Kapitel II

I quietly, quietly cut the curtains down

There's a blue flame in the dawn of awakening

Until the day I meet the you that I so wish to protect.

I'd rather take the enemies in front of my eyes than end in crowning glory

Ranbu no Melody SID

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Estaba despierto, lo sabía, sin embargo no quería abrir los ojos. Intentó moverse, pero el cuerpo le dolía demasiado. A su pesar, se obligó a abrir los parpados, clavando sus ojos grises en el viejo techo de la habitación. Su mirada vagó, perdida entre las grietas, dibujando formas y figuras imaginarias con ellas.

Un suave poof se escuchó entonces, llamando su atención. Giró levemente el rostro, encontrándose con una pequeña botella de cristal que flotaba sobre su escritorio. Estiró la mano para alcanzarla, pero en vez de eso, una pequeña nota flotó a su encuentro. La tomó un tanto resentido y leyó la sencilla línea que flotaba sobre el pergamino.

"Tómala, te ayudará a recuperarte". No estaba firmada, pero realmente no le importaba. Sabía perfectamente quién le enviaba esa medicina.

Suspiró y con movimientos lentos y pausados finalmente salió de la cama. Se quedó de pie por unos momentos, dejando que sus músculos se acostumbraran al dolor. Extendió la mano y el pequeño frasco levitó hacia ella. Lo tomó con suavidad y movió los labios, pronunciando en su mente el hechizo de siempre, haciendo que la botella estallara, regando el líquido cristalino en su mano y manchando la alfombra en el proceso.

Caminó sobre los cristales, sin importarle que sus pies estuvieran desnudos. Llegó hasta el enorme y antiguo espejo que cubría casi la mitad de la pared y se observó con atención, notando cómo el pantalón de seda de su pijama le quedaba un poco grande, pues se colgaba un poco en sus caderas. Cerró los ojos y suspiró una vez más, abrió uno de los cajones de la cómoda donde guardaba su ropa y extrajo una pequeña caja negra. Su mirada se opacó mientras la abría, tomó un poco del polvo plateado y lo sostuvo unos momentos, indeciso, después sonrió con amargura y negó con la cabeza. Finalmente lanzó los polvos al aire y cerró los ojos mientras aspiraba con fuerza, anhelando sentir algo más que no fuera dolor y el enorme vacío que lo carcomía por dentro.

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Harry seacomodó la bufanda roja por tercera vez en menos de una hora y se estiró en su lugar, esperando. Había pasado poco más de una semana desde que adquirióel cuadro de sus amigos, un cuadro que, por increíble que pareciera, había sido pintado por el mismísimo Draco Malfoy, hijo de uno de los seguidores más leales a Voldemort, Lucius Malfoy, y heredero de la que alguna vez fue la familia más importante y poderosa del mundo mágico. Aún no podía creerlo del todo, pero así era: los habitantes de la pintura así se lo habían hecho saber, pues él, muerto de la curiosidad, no había dudado en preguntarles si era verdad que su autor era Malfoy.

Puede que no me guste, pero Malfoy tiene un no sé qué… ―había dicho su versión adolescente mientras se rascaba la nuca, un gesto que aún era bastante recurrente en él.

Aunque he de decirlo, compañero, el hurón ya no parece tanto un hurón, más bien es como una cabra ―dijo Ron con un poco de recelo, aunque se le veía un poco consternado.

¡Ron! ―amonestó Hermione desde el cuadro y después le dedicó una sonrisa un poco triste ―. ¿Sabes, Harry? No sé cómo es el mundo ahora, pero me da la impresión de que no es por lo que yo luchaba.

Harry suspiró, saliendo de su ensimismamiento. Le hubiera gustado decirle a Hermione que se equivocaba, pero la realidad era completamente diferente. El mundo mágico había cambiado después de la guerra, pero no era ni por asomo el mundo por el que él y sus amigos habían luchado por defender; ellos desearon poder lograr la igualdad entre los magos, sin importar su estatus social ni la antigüedad de su linaje mágico. Siete años después, el resentimiento entre la comunidad mágica seguía evidente; sólo bastaba ver la enorme cantidad de indigentes en el callejón Diagon, pues muchas de las que una vez fueron las familias más poderosas ahora se encontraban en la miseria y el abandono.

Sus ojos verdes recorrieron las calles en silencio, buscando en vano con la mirada. Llevó el vaso de café, ahora ya un poco frío, a los labios y bebió, tragando su amargura con él.

Minutos después, reconoció la delgada figura de Malfoy, quien caminaba apresurado por los escalones cubiertos de nieve de Gringotts, aferrándose a su abrigo mientras ignoraba ―o eso parecía― los murmullos indiscretos de la gente que lo miraba con burla y desprecio mientras caminaba. Lo siguió con la mirada, analizando cada uno de sus movimientos. Había intentado localizarlo, pero en el Ministerio no sabían nada de él, aun cuando ellos eran responsables de vigilarlo. Sin embargo, parecía que a ellos les importaba muy poco lo que pudiera sucederle, pues ni siquiera se habían molestado en comprobar si la dirección que tenían de Malfoy era falsa.

"Ya cumplió su condena", eso es lo que dijeron. Pero la realidad era completamente diferente,y Harry lo sabía.

Se levantó del asiento, acomodando nuevamente su bufanda y se dirigió hacia Malfoy con decisión. Caminó de prisa, pues el rubio iba prácticamente corriendo. Estiró una mano para llamarlo, pero se arrepintió: aún no estaba del todo seguro de qué es lo que le diría. No había dejado de pensar en él desde aquella ocasión, en especial, no podía quitarse de la mente la imagen de sus ojos. Cada vez que los recordaba, sentía cómo era arrastrado hacia ese vacío plateado.

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Malfoy salió de una de las tiendas del callejón Knockturn y arrojó un paquete a la basura. Harry frunció levemente el ceño, no podía asegurarlo, pues el rubio le daba la espalda, pero estaba casi seguro de que esas no eran las mismas botas que traía antes, pues éstas eran de un tono un poco más oscuro y se veían en mucho mejor estado.

Respiró profundo y dio un paso hacia él.

―Malfoy ―dijo con voz firme.

El rubio dio un pequeño salto en su lugar y giró lentamente hacia él, mirándolo con sus enormes ojos. Harry no pudo evitar estremecerse un poco, pues ver el terror dibujado en la cara de Malfoy era algo que sencillamente no esperaba. Alzó una mano hacia él, provocando que el rubio diera un paso hacia atrás de forma instintiva. Draco miró hacia ambos lados, nervioso, giró rápidamente sobre sus talones y comenzó a correr.

Mierda.

Harry maldijo interiormente y corrió detrás de él. Malfoy podía estar delgado y muy pálido, pero corría como si lo estuviera persiguiendo el mismísimo demonio, y eso no le gustó. Apretó los labios con fuerza y corrió aún más rápido, importándole un carajo los rostros de curiosidad de los magos con los que se topaban en el camino.

―¡Espera, Malfoy! ―gritó Harry un tanto enojado al darse cuenta de que estaban muy cerca de la zona para la aparición.

El rubio no lo escuchó.

Potter frunció el ceño con molestia y avanzó aún más de prisa. Si no mal lo recordaba, Saunière le dijo que Malfoy usaba un traslador para llegar a su casa; debía alcanzarlo antes o perdería esta oportunidad para hablar con él. Apretó un poco más el paso y lo tomó por el codo justo en el momento en que el rubio sacaba un crucifijo que traía colgado al cuello. Malfoy giró mientras Harry daba un paso más hacia él.

Los grandes y profundos ojos grises de Draco fueron lo último que vio antes de sentir el jalón de la desaparición.

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Oye, Harry ―preguntó Owen con una sonrisa, haciendo brillar sus ojos azules mientras subía los pies en la pared―. Siempre me lo he preguntado, ¿eres un delincuente o algo así?

Harry levantó la mirada hacia el castaño, mirándolo con una ceja alzada y su mejor cara de incredulidad.

¿Por qué la pregunta?

Bueno ―Owen encogió sus delgados hombros―, desapareces muy seguido y por varios días. Pensé que tal vezeras un prófugo de la justicia o algo.

Harry desvió la mirada un momento, sintiendo una ligera punzada de culpabilidad hacia su amigo; Owen era un muggle y no tenía la más mínima idea de quién era él en el mundo mágico. Habían pasado casi tres años desde que abandonó esa vida, y no tenía la más mínima intención de regresar a ella. Al menosno todavía.

Tengo asuntos que atender, ¿sabes? ―dijo Harry con sonrisa fingida―. No soy como otros que solo van por ahí divirtiéndose a lo grande.

Ah, pero eso es porque no quieres ―contestó Owen mientras soltaba una risa divertida.

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Estaba acostado sobre algo suave… algo suave que olía muy bien, a duraznos. Intentó moverse, pero se sentía realmente cómodo; cosa bastante rara, pues hacía bastante tiempo que no se sentía de esa manera. Aspiró profundamente, sorprendiéndose del ligero aroma a rosas que estaba impregnado en el aire. Un movimiento y un suave gemido debajo de él llamaron su atención, por lo que Harry se obligó a abrir los ojos, dejando que éstos se acostumbraran poco a poco a la suave iluminación.

Alzó levemente el rostro, encontrándose de frente con los ojos grises de Draco Malfoy, quien parecía querer atravesarlo con la mirada. Fue entonces cuando cayó de vuelta a la realidad. Persiguió al Slytherin por las calles del callejón Knockturn y fue arrastrado con él por accidente, ahora debían estar en su casa.

―Yo… ―intentó decir algo, disculparse al menos, pero no pudo hacerlo.

Las delgadas manos de Malfoy se posaron sobre sus hombros, empujándolo con fuerza, o al menos parecía que intentaba hacerlo con fuerza, pues el rubio gimió un tanto adolorido al hacerlo. El moreno cerró los ojos al caer hacia atrás, liberando al otro. Por supuesto, Draco no perdió la oportunidad y se levantó de inmediato, dirigiéndose rápidamente hacia la puerta.

Harry suspiró y permaneció sentado por unos momentos. Su intención inicial sólo era la de intercambiar unas palabras con él, no perseguirlo y terminar en su casa. Su mirada se paseó por la habitación en la que se encontraba, dejándolo completamente sorprendido ante lo que veía. Se encontraba en un pequeño pero extremadamente lujoso recibidor, adornado con finos y, al parecer, muy antiguos muebles.

Frunció el ceño con incredulidad y se puso de pie, avanzando lentamente hacia la puerta, analizando cada detalle del lugar donde se encontraba. Giró la perilla y dudó un momento antes de empujar, no sabía si Malfoy estaría del otro lado esperándolo, listo para atacarlo. Negó para sí mismo ante el pensamiento: ya estaba ahí, dar un paso hacia atrás no era una opción. Metió una mano en su abrigo, tomando su varita sólo como precaución y finalmente abrió la puerta.

Encontrarse con una habitación blanca, amueblada con el más fino y exquisito de los gustos era algo que no esperaba; menos aun ser golpeado por la cálida brisa proveniente de las puertas que daban hacia el jardín. No pudo avanzar mucho, pues el abrigo comenzó a sofocarlo. Maldijo para sus adentros y comenzó a desabrochar los botones, deteniéndose por un momento al percatarse que el abrigo de Malfoy estaba tirado en el suelo, a un par de metros de él, al igual que su camisa.

Harry colocó sus cosas sobre la pequeña mesa del sofá y se dirigió hacia las puertas de cristal del jardín, quedando completamente maravillado ante el hermoso paisaje frente a él. Había flores por todas partes, rosas blancas sobre todo. El jardín era inmenso, adornado con unas cuantas fuentes y estatuas; pero lo que más llamó su atención fue el sendero de piedra que terminaba en un puente, justo en medio de un enorme lago. Llevó una mano a su frente y suspiró, aparentemente, ya no estaba en Inglaterra.

Logró captar una sombra por el rabillo del ojo e intentó moverse, pero un objeto duro y puntiagudo se apretó contra su espalda, dándole a entender que cualquier movimiento en falso le costaría la vida. Draco Malfoy estaba detrás de él, empuñando una espada.

―Hacer eso no es algo muy inteligente, Malfoy ―dijo Harry con serenidad, para después voltear hacia el rubio, quien seguía amenazándolo con el arma.

Pero él no contestó, simplemente alzó un poco más el brazo, hasta apuntar directo a la garganta de Harry. Ninguno de los dos dijo nada, limitándose a una feroz lucha de miradas, dándole así la oportunidad de analizarlo.

Draco Malfoy era apenas la sombra de lo que fue. Era alto, pero no tanto como lo recordaba; no podía asegurarlo, pero casi podría afirmar que ahora lo superaba por unos diez centímetros, tal vez un poco menos. Estaba delgado, increíblemente delgado, no es que Malfoy antes fuera obeso o algo similar, todo lo contrario, pero esto era diferente; el pantalón le quedaba un tanto grande, colgándose sobre los huesos de sus caderas; además no traía camisa, permitiéndole ver su delgada cintura y casi los huesos de sus costillas. Su piel estaba un tono más pálido de lo que cualquier medico podría considerar normal. Y estaban esas cicatrices, pequeñas y rosadas líneas que cruzaban el torso, los brazos y muy probablemente, la espalda de su antiguo rival escolar.

De pronto sintió un enorme peso sobre él. Malfoy había sido un verdadero bastardo durante su adolescencia, era verdad, y no pensaba justificarlo, pero eso es lo que había sido: un adolescente, un adolescente que, al igual que él, se había visto arrastrado en medio de una guerra que no era la suya, todo por la locura de un hombre y la ambición de aquellos quienes se atrevieron a seguirlo. Y había pagado con su libertad. Con cuatro años en Azkaban.

El Gryffindor sintió que la punta de la espada comenzaba a moverse; dirigió su mirada hacia el rostro de Malfoy y notó cómo éste comenzaba a respirar con dificultad, sosteniendo la espada con, al parecer, mucho esfuerzo. Pero aun así no dejó de retarlo con la mirada, sorprendiéndolo por ello. Quizás había pasado por muchas cosas, al igual que él, pero en el fondo seguía siendo Malfoy, no podía equivocarse.

Cerró los ojos un momento y suspiró, para después dedicarle una mirada cansada al rubio.

―No tengo intenciones de luchar contigo, ¿de acuerdo? ―dijo Harry con sinceridad, sacando las manos de su abrigo para mostrárselas al chico―. ¿Lo ves? Sin varita.

Los dos permanecieron así por unos momentos más, Harry sosteniéndole la mirada sin perturbarse a pesar de que el otro chico hacia grandes esfuerzos para sostener el arma. Después de un rato particularmente largo, al parecer de Harry, intentó hablar nuevamente, pero se detuvo antes de hacerlo; Malfoy bajó el arma, aunque siguió taladrándolo con sus ojos grises, dándole a entender que su presencia no era ni remotamente bienvenida en ese lugar.

El rubio frunció el ceño un tanto preocupado y le dirigió una mirada cautelosa, para después girar sobre sus talones y dirigirse hacia la puerta que estaba detrás de él. Harry podría jurar que esa puerta no estaba ahí hace unos minutos, pero no podía asegurarlo, después de todo ésta era la primera vez que estaba en ese lugar. Sus ojos verdes se posaron sobre la espalda desnuda del rubio y no pudo evitar soltar un jadeo por la sorpresa ante lo que veía. Ahí, por toda la extensión de esa pálida piel, se encontraba la figura de lo que, al parecer, era un caballo, pero no estaba seguro. El tatuaje tenía una forma un tanto extraña y se movía con gracia por toda la espalda de Malfoy, entreteniéndose sobre la fina curva de su cadera.

Draco giró la perilla de la puerta y ladeó levemente el rostro, clavando su mirada en él. Harry torció levemente la boca, sintiéndose un tanto avergonzado; Malfoy se había dado cuenta de que había estado mirándolo con atención. El Slytherin entrecerró los ojos pero no dijo nada, entró a la otra habitación y dejó la puerta abierta, en una muda invitación para él.

Potter dudó un momento y después lo siguió, el rubio había bajado la espada después de todo, así que suponía que la violencia había sido dejada de lado, al menos por el momento. Cerró la puerta detrás de él, y su respiración lo abandonó.

La habitación era sumamente amplia, quizá tenía el tamaño de su sala en Grimauld Place, y eso ya era decir mucho. No tenía muchos muebles, pero la iluminación era magnifica gracias a dos enormes puertas corredizas de cristal que daban acceso hacia el jardín, aprovechando al máximo la luz natural filtrada a través de ellas. Algunos lienzos en blanco se encontraban tirados en el suelo; otros apoyados contra las paredes, las cuales estaban manchadas con salpicaduras de pintura. Pero lo que más había llamado su atenciónera el enorme símbolo dibujado en el suelo. Era muy similar al tatuaje en la espalda de Malfoy, sólo que este estabarodeado por un círculo de runas y otro anillo estaba grabado a su alrededor, uno de un idioma totalmente desconocido para él. Magia, en ese lugar había mucha magia;eso fue lo primero que pensó cuando puso un pie dentro de esa habitación.

Frente a él se encontraba Malfoy, quien miraba fijamente hacia el suelo mientras su mano apretaba la espada con fuerza, momentos después suspiró e hizo un suave movimiento con la mano, transformando la espada en un largo pincel negro de cerdas doradas.

―Transfiguración sin varita ―murmuró Harry para sí mismo. Hacía ya mucho tiempo que no veía a un mago hacer algo así.

El rubio giró hacia él un tanto sorprendido, aparentemente se había olvidado de su presencia. Harry frunció el ceño levemente, no pudiendo evitar sentirse un poco ofendido ante eso. Draco bufó y alzó una ceja, apuntó con su pincel hacia el frente y uno de los cuadros levitó hacia él, lo tomó con cuidado y dio unos cuantos pasos hacia Harry, quien tragó saliva un tanto nervioso ante la gélida mirada que el otro le estaba dedicando en ese momento. El pintor desvió la mirada un momento y apretó el cuadro con un poco más de fuerza, para después girarlo y mostrárselo a Harry.

Severus Snape levantó una ceja mientras una mueca de fastidio se dibujaba en su rostro, su mirada recorrió a Harry de arriba abajo y sus ojos se oscurecieron de manera sombría mientras se recargaba en el viejo y destartalado sillón del que, alguna vez fuera su despacho en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

―Señor Potter, qué… ―dudó un momento y su gestó de repulsión se asentó aún más en su rostro― inesperada sorpresa.

―P-Profesor Snape ―saludó Harry un tanto sorprendido.

―Tan elocuente como siempre ―masculló el hombre con molestia mientras se levantaba de su lugar―. Señor Malfoy, creí haberle dicho que no me gustaba ser molestado por ―miró a Harry de soslayo y después continuó― esta clase de gente ―bufó ―; aunque debo reconocer que Potter no es tan desagradable como el joven de ayer. Aun así, le sugiero que cambie de amistades cuanto antes.

Y sin decir más, se fue.

Harry levantó la mirada hacia Malfoy, completamente sorprendido, encontrándose con la pequeña sonrisa que había dibujado en los labios del rubio, aunque por supuesto, ésta se borró de inmediato. El Slytherin colocó el cuadro en el suelo y lo miró, desafiante.

―Puedes comprobarlo, no tengo problema con eso ―dijo Draco con frialdad.

―¿Qué? ¿Cómo? ―preguntó confundido.

―Has venido a comprobar la firma mágica, ¿cierto? ―preguntó con fastidio―. Quizá piensas que extorsioné a ese hombre, pero no es así ―Harry no necesitó pensar mucho para saber que se refería al infeliz de Jacques Saunière―. Los cuadros son míos, él me los compra a mí.

―Sí, ya lo sé, escuché la conversación que tuviste con él ―dijo Harry un poco receloso―. Pero no entiendo por qué me has dicho lo de la firma mágica.

Malfoy rodó los ojos y lo miró, incrédulo.

―Me perseguiste, Potter ―escupió el rubio con veneno―. Seguro que estás investigándome como auror. Ahórrate la palabrería y has la revisión de una vez, ¿quieres?

―Yo no soy un auror, Malfoy.

Draco lo estudió por unos momentos, procesando la información y después frunció el ceño.

―¿Entonces qué estás haciendo aquí? ―preguntó un tanto inseguro.

Harry suspiró, agotado.

―Quería hablar contigo, eso era todo.

―¿Para qué?

―Bueno… ―se movió un tanto nervioso―. Sólo quería comprobar algo, pero ya no tiene caso.

Era verdad, quería saber si Malfoy había pintado el cuadro de sus amigos y si era capaz de lograrlo otra vez, pues algo dentro de él se negaba a creerlo; ver el cuadro de Severus Snape, tan vivo y de la misma forma en que él lo recordaba era una prueba irrefutable. Y podría comprobar su firma mágica, pero no era necesario.

Malfoy lo miró con sorpresa por unos momentos, para después apretar los dientes con fuerza.

―Lárgate ―dijo con frialdad, apretando los puños con furia―. ¿Has venido a reírte de mí? ¿Es eso?

―No, yo no…

―He dicho que te largues ―movió la mano, apuntando con su pincel hacia el jardín―, o esta vez, juro que en verdad te mataré.

Hablaba en serio, no tenía duda. Harry había tenido muchas experiencias con la muerte, quizá demasiadas, así que no podría decir que la amenaza lo asustara, pues había pasado por cosas mucho peores. Estaba seguro de eso. Pero no pudo evitar preguntarse por qué el brillo sombrío en los ojos de Malfoy lograba descolocarlo, como muy pocas cosas lograban hacerlo ahora.

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¿Qué es lo que deseas? ―dijo una ronca voz masculina.

Draco abrió los ojos y se encontró sumergido en tibias y calmadas aguas que lo rodeaban por completo. Cerró los ojos, dejándose hundir aún más. La superficie no estaba del todo lejos, podría llegar a ella sin problemas. Pero no quería.

¿Por qué no? ―habló de nuevo esa voz.

El rubio se enderezó entonces y giró la cabeza en varias ocasiones, buscando a aquel que seguía llamándolo. Era una voz extraña, pero a la vez le resultaba bastante familiar.

¿Quién? ―preguntó Draco para sí mismo, moviéndose entre las aguas.

Aquí mismo ―dijo la misma voz, riendo esta vez.

Draco levantó la mirada y se encontró de frente con un hombre de cabellos y ojos negros que sonreía complacido, éste floto hacia él, quedando demasiado cerca.

¿Quién? ―preguntó el rubio otra vez, mirándolo con curiosidad―. ¿Qué haces aquí? ¿Quién eres?

Pero no recibió respuesta. El hombre sonrió aún másy comenzó a nadar a su alrededor, estudiándolo sin el menor disimulo. Después de unos momentos se detuvo frente a él, dándole la oportunidad de verlo con mayor atención. Su piel era ligeramente bronceada, lo que contrastabacon su cabello negro como la noche y el que probablemente le llegaba hasta la nuca, flotando a su alrededor: parecía que cada mechón tuviera vida propia. Pero toda su atención estaba enfocada en esos ojos: dos abismos, sin una sola chispa de luz en ellos.

Has venido por tu propia voluntad, eso es admirable… ―sonrió el hombre― o tal vez sólo eresestúpido.

Draco no pudo decir nada esta vez, pues una mano grande y fuerte se apoderó de su garganta.