Sintió un dolor en el lado derecho y el cuerpo entumecido cuando volvió en sí en el hospital.

Los doctores dijeron que fue un milagro que se salvara.

Su madre estaba al pie de la cama, descompuesta y angustiada. No podía creer lo que su adorada hija había hecho; en el fondo temía tener la culpa por estar siempre lejos de casa, sumida en el trabajo.

Tomoyo pasaba la mayor parte del día sola en su enorme mansión. A veces cosiendo como autómata, a veces viendo los videos que grababa para sea persona una y otra vez. Cosas que extrañaba hacer durante su estancia en el hospital.

El asunto tenía tintes de misterio. A pesar de haberse lanzado de un quinto piso, un brazo roto y algunas raspaduras fueron las únicas lesiones que Tomoyo tuvo en el cuerpo.
Nadie sabía por qué lo había hecho. Ella era confidente a menudo, pero nunca le confió a nadie sus propios secretos.

Ahí estaban sus compañeros de escuela -salvo una-. Ellos nunca habían esperado algo así de Tomoyo, la chica buena, dulce y responsable de la clase. Era un ejemplo de todo lo bueno. Parecía siempre tan feliz…

-Por favor, perdónenme todos…- alcanzó a decirles con el poco ánimo que tenía.

Tras aquella máscara de elegancia y serenidad había vivido tanto tiempo que no se le ocurrió decir más. Con eso bastaría para tranquilizar las conciencias de los curiosos. Nunca en su vida había recibido tantas flores como en esa ocasión, pero no le significaban nada.

Ella se pidió perdón, pero por no haber consumado el acto.

-¿Por qué sigo aquí?- se lamentaba en las noches, cuando su madre se había dormido a su lado y no podía oirla.