Disclaimer: Dragon Ball y todos sus personajes son creación de Akira Toriyama.
Nota de Autor: Ya era hora de retomar esta historia, que es más un experimento que otra cosa (sobre todo en lo que respecta a transiciones temporales).
Gracias a todos los que dejaron comentarios, y a los que no también. XD
"Mil Años Vive la Grulla"
II: Arenas distantes
Un Darkfic de Tsuru, Roshi, y Baba
Por
Esplandian
Definitivamente más le valía no meterse donde no le llamaban, mucho menos cuando se trataba de la Comparativamente "Hermosa" Uranai Baba. Bastó que se le escaparan un par de maldiciones y el nombre de Tsuru para que su adorable, y muy perceptiva, hermana mayor iniciara con el interrogatorio. El problema era que se había vuelto lo suficientemente lista como para invitarle a comer, a sabiendas de que el "Talentoso" Muten Roshi nunca se negaba a un buen estofado cuyo patrocinio no saliera de sus casi siempre vacíos bolsillos. Ya le debería de parecer raro que su muy tacaña y antipática pequeña-hermana-mayor hiciera gala de tal derroche de cortesía y amabilidad. Y él, Kame Sennin, poseía una mente tan deliberadamente lenta, en lo que no se refería al combate, que no vio el anzuelo tendido por la diminuta mujercita. Debió haberlo adivinado al observarla sentada allí, a la cabeza de la mesa, sonriendo con ese aire brujeril que la caracterizaba, mientras le ordenaba a Suke —el hombre invisible, cocinero y camarero de medio tiempo— que le sirviera también un vino espumoso porque (sorprendentemente) ella se encontraba de buen humor.
— ¿Y bien? ¿En qué clase de fechoría anda metido Tsuru?
Demasiado tarde como para caer en cuenta.
Roshi continuó masticando, aunque se le había esfumado el hambre con la mención del nombre de su compañero, que sonaba mucho peor pronunciado por Baba. Es que esos dos tenían una cosa en común, y esa era tomar turnos para fastidiarle de una forma u otra. Se notaba que recibían un morboso y sádico placer en hacerlo.
—Nada, sólo que es un creído de lo peor.
—Ah, pero eso no es lo que te molesta, ¿Verdad que sí, hermanito mío? —el tono sonó como el de una adorable y dulce chica; viniendo de Baba, eso únicamente podía causarle una especie de escalofrió. Verdaderamente aparentaba ser joven, pero una vez que te enterabas de su verdadera edad…
Prefirió dejar el bocado a medias, acomodándose en la acolchada silla con el típico mohín de un adolescente evadiendo las preguntas incomodas de sus padres. Ella podría haber leído su mente o sacar esa endemoniada esfera, pero obviamente prefería torturarlo y hacerlo confesar, al menos en parte. Lo que él relató sobre el pequeño fue una buena triquiñuela para despistarla de las verdaderas razones de su enfado.
Lo que dijo seguramente sería usado en su contra cuando regresara, porque bien sabía que Tsuru estaba de visita (para empeorar las cosas); una de las tantas razones por las que prefería demorarse y tomarse su tiempo ahora que se encontraba en arenas distantes a las del desierto…
La pequeña isla era un corazón de tierra en un vasto océano turquesa, y en medio, entre las inesperadas palmeras y rocas del diminuto cuerpo de tierra, humano y tortuga descansan bajo el sol. Rayos de luz se cuelan entre los abanicos vegetales mecidos por la brisa cálida del trópico.
—No entiendo porque mi hermana se empecina en vivir en lugares raros cuando existen playas tan hermosas como estas… — sacude un poco de arena de sus cortísimos mechones negros.
— ¿Y ahora qué piensa hacer, joven Roshi?— le cuestiona Umigame con su voz aletargada, con esa cortesía del que aprende un leguaje en su modalidad neutral. Nadie le hablaba con tanto respeto, más considerando que la tortuga tenía, por lo menos, unos 700 años sobre la faz de la Tierra. De alguna forma, esta criatura marina lo leía mejor que cualquiera de sus humanos congéneres.
— ¿Qué 'qué' pienso hacer? Jumn...—inclina la cabeza hacia arriba, como si las nubes tuvieran una mejor respuesta. En realidad no se había puesto a pensarlo—. Quizás buscaré el elixir de la vida eterna, o escucharé al ave inmortal, o despertaré a la bella durmiente del castillo embrujado… o me casare con mi querida señorita FanFan. .. Pero haga lo que haga, prometo que viviré cerca del mar para poder verte más seguido. Esta playa es especial, tiene algo que te hace volver…
—No haga promesas que no piensa cumplir —lo mira de reojo a falta de una respuesta satisfactoria—. Hace mucho que ganó el título de sennin, pero no se comporta como uno…
—Junm, yo no pienso vivir como esos sennin desmodados —abandona su asiento de arena para explicar con lujo de detalles—, oh no, planeó envejecer con gracia. Nada de vivir en una de esas montañas mohosas. Aunque seguramente Tsuru estaría encantado de vivir en uno de esos lugares aburridos, déjame decirte que yo no. Creo que viviré aquí contigo; es un buen sitio. No será nada deslumbrante, una vivienda modesta… —abre los brazos describiendo— y para que todos sepan que Umigame y Kame Sennin viviran ahí, le llamaremos Kame House.
— ¿Kame House? —si había escuchado un nombre malo a sus siete siglos de edad, ESE era uno de ellos.
—Sí. Kame House, ¿a poco no suena moderno?—no nota el ligero desacuerdo de la chelonia por adentrarse en sus propias fantasías— Imagina la cantidad de chicas bonitas que vendrán a visitarnos. Será estupendo.
—Sinceramente, creo que estará un poco alejado de la civilización. No creo que las chicas vengan.
Se quedaron mirando.
— ¿Por qué siempre tienes que ser un aguafiestas tan razonable? —suelta molesto.
—Porque usted no es razonable ni practico.
Roshi dibuja con su pie un círculo imaginario antes de levantar su mirada.
—Cuanta seriedad, joven Kame-Sennin —la tortuga lo devuelve a la realidad.
—Puedo ser serio cuándo me lo propongo —le sonríe lobunamente, pero aquella sonrisa se desvanece tan rápido como llega—. Diantres, él también debería de estar aquí. Creo que le hubiera caído bien el cambio de aires. Ojala no fuera tan necio… ojala todo fuera más fácil.
Kame-Sennin patea la arena en frustración. Lo impetuoso se le esfuma, volviendo a sentarse derrotado en el suelo. ¿Porqué era que lo que quería decir nunca salía, quedándose tras de la máscara del descontento? No dejaba de pensar que Tsuru debería de estar allí, junto a él (junto a ellos). No era como que no podía ver detrás de su resentimiento, de su ira caustica, del exterior que lo hace verse afectado y ridículo a la vez…
—Usted es como un libro abierto. Creo que por eso he confiado en usted desde que lo conocí —la tortuga, que en el agua se desplazaba tan rápidamente, se arrastra con trabajo con sus poderosas aletas. Su rostro rugoso se alza para buscar el de su amigo humano, buscando encontrar en él esa imperecedera sonrisa de nuevo.
—Me alegra que al menos las cosas sean fáciles contigo, amigo Umigame…
—Tiene que tener paciencia.
—Me temo que tienes razón…
La forma en la que había perdido la noción del tiempo, y aquello… la sensación de que alguien o algo faltaba hizo sentir frío al antiguo alumno de Mutaito. Al igual que Tsuru, también intentaba no recordar…
Lejos quedaban los días soleados y alegres de entrenamiento, las aventuras, las tonterías inducidas por los años de adolescencia. Los buenos recuerdos de lo que él creía era una amistad de la que, ahora, ninguno de los dos cumplía su parte.
Él, volátil e iracundo, le decía cosas que lo llevaban a caer en una trampa, en un engaño de grulla embustera. Y su propio razonamiento, con lentitud de tortuga, no lograba ver sino hasta mucho después. No era hasta que se sentaba a pensar que su mente ordenaba todo, haciendo encajar cada pieza en su lugar.
Parecía haber sucedido hace mucho. ¿Hace cuánto? Un año tal vez... quizá menos. La memoria en el reverso de su mente se mecía, lentamente, como olas al choque de la espuma con su pie. Y es que recordó, perfectamente, con la perseverancia de una tortuga que navega entre el flujo y reflujo de las aguas y el tiempo.
Esa vez venían por caminos diferentes, y fue en aquella encrucijada que se encontraron—igual que la primera vez—. Uno del este, otro del oeste.
El del Oeste, bronceado e impregnado del olor a trópico, zapatos desgastados y mechones cayendo juveniles y casuales sobre su frente. Sencillez pura, tanto que hubiera pasado por un campesino de no ser por las gafas de sol, y ese algo en la actitud y el movimiento en el andar. Tarareaba una colpa de su hogar reciente, a un paso fácil con el encanto de una jovial despreocupación.
Y el que venia del Este, pálido, delgado y alto, de lentes de sol rojos, a su paso seguro y raudo e impaciente. El sombrero no era puramente ornamental, era una forma de ave insignia de su cargo como mandatario. Sus ropas eran costosas, de un corte tradicional, engalanado con mangas de color amarillo exclusivamente utilizado por aquellos cercanos a la familia imperial de Mifang. Las manos ocultas en las mangas —la clara aversión de los nobles y políticos a mostrarlas en público—. No era un noble común: olía a bruma, a niebla y a bosques transitados.
Ninguno de los dos viajeros era ordinario, así que se detuvieron en reconocimiento mutuo.
—Una grulla y una tortuga vivan en la casa y jueguen junto a pino.
— ¡Y el pino y el bambú prosperen eternamente!
Los dos venían por distintas sendas, pero por las mismas razones. Se reconocían mientras resguardaban la alegría del encuentro en sus miradas. Intercambiaron un par de jugarretas y cuchicheos bobos mientras cruzaban el bosque para subir por la desgastada y blanca escalinata, que los conduciría al dojo que consideraron su hogar. No habían cambiado mucho, no en esencia.
Ya dentro de su vieja escuela, rodeados con decoraciones de caligrafías y diagramas relacionados con las artes marciales, de pie sobre amplios pisos de tatami, ambos hicieron una reverencia a la vista del Señor Mutaito. Su cara arrugada y ancha mostraba orgullo por ver en lo que se habían convertido aquellos dos labrados por sus enseñanzas y las de muchos otros. Los dos, pese a sus diferencias de temperamento, habían seguido sus propios caminos: Roshi se había convertido en un héroe y aventurero afamado; mientras que Tsuru en uno de los guardianes y campeones de Mifang.
Una sonrisa bajo su bigote blanco.
—Los dos se han hecho de un nombre por sus méritos propios y continúan teniendo la humildad de llamarme maestro, aun cuando ya no tenga nada que enseñarles. Ahora seré yo quien beba junto a ustedes como igual, como mis estimados invitados—dicho eso, vertió el té de su tetera en tres tazas—.
Era fácil reconocer el aroma apetecible del puar rojo, incluso antes de beberlo. El primero en hablar fue el más impaciente de los dos visitantes.
—Maestro Mutaito, me han llegado rumores en la corte…
Su mentor no pudo evitar notar que Tsuru había aprendido el arte del disimulo, pero no lo suficiente para dejar traspasar preocupación; Roshi también pareció inquietarse. No podrían mentirle u ocultarle nada, Mutaito podía leer el flujo del ki de una forma que ni siquiera futuros guerreros de la Tierra igualarían.
—Sabía que traerían noticias. Lo intuí desde el momento que pusieron un pie en mi casa —exhaló un largo suspiro—. Pese a considerarse mi adversaria, Madam Baba me advirtió de esto hace seis años; por mucho que le desagrade, se reconocer que ella nunca se equivoca —alejó la taza de sus labios curtidos, riendo para sí mismo. Por un instante, la edad mostró sus estragos en la pesadumbre del mentor.
— ¿Mi hermana…? —una revelación más para Roshi, quien sabía que las predicciones de Baba, específicamente las que ella comunicaba sin pago previo de por medio, no eran precisamente buenas—. Así que ella le dijo cuándo…
—No dio detalles; después de todo es un oráculo... Por el momento, digan lo que me tengan que decir.
14/03/2011
Re-Edición: 25/04/2011
