La leyenda del anillo

Para Neutral HD, yo soy fanática de esta pareja también, aunque alguien me reclamó por allí que soy demasiado dada al M-preg, pero ¿qué hacerle?

El castillo del silencio

Dúo abrió la boca mirando a su esposo y la volvió a cerrar, por lo que Heero dejó lo que leía a un lado, al parecer el castaño no le estaba creyendo lo que decía.

- No sabía que te gustaba hacer bromas de mal gusto – le dijo este molesto.

- No estoy bromeando – le dijo muy serio – ya te dije que mi padre, el rey de Eirina me envió a las cruzadas con lo más granado de nuestro ejército – tomó una silla y se sentó cerca de él – íbamos a las cruzadas a unirnos a las tropas de Guido de Lusignan, pero tuvimos que pasar primero por el cerco de los templarios. Como ya sabes, la mayor parte de mis hombres fueron asesinados por los "monjes", pero a quien debíamos de ayudar había decido ir a provocar a Saladino, con lo que nuestro ejército sólo iba a la destrucción, sin saber que ya estaba muerto, y nos pusimos bajo el mando de Ricardo Corazón de León, pero nada presagiaba el triunfo y la recuperación de Jerusalén, así que volvimos acá. Estaba en Franconia cuando alguien dejó una carta en un latín muy estilizado y elevado entre mis cosas, así que volvimos a casa.

- Y aquí Juan sin tierra está abusando de los terratenientes, los pobres ya no tienen nada y hay sectores de la Iglesia que también se aprovechan – dijo molesto – Yo debí entregar mi dote para que a los monjes no le quitaran el convento.

- ¡Pero si está en mis tierras! – replicó molesto.

- Ah, pero el príncipe Juan cree que todo es suyo, si el rey Ricardo regresara…

- Crean lo que crean todos, dudo que Ricardo Corazón de León regrese a gobernar Bretinia – le dijo – ni creo que sea mejor que su hermano.

- ¿Qué quieres decir con eso?

- Yo le conocí en persona, y como nunca supo quién era yo, me trataba igual que al resto de los soldados, es decir, no mucho mejor que a un perro vago que ronda en campamento en busca de comida – movió la cabeza – solo que por no pertenecer directamente a su ejército, nos manteníamos bien alimentados y, siempre que él no se diera cuenta, alimentábamos a sus hombres.

- Y el príncipe Juan no lo parece estar haciendo mejor – suspiró.

- Pero como he regresado, voy a reclamar mi reino – le puso una mano en el brazo – pero para ello necesito recuperar las tierras que Juan me ha robado.

- Nuestra gente ha tenido muchas rencillas con él, hace unos meses creo que tuvo problemas hasta con sus propios barones en el sur.

- Entonces, debemos salir de aquí…

- ¡Excelencia! – los interrumpió Wufei entrando en la habitación – perdone que los moleste, pero allá abajo hay un hombre que viene en nombre de un príncipe Juan y que exige se le entregue a Dúo Maxwell.

- No me pueden sacar del convento.

- Dice que viene con un ejército y si no se va con él, lo destruirá.

Heero se puso de pie y miró al trenzado y al chino.

- Dúo irá sólo a donde diga su esposo, y este no es territorio bretinio.

- Lo sé, excelencia, pero nosotros no tenemos tropas para defendernos.

- Bajaremos – le dijo tendiéndole la mano a su esposo – Wufei, pregunta a los monjes si hay alguna manera de comunicarnos con el castillo de Kinglassie.

- El barón de Kinglassie se ha opuesto con fuerza a las acciones del príncipe Juan – le dijo Dúo – pero no creo que pueda aguantar demasiado.

- Se reunirán las tropas en torno a nuestro príncipe – le aseguró Wufei.

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El salón de visitas del monasterio estaba en completo silencio, los monjes se veían molestos y un hombre se paseaba como león enjaulado.

- Ah, veo que se siente mejor, excelencia – le dijo fray Miguelino.

- Gracias a sus cuidados y a los de mi esposo – contestó Heero golpeando suavemente la mano de Dúo que descansaba sobre su brazo.

- ¿Cómo que su esposo? – dijo el hombre que se había estado paseando por la sala – Dúo Maxwell va a ser mi esposo por orden del príncipe Juan.

- Dúo no se va a casar con usted por tres razones – le dijo Heero – primero, porque ya está casado conmigo; segundo, porque el príncipe Juan no puede ordenarle nada a quien no es súbdito suyo porque todavía no es rey y tercero, porque Dúo está en territorio eirino y sólo le debe obediencia a su gobernante.

- Que pronto será reclamado por el príncipe como suyo ante el Papa – le dijo el hombre fastidiado – y su matrimonio no puede ser válido, que yo sepa no se han publicado las amonestaciones.

- Nuestro matrimonio fue por un caso excepcional – dijo Dúo – mi esposo corría peligro de muerte y tenemos testigos de ambas cosas.

- ¡Este convento será destruido y será por culpa de ustedes!

- Ostendit pedes et obliviscere domum comminationis (saca los pies de mi casa y olvida tu amenaza) – dijo Heero apuntándolo con la mano izquierda – Non oppugnare conventu (no atacarás el convento)

Dúo vio como el anillo en la mano de su esposo brillaba y que los ojos se su pretendiente perdían expresión, saliendo sin decir nada más. Lo siguieron fuera y vieron que algo le decía al capitán de sus soldados, quien se encogió de hombros y volvió las bridas tomando el camino de regreso hacia el sur.

- Vaya, el hombre le obedeció de inmediato – dijo un fraile divertido – eso es tener don de mando – se rieron los demás monjes.

Pero tanto Dúo como Heero sabían la verdad, el anillo había obligado a este último a hablar y por medio de sus palabras había controlado al Duque. Ahora no era problema, pero cuando llegase a oídos del príncipe Juan lo que Heero había hecho, estarían metidos en serios problemas.

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Cinco días habían bastado para que la frontera se revolucionara, el príncipe Juan se había puesto realmente furioso cuando supo que los eirinos se negaban a reconocer su poder sobre sus tierras, y más cuando su enviado a Inocencio III le había dicho que no podía reclamarlas porque el heredero verdadero estaba con vida (ellos aseguraban que se había presentado hacia unos meses en la Santa Sede), y que Ricardo Corazón de León aún era su rey.

Pero eso no había evitado que el hombre montara en cólera y ordenara la destrucción del convento de San Patricio. Cientos de hombres armados se habían presentado a la puerta del convento pero ninguno se atrevía a dar cumplimiento a la orden, pues estaban temerosos de lo escrito en la entrada: "Deus aspiciet veritatem (Dios los está mirando)", que Heero mismo había escrito y hecho colgar para que todos lo vieran.

- No todos los hombres saben leer – le dijo el abad preocupado.

- Todos lo entenderán – le aseguró.

Y, al parecer, había sido cierto, porque no habían atacado el convento, y luego habían desistido por órdenes del mismo príncipe porque habían llegado los emisarios del Papa y no quería más problemas con la Iglesia.

Y menos mal que se habían retirado, porque comenzaba a atardecer cuando las tropas del barón de Kinglassie llegaron a ponerse a las órdenes de su verdadero señor, llevando las enseñas del reino de Eirina.

- Te dije que era el verdadero príncipe heredero – le dijo Heero mientras se detenía frente a los soldados en el patio de la entrada del convento – gracias, barón por venir a buscarme.

- Su excelencia, es un placer ponernos a su servicio – le dijo este arrodillándose ante él – esperábamos con ansias su regreso.

Dúo lo miró con sospecha, no era del tipo de habitantes de esas tierras, era rubio y de ojos azules, de tez bastante blanca, a decir verdad, y tenía menos contextura física que los montañeses que lo acompañaban. No, no le agradaba el tipo.

Heero notó como el rubio dirigía la mirada hacia el trenzado y le molestó la mirada que le echaba. Carraspeó para recuperar su atención y le dijo:

- Les presento a mi consorte real, el príncipe Dúo.

Trowa alzó una ceja sorprendido por el tono que estaba usando al recalcar que se trataba de su consorte real, era mucho más que un esposo, porque las órdenes del consorte sólo podían ser revocadas por el rey, casi se podía decir que era un segundo gobernante. Pero también había enfado en aquellas palabras, él, que lo conocía bien, lo había percibido.

- Venga, Dúo, tan pronto tengas listas tus cosas, viajaremos hacia el norte – le dijo pasando su brazo por su cintura atrayéndolo hacia él – no dejes que nadie te engatuse ¿quieres?

- Como si alguno de esos pudiera rivalizar contigo – le dijo molesto.

Wufei los miró manteniendo su distancia ¿era idea suya o el rubio desabrido ese había provocado celos en los dos? Volvió su mirada hacia el barón de Kinglassie quien no salía del asombro, de seguro ni se explicaba de dónde había surgido semejante reacción.

- Excelencia – intervino el rubio tratando de ocultar su confusión – ha pasado algo extraño en su castillo – Heero lo miró preocupado – a pocos días de la muerte de su padre, Dios guarde en su santo reino, la gente que lo cuidaba lo abandonó, intentamos averiguar qué había pasado, pero su corte y la servidumbre estaba aterrorizada y tenían miedo a hablar – miró a sus soldados – incluso hubo quien quiso adueñarse de él y salieron espantados. Mis tropas fueron allí y en medio del camino los pilló una tormenta espantosa que los obligó a devolverse.

Heero lo miró extrañado, por lo que sabía su padre había muerto más o menos en la misma fecha en que él había sacado a Wufei del campamento de Saladino ¿sería que los anillos ya los habían marcado?

- Otra cosa, su excelencia – intervino Trowa – los hombres que nos perseguían desaparecieron como por encanto cuando se dieron cuenta que usted no venía con nosotros, y no hemos podido descubrir quiénes son y menos a quien sirven, podría ser peligroso si se mueve de aquí…

- Nos iremos pronto – lo rebatió Heero – el príncipe Juan ya sabe que estoy vivo y que vengo a reclamar mi trono, y si sabe que estoy en este convento, los monjes y sus acogidos correrán peligro.

Miró a su esposo y este asintió, sería mejor dejar el lugar lo antes posible, si el príncipe Juan relacionaba su negativa a obedecerlo con la presencia del príncipe de Eirina, conexión que cualquiera podría realizar, montaría en cólera y destruiría todo a su paso, como había hecho con montones de pueblos galeses al sur.

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El castillo de Dublin era una fortaleza enorme ubicada en una planicie a un costado de la montaña, a sus espaldas estaba una muralla natural de piedra cortada a pique que llegaba al mar que se agitaba violentamente como queriendo devorar a quien se asomara por arriba. A su derecha había una alta torreta que pertenecía a la capilla real que se encontraba tallada en piedra y a su alrededor había un foso profundo que impedía que cualquiera entrase si no era por la puerta principal, cuyo puente levadizo se encontraba abajo, lo mismo que la reja de hierro.

- Parece un castillo fantasma – comentó Dúo viendo las paredes cubiertas de musgo y el absoluto silencio que había dentro, al parecer ni las alimañas se habían atrevido a entrar en él.

Volvió la mirada hacia su esposo y este desmontó del nervioso animal, al parecer el caballo estaba tan asustado como algunos de los caballeros que los escoltaban, porque se negaba a moverse.

Heero sintió la mirada del trenzado y se dirigió hacia él, tenía el presentimiento de que las sombras que rondaban el lugar lo querían a él en específico, pero había una condición para reclamar el lugar y él sabía cual era, el estar casado.

- Vamos, Dúo – le tendió la mano y este bajó del carruaje. Se volvió hacia los soldados – esperen aquí, nosotros levantaremos la reja – ordenó y caminó por el puente levadizo con los dedos entrelazados con los de su esposo – ellos no deben saber de mi poder.

- Te acusarían de brujo – asintió.

Llegaron a la barrera y oscuras sombras los cubrieron rodeándolos, Dúo no entendía lo que decían con tétrica y horripilante voz, era como si truenos cayesen en torno a ellos, vaciando de sonido a todo lo demás.

- ¡Basta! – dijo Heero levantando su mano izquierda.

Dúo vio como brillaba el anillo en la mano de su esposo y sintió que en la suya su anillo le quemaba. Extendió también su mano izquierda y los ruidos atronadores parecieron disminuir hasta hacerse una voz más entendible.

- "Arx tantum locum petere Dominum et uxor (Sólo el señor del castillo y su esposa pueden reclamar el lugar)" – le dijo una de las sombras.

- Ego vero herede regni (Yo soy el verdadero heredero de este reino) – le replicó Heero con toda calma – Et ipse est enim vir meus (y él es mi esposo) – señaló al trenzado a su lado.

- "Habes anulum Salomonis, periculis (Tienes el anillo de Salomón, corres peligro)" – le dijo otra de las sombras – "et tu dominaberis illius te perderé (lo dominas y ellos querrán destruirte)"

- "Quia et nos sumus in vobis, sed relinquenda proles (Nos has llamado y estamos para servirte, pero debes dejar descendencia)" – le dijo una tercera sombra antes de desaparecer. Con ella se levantó el silencio del castillo y las sombras parecieron evaporarse.

- ¿A quiénes se refieren? – dijo Dúo olvidado de hablar el latín.

- Se han retirado, por ahora no nos responderán nada más – le dijo Heero caminando hacia la polea que levantaba la reja – da mihi virtutem erigcre (dame fuerzas para levantarla) – y la oxidada cadena comenzó a enrollarse poco a poco hasta dejar en alto la reja.

- Realmente estos anillos dan poder – dijo Dúo tocando la puerta oxidada que contenía el paso del agua al foso, esta se abrió y poco a poco comenzó a salir agua arrastrando plantas que cerraban su paso.

- Es mejor que nadie sepa de ellos, dicen que el príncipe Juan es muy ambicioso y seguramente querría este poder para adueñarse de todo – caminó con él hacia la entrada mientras observaban como los jinetes entraban en el castillo – hay muchas leyendas en torno a los poderes del rey Salomón, no sólo fue un rey muy sabio, sino que era muy poderoso, pero como todo hombre con poder, este se le subió a la cabeza y abusó de él, de tal modo que Dios se enojó y dividió su reino a su muerte.

- Pero, si era un hombre tan sabio ¿Por qué no se dio cuenta de lo que le iba a pasar si Dios se enojaba con él?

- Seguramente por culpa de estos anillos – le dijo y entraron en el patio del castillo.

- Vamos a tener que contratar mucho personal si queremos que esto vuelva a ser lo que era – dijo Trowa luego de desmontar, estaba todo lleno de maleza, pero, extrañamente, no había telas de araña ni nidos de pájaro o señal de presencia de ratones, lo que hacía que el castillo fuera escalofriante.

- Pues me temo que el trabajo vamos a tener que hacerlo nosotros mismos – dijo otro de los jinetes – recuerde lo que pasó con los hombres que el barón de Kinglassie quiso que nos acompañaran, se deshicieron en excusas para no venir.

- Pues me pareció que el mismo barón no estaba muy convencido de que viniésemos – dijo Wufei – por eso no se ofreció a acompañarnos,

Heero miró a su alrededor, tenía que hacer algo para que la gente quisiera trabajar de nuevo en el castillo y de paso ganarse la confianza de sus súbditos.

- Podríamos arreglar la capilla – señaló Dúo – y realizar una misa solemne por el descanso eterno del alma del rey y por el bienestar del príncipe heredero que está de regreso.

- Me parece muy buena idea – asintió Heero – pero primero limpiaremos un sector del castillo para habitarlo y luego iremos por la capilla.

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Casi cinco meses les había tomado limpiar de maleza una buena parte de la capilla, especialmente el campanario, al parecer esas enredaderas no querían que la campana volviese a sonar y habían carcomido la soga que sostenía el péndulo impidiendo que se moviese y cortándolo cuando intentaron sacarla.

- ¡Cuidado abajo! – gritó uno de los hombres cuando finalmente lograron liberar la campana, ya que un grueso tronco de enredadera cayó desde lo alto.

Liberada ya la campana y repuesto el péndulo, se bajaron del campanario y Dúo hizo repicar la campana con gran entusiasmo llamando a júbilo con cada toque.

Heero estaba en la torre de vigilancia cuando oyó el sonido de la campana, realmente se notaba que su trenzado consorte había vivido bastante tiempo en el monasterio, porque su repique era muy alegre.

Pero un ruido extraño se sintió desde la parte de atrás del castillo, era como si una violenta marejada quisiera atacar el castillo, luego vino un fuerte temblor y se levantó un polvo parduzco que oscureció el patio alterando a los caballos. Mas Dúo no dejó de tañer las campanas, el ruido era lo que estaba espantando los seres extraños que se habían apoderado del castillo. Pronto el polvo se asentó y desapareció en una neblina que pareció aliviar a los habitantes del castillo.

Heero se apartó de la pared de piedra de la que se había aferrado y miró el patio central, el color del interior del castillo había cambiado, era como si el antes gris de las piedras se hubiese tornado en un color más alegre.

- Bien hecho, Dúo – le dijo desde lo alto cuando este dejó de tañer las campanas – mandaremos a llamar al obispo para que diga misa en la capilla cuanto antes.

Dúo volteó la mirada hacia la puerta ¿Era idea suya o había escuchado a Heero felicitándolo? Miró a su alrededor, pero su esposo no estaba allí, entonces ¿cómo era que lo había escuchado?

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El tañer de las campanas del castillo real había corrido como río por los poblados cercanos, eso sólo significaba una cosa para los habitantes de Eirina ¡Su príncipe estaba de regreso y reclamaba el trono! Y fue una mecha que se encendió en la frontera, el príncipe Juan era un extranjero y no tenían por qué pagarle tributo.

Muchos clanes rehicieron sus insignias y levantaron sus tropas, algunas más bien escasas y otras numerosas, y con sus respectivos líderes hicieron el camino hacia el castillo para presentarle sus respetos a su príncipe.

Heero estaba asombrado, cuando él se marchó a las cruzadas diez años atrás, era un niño que apenas comenzaba a ser hombre, pero sí se había fijado que los clanes que ahora se presentaban ante él eran mucho más numerosos que ahora, quizás estaban reducidos a la cuarta parte, incluso había algunos en que los líderes del clan eran ancianos o donceles.

- Nosotros vivimos muy cerca de la frontera – le explicó un muchacho, un doncel según podía ver, que hacía de líder su clan – y muchos de los míos, incluido mi padre, que Dios guarde en su santo reino, fueron asesinados por los soldados normandos del príncipe Juan que quisieron adueñarse de nuestro ganado – le explicó – ellos han entrado en nuestras tierras sin permiso y ningún reclamos nos ha valido, dicen que son de su príncipe todas las cosas sobre el suelo.

- Han pretendido matarnos de hambre – dijo otro hombre a su lado – si el joven Quatre y su gente no hubiesen venido a nuestro auxilio, habrían acabado con mi clan y con todas las aldeas vecinas.

- Ciertamente debemos pararle pies a ese príncipe – dijo Heero pensativo – pero debemos evitar una guerra a toda costa, puesto que él consta con dinero y tropas para destruirnos si no tenemos cuidado.

- Pero ¿no estaban por llegar los emisarios del Papa? – dijo Wufei – recuerdo que por eso retiró las tropas que asediaban el convento de San Patricio.

- Si pudiésemos conseguir su intercesión, quizás evitáramos que siguiera insistiendo en atacarnos – dijo Dúo pensativo.

- Pero un emisario nuestro seguramente sería asesinado antes de llegar a ellos si se encuentran ya en la corte del príncipe Juan.

- Seguramente harán una reunión en Canterbury – dijo Heero recordando los encuentros de su padre con Ricardo Corazón de León – presentarse allí sería difícil, pero es algo que debemos hacer para reclamar el trono de Eirina.

- Pero, su excelencia, debe ser lo que él espera para capturarlo.

- No – dijo el barón de Kinglassie – son pocos los que conocen a su excelencia fuera de Eirina.

- ¿Qué pretendes, Zech? – le dijo Heero.

- Bueno, dos ciudadanos podrán entrar en el castillo con toda calma si ellos no sospechan siquiera que se trata de nuestro soberano, ni el propio príncipe Juan los reconocería ¿verdad?

- Es posible, dado que ni el propio Rey Ricardo me reconoció – asintió – y el príncipe Juan jamás estuvo en las reuniones con mi padre – dijo pensativo – bien, Dúo y yo viajaremos a Canterbury para hablar con el emisario del Papa y regresaremos aquí para preparar la reunión.

- Su Excelencia, no puede ir así como así, una escolta debería…

- No, Trowa, si movemos las tropas sospechará algo – le dijo Heero – alguien debe hacerle creer que sigo en este castillo.

- Creo que debemos preparar una ceremonia de bodas – dijo Quatre – eso los haría preocuparse más de lo que pasa aquí, que de la posibilidad que su excelencia se encuentre por allá.

- Me parece muy buena idea – dijo Heero y se volvió hacia Trowa – según sé, quedas sólo tú de tu clan ¿me equivoco? – el castaño negó – y por lo visto el clan Winner necesita un esposo para su líder, así que te concedo la mano de su líder doncel.

- ¡Excelencia! – exclamaron a la vez.

- Preparen su boda y hagan correr la voz que soy yo quien se casa.

- Pero, su excelencia… – trato de protestar Quatre.

- He dicho, pueden retirarse.

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Continuará…

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Espero que este capítulo atrape tanto como en anterior, de aquí en adelante será un poco más mágico y romántico.

Shio Zhang.

Y le agregaremos un poco de romance, el estar arreglando un castillo y resolviendo problemas no da tiempo para el amor que aún debe surgir entre Heero y Dúo.

Wing Zero (Me niego a ser beta, corrijo y agrego cosas donde creo que corresponde, así que soy más coautor)