Capítulo 2: La brigada.
Año 862 según calendario del reino de las murallas
(En un universo sin titanes).
Bajando lentamente por esas viejas escaleras, pude escuchar distintas voces provenir del primer piso de la casa. Percibí el sonido de dos varones aparentemente jóvenes; quienes mencionaban lo extraño de las pinturas expuestas sobre esa pared de ladrillos. El par, insistía acerca de la temática general de esas imágenes pintadas en óleo, mencionando una y otra vez; el nombre del héroe nacional que curiosamente, era recordado como el enemigo público de la nación de Marley en los años de la guerra mundial.
"Heros" pensé, recordando la vestimenta pintoresca y lo descuidada que estaba la estatua del llamado Salvador por parte de los profesores en mi universidad. "Al menos parece que no soy la única que lee los libros de la abandonada biblioteca de Sina" insistí en mis pensamientos, posando suavemente mi pie sobre uno de esos viejos escalones.
Nuestros libros de historia no mencionan mucha información acerca de ese humano misterioso, lastimosamente. Las malas lenguas insisten una y otra vez, que su identidad fue una creación literaria del reino y sus defensores. Para otros, el susodicho fue nada más y nada menos; que el fantasma del comandante fallecido del escuadrón de reconocimiento, quien habría tomado vida para vengar a sus camaradas y el aparente asesinado del hijo menor del rey en aquella batalla sangrienta en contra de nuestro peor enemigo jamás enfrentado.
-Es más probable que Heros fuese el nombre del caballo favorito del rey… -murmuré en un tono casi imperceptible, tapando rápidamente mi boca para no ser escuchada por aquellos dos, quienes a juzgar por el volumen de sus voces; estaban más cerca de lo pensado.
"Maldición, Hanji. ¿Podrías cerrar esa boca?" me recriminé, mordiendo mi labio inferior como símbolo de autocastigo al ver que mi obsesión por corregir a los demás, podría jugarme una mala pasada.
Esperando por alguna reacción, decidí quedarme quieta como la estatua de Heros; calmada y paciente por la respuesta de esos varones acerca de mi comentario sarcástico.
Pero nadie respondió.
Retomando ese lento descender, pensé en esa pequeña probabilidad de haber sido escuchada. Analicé los crujidos de la madera al bajar, en ese porcentaje alto de que mi gruesa voz pudiese sobresalir del resto durante los segundos que abrí mi boca; así como en esa escasa posibilidad de haber sido vista de entre todos los cachivaches de la familia ubicados justo frente a la escalera que, para mi suerte; disminuían la visibilidad de mi ubicación actual.
Así que esperé. Quedándome quieta por segunda vez, como si algún tipo de bestia esperase por mí; esperé. Permaneciendo con mis ojos cerrados, calmada y en espera de alguna respuesta, me mantuve unos cinco minutos acurrucada como un gato en plena nevada.
"Rayos" pensé, apretando mis glúteos para que la posición en cuclillas que había tomado resistiera un poco más.
Pero mi espera fue en vano.
Nadie mencionó mi nombre, ni habló del porqué mi trasero no estaba en la primera planta camino a pasar una noche con mi futuro marido. Al parecer, nadie me buscaba y simplemente estaban ahí ese primer piso en espera por mi descenso; como si hubiese alguna especie de prohibición por buscarme en la segunda planta.
"Tomaré eso como una señal de no haber sido escuchada, entonces" insistí en mis pensamientos, tratando de calmar mi corazón ante la creciente inquietud, ansiedad y desesperación al desconocer la identidad de ese par; del resto de humanos y las verdaderas intenciones por las cuales ellos cuchicheaban en mi sala de estar.
-No sólo habla de Heros -, mencionó la voz más gruesa del par -; habla de la libertad -interrumpiendo mis miedos y pensamientos al hablar de las pinturas como todo un patriótico del reino -. El Salvador de los Erdianos… -murmuró.
Estaba interesada en escuchar esa conversación con detenimiento.
Tratando de levantarme con la mayor lentitud y menor ruido posible, apreté mi boca como símbolo de esfuerzo e inicio en la misión de estirado de piernas. Apreté mis dedos posados sobre el pasamanos para que éstos me ayudasen a subir, con el fin de disminuir de esa manera; el esfuerzo que tendrían que hacer mi trasero y piernas para tomar una posición erguida. Así mismo, inhalé la mayor cantidad de oxígeno posible con el objetivo de cargarme de fuerzas para no morir en el intento; y escuchar de mejor manera lo que esos dos estaban hablando.
-¿Lo crees? -preguntó con sarcasmo aquella voz ligeramente más juvenil -. ¿Un consejo? Deja de imitar a otros, no te queda… -insistía, suspirando al final de sus palabras –. Lo que deseo saber es: ¿¡cuándo tiempo debemos ver esta basura!?
-No hay por qué perder la paciencia –. Intervino una tercera voz -. Aunque no lo entiendas, esto y aquello es arte, ¿no? -preguntó algo curioso por las respuestas de esos dos -. Marat, Jacques-Louis David y hasta Zankely es arte, ¿no es así? -preguntó nuevamente en un tono más animado el dueño de esa voz un poco ronca por un aparente resfriado.
"Ay, no. ¿Zankley?" pensé, terminando mi labor de levantado al escuchar ese desagradable nombre.
La relación de ese seudo-pintor con mi padre, es la misma que tiene la sal y las babosas. Zankley, es considerado ante los ojos de mi progenitor, como un hombre de carácter grotesco; quien ha estado pintando cosas sin sentido desde sus inicios. Demostrando un nivel de arte solamente amado por aquellos ignorantes en el tema, quienes van a sus exposiciones con el simple fin de encajar en nuestra sociedad.
Y como buena hija que soy, estoy más que de acuerdo con su pensar.
"Ese chico se pasa de ingenuo" pensé nuevamente, colocando una de mis manos sobre mi rostro al sentir algo de pena por su apestoso gusto en arte.
-Mejor dejemos esta conversación aquí, lo que importa no es el arte; sino la razón por la cual estamos en esta casa mal oliente -. Indicó fastidiado el dueño de la voz del varón sarcástico del trío.
Lastimosamente, él tenía razón. Habían pasado varios minutos desde que mis padres salieron de mi habitación. La casa no era tan grande como para alegar atraso por extensión de hogar o como deba decírsele al hecho de haberme perdido en mi propia casa sin razón aparente.
Para mi desgracia, no podía ocultarme más.
Por ello, había decidido ignorar los comentarios absurdos de ese trío; para concentrarme en descubrir finalmente la identidad de todos los invasores de mi hogar. Después de todo, no me quedaba más opción que bajar, saludar e irme de mi casa para comenzar a vivir en la casa de los Ackerman.
Si me revelaba, mis padres morirían gracias a la casa real.
"Mierda" pensé, apretando mis dedos con mayor fuerza; rasguñando sin querer, el pasamanos de la casa como si fuese un gato al que iban a sacrificar en noche de festival. "Y es que después de todo, ¿no estoy siendo llevada al matorral?" maquinaba, incrementando el temblor de mis piernas al analizar lo terrible que iba a ser cuando mi supuesto marido al estar algo urgido de amor, me violaría sin piedad al tratar de satisfacer uno de sus deseos carnales con mi cuerpo.
Pero debía avanzar.
Continué bajando a paso lento como si un monstruo estuviese esperando mi llegada. Sintiéndome horrible, con unos fuertes latidos, una respiración entrecortada y un incontrolable temblor de mis piernas que comenzaba a ganar la carrera; haciéndome pensar en lo fastidioso y penoso que sería entrar rodando por la sala al haber dejado que mis miedos ganasen por primera vez.
Pero debía bajar.
Sabía que no tenía opción. La única manera de descubrir la identidad de esas personas que habían decidido tomar el papel de escoltas antes de convertirme en el juguete sexual de Kenny Ackerman, era posando mis pies sobre la primera planta de mi hogar.
"¡Baja!" le ordené a mis piernas.
Cerré mis ojos para concentrarme en inhalar aire. Tomé con fuerza todo lo que mi nariz pudiese absorber. Percibiendo en el intento, el delicioso olor de las hojas de eucalipto que mi padre solía colocar en lugares estratégicos para según él, darle un aroma único a nuestro hogar. Mientras trataba de calmar mis miedos y ansiedad, también percibí ese delicioso olor a galletas proveniente de la panadería del frente; olor que despertaba mi hambre todos los días a la misma hora en esta hermosa ciudad. Distinguí por alguna extraña razón, el olor a libros viejos provenientes de la estantería ubicada muy cerca del pasillo que conducía a la escalera; obteniendo una sensación de paz y de tranquilidad en mi corazón.
"Sé que no lo deseas, mas debes hacerlo" me dije, abriendo mis ojos al mismo tiempo que exhalaba con fuerza todo lo que tenía dentro de mis pulmones.
Finalmente bajé.
Descendí un par de escalones apoyada sobre el pasamanos para no caer como solía hacerlo casi diariamente al haber una falla de construcción en uno de los escalones. Visualicé con claridad, la identidad de esos hombres -y los demás- tras dar mi última pisada sobre el escalón más ruidoso de la casa; anunciando con el crujir de la madera mi llegada.
-¿Hanji? -preguntó la voz preocupada de mi madre, corriendo desesperada a mi encuentro; dejando ver la misión que cumplía mientras los invitados esperaban por mi aparición -. ¿¡Qué esperas!? No te quedes ahí y saluda -insistió, sonriendo de oreja a oreja mientras sostenía una bandeja con un par de copas con vino tinto.
"Vaya, con que sacó la platería fina que tenemos" pensé, observando con detenimiento las copas.
Conocía esa fingida sonrisa. Mi madre solía usarla en varias situaciones, especialmente cuando deseaba sacar ventaja de alguna situación gracias a ella. Amaba hacer esa expresión para terminar discusiones con mi padre, adoraba sonreírle de esa manera al panadero para que Don Hitch le diera el pedazo de pan de mejor calidad antes del té de la tarde; pero, sobre todo, le encantaba sonreír de esa manera a los demás para hacerles creer que todo estaba bien y que ella era, ante todo, era una dama de sociedad.
-Baja, cariño -insistió, ampliando su sonrisa.
-Claro… -susurré, quedándome plantada ahí como una palmera sobre ese escalón, mirando alrededor.
Encontrándome con esos ojos azules claros mientras observaba cada rostro, una voz sobresalió del resto:
-Buenas tardes -, mencionó el dueño de esos ojos en un tono aparentemente arrogante, inclinándose levemente a manera de saludo ante mi llegada -. Finalmente, señorita -, continuó, sonriendo tímidamente -. Soy el soldado Porko. Porko Galliard.
"Con que la voz del niño rebelde ahora tiene rostro" pensé, sonriendo modestamente en respuesta a su saludo.
Ese soldado con hermosa cabellera pelirroja y lisa, y quien todavía no había dicho su edad; era dueño de un rostro con rasgos finos. Tenía una interesante nariz con punta regordeta, unos bellos ojos de color azul claro que hacían juego con unas muy notables pecas alrededor de toda su cara; y unas finas y bien definidas cejas.
"Con que arrogante y apuesto. Buena combinación para ser el rompecorazones del reino" pensé algo divertida, pensando en cuántas mujeres debe traer locas ese chico.
Pero hubo algo más interesante que llamó mi atención.
Su vestimenta era muy particular. Era la primera vez que veía ese uniforme negro de cuello de tortuga y mangas largas, con placas metálicas sobre el pecho y zonas estratégicas; así como una combinación de cintas de cuero y lo que parecía tubos metálicos alrededor de su cuerpo. Conjunto combinado con unas botas negras de cuero con suela de goma, con el emblema del reino casi imperceptible en sus ropas sobre su pecho y quizá sobre su espalda.
"¿Quién es ese pelirrojo?" me pregunté, frunciendo el ceño al desconocer la brigada a la que pertenecía.
-Es un gusto conocerle, por fin -exclamó, terminando su reverencia.
-Sí, claro… -murmuré, respondiendo con rapidez para que no se diese cuenta que estaba pensando en otra cosa que no fuese su saludo.
-Señorita -indicó en ese tono que aún me parecía arrogante, mientras giraba esos bellos ojos en dirección al soldado que tenía a la par y quien vestía de la misma manera -. Debemos irnos, el clima no parece ser muy favorable el día de hoy.
-Tienes razón… -intervino el dueño de la voz más gruesa del trío, haciendo una reverencia al encontrarse con mi mirada -. Parece que va a llover… -continuó a manera de susurro, devolviendo una copa vacía a la bandeja que aún sostenía mi madre -. Eso no es bueno…
-Sí, supongo que lloverá -respondí, girando mis ojos en dirección a la ventana más cercana -. Después de todo, estamos en Sina. El clima es impredecible -. Exclamé, tragando algo de saliva al tratar de calmar mis nervios al sentir un aura extraña.
El ambiente estaba tenso por alguna razón. Esos dos me daban escalofríos. Es como solía decir el anciano vendedor de los periódicos de la esquina antes de fallecer: "Desconfía cuando sientas escalofríos, porque eso se significa que algo malo va a pasar."
"¿Será?" me pregunté, tratando de calmar esa fea sensación en mi pecho.
Posando mi mano derecha sobre mi pecho, escuché repentinamente un grito de mi madre. Haciendo que todos los presentes -incluyéndome-, saltásemos como si el suelo tuviese carbón ardiente:
-¡Hanji! -gritó fuertemente, colocando la bandeja con fuerza sobra la mesa más cercana -. ¿¡Qué esperas!? ¡Deja de atrasar a la brigada especial de la policía militar que vino simplemente por ti! -insistía -. ¡Deja de atrasarlos!
"¿La brigada especial de la Policía Militar?" pensé, abriendo ampliamente mi boca al entender la verdadera identidad de esas personas en mi sala.
Mi padre me había hablado de la unidad especial y de los distintos rumores que rodeaba a sus miembros desde su fundación casi cinco décadas atrás. Una noche, cuando tenía diez años y no podía dormir por la tormenta; él me contó acerca de la existencia de una brigada que fue capaz de dar un golpe militar a la casa real cuarenta años atrás. Según los rumores, ellos generaron que; tras la muerte del monarca de tan sólo quince años edad para el año 822 llamado Brendan Fritz, la prensa diera un reporte falso a todo el reino de las murallas, en donde se indicaba como la causa de muerte del joven rey; sus problemas mentales de esquizofrenia que lo llevarían a un doloroso suicidio. Siendo esto, según los relatos de mi padre, una estrategia política con el fin de esconder a los verdaderos culpables del fallecimiento del monarca más joven de nuestra historia, quien fuese conocido por ser un niño sádico, amante de la tortura y nada conveniente para el reino. En su relato, mi padre contó que, desde aquel suceso; existen rumores que esa unidad pocas veces vista, no fue eliminada como indican los libros de historia.
"No puede ser" pensé, girando mis ojos en dirección a un pálido rostro por parte de mi padre, quien estaba rodeado por dos chicas con cara de pocos amigos. A su derecha, una chica de cabellera castaña y ondulada, y a su izquierda; una joven rubia con nariz prominente. Ambas, compartiendo la vestimenta del pelirrojo.
Según la historia de mi padre, la presencia de esa brigada especial sigue presente en nuestro reino. Equipo anónimo que continúa moviendo sus redes dentro de la casa real. Siendo ellos, los verdaderos reyes dentro de Paraíso; responsables de decidir quién es declarado rey y quién no en las sombras.
-Y ellos están ahora en mi hogar… -murmuré, tragando más saliva de la deseada al comprender que su presencia en mi sala no era casualidad.
¿Nos vemos por este mismo canal?
