Ser perseguida en territorio lejano era una situación que Elsa de Arendelle no tenía prevista; sin embargo, la hubiera preferido a tener que recurrir a Hans Westerguard, con su actitud y sonrisa arrogantes. Era una lástima que él fuera el único disponible en el calor del desierto.

Sin lugar a dudas, el Duque de Weselton sólo le había dado un cambio a su vida. El anciano no suponía problema alguno para ella.


Disclaimer: He leído todos los créditos de Disney y en ninguno aparece mi nombre. NADA de lo que lleguen a reconocer es propiedad mía.


Aclaraciones/advertencias: Post-movie. Helsa-Hansla-Iceburns. OC. Si hay alguna similitud de las situaciones o lugares con la realidad es coincidencia; todo es invención, dudo que haya una combinación de las cosas que he puesto. La temática es general. Short-fic


El enemigo es fácil

Capítulo 1

Apostar por el triunfo es ser optimista -y a veces ingenuo-.


El anciano de cabellos blancos limpió la arena de sus prismáticos (1) y observó a la reina a las distancia, andando con tranquilidad en un camello, acompañada de sus escoltas, su traductor y la pareja que le hacía compañía en ese viaje.

Ella recorría un camino poco concurrido, pero en el que había posibles testigos para el uso de sus poderes, descartando aquella defensa. Sus diez escoltas serían aventajados por sus veinticinco guardias.

Rió en voz baja.

¡La atraparía finalmente!

-Su Gracia, ha hablado en voz alta, de nuevo -le recordó uno de los pelinegros que le hacía compañía, llevaban tiempo con él, pero nunca había procurado conocer los nombres de los tres hombres de cabellera oscura. ¿Cuál era aquél?

-¿Otra vez lo hice, dos? -cuestionó retórico-. Bueno, todos los que vienen con nosotros no están preocupados en lo que planeo, sino en el dinero. Que tres les dé las órdenes.

Pelinegro número dos suspiró, ya ni servía decirle al hombre sus nombres. Era una suerte que la paga fuera muy buena. A ninguno de ellos le importaban los planes del anciano, sólo les daba gracia la obsesión que tenía por la bonita reina.

Fue a cumplir la orden del enano, preparándose para una situación que aparentemente tendría un final fatal.

Contuvo una carcajada.

¡Como si al Duque algo le resultara bien!

Las apuestas con uno y tres posiblemente estaban a su favor.

Restaba ver el resultado.


¡Sólo faltaban dos días para poder dirigirse a la ciudad de El Cairel!, era lo que se repetía la rubia infundada en un vestido blanco ligero, pidiendo -a cualquiera que escuchara su plegaria- que las mujeres tuvieran permitido el uso de pantalones.

¡La falda se alzaba constantemente y se llenaba de arena!

Mirando en varias direcciones colocó su mano fría en su cabeza, que brilló cuando ella bajó la temperatura.

¡Delicioso!

Pero eso no quitaba el presentimiento de sentirse vigilada.

Elsa miró hacia atrás, buscando algún indicio de un espía, pero sólo vio las pequeñas construcciones de piedra y las tiendas de campaña que también servían para algunos comerciantes. Percibió también aquella sensación sofocante del calor, que hacía ver nublado los lugares y levantaba vapor de la superficie terrestre.

Se encontró con la sonrisa de Helle que, con su esposo Aksel, le hacía compañía en aquel viaje. Los ojos acaramelados de la mujer se mostraron divertidos, la misma emoción que expresaban desde que la conociera en una fiesta realizada en su castillo. Ella y su esposo pertenecían a un país colindante a Arendelle y las Islas del Sur, pero como matrimonio -y amigos suyos- su presencia era necesaria, porque con su traductor Verner, con el barón Ragnar y diez guardias -todos varones-, ella no podía viajar sin que pareciera impropio.

Habría sido una historia muy distinta si ella hubiera tenido un anillo en el dedo -y su esposo viajando con ellos, claro-.

De cualquier forma, para qué lamentarse, los guardias ni siquiera eran los suyos, de manera casual todos los de Arendelle habían enfermado una semana atrás -junto con el barón- y permanecían en su barco, anclado en las costas de Sanderted.

Uno de los nuevos guardias se acercó a su traductor y le indicó algo en el idioma del país. ¡Cómo odiaba aquello!

Aprender aquel idioma era todo un trabalenguas, principalmente con la escritura que parecía un verdadero garabato. Conocía unas pocas palabras pero más allá de 'buen día', 'derecha', 'izquierda', 'hotel' y 'camello', todas sonaban a burla y no quería aquello. No pasaría esa clase de vergüenza.

-¿Todo bien, Verner? -preguntó con voz firme. Él castaño negó.

-Me temo, su Majestad, que alguien ha estado siguiéndola, nos rebasan en número, pero el guardia dice que el hombre es bajito, de piel rosada, larga nariz puntiaguda, bigote gris, ¿le parece conocido? -los ojos verdes de Verner brillaban con reconocimiento.

"Weselton", pensó Elsa. Preguntándose qué quería.

-¿Algún problema? -cuestionó Aksel, acercándose.

-Weasel Town nos sigue -masculló Verner.

La otra mujer en el viaje rió, el movimiento de su sombrero dejó entrever unos cabellos castaños rojizos.

-¿Qué querrá? -musitó Elsa con un suspiro.

-Nada bueno, seguramente -las palabras de Aksel concordaron con los pensamientos de la reina.

-Si nos superan en número debemos estar preparados para cualquier situación peligrosa, no puedo ser de mucha ayuda teniendo gente que pueda presenciar mis poderes -reflexionó Elsa y se abanicó con su sombrero redondo-. ¿Cuánto tiempo suponen que tardarán en darnos alcance?

Verner procedió a preguntar.

-Unos cuantos minutos, su Majestad.

Aksel se atrasó hasta llegar a uno de los camellos que cargaba un poco del equipaje, para extraer una bolsa de las que pertenecían a la rubia.

-Por cualquier situación que ocurra, Elsa -le dijo el hombre de treinta años-. Nos encontraremos en…

No alcanzó a terminar, abrió sus ojos verdes al ver que se acercaban rápidamente los hombres de Weselton, que al parecer también eran de Sanderted.

-¡Corre y escóndete! -gritó Helle con voz estridente, arrebatándole su sombrero y colocándole el suyo, que era de un color más oscuro-. Nosotros buscaremos distraerlos.

Afortunadamente ellas tenían algún parecido y vestían ropas del mismo color, también su amiga era muy escurridiza.

Elsa se bajó del camello, tomó la bolsa con algunas de sus pertenencias, cantimplora y dinero, para correr entre las casas y comercios, observando que un guardia se iba con Helle y Aksel la perseguía a ella, antes de parar por culpa una carretilla. Verner había avanzado a dar instrucciones a los demás guardias.

Escuchó a Aksel gritar, pero no entendió el lugar que indicó, sólo comprendió que debía correr y que se verían en dos horas o dos días en un sitio.

Tendría que seguir, esconderse y buscarlos después.

Detestó el momento en que decidió viajar a camello.

¡Un caballo habría sido más rápido!


El Duque de Weselton observó el espacio que minutos atrás ocuparan el monstruo y sus acompañantes. ¡¿Cómo se le habían escapado?! ¡Sólo había arena!

¡Por todos los cielos!

-¡Inútiles! -gritó con voz aguda, le pareció que ¿uno? rió en voz baja-. ¡¿Cómo los han perdido?!

-Eh, su Gracia, unos vieron que una mujer vestida de blanco tomaba la dirección de la derecha y otros que una distinta tomaba la de la izquierda -añadió número tres con voz grave y ojos divertidos.

-Bien, ¡traigan la carroza!, ya me harté de montar. ¡Uno y tres vayan con cuatro guardias a buscar a la mujer de la derecha! Que otros guardias busquen por los alrededores -indicó el ancianito.

-Ya han traído vuestra carroza, su Gracia -anunció dos, señalando el coche cerrado tirado por cuatro caballos oscuros.

-¡Nosotros iremos por la izquierda! -ordenó y el pelinegro asintió. Weselton desmontó el corcel y se dirigió al transporte.

-La reina no se me escapará -rió.

-Su Gracia -intercedió pelinegro número dos.

-¡Ya sé que hablé en voz alta! -el otro asintió y se subió junto con él, golpeó el techo para que avanzaran.


Hans Westerguard, décimo tercer Príncipe de las Islas del Sur, no se encontraba contento en Sanderted. En realidad, no estaba feliz desde mucho tiempo atrás, el calor, el sudor, la posible deshidratación, el excremento de camello y el idioma sólo agregaban los toques finales a la lista de cosas que no le hacían tener alegría.

La que encabezaba todas ellas era recordar que merecía estar allí por lo que había hecho en Arendelle, ¡¿en qué momento se le ocurrió que para ser rey debía recurrir a los engaños?!

Seguramente fue cuando escuchaba las ovaciones de los habitantes de las Islas del Sur o tal vez cuando podía resolver alguna complicación ocurrida a personas necesitadas de un salvador, quizá al presenciar el amor y admiración que los habitantes de Arendelle tenían hacia su familia real, incluso puede que al ver la grandeza de la gobernante. Claro que todo ello no justificaba que mintiera a la princesa y a la reina de Arendelle -y a todo el pueblo-, mucho menos que contribuyera a la posible muerte de una y tratara de ocasionar la de la otra. Durante las noches tomaba el tiempo de analizar poco a poco lo que había hecho. Que estuvo mal.

Lo mejor de todo fue que le habían puesto un alto a tiempo -y que ganó un poco de atención de sus hermanos-, tantos años acumuló un odio estúpido que sólo le llevaba a la perdición.

Una parte de él se enojaba porque debido a su título y distinguidos logros navales le hayan perdonado la vida -pero no sus culpas-, la otra exhalaba de alivio al saber que no le habían cortado su preciada cabeza y sus doce hermanos le hubieran obligado a alejarse completamente de su hogar para hacer las tareas más demandantes y terribles que pudiera. Le recorrió un escalofrío al recordar los sanguinarios de Oriente que por poco utilizaban sus miembros como cena, las cicatrices en su brazo y pierna derechos era una prueba fehaciente de que ocurrió.

Era una pena que su orgullo no le permitiera pedir perdón a la gobernante de Arendelle y buscar la manera de disminuir el comprensible odio que quería le tuvieran -aunque lo más probable era que fuera desprecio, ya que no creía que las dos adorables hermanas fueran capaces de albergar esa clase de sentimiento-. Las doce cartas realizadas, influidas por los doce territorios que visitó, permanecían en un estuche del que no se separaba nunca.

Sabía que nada borraría lo que hizo, pero por algo debía comenzarse. Sólo que ese algo no salía a la superficie.

Suspiró y pasó un pañuelo para eliminar el sudor de su frente. ¿De qué le servía lamentarse si seguía de brazos cruzados? Salió de la tienda de campaña dorada sin darle alguna explicación a su traductor, Georg, que esperaba con él para una reunión con unos dueños de algunas tierras que le interesaban a su hermano número tres -era la forma más sencilla de nombrarlos-.

Le recibió el golpe de calor del maldecido desierto y resintió tener que utilizar un traje compuesto por un pantalón grueso azul y camisa blanca bajo un saco del mismo color oscuro que la prenda en sus piernas. ¡Sólo porque era una reunión importante debía cargar ropas tan sofocantes!

"Estúpida formalidad, también las condecoraciones que sólo pesan".

Avanzó unos pasos y vio a una figura delgada que corría en el camino arenoso, era una mujer infundada en vestido blanco. Como si fuera un ángel en medio del desierto.

Talló sus ojos y culpó a los espejismos que se veían en aquel lugar.

¡Podía jurar que parecía la reina de Arendelle!

Se pellizcó la mejilla, pero la joven seguía ahí. Sólo que lucía mejor que antes.

Ella volteaba tras de sí y no paró hasta que chocaron, le tomó los brazos con suavidad.

-Pero miren a quién tenemos aquí, la reina Elsa de Arendelle -dijo él, socarrón. Reclamándose el tono empleado, pero sólo así podía ocultar la impresión. La rubia se soltó.

-¡Lo único que necesitaba! -exclamó ella con disgusto, recuperando el aire y mirándole con desconfianza, para después apartarse.

-¿Algo le ha pasado a su Majestad? -preguntó con burla y ella rodó los ojos, pero volteó tras de sí.

Sus orbes azules se abrieron enormemente al escuchar las voces de sus perseguidores, que pudieron hallarle por las ventajas de los caballos. Elsa entró con rapidez a la tienda provisional de Hans.

-¡Hey! -gritó él dando un paso hacia la misma dirección, pero le hablaron por detrás.

El Duque de Weselton se asomó por la ventana de una carroza, escoltada por tres hombres con aspecto fiero.

-Es un alivio que sea usted, Su Alteza Real -expresó el otro con alegría-. Usted más que nadie no ocultará al monstruo de Elsa, si la ha visto le pido me lo diga para deshacerme de ella, haremos llegar la noticia de la muerte de Su Majestad a Arendelle e inventaremos una historia en la que usted quede como el héroe y pueda reclamar el trono 'siguiendo' las palabras de la reina.

-En realidad, Su Gracia… -comenzó él titubeante, aquel hombre nunca le agradó, le iba a dar señas falsas. Mostró una pose pensativa.

Elsa, escuchando el intercambio, decidió realizar una acción extrema, se quitó uno de sus zapatos, preparó una voz distinta a la suya -con acento francés- y asomó su pie desnudo en la abertura de la tienda.

-¿Qué nos ha interrumpido, su Alteza? -interrogó con la voz más seductora que pudo recrear, su pulso palpitando rápidamente. Suplicando al cielo que alguna parte de él se apiadara.

-¡Mantente dentro, querida! -regresó el pelirrojo en voz alta y, sonriéndole de lado al duque, continuó-. Como podrá escuchar no creo que me importe mucho la reina de Arendelle, mas si tengo algún vistazo de ella se lo haré saber.

El duque asintió y suspiró con pesar, recordando las épocas en las que él podía presumir de su 'fama' con el sexo opuesto. Dejando de lado aquellos pensamientos se dirigió al décimo tercer príncipe de las Islas del Sur.

-Siento la molestia, su Alteza, muchas gracias por su cooperación -el pelirrojo hizo una inclinación de cabeza.

-Le deseo suerte con su tarea -ofreció con un tono irónico, que el duque no pudo reconocer.

Con un grito el hombre de cabellos blancos ordenó al cochero que continuara su camino.

Hans negó y comenzó a reír, se acercó a la tienda y alzó el material que tapaba la entrada. Tomó un aspecto serio.

-Muy bien, admitiré que aquello me divirtió, pero no quiero mezclarme en sus asuntos, su Majestad -le dijo observándola con una sonrisa ladeada.

-No se preocupe, creo que nunca pensé a decir esto, pero gracias -manifestó Elsa en tono suave.

-Ahora, no deseo ser tan directo, pero tengo una reunión en unos minutos y no creo que a mis acompañantes les agrade tener una mujer que no les sirva de entretenimiento -señaló él observando un reloj que guardaba en su bolsillo.

Elsa se sonrojó y asintió, luego se dirigió hacia la salida.

-Ellos fueron hacia el oeste, bien podría ir en la dirección contraria -advirtió Hans, con tono amigable.

-Gracias -susurró la rubia, antes de alejarse con rapidez.

Sin duda, aquel encuentro fue extraño, pero no como el que Hans imaginaba después de intentar matarla.

-Me equivoco o, ¿acaso aquella joven adorable no es… -comenzó su traductor, asomándose por la abertura.

Hans observó el lugar en que desaparecía la 'joven adorable'.

-La reina de Arendelle, Georg -dijo asintiendo y riendo en voz baja.

-No sé por qué el duque sigue con sus tonterías -reveló el hombre designado para acompañarle en Sanderted, que le agradaba mucho más que los otros, o que nadie, para ser exacto.

-No tiene otra cosa en qué entretenerse -concluyó el de ojos esmeralda al ver que sus 'invitados' arribaban.


Elsa le dio una mirada al reloj de su padre que siempre llevaba consigo, habían transcurrido dos horas y media desde que se ocultaba del Duque de Weselton, así que permanecía cerca del lugar en que se llevó a cabo la emboscada, pero no encontró señal alguna de sus acompañantes.

Suspiró.

No debió haber seguido la indicación de Aksel de seguir corriendo, si no lo hubiera hecho tal vez tendría alguna compañía o ya se habrían reunido en el punto que él probablemente le dijo a su esposa. Gracias al duque ya no le agradaba la idea de estar ahí.

¡Todavía no conocía las pirámides o El Gran Gato!

De manera discreta hizo un poco de hielo para introducirlo en la cantimplora, se descongelaría y serviría para más tarde.

Observó a los transeúntes de la ciudad en que ella y sus acompañantes se encontraban de paso y en la que no tenían reservada habitaciones para la noche; todos morenos y altos, la mayor parte utilizando telas para cubrir sus cuerpos, otros con pantalones holgados y camisas del mismo estilo, con sombreros recubriendo sus cabezas por el sol -que si sus conocimientos no le fallaban, se ocultaría en tres horas-, sólo había contado a tres mujeres y todas ellas estaban recubiertas de pies a cabeza. Aquellas le miraron con impresión al ver su atuendo, pero no le importó.

Aunque comenzaría a hacerlo si se veía en la obligación de buscar refugio para la noche que, para su fortuna, sería menos cálida que el día. Decidió esperar media hora más allí, pendiente de sus acompañantes y de los guardias del duque, a los que había visto pasar por ahí veinte minutos antes.

Tenía la certeza que Weselton se encargó de dejar indispuestos a sus propios guardias y al barón, pero no se podía hacer cosa alguna cuando ya había ocurrido. Realmente le enfurecía aquel desprecio que el hombre le tenía, seguirle hasta Sanderted sólo porque tuviera poderes. ¡Ni siquiera ella le había buscado en su país para hacerle daño!

Hasta el ex prometido de Anna se había comportado de mejor manera que el duque. Se extrañó por el encuentro, el príncipe debió haber sido el primero en venderla al pequeño hombre, principalmente para obtener su reino, pero no lo hizo. Por primera vez en dos años volvía a dedicarle un pensamiento al pelirrojo que les engañó y trató de matarle. Sólo una vez su hermana y ella hablaron de él, concluyendo que a Hans le había afectado ser menospreciado por su familia, para nunca volver a tocar el tema.

No pensaba volver a verlo después de los sucesos ocurridos en su reino, pero quizá por alguna razón su presencia debía estar allí. Mas esta vez no tuvo el diminuto mal presentimiento que cuando Anna se lo presentó. Su ayuda sí le pareció sincera, tal vez los dos años le hubieran servido de algo.

Se encogió de hombros, no creía volver a cruzarse con el príncipe y, por otro lado, él era un maestro engañando. No le parecía conveniente cruzarse con él. ¿De qué le serviría?

Miró el reloj de nuevo, ya no tenía caso esperar, debía instalarse en alguna posada humilde, no tenía por qué mesurar su dinero, pero tenía la certeza que los hoteles serían el primer lugar en que Weselton buscaría.

Y no se equivocaba, los hombres del duque pasaron aquella noche preguntando por ella en esos lugares.


A la mañana siguiente, Elsa se estiró en la pequeña cama que encontró en una posada de la que dos ancianos amables eran dueños. Otros lugares no le habían parecido adecuados y en el que entró antes de encontrar el actual, el posadero le había mirado de pies a cabeza antes de negarle un cuarto. No entendió la explicación que le dio, también porque el hombre no conocía un idioma que tal vez ambos podían manejar, el inglés.

Negó, aquella sería su mayor limitación, su poco manejo del árabe le cerraría muchos caminos. Luego seguía el hecho de ser mujer en uno de los lugares donde se le tenía un aprecio mucho menor que en otras partes.

¡¿Por qué le ocurrió ir a Oriente Medio?!

"Cierto, Elsa, las pirámides", pensó con tristeza, imaginándose a El Gran Gato, imponente en medio del desierto, siendo admirado por todo el visitante que se interesara en él.

Se aseó con el agua sobrante de la noche, para después colocarse uno de los tres vestidos que traía de repuesto. Bajaría al comedor a desayunar, pues tampoco quería extralimitar a los lindos ancianos que decidieron entenderle con señas y su limitado árabe, que les causó gracia, probablemente la palabra que imaginó como habitación, simplemente no fue la correcta.

Ese día iría al lugar donde vio a sus acompañantes por última vez, y el siguiente también, luego comenzaría su búsqueda a partir de cero.

Momentos más tarde agradecía que no se encontrara en un país que acostumbrara a comer insectos, porque habría llorado, pero los platos que consumió -en muy buenas porciones- fueron bastante aceptables. Comer legumbres y carne era agradable. Lo que lamentó fue rechazar el preciado té, porque con el calor no le apetecía consumirlo -no se imaginaba cómo se sentiría si no tuviera la influencia del frío-.

Salió con bastante actitud a buscar a sus tres acompañantes, pero al final del día su búsqueda resultó infructuosa.

Tal como ocurrió los siguientes tres días.

En uno de los cuales tuvo que huir de nuevo de uno de los guardias de Weselton.


Para su propio desconcierto, Hans se encontró preocupándose por el paradero de la reina de Arendelle, incluso cuatro días después de haberle visto seguía preguntándose si ella habría resuelto su pequeño problema.

Esperaba que sí, pero no había forma de saberlo.

Sacudió su cabeza, ¿por qué pensaba tanto en ella? Le hubiera pedido disculpas en el momento y habría quedado zanjado el asunto, pero prácticamente la corrió y ahora tendría que encontrar otra ocasión para tratar el tema.

Caminó con tranquilidad por las calles de la pequeña ciudad, mirando algunos de los puestos con intención de probar un bocado de los alimentos del lugar. Desgraciadamente en el sur del continente su paladar había conocido el sabor de la rata y quería tener una experiencia más grata que esa. Se sintió devolver en aquel momento.

Un grito conocido atrajo su atención, sólo porque lo conocía volteó, estar en diferentes lugares le permitió comprender que sus normas debía de acatarlas aunque no le agradaran.

Se encontró con una escena que le enfadó, unos hombres acorralaban a la reina en la mitad de los caminos. ¡Pero ninguna persona hacía algo! -aunque sabía que ni siquiera pensaban que tuvieran que hacerlo-.

Se acercó con rapidez y apartó una de las manos que pretendía tomar el delgado brazo de la rubia. No dijo palabra alguna -mucho menos gastaría su pobre conocimiento del árabe- y rodeó el hombro de la reina para alejarla.

-No diga nada, su Majestad -advirtió con voz grave, dando una mirada hacia atrás para ver a los hombres, que se encogieron de hombros y buscaron alguna otra víctima. Le enojaba pensar que cumplieran su cometido, pero mucho más lo hacía imaginar que lo hubieran logrado con la joven a su lado.

-Espero que no se me haga costumbre, pero se lo agradezco -susurró la reina cuando se apartaron, él inclinó su cabeza en reconocimiento, no confiando en las palabras que diría. Se sentía enfadado al imaginarse a la inocente rubia en manos de los hombres que querían hacerle daño. No era cuestión de si él quiso hacérselo en el pasado, sino que lo de ellos habría sido mucho peor. Matarle hubiera sido malo, pero lo que querían los otros...

Realizó un puño con su mano derecha y lo deshizo para revolver sus cabellos. Miró los ojos azules de la reina, pero ella desvió su vista de él.

-¿He de suponer que no está acompañada? -preguntó en tono duro y ella alzó su rostro desafiante, después suspiró.

-No los he encontrado, pronto lo haré, esta vez me tomaron de improviso, huía de mis perseguidores y me topé con esos hombres -la reina no perdió la compostura mientras decía tales palabras y, sin embargo, que tuviera su mano izquierda en su codo derecho indicaba que le costaba tranquilizarse-. No volverá a pasar.

Hans se exasperó ante las palabras, sonrió de lado.

-¿Está segura, su Majestad? -tal vez una ventaja de ella era tener poderes, pero resultaba difícil si se encontraba expuesta ante otros ojos.

-Sí, me quedaré en mi posada lo que resta del día de hoy -señaló una construcción indefinida-, que tenga buen día, príncipe Hans -y avanzó con rapidez, pero él notó que su rostro miraba hacia los lados, alerta. El pelirrojo la siguió con la mirada, pero se ensimismó en posibles atacantes y no se percató el lugar en que ella entraba.

Suspiró.

De pronto había perdido el apetito.

¡Y no le había dicho que lamentaba el pasado!

"Maldición", juró de manera inaudible.


A Elsa le costó tranquilizarse después del incidente con los tres hombres que le habían acorralado a la mitad del día. Si le hubieran llevado a otra parte podría haber empleado sus poderes, pero agradecía la presencia del pelirrojo porque así no expuso sus habilidades.

Ya era la segunda vez que debía algo al príncipe, y en ambas le pareció que lo hacía sin malas intenciones. No podía creerlo. Todo ocasionado por el Duque de Weselton, que no descansaba en darle búsqueda y tal vez tuviera a personas vigilando su barco en la costa. Después de encontrar a sus acompañantes juntos debían idear la forma de llegar al navío para poder irse.

La idea de El Cairel ya no le emocionaba como antes, su planeación se había desviado un poco.

"¿Un poco?", pensó con amargura recostándose en la cama.

Ya no quería más encuentros con los guardias de Weselton, resultaban ser problemáticos.


Elsa decidió permanecer dentro tres días más, haciendo una semana desde que perdió a sus acompañantes y de noches sin buenos descansos, no por la cama sino la preocupación. No creía que Weselton hubiera encontrado a sus amigos porque todos eran más listos que él -imaginaba que el anciano habría recorrido las calles con ellos a cuestas, amenazándole si no salía de su escondite- y tenía la certeza que a ellos les iría mejor, Verner conocía el idioma, Aksel era hombre y Helle se había ido con el único confiable entre la nueva guardia, que además pertenecía a aquel país.

Ella era quien tenía las manos atadas, sus poderes sólo servían en privacidad, no tenía dominio del idioma y cuando buscó algún traductor se le había negado porque iba sola -y por ser mujer, no podía olvidarlo-.

Tomó un poco de té de hierbas para tranquilizarse -no había podido pasar más días sin él, pese al calor-.

Le quedaba contratar un guardia, pero en su cabeza una voz le decía que sería ignorada.


Y la reina estuvo en lo cierto dos tardes después; sin un hombre, le ignoraron; sin conocer el idioma, se burlaron; al ver el dinero, abrieron los ojos, pero se encogieron de hombros por provenir de una mujer -y en sus caras identificó que planearían cómo quitárselo-.

¡Era inaudito!

Al salir, quiso darse de golpes contra la pared de la construcción, pero reconoció a uno de sus perseguidores y se apartó, perdiendo el turbante (2) que había adquirido, porque quedó sujeto a una de las piedras del edificio. Su cabellera rubia se vio expuesta y decidió que -por mucho que no le gustara-, habría de comprar un velo para situaciones especiales.

Creyéndose lejos, comenzó a correr, atrayendo la atención de unos guardias que salían de un callejón. ¡Se reproducían! Corrió, era una lástima encontrarse en un poblado distinto al que estuvo en el principio, el otro ya lo había memorizado.

Sintió el impacto con un pecho firme y si hubiera tenido un espejo habría visto lo blanca que se puso -si es que se podía tener un tono más claro que el suyo-. Alzó la mirada y se encontró con los ojos verdes de Hans Westerguard.

¡Se estaba convirtiendo en su ángel!

Él la pegó a una pared y colocó sus dos brazos de manera que obstruyera la vista de los perseguidores.

-¿Cree que es divertido, su Majestad? -cuestionó él con gracia. Si Elsa hubiera tenido la oportunidad se habría reído por su tercer encuentro con el hombre que quiso asesinarle, pero que se dedicaba a salvarle constantemente. Alguna gracia divina debió haber interferido para que a él no le cortaran la cabeza por empuñar su espada sobre ella.

-No lo es -refunfuñó ella mirando por debajo del brazo de Hans que, en cambio, sí rió. Pasados unos minutos se contagió y esbozó una diminuta sonrisa, que deslumbró al pelirrojo.

-Esta vez deberé dejarla en el lugar que ocupa, su Majestad -señaló él y una garganta se aclaró tras de ellos.

-Por mucho que sea lo correcto y que me gustaría ayudara a su Majestad de tal forma, no creo que pueda hacerse así, su Alteza, si no entra en este instante, perderá todo el avance que tiene con… -Hans se apartó de Elsa y alzó una mano para interrumpir a Georg, sabiendo que él tenía razón. Pasó unos dedos por su mentón, que comenzaba a asomar barba rojiza, y miró los coches que eran más comunes allí que en la otra ciudad.

-Georg, consigue algún transporte para su Majestad y le das indicaciones para que la lleve donde ella así lo decida -instruyó antes de girarse hacia la reina.

El pelirrojo miró las puertas del lugar en que se llevaría a cabo la reunión: -Espero realmente que todo resulte bien, su Majestad, si necesita… -sus ojos se abrieron al ver a los hombres en la puerta.

"Malnacidos", estaban por irse, ¡sólo se retrasó cinco minutos!

-Vaya, príncipe Hans, me ha ayudado lo suficiente -manifestó la rubia y él inclinó la cabeza, teniendo una preocupación distinta, que incluía las decisiones de sus doce hermanos. Se encaminó a la salida del edificio y recordó a la reina, pero ella ya avanzaba a donde Georg se encontraba. Sólo que esta vez no quería pedir la disculpa, sino que levemente pasó la idea de darle su ayuda. Negó, tenía otros asuntos que atender, en inglés convenció a los hombres de pasar.

Su traductor entraría en poco tiempo, en ese momento ofrecía sus servicios a la reina de Arendelle.


-Sólo dígale al conductor que me deje en la entrada de la ciudad -indicó Elsa con voz calmada, ganándose una mirada de los ojos azules del traductor.

-Su Majestad, podría instruirle que le lleve hasta las puertas de su posada -dijo el hombre de manera respetuosa, pero la rubia negó, no tenía la seguridad que el conductor fuera del todo confiable.

Georg suspiró y asintió, le dio indicaciones al hombre que manejaba el transporte guiado por dos burros.

-Si realmente precisa de ayuda, su Majestad, su Alteza ocupa la habitación veinte en el Hotel Imperial, el que es dirigido por extranjeros.

Elsa lo agradeció enormemente y con ayuda del hombre subió al transporte, él le entregó un velo de color azul que le ayudaría a pasar desapercibida durante el viaje a cielo abierto.

El traductor miró el camino en que la reina desapareció y sonrió con gracia, sus cuarenta años de vida le decían que el príncipe y ella volverían a cruzarse.

Rió en voz baja y después se encaminó a cumplir sus obligaciones con su Alteza.


Cinco días más tarde Elsa volvió a cruzarse con Hans, sólo que aquella vez, después de chocarse, siguió corriendo reparando que era él hasta verse muy lejos. Lo mismo que ocurrió dos días después de aquél. Otros tres fue perfectamente capaz de escapar de los perseguidores pero no de poder encontrar a alguien que aceptara darle una mano sólo por ser mujer.

Por lo cual, a dos semanas de haber escuchado las palabras de Georg -y tres de estar por su cuenta-, Elsa, harta de hacer planes y del dichoso país llamado Sanderted, se dirigió al hotel y pidió ver al huésped de la habitación veinte.

Cuando había sido aceptada su petición, avanzó con la espalda firme en los pasillos de colores dorados y rojos, con altas cortinas y ventanas ubicadas estratégicamente para permitir que entrara el poco aire del desierto. La sirviente de ropas delgadas tocó la puerta de madera con el número tallado en la superficie.

-Adelante -la rubia reconoció la inconfundible voz de Hans, la otra joven se retiró y Elsa pasó a la habitación -o a una parte de ella, se percató-. La estancia se encontraba ocupada por un escritorio de madera con dos sillones acolchonados frente a él y otro atrás, que ocupaba Hans; además había un librero, unas cuantas plantas y una mesa apartada en una esquina. La habitación con tapices de líneas tenía dos ventanas y dos puertas que probablemente llevarían a dormitorios.

El pelirrojo se colocó de pie y le señaló uno de los sillones con colchón rojo, que no dudó en tomar.

-Lo de usted se ha vuelto interesante, su Majestad, sin duda -reveló Hans riendo en voz baja. Y Elsa evitó sonreír ante aquellas palabras mientras se acomodaba con elegancia.

-Ni que lo diga -admitió ella-, realmente necesito su ayuda -pidió con voz suave. Del príncipe sí podría defenderse si trataba algo.

-¿Qué obtengo yo a cambio? -cuestionó el otro de manera interesada, pero sin intención alguna de no ayudarle, aunque la reina no lo sabía. Por muy increíble que sonara no podía dejar de preocuparse por ella.

-Supongo que la satisfacción de ayudar a alguien no lo considerará siquiera -masculló la reina con sarcasmo-, dígame, ¿qué quiere? -Hans hizo un esfuerzo por no reír. La pobre podía librarse perfectamente de Weselton y sus perseguidores, pero era una resolución diferente al tratarse del territorio. Apoyó sus codos en la superficie de madera y cruzó sus manos en una pose de interés.

-Parece que nos entendemos, ¿qué le parece esto? Si le ayudo, usted mandará una carta a mis hermanos en la que exprese lo que hice por usted de buena fe, para que a ellos les quede claro que mi pequeño acto del pasado quedó olvidado -Elsa sonrió, quizá sí la merecía por las veces que le socorrió.

-Es bastante listo, bien, eso será, tengo la esperanza que es muy poco por salir de aquí, además me dará la seguridad que no volveremos a cruzarnos -intercambió una mirada apreciativa con Hans, que asintió estando de acuerdo.

-¿Cuándo desea partir? -preguntó el otro sacando pluma, papel y tinta. Teniendo la idea de enmascararla con su nombre, para hacerle llegar al barco de Arendelle.

Elsa titubeó.

-He ahí el quid de la cuestión (3), no me gustaría irme y dejar desamparada a mi pequeña comitiva -pronunció con suavidad y su voz reflejó la preocupación por ellos.

El otro detuvo su brazo mientras dirigía la punta de la pluma al tintero, la dejó en la mesa.

-¿Está bromeando? -interrogó Hans, rió sarcástico-, por supuesto que no bromea, no creo que haya nadie más que se preocupe tanto por los otros. ¿No cree que ellos ya habrán partido? Pudieron haberle dejado a usted aquí, no todos se preocupan por los demás.

-Estoy segura que nueve de ellos lo habrán hecho porque son escoltas de Sanderted -él la miró curioso por aquello y pensó 'Weselton' sin ni siquiera recibir una aclaración-, pero los otros cuatro no, uno de ellos escolta también, que permanecerá aquí de cualquier forma. Aunque se podría mandar una nota a mi barco para asegurarnos -realizó una pausa-; y no hay problema alguno en preocuparse por los demás- objetó la reina.

-Claro que no -admitió el otro con sinceridad-, pero no a niveles extremos. Creo que eso cambia mis planes también, afortunadamente unos distintos a los que he tratado estos días -pausó un momento-. Deberé acompañarla hasta que encuentre a los otros. Tendrá que fingir ser mi esposa.

-¡¿Qué?!- exclamó Elsa, abriendo los ojos asombrada.

-No se sorprenda, no quiero denigrarla hasta el punto de ser mi amante y que le falten al respeto como a una concubina. Además que no hay compañía femenina conmigo para que parezca respetable su presencia. Ser un matrimonio nos ahorrará mayores explicaciones y, por otro lado, no tengo intención de regresar a este infierno de lugar, por lo que no me preocupa que alguien se quede con la idea que tengo una esposa y si llegara a cruzarme con alguno de los presentes en el futuro, simplemente diré que enviudé.

-Es bastante bueno haciendo planes -fueron las palabras de Elsa, señalando un hecho que creía cierto, sin tomar tiempo en preocuparse en lo que dictaba la moral de viajar con un hombre que no fuera su marido -ésa era la menor de sus preocupaciones-.

-Querida, hay que saber hacerlos y mejorar el arte de su elaboración para poder crearlos rápidamente, si usted tuviera un poco más de experiencia no se encontraría en esta situación. Ahora, tome mi anillo y colóqueselo -se quitó una pequeña banda que llevaba en su meñique, con un símbolo de un león-, espero que sea buena actriz.

Observó que la reina se colocó el anillo en su dedo anular y sonrió ante la ironía de la situación -dos años atrás podría haber logrado eso-, señaló la bolsa que la rubia cargaba.

-¿Qué trae consigo? -ella le hizo saber que unas pocas pertenencias, él se colocó otro anillo más grande que guardaba entre sus cosas.

Hans se acercó a la campanilla para llamar a un sirviente, que llegó en forma de mujer.

-¿Haría el favor de llevar a mi esposa a asearse en la otra habitación que tengo ocupada? Tuvo algunos percances dirigiéndose aquí, por lo que podría facilitarle alguna ropa mientras mando traer unas prendas para ella. Haga llegar a un criado cuando salga -todo lo indicó en inglés, idioma que manejaban en el hotel.

-Entendido, su Alteza -expresó la otra con obediencia.

-Querida, espero que el lugar sea de tu agrado -comentó el pelirrojo en el idioma anterior para que la otra mujer escuchara, se ganó una sonrisa de la reina.

-Gracias -susurró Elsa asintiendo y siguiendo a la sirviente que le esperaba a un lado de la puerta.

Cuando hubo salido, Hans soltó una carcajada en el interior de la habitación.

¿Qué tan difícil podría ser encontrar a cuatro personas?


1. Prismáticos. Otro de los nombres que reciben los binoculares.

2. Turbante. Tocado hecho de tela que se enrolla en la cabeza.

3. Quid. Punto clave o más esencial de un asunto.

.

¡Hola!

¿Capítulo largo?, jejeje todos son así :D, ¿cómo se encuentran?

Es un apetecible viernes -para mí-, con una temperatura aceptable XD, y el suficiente humor para comentarles sobre lo anterior.

Como les he precavido en la nota pasada, las cosas avanzan un poco rápido, principalmente porque aquí sí se tornaría aburrido leer detalle a detalle cada día.

No sé ni por dónde comenzar, la duda principal que podría surgir, ¿qué les hizo Weselton a los que permanecen en el barco?, eso será completa imaginación -porque sinceramente todo lo que anexaba simplemente no me parecía-, sólo era una manera de dejar a Elsa en desventaja;D, veneno, picaduras, infecciones, en fin, ellos no estarán y ya.

Los OC, por ellos no se preocupen, he tratado de nombrar los menos posibles para no hacer grandes confusiones.

Pues bien, aquí comienza el tormento de nuestra querida rubia, quizá fue un poco extraña la forma en que 'perdió' a sus acompañantes, pero luego podrán saber qué más ocurrió:D y por qué no los encontró con facilidad; sin embargo, marcó lo más importante, ¡ya se encontró con el pelirrojo! -¿a poco no era eso lo que se esperaba?-. Como habrán podido notar, el príncipe se arrepiente de lo que ocurrió en el pasado, peeeero su personalidad no le hace arreglarlo de la forma adecuada; aunque ha avanzado en la dirección correcta queriendo ayudarla -de forma respetable-.

Creo que pueden hacer sus propias maquinaciones a partir de ahora, pero siempre estoy disponible con cualquier duda que se presente.

En fin, les mando un gran saludo, abrazos y besos, ¡recuerden que es ficción con fines de entretenimiento!

¡Cuídense mucho!

Nos vemos en el capítulo dos: Los percances de alejarse de casa

HoeLittle Duck