CAPÍTULO II

De vuelta a la cabaña de Fluttershy

Para Fluttershy el tiempo pareció congelarse un segundo, como siempre ocurría cuando Rainbow Dash aparecía ante ella. Y como siempre, no puedo dejar de notar lo perfecta que era. Sí, a simple vista podía parecer desaliñada e incluso un poco marimacho con ese corte de pelo, pero por Celestia, ella tenía algo especial. No necesitaba adornos ni maquillaje como otras yeguas, ella brillaba con luz propia sin esforzarse. Incómoda, trató de apartar esas ideas. Puedo hacerlo, puedo hacerlo. Se esforzó por sonreír mientras intentaba que las patas no le temblaran.

—¿Ya estás lista Fluttershy? Sé que tenía que haber llegado antes, pero me entretuvieron —dijo Rainbow mirando de reojo hacia atrás, haciendo un mohín.

—No... no importa, solo tengo que recoger algo... ahora vuelvo.

Sin querer hacer esperar a Rainbow regresó a la cocina, tomó la cesta que había preparado y respiró hondo un par de veces. Había creído que estaba preparada, pero tener cara a cara a Rainbow la desarmaba. Se mordió un labio mientras miraba nerviosamente hacia la puerta. Su amiga estaba esperando, no podía comportarse como una potra. Puedo hacerlo, puedo hacerlo. Con esas palabras en mente caminó hacia hacia Rainbow, intentando no mirarla demasiado a los ojos.

—Lista.

Los ojos de Rainbow se iluminaron con apetito al ver a Fluttershy con su propia comida.

—Perfecto, me muero de hambre. ¡Sígueme!

Ambas emprendieron el vuelo aprovechando una corriente de aire ascendente y se colocaron una al lado de la otra. Fluttershy se preguntó a donde la llevaría Rainbow. Por un momento se imaginó sentada contemplando un combate de boxeo o comiendo en una abarrotada hamburguesería, opciones mas que razonables para cualquiera que conociera mínimamente a Rainbow Dash. Fluttershy desechó esas ideas con una leve sonrisa. Era imposible que Rainbow tuviera algo como eso en mente, por lo menos esta noche. Su amiga podía ser desconsiderada a veces, pero sabía perfectamente lo que le gustaba y lo que no.

Dejando que Rainbow tomase el mando, siguió sus movimientos mientras cruzaban el cielo nocturno. No pudo dejar de notar que la noche preparada por la Princesa Luna era perfecta, ni demasiado fría ni demasiado cálida, con una luna llena que iluminaba los alrededores casi como si fuera de día. Distraída mirando hacia arriba, Fluttershy se sorprendió cuando abandonaron los límites de Ponyville y se dirigieron hacia el oeste, una zona que ella jamás había explorado. Por un instante sintió una punzada de temor al imaginar los peligros que podía encontrar allí, pero bastó conque su mirada se encontrase con la de Rainbow para calmarse por completo. Dash podía ser muy temeraria, pero jamás la llevaría a un sitio realmente peligroso.

Unos minutos después descendieron con suavidad en las orillas de una laguna rodeada de árboles de extraño aspecto, muy nudosos, con corteza blanca y hojas que caían en cascada como las de un sauce llorón. No era un lugar demasiado amplio, a decir verdad era bastante reducido, pero llamó inmediatamente la atención de Fluttershy. Un sitio pequeño que bañado por la luz de la luna se antojaba acogedor, tranquilo, aislado del mundo exterior. Un sitio donde poder relajarse y ser uno mismo, lejos de miradas indiscretas. Otros ponis serían incapaces de entenderlo, pero Fluttershy no podía haber soñado un sitio mejor para una cena.

—Rainbow, esto es...quiero decir, este sitio es precioso. ¿Como lo encontraste?

—Twilight me lo dijo. Ella acababa de conseguir sus alas, intentó un viaje algo mas largo y se estrello aquí —sonrió satisfecha de si misma al fijarse en la alegría de Fluttershy—. Estaba segura de que te gustaría.

—Me encanta. Pero no tenías que haberte molestado, de verdad, ya te disculpaste...

—¡Claro que sí! Ninguna de nuestras amigas me habría perdonado con tanta facilidad como tú lo hiciste. No hay un poni que se merezca esto mas que tú.

Ante esta afirmación Fluttershy enrojeció totalmente y escondió la cara tras su melena. Pocas veces un poni le dedicaba algún cumplido y en realidad ella tampoco los esperaba. No tenía nada que la hiciese ser especial, era una poni de lo mas normal, más mediocre que otra cosa. Por mucho que sus amigas insistieran en lo contrario, a veces pensaba que sus palabras no eran más que un intento por hacerla sentir bien. Pero un halago de Rainbow era una cosa totalmente distinta; tenía que ser algo muy impresionante para que su cabezota lo admitiera. Y por eso una sola palabra amable que ella dijera valía mil veces más que la de otros ponis.

Entonces las tripas de Dash emitieron un sonoro rugido. Ahora era el turno de Rainbow de avergonzarse mientras Fluttershy se reía muy tenuemente. La tensión que había ido acumulando estos días últimos días y que había llegado a su punto álgido esta noche se disipó casi por completo. Todavía quedaban algunos vestigios, pero nada que no pudiera manejar. Era solo Dash, su mejor amiga, con el mismo apetito insaciable que la hacía reír cuando eran potras.

—Sí, será mejor que empecemos a comer —se apresuró a decir Rainbow, intentando desviar la atención—. ¿Qué has traído?

—Esto... un poco de ensalada y unas hamburguesas de heno. ¿Y tú?

—Lo sabrás en un momento, solo deja que lo prepare todo. No puedo dejar que mi mejor amiga se siente sobre tierra, ¿no crees? —respondió Rainbow al tiempo que empezó a trabajar con la velocidad que la caracterizaba.

Rainbow había llevado un par de cosas antes y solo necesitó un instante para dejarlo todo preparado. No era nada del otro mundo, solo un pequeño picnic nocturno con algunas velas a modo de iluminación extra. Pequeño e íntimo, como a Fluttershy le gustaba. Con todo listo, le hizo un gesto para que tomase asiento mientras ella abría su cesta y empezaba a servir la comida.

Para Fluttershy aquello significaba otra sorpresa. ¿Paella? ¿Desde cuando conocía Dash ese tipo de comida? Le dio un pequeño bocado a su ración y los ojos se le abrieron. Ella siempre había sido buena cocinera, pero vivir sola y tener que cuidar de un montón de animales poco a poco la había motivado a aprender más y estaba muy orgullosa sobre sus conocimientos culinarios. Pero el plato que tenía delante superaba sus expectativas, más sabiendo que era de Rainbow. Todo estaba en la proporción correcta, formando una armonía de sabores.

—¿Has hecho tú esto? —preguntó, realmente impresionada.

Rainbow Dash levantó la mirada; ya estaba comenzando su segundo plato de comida, comiendo como si una manada de dragones quisiera robársela. Solo haciendo un esfuerzo consiguió tragar una parte y respondió a Fluttershy con toda la elegancia que pudo mientras sus mejillas parecían a punto de estallar.

—Si lo hubiera hecho yo mi casa estaría en llamas, ya sabes que la cocina y yo nunca nos hemos llevado bien. —respondió con un gesto desdeñoso.— Todo esto es obra de Spike. Ese pequeño enano codicioso me cobró dos rubíes por todo esto, ¿te lo puedes creer? —sus alas se agitaron con indignación, haciendo sonreír a Fluttershy. —¿Quieres un poco de vino?

—Ummm, vale.

La única bebida alcohólica que bebía con cierta regularidad era la sidra de la familia Apple y esta solo en pequeñas cantidades, pero tras las últimas palabras de Dash estaba más que dispuesta a beber un trago o dos. Los nervios habían regresado con mayor intensidad y no por cualquier tontería. No podía creer que Rainbow hubiera pedido ayuda. ¡Ella nunca pedía ayuda! Era demasiado orgullosa e independiente para admitir sus limitaciones, a no ser que no hubiera otro remedio. No era propio de ella, en absoluto. Y lo había hecho solo para organizar una cena de disculpa.

¿O había algo más? Una tenue llama de esperanza nació en el corazón de Fluttershy. No se atrevía a creerlo, era demasiado maravilloso, demasiado irreal. Solo eran amigas, muy buenas amigas. Siempre había sido así y no había ningún motivo para pensar que las cosas fuesen a cambiar. La idea de que Rainbow Dash, la pegaso mas increíble de Equestria, podía sentir algo especial por ella era solo un sueño de infancia. No podía dejar volar sus pensamientos hacia esa dirección, era una locura.

Rainbow empezó a hablar y Fluttershy se sintió aliviada de tener una excusa para alejarse de aquellos pensamientos. Rápidamente la conversación derivó hacia la mayor inquietud de Rainbow esos días, los Juegos de Equestria, que comenzarían en apenas diez días. Como era de esperar, Rainbow hablaba la mayor parte del tiempo y Fluttershy apenas intervenía excepto para preguntar algo o darle la razón, pero esto no molestaba a la pegaso. Años con Rainbow le habían contagiado cierto gusto por los deportes y lo cierto es que ella también estaba algo emocionada con la posibilidad de ganar una medalla para Ponyville, de modo que escuchaba con interés a pesar de que cada cierto rato desconectaba su mente.

—...y por eso las posibilidades de Phillydelphia para llevarse el oro son escasas. ¿No crees, Fluttershy?

—Ehhh... supongo —repasó lo ultimo que había escuchado, intentando contestar algo con sentido, pero la cara de su amiga denotaba que ya se había dado cuenta de lo que ocurría. Desvió la mirada, avergonzada de no haber prestado más atención, pero entonces notó el tacto del casco de Rainbow sobre su hombro.

—Lo siento —la culpabilidad era patente en el rostro de Rainbow Dash—. Se supone que esta debería ser una cena para ti y llevo una hora hablando sobre mí y los Juegos. Tenías que haberme interrumpido antes.

—No, está bien... —afirmó con insistencia Fluttershy, muy consciente del punto exacto donde el casco de Rainbow estaba tocando su piel. Trató de decir algo más, intentando no distraerse con aquellos preciosos ojos carmesís que expresaban arrepentimiento—. Me lo estaba pasando bien, lo juro. Solo estaba distraída. Todo esto, toda esta cena ha sido genial. No querría estar en otro sitio que no fuera aquí, contigo.

Solo segundos después se dio cuenta de lo que había dicho y el rubor volvió a su mejillas con tanta intensidad que no le habría extrañado que sus orejas empezasen a echar humo. Cerró los ojos con fuerza. Acababa de soltar lo que prácticamente se podía considerar una declaración de sus sentimientos, nada menos que a la yegua que amaba, sin siquiera haberse dado cuenta.

En la intimidad de su casa lo había intentando una infinidad de veces; se colocaba ante el espejo, imaginando la cara de Rainbow Dash reflejada en vez de la suya y se lo contaba todo. Pero incluso estando sola la voz se le trababa y el cuerpo le temblaba como el de una potrilla recién nacida. En los peores momentos, cuando se sentía mas deprimida, incluso imaginaba como Rainbow se burlaba de ella. No había manera de que algún día pudiera hacer frente a sus temores y confesar sus verdaderos sentimientos.

Hasta esa noche.

Casi no se atrevía a respirar y mucho menos a abrir los ojos. No recordaba que su corazón hubiera latido nunca tan fuerte, ni siquiera cuando tuvieron que enfrentarse a aquel dragón para salvar Ponyville de una nube de humo de cien años. Lo siguiente que dijera Rainbow lo cambiaría todo, para bien o para mal. Pero lo que no esperaba oír es un carcajada, una carcajada tan intensa que le hizo abrir los ojos. Rainbow Dash había caído de espaldas y se agarraba el pecho mientras intentaba no partirse en dos de la risa, sin darse cuenta de la mirada desconcertada de Fluttershy.

—Fluttershy, tonta —dijo Rainbow mientras hacía un esfuerzo por tomar aire—, tú siempre tan amable. Tienes que aprender a ser más firme, de verdad, no puedes ir diciendo que sí a todo —dando un brinco, se levanto del suelo y se sacudió el polvo—. ¿Así que no querrías estar con otro poni, eh? ¿Y quién querría? Es de mí de quien estamos hablando, Rainbow Dash —se puso a dos patas e infló el pecho, adquiriendo una pose orgullosa—. Una leyenda viviente, la poni más genial e increíble que jamás ha existido.

Sin poder evitarlo, Fluttershy se echo a reír. En parte por lo graciosa que resultaba la mini actuación de Dash y en parte por el alivio que sentía de que su amiga no la hubiese tomado en serio. Una pequeña parte de ella querría haber oído la respuesta de Rainbow, pero no estaba segura de poder soportar una negativa directa. Era una opción cobarde, lo sabía, pero estaba acostumbrada a guardar sus sentimientos en secreto, con eso podía mantener las esperanzas. Mientras tuviera a Rainbow a su lado, todo lo demás no importaba.

—Esa es mi Fluttershy —afirmó Rainbow, contenta de haber hecho reír a su amiga—. A partir de ahora nada más de Rainbow Dash, esta noche es tuya y solo tuya. ¿Ok?

—De acuerdo. Bueno, ya sabes, si eso está bien para ti.

—Es perfecto. Pero antes me queda una última sorpresa por darte. ¿Crees que puedes esperar un poco más? —pidió Rainbow mientras echaba un vistazo al cielo nocturno—. Se que normalmente no te acuestas tan tarde, pero esto es especial, confía en mí.

Fluttershy no era capaz de imaginar con que Rainbow se atrevería a sorprenderla o que trucos guardaba bajo la maga, pero asintió, intrigada. Si que empezaba a sentirse un poco cansada, pero toda esta velada estaba siendo tan agradable que podría permanecer despierta toda la noche si fuera necesario.

Terminados los postres y tras alguna que otra charla sin importancia, las dos ponis estaban satisfechas y con sus estómagos llenos. Rainbow Dash se tumbó boca arriba y se quedó observando el cielo nocturno. Fluttershy la imitó, preguntándose en que momento su amiga le mostraría esa sorpresa tan especial. De cualquier modo, pronto se encontró embobada contemplando el cielo nocturno, arropada por el silencio y la tranquilidad del bosque. No era la primera vez que lo hacía; en su cabaña muchas veces se había tumbado sobre el tejado para admirar la bóveda celeste, sobre todo si la princesa Luna había preparado algún espectáculo. En comparación con la enormidad del cielo todos sus problemas parecían pequeños y lejanos.

Giró la cabeza para ver lo que hacia Rainbow y se sorprendió al ver que su amiga parecía preocupada. Rozando su flanco para llamar su atención, se acercó un poco más a ella y preguntó.

—Rainbow, ¿va todo bien? Parecías ummm... un poco infeliz.

—No te preocupes —replicó Rainbow con una sonrisa tranquilizadora, aunque no dejaba de parecer inquieta—. Es solo que esta noche...bueno, me ha traído ciertos recuerdos de hace mucho tiempo.

Tomando su casco con el suyo, Fluttershy le devolvió la sonrisa. No entendía que era lo que entristecía a su amiga, pero sí que sabía como podía animarla. Presionarla para que se lo contará no iba a funcionar, sabía que la única manera de que Rainbow se sincerase era dejándola tomar esa decisión por sí misma. Así, Fluttershy permaneció quieta a su lado; solo quería que Rainbow supiera que estaba allí, con ella, sin importar cual fuera el problema.

Al final la espera tuvo éxito. Las siguientes palabras fueron apenas un murmullo, pero perfectamente audible.

—¿Puedo hacerte una pregunta, Fluttershy?

—Sí, claro.

—¿Por qué te marchaste de Cloudsdale? Me fui con mi padre a pasar una semana de vacaciones y al volver solo tenía una carta tuya en mi buzón diciendo que te marchabas con tu tía y que no volverías a a la ciudad. No dabas ninguna otra explicación. Y al preguntar, solo supe que algo había pasado en tu casa, que había ido la Guardia Real y que te habían trasladado a un hospital, pero nadie sabía más detalles. Estaba muy preocupada por ti. Creí que me enviarías cartas, que seguiríamos en contacto. Nunca llegaron. Nunca volviste a hablarme. Quiero saber que pasó.

Habían pasado muchos años, pero el corazón de Fluttershy no había olvidado el dolor. Ni siquiera ahora, después de tantos años, podría olvidar esa sensación de ahogo, ese miedo, esa incertidumbre. Unas lágrimas se derramaron hasta el borde de sus ojos, mientras ella pugnaba desesperadamente por mantenerse firme y responder a la pregunta.

—Mi padre se suicidó.

La frase dejo en shock a Rainbow. Por un momento trato de convencerse de que había oído mal, de que algo como eso solo podía ser una mala jugada de su cabeza. Pero Fluttershy seguía hablando y sus palabras no dejaban lugar a dudas.

—En realidad no puedo recordarlo, solo conservo unos retazos de lo que pasó. Pero recuerdo que mi padre nunca volvió a ser el mismo desde la muerte de mi madre. Cuando estaba viva era diferente, siempre conseguía que fuéramos optimistas, incluso cuando íbamos a verla al hospital y estaba casi en los huesos. Después del entierro mi padre no pudo soportarlo y empezó a beber. Cuando no estaba trabajando era lo único que lo aliviaba. Y un año después él... tenía un cuchillo, yo intenté detenerlo... pero me empujó y caí por las escaleras... cuando desperté yo...

La voz de Fluttershy se quebró al encontrarse de repente entre los brazos y las alas de Dash, que la envolvieron en un cálido abrazo —Está bien Fluttershy. No importa —dijo Dash besándola en la frente, maldiciéndose a sí misma por haberse atrevido a preguntar.

Fue la señal que el cuerpo de Fluttershy estaba esperando. Con un gemido ahogado Fluttershy empezó a llorar en silencio, compartiendo aquel dolor que había guardado de todos los demás ponis, hace ya casi diez largos años. No por querer ocultarlo, sino por no querer enfrentarlo de nuevo, era demasiado doloroso. Su pecho ardía mientras los recuerdos de su padre se aparecían delante de sus ojos sin poder evitarlo. Los paseos por el parque, los cuentos por la noche, como le curaba las heridas. La sonrisa de aquel semental que ya nunca volvería a estar a su lado.

Se acurrucó más, buscando inconscientemente el consuelo de la única poni presente. Por supuesto, en estos instantes para la mente de Rainbow no existía ninguna otra opción que abrazarla más fuerte, tratando de trasmitirle todo el consuelo que podía sin decir una palabra. Su amiga estaba sufriendo mucho y Rainbow sentía cada una de su heridas como si fueran propias. Pero no lloró. Fluttershy la necesitaba.

Una tras otra, las lágrimas cayeron hasta que finalmente, tras lo que parecieron horas, empezaron a desaparecer y la pena fue mitigándose. Poco a poco Fluttershy empezó a respirar mas relajada, pero aun permaneció abrazada a Dash. Tan próxima como estaba, podía notar el tranquilo latir de su corazón y cada una de las bocanadas de aire que tomaba. Se sonrojo un poco, dándose cuenta de que llevaba mucho tiempo sin establecer un contacto tan intimo con ningún pony. Alzó un poco la cabeza e inmediatamente su mirada se vio atraída hacia lo que ocurría en el claro.

—Rainbow, mira eso —señaló.

La pegaso levantó la cabeza y sonrió al ver lo que decía Fluttershy. En las ramas de los arboles empezaban a florecer lentamente unas flores blancas muy similares a orquídeas, pero con una importante diferencia. Sus pétalos desprendían un fulgor dorado y había tantas de ellas que iluminaban el claro como si si fuese un escenario.

—Son Hadas de la Noche —explico Rainbow, levantándose.- Florecen a medianoche durante la luna llena y atraen a las luciérnagas. Al menos eso me dijo Twilight —aclaró, temiendo haber sonado demasiado intelectual—. ¡Mira, ahí están!

Esta tiene que ser la sorpresa de la que hablaba, pensó Fluttershy. Ella también se levanto y se acercó, secándose los restos de las lágrimas que tenía. Ambas admiraron el maravilloso espectáculo natural que tenían ante sus ojos. Distraídas, ninguna de las dos se dio cuenta de que la pata de un poni rosa salía de debajo del mantel y encendía el tocadiscos antes de desaparecer a toda prisa. Fluttershy pego un saltito al escuchar la música por sorpresa, mientras Rainbow Dash examinaba el lugar, desconcertada.

—¿Pero qué...? —Dash reconoció la canción al instante, era de uno de sus grupos preferidos, lo cual solo la sorprendía más—. Dame un momento para que lo apague.

—Baila conmigo —dijo repentinamente Fluttershy.

—¿Qué?

—Baila conmigo —repitió Fluttershy, llena de un extraño coraje. Quizás por lo que acababa de pasar o quizás las copas de más que había tomado estaban haciendo efecto, pero su habitual timidez se había esfumado—. Me dijiste que esta noche era mía, ¿recuerdas? Y esta es una de mis canciones preferidas.

Rainbow parpadeó varias veces, sorprendida. ¿Desde cuando Fluttershy escuchaba Skillet?— Pero esto no es un baile de parejas, no es... —se interrumpió al ver la mirada decidida de su amiga. Conocía esa mirada y sabía que oponerse no tenía sentido. Eso me pasa por decirle que sea más firme. Sonrió a su pesar—. Ah, supongo que no importa.

Ambas unieron sus cascos y se dejaron llevar por el ritmo de la música, improvisando un baile que no terminaba de encajar con aquel estilo, pero que igualmente disfrutaban. Dando vueltas, siguieron bailando incluso cuando el tocadiscos dejo de sonar.