¡Hola! siento haber tardado tanto. Días locos han pasado.

¡Espero que os guste!


CAPÍTULO 2 – LOS VIAJES DE JONAS

-NARRA APRIL-

No sé en qué momento me quedé dormida, pero nunca me lo iba a perdonar. ¡Estaba en Nueva York y, en vez de salir a recorrer la ciudad, me iba a dormir! Podría abofetearme.

Sin embargo, antes de abrir los ojos me acordé de que mi prometido debía estar a mi lado, durmiendo. Sonreí, dándome la vuelta para pasar mi brazo alrededor suyo… dándome de frente con el frío colchón. Nick no estaba.

Abrí los ojos, extrañada. Seguramente estaba en el baño o quién sabe, pero ¿se había ido sin decir nada? ¡Ah, claro! La socorrida nota descansaba sobre la blanca almohada:

"He salido pronto, no quería despertarte. Tengo una reunión importante con cierto productor, pero estaré libre a la hora de comer… te lo compensaré. Te quiero –Nick"

¿Debía enfadarme? Al fin y al cabo, estábamos allí de vacaciones. Pero supuse que Nick no podía dejar de trabajar ni siquiera en vacaciones. Decidí no darle importancia y esperar a que mi prometido estuviera libre para que pudiera enseñarme la ciudad. Habría salido yo sola, pero quería que fuera más especial yendo con él.

Salté de la cama y corrí al flamante baño, grande y luminoso, con una ducha que, estaba segura me transportaría al cielo con sus múltiples chorros a presión y opción de vapor. Lo más seguro era que acabara tan relajada que tendría que volverme a ir a dormir

-NARRA LIZ-

-Galleta, despierta –dijo una voz, zarandeándome. Abrí los ojos perezosamente.

Joe me miraba desde el asiento contiguo al mío, con una sonrisa en la cara. Miré a mi alrededor, un poco perdida. De pronto caí en dónde estaba: en un avión de camino a Tokio, con Joe. Sonreí.

-Buenos días –murmuré. Era el primer viaje que hacíamos solos, sin que nadie nos acompañara. Y, a pesar de estar juntos desde hacía bastante tiempo, aún no me había acostumbrado a que su cara fuera la primera que veía cada día –¿ya hemos llegado?

-Aún no –contestó él, conteniendo un bostezo.

-¿No has dormido? –le pregunté escandalizada. El vuelo era de más de 12 horas y era imposible que se las hubiera pasado sin hacer nada.

-A ratos –dijo. A pesar de todo, parecía tener la misma energía de siempre. Luego, se acurrucó en su asiento teatralmente, y miró a su alrededor asustado –. Esto está lleno de fans.

A continuación, sacó sus ray-ban azules del bolsillo y se las puso, tratando de ir de incógnito. Yo me reí a carcajadas, por lo exagerado que era a veces.

-Joseph, todos están dormidos –susurré. Era cierto; las luces de la cabina estaban apagadas y casi todos los pasajeros estaban tapados con sus mantas hasta las orejas.

-Eso es ahora –murmuró –han venido por lo menos 10 chicas diferentes a pedirme una foto. Tienes suerte que no te hayan visto a ti.

-¿Por qué? –pregunté alarmada. Ya me veía en las fotos: "la novia de Joe babea cuando duerme" o algo así.

-Pues porque yo mismo me he encargado de taparte la cara –dijo con suficiencia. No pude evitarlo, y le di un beso, demasiado breve.

-Gracias –dije, sonriendo cuando me aparté.

-Sí, sí… nada de gracias y vuelve aquí –murmuró obligándome a volver a besarle.

Como si fuera necesario… no hacía falta que me obligara, le habría estado besando siempre, pero no quería que se me conociera como "la novia lapa".

Creo que nos habríamos pasado el resto del viaje besándonos y abrazándonos, pero una de las azafatas vino a interrumpirnos.

-Perdonen, -dijo ella, carraspeando en voz alta. Joe alzó la vista, mientras que yo la bajaba avergonzada –unas señoritas de la otra cabina me han pedido que le traiga esto, señor Jonas.

Contuve como pude la risa, mientras que Joe me lanzaba una mirada fulminante. Luego, todo sonrisas, alargó la mano para coger el papel que le tendía la azafata.

-¿Y bien? –murmuré –¿qué dice?

-Quieren que abandone a mi novia y me vaya con ellas a recorrer el lado salvaje de Tokio –dijo mientras leía el papel. Alarmada, se lo arranqué de las manos para leerlo personalmente.

-¡Joseph! –exclamé, quizá demasiado alto –¡no pone nada de eso!

Él empezó a reírse. En vez de la terrible propuesta que él había inventado, en el papel simplemente ponía "Joe, estamos muy contentas de que tengas una novia normal. Por favor, no la dejes. PD: si la dejas, que sea por una de nosotras"

-¡Oh, que majas! –murmuré, con voz tierna.

-Nada de eso –contestó él, aún conteniéndose la risa -¿cómo se atreven a llamarte normal? ¡viven en una farsa! –empezó a alzar la voz, mientras que yo trataba por todos los medios de callarle -¿normal, dicen? Eso es porque no saben que eres una galleta.

No pude evitarlo, empecé a reírme histéricamente. Hasta algunos pasajeros que dormían abrieron los ojos. Joe se disculpó por mí, dando como excusa que me estaba medicando y que le tenía pánico a los aviones. Todos parecieron calmarse.

-¿Por qué les dices eso, Joe? –dije cuando me calmé. Él se rió disimuladamente.

-Era la única forma de que te dejaran en paz –se encogió de hombros. Luego, pasó su brazo alrededor mío, acercándome hacia sí. Los asientos en los que estábamos eran anchos, así que casi podía extender por completo mis piernas.

-Joe… -murmuré, indecisa –gracias por esto.

-Gracias a ti –dijo. Le miré confundida –gracias por venir conmigo. No tendría gracia su tuviera que ir solo.

-NARRA KEVIN-

Con todos fuera de la casa señorial, Summer y yo podíamos estar solos sin nadie que nos molestara, al menos hasta al día siguiente, que era cuando teníamos que coger el avión hasta París. Mis padres y Frankie había ido a Texas otra vez, dejándonos la casa para nosotros, sin ni siquiera darnos una condición o pautas de comportamiento. Y me parecía bien, porque si no, me habría sentido culpable después de hacer lo que acababa de hacer.

-No hay nada mejor que una ducha después del ejercicio –exclamó Summer, saliendo de mi cuarto de baño, con sólo una toalla cubriendo su cuerpo. Luego me sonrió ampliamente –creo que te toca a ti.

-No entiendo por qué no me has dejado que me duchara contigo. Habríamos ahorrado bastante agua –contesté, intentando ser gracioso. Ella soltó unas carcajadas, mientras se secaba cuidadosamente. Era imposible apartar la vista de ella.

-Porque ya has tenido suficiente antes –respondió Summer, guiñándome el ojo. Ahora era cuando alcanzaba la crema hidratante y empezaba a extenderla por todo su cuerpo.

-¿Por qué haces eso cuando estoy presente? Sabes que me vuelve loco –le dije, conteniéndome para no levantarme y lanzarla sobre la cama sin ningún pudor. Sum soltó una carcajada, para luego sacarme la lengua y volver a meterse en el baño, cerrando la puerta tras de sí.

-¿Así mejor? –exclamó, sin abrir. Me acerqué rápidamente.

-¿Cómo se supone que me tengo que duchar yo? –le dije, divertido. Abrió la puerta, sólo lo suficiente como para sacar su pierna perfecta y contonearla delante de mis narices, como en esas películas románticas.

-Tú me has pedido que me alejara de tu vista, querido amigo –canturreó, sin dejar de mover la pierna.

-Te encanta hacerme sufrir, ¿verdad?

Su risa repiqueteó como la de un pajarito, demasiado graciosa. Era una de las cosas que más me gustaba de ella.

-Sólo un poco –abrió por fin, llevando simplemente mi camiseta.

-No respondo de mis actos –fue lo último que dije antes de lanzarme a por ella, mientras que Summer intentaba zafarse sin éxito.

-NARRA APRIL-

No me lo esperaba, eso es verdad.

A mediodía, cuando yo ya estaba completamente vestida y preparada para salir a patear la ciudad, Nick me llamó por teléfono.

-¡Por fin! –contesté yo, emocionada –¿te queda mucho para llegar? Me muero de ganas de que salgamos a ver la ciudad, he marcado en el mapa todos los sitios a los que quiero ir…

Pero él me cortó.

-Hola, eh… quería pedirte disculpas. No voy a poder estar hoy contigo, April –me dijo, en voz baja. Supuse que estaba con alguien más, quizá algún ejecutivo o productor o a saber quién.

-Pero, Nick… creía que… creía que íbamos a comer juntos y a hacer turismo –respondí, contrariada.

-Lo siento mucho, de verdad. Es que la reunión se ha alargado y me han pedido que les acompañe esta tarde a conocer a otro miembro de la productora… es importante, April.

Por su voz, supe que estaba en una situación comprometida. Si iba a casarme con alguien tan ocupado como él, debía ser comprensiva, ¿no? Dejé escapar un suspiro.

-Está bien –cedí, intentando sonar no demasiado decepcionada –pero esta noche te quiero en casa para cenar, ¿vale? Voy a preparar algo especial, ya que no hemos podido tener el día que esperábamos.

-Por supuesto –luego añadió en voz baja –muchas gracias por entenderlo, April. Te quiero.

-Yo también te quiero –contesté, sin darme tiempo a que Nick lo escuchara. Él ya había colgado.

Me senté un segundo en el borde del sofá, pensando en el asunto. No debía estar triste… ¿verdad? Él era un chico ocupado, siempre lo había sido. Pero, era normal que estuviera decepcionada. Se suponía que estábamos de vacaciones.

Aunque, quizá era sólo cosa de un día. Intenté animarme.

-¡Mañana todo irá perfectamente! –exclamé para mí misma.

De un salto, me levanté y me acerqué al enorme ventanal que daba directamente a Central Park. La gente se veía como hormiguitas correteando por las ajetreadas calles de Manhattan, al igual que los taxis, coches oscuros y largas limusinas que se paseaban por allí. La ciudad era tan perfecta… y yo me la estaba perdiendo.

Decidí que tenía que salir a la calle, por lo menos un momento. Si le había prometido a Nicholas una cena, debía ir a comprar algo de comida, porque la nevera estaba más bien vacía. La cuestión era, ¿dónde había un supermercado cerca?

De repente, me acordé del simpático portero que nos había recibido la noche anterior, así que cogí las llaves de la casa y mi bolso y bajé en el ascensor hasta la planta baja. Me alegré de ver al joven chico allí sentado, hojeando una revista.

-Eh… ¡hola! –me acerqué a él, mientras que él sonreía brevemente. Seguramente pensaba que era un poco rara, eso estaba claro –me preguntaba… esto… ¿hay algún supermercado cerca?

-Sí, claro, señorita –me pareció gracioso que me llamara así. Al fin y al cabo, no parecía mucho más mayor que yo –hay uno bastante decente en la séptima con la 11th.

Le miré completamente perdida.

-¿Perdona? –pregunté. El chico dejó escapar unas carcajadas.

-No eres de aquí, ¿verdad?

-¿Tan obvio es? –contesté, ruborizándome. Él me miró fijamente, con una sonrisa ladeada.

-Un poco –se rió entre dientes, pasándose la mano por su pelo rubio oscuro. Nunca había visto a un rubio con los ojos marrones.

Un hombre mayor entró en el hall, vestido con el mismo uniforme que él. Supuse que era el otro portero.

-Daniel, ya puedes irte con tu nueva novia –le dijo el hombre, mirándome de reojo. Me puse nerviosa.

-Oh, no… no, no, no. Yo soy April… estoy en el ático, con el señor Jonas –aclaré. El hombre pareció darse cuenta de su error.

-Oh, vaya. Lo siento, señorita. ¿Desea algo? –preguntó. Negué con la cabeza.

-Ya me encargo yo, Clyde –le dijo Daniel al portero mayor –. Sólo entretenla mientras me cambio, ¿vale?

-No hace falta que me acompañes, de verdad. Estoy segura de que lo encontraré yo sola –respondí, mientras que Dan se alejaba al que supongo era su vestuario. Él simplemente se giró y me sonrió brevemente.

-Me encantaría verte intentarlo –respondió. Entrecerré los ojos. ¿Tan perdida se me veía?

Cuando Dan desapareció y Clyde ocupó su puesto, con la vista fija en mí para que no me fuera (tal y como le había dicho su pequeño amigo), tomé una decisión.

-Ehm… oiga, Clyde. Cuando su amigo salga, dígale que muchas gracias por su ayuda.

Y empecé a caminar hacia fuera del edificio. ¿Quién había dicho que no era capaz de hacerlo? Yo podía encontrar un estúpido supermercado sin que nadie me tuviera que guiar, ¿verdad?

Pero, desde luego, alguien tenía razón. Pronto me encontré perdida, mirando a todas partes. ¿Por qué no señalizaban las calles? ¿Por qué todo el mundo iba tan deprisa? Y, sobretodo, ¿por qué la gente era tan maleducada?

Llegué a la esquina y me quedé parada. ¿Estaba ya en la séptima?

¿Dónde estaba? Y, ¿por qué hacía tanto calor?

Inmediatamente escuché unas carcajadas detrás de mí.

-Te dije que no llegarías muy lejos –dijo Daniel. Llevaba una camiseta de manga corta de color negra, con unos vaqueros no demasiado ceñidos y unas botas de motero. Vaya, sí que era un cambio en comparación con el uniforme de portero.

Le miré, molesta.

-Estoy en ello –respondí, intentando mantener mi dignidad.

-No parece que vayas muy bien. La séptima está en dirección contraria –me dijo. Mierda.

Sin decir nada, empecé a andar hacia la otra parte, rezando para que esta vez fuera la buena. Tenía que llegar a ese supermercado por mí misma aunque eso me llevara toda la tarde. Dan rápidamente me alcanzó, colocándose a mi lado.

-¿De verdad no me vas a dejar que te acompañe? Llegarás antes –dijo.

-No te conozco –respondí, recordando que estaba vagando por ahí con un casi desconocido.

Dan se paró de golpe, extendiendo su mano para que se la estrechara.

-Me llamo Daniel Rottwood, pero puedes llamarme Dan –sonrió, no sólo con los labios, sino con los ojos también.

Me di cuenta de que aún esperaba a que le estrechara la mano.

-Yo soy April… llámame señorita April –le dije, intentando bromear. Él se rió.

Dan era zurdo, así que me había extendido su mano izquierda. Cuando estrechamos manos él cogió mi mano izquierda, dando a parar con el pedrusco enorme de mi anillo de compromiso. Algo parado, me hizo girarla para poder admirar el diamante.

-Vaya –dejó escapar un silbidito –menuda piedra. ¿Cómo puedes siquiera mover la mano?

Bajé el brazo, incómoda por la atención. Él pareció darse cuenta, así que intentó disculparse.

-No te lo tomes a mal pero, ¿cuántos años tienes? –preguntó.

-Eh, dieciocho –respondí –¿y tú?

-Veintidós –me miró fijamente –¿no eres un poco joven para estar comprometida? ¿O es que el anillo es de mentira?

-No es de mentira –murmuré.

-¿Entonces? ¿Por qué querrías estar casada a los dieciocho?

Sin darme cuenta, habíamos empezado a andar. Yo me limitaba a seguirle a él, desde luego. No me atrevería a caminar por allí sola.

-Porque he encontrado a la persona con la que quiero estar el resto de mi vida –respondí, sin importarme que sonara un poco cursi. Era la verdad.

Daniel me miró con atención, como si intentara descifrar algo en mi expresión, como si esperara ver una muestra de duda o algo así.

-¿Estamos hablando de Nick Jonas? ¿Por eso vivís juntos?

-¿Eres un periodista del corazón? –respondí, harta de tanta pregunta.

Para entonces, habíamos llegado al supermercado, que era tan espectacular como me había dicho Dan. Le eché una mirada perspicaz.

-Vaya, ya hemos llegado. Gracias por acompañarme. ¡Hasta luego! –corrí hacia dentro del establecimiento, dejándole detrás y rezando para que no me siguiera.

Y, por suerte para mí, no lo hizo.

-NARRA LIZ-

Llegamos a Tokio después de interminables horas de vuelo, aunque tampoco podía quejarme, ya que en algún momento me quedé dormida en brazos de Joe. Fue él el que me despertó sutilmente con un beso sobre mi nariz.

-El coche nos espera en la puerta de salida.

Y así era. Pero no, no era en un hotel de lujo, como había pensado, si no en uno bastante modesto. Miré a Joe, algo adormilada aún.

-¿Nos hemos equivocado de sitio? –pregunté. Él también parecía extrañado.

-Creo que sí. Disculpe, ¿es esta la dirección correcta? –le dijo al conductor. Suerte para él que hablaba inglés.

El conductor asintió, bajando rápidamente para sacar nuestras maletas del maletero. Joe me miró horrorizado.

-Debe de haber un error –murmuró.

Bajamos del coche aún en estado de trance, cuando nos dimos cuenta de que era una calle bastante… mala. Un grupo de chicas se paseaba por allí, ligeritas de ropa. Incluso vimos a una de ellas meterse en nuestro hotel con un japonés de aspecto viejo. Estábamos en un burdel.

-Hasta aquí hemos llegado. Muchas gracias por su confianza –nos dijo el conductor, dejándonos las maletas a los pies, haciendo una mini reverencia y subiéndose de nuevo al coche. Joe se acercó corriendo y golpeó la ventanilla.

-Esto no es posible. ¡Yo había hecho una reserva en el Palace! –le gritó Joe al conductor, de manera desesperada. Yo me mantuve a unos pasos de distancia, inspeccionando el lugar con curiosidad, divertida por la situación. Se me había pasado el sueño de golpe.

-Lo siento, señor. El Palace está cerrado hasta el 2012 por obras. Este hotel es el único con habitaciones libres en este momento –respondió el conductor, antes de pisar el acelerador y salir de allí demasiado deprisa.

Joe se quedó allí parado, quizá aún en shock. Rápidamente , una señorita de la calle se acercó a nosotros. Bueno, más bien a él. Luego, dijo algo el japonés; algo que, estaba segura no era muy apropiado. Joe la miró extrañado.

-¿Perdón? –preguntó él, confundido.

-¡Ah, sois Americanos! –respondió ella, con un fuerte acento. La miré con recelo mientras que ella posaba su blanca mano sobre el hombro de mi hombre –. Te decía, guapo, que quizá os apetecería a ti y a tu novia subir conmigo a una de las habitaciones, ¿no?

Empecé a reírme como una histérica, simplemente por la cara de espanto que Joe había puesto, además de por la situación tan ridícula en la que nos encontrábamos: en medio de la madrugada, tirados en una calle de mala muerte, frente a un hotel con pinta de picadero al que sólo iban prostitutas con sus clientes, en una ciudad que ninguno de los dos conocíamos.

-No, gracias –respondió Joe, lo más amable que pudo. La chica puso mala cara y se fue, indignada. Mi novio se giró para mirarme, mientras que yo intentaba calmarme –. Galletita, maletas, hotel, YA.

-¿De verdad quieres entrar ahí, Joseph? –le pregunté, conteniéndome la risa mientras que él cogía las maletas y caminaba rápidamente hacia la recepción del hotel, que simplemente consistía en un pequeño mostrador al lado de las escaleras.

-Hasta que encontremos otro sitio, esto es todo lo que hay –respondió en gritos.

Decidí que iba a dejar de reírme, porque Joe no parecía demasiado cómodo. Sin embargo, me lo estaba pasando en grande viendo al gran Joe Jonas en un hotel de mala muerte, algo que, estaba segura no hacía muy a menudo.

Después de pelear con el recepcionista, que no parecía entendernos demasiado bien, conseguimos que nos diera una llave de habitación, la número 10. Al parecer, no habían más libres.

-Parece ser que es hora punta para las chicas de la calle. ¡Qué éxito! –le susurré a Joe mientras subíamos por las escaleras hasta el quinto piso.

-No me lo puedo creer –murmuró Joe, exasperado. Ahora sí que no pude evitar reírme.

La habitación consistía en: dos camas individuales, un pequeño espejo que estaba encima de un escritorio destartalado, una silla, una lámpara de pie en la esquina del fondo y una puerta que conducía a un mini baño con sólo un retrete y una ducha de pie minúscula. Yo no tendría problemas para ducharme, pero estaba segura de que Joe tendría que hacerlo sentado.

Solté la maleta y recorrí la habitación con una sonrisa.

-¡Hogar, dulce hogar! –exclamé. Me estaba divirtiendo demasiado viendo a Joe en estado de shock.

-No te atrevas a tumbarte sobre la cama, Galleta. No sabes quién puede haber estado ahí.

Sonreí, acercándome a Joe para envolverlo con mis brazos.

-¿Dónde está tu sentido de la aventura, Joseph? –pregunté.

-Pero Liz, esto parece un puticlub –me reí entre dientes –. Sólo falta el ruidito de… -empezó a oírse una especie de gemido extraño, como el de un gato en celo. Joe se puso blanco –… ese ruido.

-Bueno, en algún sitio tendrán que trabajar esas pobres chicas, ¿no? –le dije, dándole un beso en la comisura de los labios, intentando que se relajara.

-Sí, claro… pero no sé, Liz. Yo quería llevarte al mejor hotel de Tokio, ¡y mira esto! –protestó él. Sonreí ampliamente.

-Contigo, este sitio es mejor que el Palace, el Ritz y el Hilton todos juntos.

Joe pareció tranquilo al fin, apretándome contra sí por la cintura y besándome con ternura.

-Entonces, ¡a la aventura! –exclamó, haciendo que ambos cayéramos sobre la cama.

Y no, no nos importaron los ruidos de fuera (quizá porque los que hicimos nosotros eran más fuertes aún). Pero, a lo que iba… esa pequeña habitación iba a ser mejor que cualquier suite imperial.

De eso estaba segura.


Ohh, pobres chicos! sí bueno, no tanto! están en Tokio, ¿no? eso es lo que cuenta.

¿Qué os ha parecido? siento si es un poco corto... ¡más cosas por llegar!

Muchas gracias a las que comentáis por todas partes, ¡me alegráis siempre el día!

-Vicky.