que simplemente se dedicaba a dejar pasar los días con indiferencia pero con premura, deseando que el paso del tiempo acelerara las cosas y que el destino que a todos nos esperaba a ella le alcanzara lo más pronto posible.

Pero eso no era real del todo, tampoco quería que ese negro futuro se adelantara más de lo necesario, Kara anhelaba lo que todos, una vida plena, con aquellas pequeñas cosas que hacían que mereciera la pena vivirla, en definitiva, anhelaba una vida normal.

Pero nada de aquello era suficiente para vencer su hastío y cambiar su manera de vivir la vida. Así que, ¿por qué pensaba que algún día quizá todo iba a ser diferente?, ¿por qué resistirse a la idea de que ese iba a ser su tedioso futuro?, ¿qué había cambiado para que esa idea asomara rauda por su cabeza como algo esperanzador? Abrió los ojos de nuevo, como si eso le confiriera más claridad a sus pensamientos y se quedó pensativa en esa idea.

Nada, sentenció, no había cambiado nada, ni siquiera sus estúpidas ganas de ilusionarse pensando en que ese día todo sería diferente, que llegaría ese día en que la oscuridad que la empañaba daría paso a un remanso de paz que iluminara su alma y su vida.

Una lágrima salió tímida de su escondite y recorrió su tez caliente, dejando un rastro tras de si demasiado conocido para Kara. Se limpió con rapidez maldiciendo el hecho de que aparecieran tan asiduamente sobre su rostro y volvió a odiar el descontrol que reinaba en su vida, ni controlaba sus lágrimas, ni controlaba su mente, ni controlaba su vigilia, ni controlaba nada de nada en lo referente a su desdichada existencia.

Cerró los ojos de nuevo y respiró hondo, se abrazó a la almohada como si aquel gesto le ayudara a sentirse más segura y tras unos escasos minutos notó con regocijo como una pesadez casi desconocida se hacía dueña de sus ojos y de su mente y comenzaba a nublarlos decidida a desconectarlos por fin de la realidad de aquella vida o por lo menos de la realidad más inmediata que era la larga noche que se cernía sobre sus hombros.

-Sola, estás sola.- pensó sobresaltándose.

¿Cómo se había podido colar ese pensamiento fugaz cuando pensaba que ya estaba casi en los brazos de Morfeo? Cualquier excusa era buena para machacarse, y esta vez la excusa había sido ese tímido abrazo a la almohada, un abrazo común que había servido de espoleta para llegar a la conclusión en su subconsciente de que estaba sola y de que era una realidad demasiado dolorosa como para poder dejar a un lado ese pensamiento.

Ese simple abrazo cotidiano le hizo ver con dolor que echaba de menos los abrazos, que echaba de menos ese tímido contacto que siempre había sido tan reconfortante y que le había servido como indicador de seguridad. Ahora en cambio ese insignificante detalle había pasado a convertirse en una muestra de que lo máximo a lo que podía aspirar en esa vida era a abrazar a esa almohada y a fantasear con que algún día quizás podría ser una persona la que se lo devolviera.

-Mierda.- susurró esta vez en voz alta.

¿Por qué su mente le hacía eso?, ¿por qué daba vueltas y más vueltas a un tema tan manido como aquel? Ella ya sabía que estaba sola, había asumido hacía tiempo ya, que acabaría sus días sola, no necesitaba volver a ese tema de nuevo, no lo necesitaba, pero estaba claro que no podía dejarlo como si no existiera. El que lo hubiera asimilado no conllevaba el tener los recursos necesarios para adaptarse a lo que la vida le daba. Y ese era el gran problema de Kara, asumía todo lo que le había tocado, pero no había podido adaptarse a ello, no se acostumbraba y decididamente no estaba dispuesta a acostumbrarse y a resignarse a que ya nada era igual, que su vida había dado un giro radical y que era inútil seguir instalada férreamente en un pasado que rápidamente se había olvidado de ella.

Se sentó en la cama sabedora de que necesitaba algo más que un respiro para dejar de pensar y para conciliar el sueño que se le antojaba más esquivo que nunca. Se frotó la cara enérgicamente intentando que las ideas dejaran de martillear su cabeza y se levantó cansinamente quedándose de pie momentáneamente, tomó aire todo lo profundo que sus pulmones le permitían y se desperezó amargamente.

-Otra noche perdida.- pensó, mientras comprobaba que ya eran las cuatro de la madrugada.

Salió a tientas de la habitación y llegó a la cocina dispuesta a no dejarse llevar por ese último pensamiento y decidida a ganarle la batalla a su insomnio utilizando todos los medios que estuvieran a su alcance. No podía soportar una noche más así, con sus fantasmas revoloteando sin descanso por su mente, por su alma y por su corazón oscuro y herido de muerte.

Tomó entre sus manos las pastillas que el médico le había recetado y sacó la dosis máxima que podía tomar, no era la primera vez que lo hacía, de hecho tenía el consentimiento del incompetente de su psiquiatra, aunque eso no significara que el tratamiento fuera efectivo. Kara era una experta en la materia de ver frustrados los efectos de la medicación en su cuerpo, así que decidió dar un paso más allá y tomó de la nevera una botella de vino que apenas probaba y que estaba casi sin empezar.

-No va a ser otra noche perdida, Kara.- se dijo, convencida de que esa era la mejor solución.

Quitó el corcho y bebió directamente de la botella aferrándose a la esperanza de que aquel sueño que esperaba le tomara rápidamente y no fuera la continua pesadilla que se colaba en sus pensamientos día sí y día también.

Sintió el líquido escocer por su garganta, nunca le había gustado mucho el alcohol y aquella ocasión no hacía que ese sabor mejorara en su paladar, pero era por una buena causa, un método quizá un poco drástico pero indudablemente conveniente.

Si eso no la adormilaba quizá le hiciera cambiar, necesitaba sacar fuerzas de donde fuera, necesitaba resurgir de sus cenizas para poder comerse el mundo. Pero esas cenizas no estaban preparadas para ser reutilizadas y simplemente se iban acumulando, haciendo que su vida fuera un ciclo que se repetía una y otra vez, una rutina mortífera que la dañaba sobremanera y que Kara dejaba que se apoderara de ella.

Volvió al dormitorio a trompicones e intentó una vez más conciliar aquel sueño esquivo.