La historia NO ES MIA, es una adaptación de VICKY DREILING. Traducida por MR.
Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.
CAPÍTULO 02
Secretos de seducción de una dama: En caso de dudar de sus sentimientos, pida consejo a sus amigos.
Al día siguiente en la casa solariega de Esme.
Nadie podía resistirse a Edward. Ni siquiera los perros.
Isabella se echó a reír cuando los dos spaniel King Charles abandonaron a Esme y a los trozos de tarta con los que los estaba alimentando. Las dos criaturas de ojos saltones meneaban las colas mientras ladraban y corrían en círculos alrededor de los pies de Edward.
Esme dio unas palmadas.
—Caro, Byron, ¡deteneos!
Ellos gimieron y le tocaron con la pata.
—Cuidado con las botas —dijo.
Luego se agachó para acariciar su largo pelaje. Los dos spaniel se sentaron sobre sus traseros, jadeando con el éxtasis típico de un perrito.
—Has conseguido cautivarlos —dijo Isabella —. Estoy bastante celosa, ya sabes. No son tan cariñosos conmigo.
Él levantó la vista y le guiñó un ojo.
—Ah, pero lo soy yo.
Sus palabras la animaron. Después de no haberlo visto durante nueve largos meses, le preocupaba que las cosas pudieran resultar incómodas entre ellos. Ayer habían estado rodeados de tantas personas y luego él había pasado la mayor parte del tiempo encerrado en el estudio con su hermano. Hoy, sin embargo, sentía como si los meses se hubieran derretido como la nieve.
Esme cambió de postura en el sofá rojo, con dos horribles esfinges doradas haciendo de apoyabrazos.
—Bueno, sobrino, ¿no tienes un beso para tu tía?
Con una sonrisa lenta, Edward enderezó su cuerpo alto y poderoso y se acercó a ella. Naturalmente, los perros le siguieron. Después depositó un sonoro beso en la mejilla empolvada de su tía; ella le dio un golpecito con el abanico.
—Tienes la corbata torcida y el cabello despeinado.
Isabella sonrió. Solo Edward podía hacer que su descuidado atuendo, pareciera juvenilmente apuesto. Como siempre, sus mechones de pelo de color cobrizo y de aspecto rebelde parecían arrastrados por el viento, una consecuencia de su tendencia a retorcer el sombrero de copa en vez de llevarlo puesto.
—No has visto mi salón desde que lo redecoré la temporada pasada —dijo Esme—. Mi pasión por el estilo egipcio se ha incrementado.
Él se acercó a una vitrina de cristal. Entonces miró a Isabella por encima del hombro con una expresión diabólica.
—Tía, ¿la momia es auténtica?
—Es una reproducción —dijo Esme—. Pero los pergaminos que adornan el techo son verdaderas antigüedades.
Isabella reprimió una sonrisa ante el horrible decorado. Estatuas, pirámides y urnas faraónicas doradas abarrotaban las numerosas mesas negras. Gran parte del mobiliario tenían enormes pies con garras, en vez de las patas que normalmente tienen los muebles. Afortunadamente, Hester por la mañana temprano le había enseñado un dormitorio normal. Isabella casi languideció de alivio. Dios mío, había temido tener que dormir entre unas momias.
—Siéntate —dijo Esme a Edward.
Los perros lo siguieron hasta el sofá donde estaba sentada Isabella. Edward miró a los perros y señaló la alfombra.
—Sentaos.
Los spaniel obedecieron con la lengua colgando.
—Has conquistado a mis mascotas —dijo Esme. Se encorvó al lado de Isabella.
—Por desgracia, me temo que Byron tiene un derecho previo sobre los sentimientos de Caro. Eso me destroza el corazón.
Isabella puso los ojos en blanco, pero la verdad es que había extrañado sus bromas tontas durante los largos meses de otoño e invierno. Había mantenido la esperanza de que visitara a su familia, ya que nunca se había mantenido alejado durante tanto tiempo. Había agonizado por su ausencia y temía que hubiera iniciado una relación con otra persona. Anoche, Tanya le había susurrado que seguramente pronto tendría que llamarla hermana. Las esperanzas de Isabella se habían disparado, sabiendo que su familia lo aprobaría.
La voz de Edward la sobresaltó.
—¿Tu hermano se marchó temprano esta mañana como estaba previsto? Asintió con la cabeza.
—Tu madre y tus hermanas se fueron al mismo tiempo.
Por supuesto, su hermano le había dado todo tipo de sombrías advertencias. Pero cuando la abrazó, había sabido que los sermones eran debidos sólo a que estaba preocupado por ella.
Esme miró a Isabella.
—¿Vas a servir el té?
Se levantó y se acercó con la bandeja. Edward y los perros la siguieron. Cuando cortó una generosa ración de pastel, él rompió un pedazo y se lo comió antes de que pudiera ponerlo en el plato.
—Umm, desayuno.
—Es bien pasado el mediodía, eres un pagano —le dijo ella.
—La hora habitual de despertarse para un caballero ocioso.
Le guiñó un ojo mientras se chupaba una miga del dedo.
No podía respirar. Le vino a la cabeza una imagen de Edward tomando su rostro entre las manos. Se imaginó sus labios descendiendo hasta los suyos. Más de uno de sus pretendientes habían tratado de besarla, pero ella nunca lo había permitido. Quería guardar todos sus besos para Edward.
Sus pensamientos giraban mientras servía el té. Aunque no tenía experiencia, había visto a su hermano besar a su esposa, Rosalie, rápidamente en los labios unas cuantas veces. Isabella había pensado en su dulce beso. Una vez, sin embargo, había vuelto al salón para recuperar su novela y vio a Rosalie sentada en el regazo de Emmet. Se besaban con la lengua. Sorprendida, había huido antes de que la vieran.
Edward tomó la taza que le ofrecía, apuró hasta la última gota y la dejó a un lado. Ella se echó a reír.
—¿Más?
—No, gracias.
Le sirvió una taza a Esme y se la dio. Hester le dirigió una mirada penetrante. Isabella se puso rígida, preguntándose si de alguna manera había disgustado a la tía de Esme.
—Ven a sentarte conmigo, Isabella, y hablemos —dijo Edward.
Los spaniels le siguieron mientras Edward la llevaba de vuelta al sofá. Se sentó junto a ella otra vez. Los perros se sentaron a sus pies, mirándole con esperanza. Él estiró sus largas piernas, atrayendo su atención. Los ceñidos pantalones mostraban sus musculosos muslos.
—¿Pequeña Bella? —dijo.
Su cara ardía. Oh, Dios mío, ¿la habría pillado comiéndoselo con los ojos? Su boca se curvó en una sonrisa torcida.
—¿Te contó tu hermano que me pidió que actúe como tu tutor extraoficial?
—Sí.
Después de que Emmet la hubiera informado, Isabella había luchado para no revelar su emoción. Sin embargo, sospechaba que su madre se opondría, pero su hermano había tomado la decisión. En cuanto a lo que Isabella podía decir, Emmet no sospechaba lo que sentía por Edward. Por supuesto, su madre lo había adivinado. Antes de que Isabella hubiera abandonado la casa, su madre le había dicho en privado que abandonara su encaprichamiento juvenil. Según ella, era un camino seguro al dolor.
Isabella tenía la intención de demostrarle a su madre que estaba equivocada.
—Prometí acompañarte a bailes y otros espectáculos —dijo Edward—. No tienes que preocuparte. No voy a obstaculizar a los muchachos que caigan rendidos a tus pies.
Se le encogió el estómago. ¿Él creía que prefería a los hombres más jóvenes? Debía hacerle saber que eso no era cierto.
—No tengo ningún interés en niños que miran fijamente y tartamudean.
—Están demasiado impresionados para ser peligrosos —dijo Edward—. Mantendré lejos a los canallas.
—Sé que me protegerás —dijo.
Siempre había velado por ella, incluso cuando era una niña.
Esme le dirigió una mirada de advertencia. Isabella se mordió el labio, por temor a que la tía de Edward pensara que era una coqueta descarada.
Edward le dirigió a su tía una sonrisa perezosa.
—Asegúrate de enviarme una lista de todas las invitaciones de Isabella.
—Ridículo —dijo Esme, con voz excesivamente alta—. No hay necesidad de que persigas a los muchachos como si fueras un sabueso.
Isabella inhaló. Oh, no, Esme lo echaría todo a perder.
—Ah, pero una promesa es una promesa. —Introdujo un rizo tras su oreja—. ¿No te importa, verdad, pequeña Bella?
Ella sacudió la cabeza y se lo imaginó acostado a su lado, junto a ella bajo un dosel de árboles. Tiraría de su rizo y le diría: quiero besarte.
La fantasía estalló como una pompa de jabón al oír su voz.
—Ahora, voy a dejar a las damas con el té y sus cotilleos. Se levantó con él.
—¿Tienes que irte tan pronto?
—Me temo que sí. Hasta luego.
Dejó el salón, con Byron y Caro ladrando mientras correteaban tras él. Isabella soltó un suspiro melancólico y se hundió en el sofá.
—Nunca lo atraparás si le pones tu corazón en la mano.
La voz de Esme la sobresaltó.
—Yo... eh, no tengo ni idea de lo que quiere decir.
—Por supuesto que sí. Haces que tus tiernos sentimientos sean bastante obvios.
Hizo una mueca. Mamá le había dicho lo mismo, pero Isabella no podía evitarlo. Lo amaba. Esme la analizó durante un buen rato.
—Lo que necesitas son lecciones de seducción.
Miró a Esme con cautela, sin saber lo que tenía en mente.
—Es usted muy amable, pero no creo que pueda ayudarme.
Dudaba de que la excéntrica Esme dispensara cualquier consejo útil y esperaba que se olvidara del asunto.
—Tonterías, estaré encantada de enseñarte —dijo Esme.
Como invitada, Isabella no podía rechazarla sin que pareciera un insulto. Se recordó a sí misma que sólo estaba obligada a escuchar.
Esme la señaló con el monóculo.
—Si deseas enredar a mi sobrino, debes usar tus artimañas.
No sabía si tenía artimañas, pero tal vez podría aprender algunas.
—En primer lugar, debemos diseñar un plan de seducción —dijo Esme.
Isabella se quedó inmóvil. Mamá siempre había insistido en que debía cuidar su virtud a toda costa.
—Eh, ¿eso no es indecoroso?
—Querida mía, me he casado, acostado y enterrado a cinco maridos. Y te prometo que el camino hacia el corazón de un hombre es a través de su parte baja.
Una hoguera envolvió sus mejillas. Ahora comprendía el por qué Lady Elizabeth se había preocupado al dejarla a cargo de Isabella.
—Veo que te sonrojas, muchachita —dijo Esme—. Me consta. La única forma de domar a un libertino es persuadirlo de que lo mantendrás más contento que una cortesana en la cama matrimonial.
Se estremeció ante el discurso franco de Esme.
—¿Y qué pasa con el amor?
—Primero viene la lujuria. Luego viene el matrimonio —dijo Esme.
Isabella bajó las pestañas para ocultar su repulsión. En comparación con sus sueños de romance, la descripción de Esme del cortejo sonaba… sórdido.
Sin duda, no se equivocaba al anhelar las dulces declaraciones de siempre. Se había enamorado locamente de Edward a la tierna edad de ocho años. Ese fue el año en que su padre había muerto. Edward había llegado a la casa de campo de su familia ese verano y sus bromas habían curado su dolor. Ella le adoraba. Cuando hizo su presentación en sociedad a los diecisiete años, bailó con ella. Se había enamorado locamente de él y a partir de ese baile, había soñado cada noche con casarse con él.
Edward no había bailado con ella desde esa noche, pero sabía que él la había considerado demasiado joven. Había esperado a que creciera. Estaba segura de ello, casi segura. Y no renunciaría a su sueño. Porque la sola idea de tener algo menos que su amor le daba pavor.
—Venga, venga. No hay necesidad de parecer tan alicaída —dijo Esme—. El truco consiste en aumentar de manera constante el ardor de un hombre.
Ante la promesa de una sugerencia práctica, Isabella levantó la mirada esperanzada.
—Tu primera tarea consiste en practicar una mirada insinuante. Usa esos bonitos ojos marrones en tu beneficio.
Isabella respiró profundamente, imaginando a Edward de rodillas ante ella. Lo vio en su mente, suplicándole que lo convirtiera en el más feliz de los hombres.
—Maldita sea, muchacha. Pareces un ternero enfermo de amor. Hazte a la idea de que estamos tratando de atraerlo hacia el dormitorio.
—¡Pero yo nunca lo haría!
Oh, el consejo de Esme era muy malo. No debía escuchar una palabra más. Esme soltó un bufido.
—Por supuesto que no vas a actuar en consecuencia. Debes transmitirle con los ojos que lo encuentras deseable.
Isabella se aferró las manos. Su madre se desmayaría si supiera que Esme le había aconsejado que actuara como una prostituta.
—Padeces de amor no correspondido. Debes evitar mostrarlo a toda costa —dijo Esme—. Si está seguro de tus sentimientos, no supone ningún desafío para él.
—Si finjo que no me interesa, puede deducir que me es indiferente.
—No tienes que mostrar sentimientos tiernos. No hay nada más aterrador para un libertino que la perspectiva del matrimonio. Los libertinos valoran su libertad y sus amantes.
Isabella miró fijamente su regazo, intentando ocultar el dolor que sentía en el corazón, como si se lo hubieran atravesado con una lanza. Había oído rumores acerca de sus amantes, pero se había negado a creer que fuera tan disoluto como los demás daban a entender.
—Tu rostro es como una señal, muchachita. Mi sobrino tiene treinta y un años. ¿Piensas que es virgen?
La tristeza la envolvió. Por supuesto, sabía que había otras mujeres, pero intentaba apartarlo de su mente. No podía soportar la idea de él tocando y besando a otra mujer.
—Venga, venga. Los hombres son criaturas apasionadas —dijo Esme—. Están hechos así. Aprenderás, muchachita. Sólo necesitas atraerlo con la promesa de tus encantos sensuales.
Isabella la miró.
—Pero si ni siquiera sé si tengo algunos encantos sensuales.
Esme se rió.
—Querida mía, tus encantos son evidentes para cualquier hombre con ojos en la cara. Pero debes procurar mantener su interés más allá del espectáculo visual.
—¿Cómo voy a conseguirlo cuando no tengo ni idea de qué hacer?
—Mírale con deseo y provócale. Pero cuando te persiga, debes mantenerlo a distancia. Haciendo esto, avivarás el fuego, si sabes lo que quiero decir.
Isabella no podía imaginarse a Edward persiguiéndola a ella o a cualquier otra mujer. Lo cierto es que las mujeres lo perseguían a él.
—Si juegas bien tus cartas, puedes tenerlo en la palma de tu mano —dijo Esme, cerrando los dedos en un puño—. Vaya, Ana Bolena mantuvo con su lujuria a raya a Enrique VIII durante años.
Y le cortaron la cabeza en el intento.
—Bueno, muchacha, ¿le quieres o no? —preguntó Esme.
No jugaría a esos horribles juegos con el hombre que amaba. Las ideas de Esme parecían lecciones para una cortesana. Isabella levantó la barbilla en un gesto desafiante, pero no era lo suficientemente valiente como para expresar sus reparos.
Esme le lanzó una mirada de complicidad.
—Estás decidida a conquistarle a tu manera. Cuando estés preparada, te acordarás de mi consejo.
La siguiente noche, Edward paseaba por el salón abarrotado de Egipto mientras esperaba a su tía y a Isabella. Ese mismo día con anterioridad, Esme le había enviado la lista que había solicitado de las invitaciones de Isabella para la semana.
Después de pensarlo mucho, había llegado a la conclusión de que Isabella no lo necesitaba para que observase cada uno de sus movimientos. Era una buena chica y nunca haría nada incorrecto. Tenía previsto acompañar a Isabella y a su tía esta noche, pero en el futuro, haría acto de presencia, asegurándose de que todo estaba bien y saldría apresuradamente.
La puerta del salón se abrió con un susurro. Esme la empujó para cerrarla y se dirigió hacia él en una ola de faldas color púrpura. Sus altas plumas de avestruz se mecieron por encima de un vistoso turbante incrustado de perlas.
—Tengo que hablar contigo antes de que llegue Isabella.
—¿Dónde está? —preguntó Edward.
—Cambiándose de vestido. Que Dios le ayudara.
—¿Por qué?
—Porque es una mujer. —Esme le dirigió una mirada calculadora—. Su hermano dice que no va a apresurarla para que contraiga matrimonio, pero he estado pensado en el asunto. Todo el mundo sabe que es demasiado protector. Todavía piensa en ella como en una chiquilla. Creo que está tratando de desalentarla porque no puede reconocer que es una mujer adulta.
—Tía, se casará cuando esté preparada —dijo Edward.
—Es obvio que no estás dispuesto a ayudar —dijo Esme—. La tarea debe recaer en mí.
—¿Qué? —¡Oh, Dios. Su tía haciendo de casamentera! Esme se tocó la barbilla.
—Me imagino que ella preferiría a un muchacho joven con un carácter agradable, pero me temo que lo encontraría decepcionante. Un caballero con un poco de savoir faire le vendría mejor. Los jóvenes no saben qué es qué. Tienden a despertar su entusiasmo antes de tiempo, tú me entiendes.
Diablos.
—Tía Esme...
—¡Oh, cállate, sabes que es verdad! Por supuesto, su futuro prometido no debe ser mayor de treinta y nueve. Los mayores tienden a marchitarse.
No podía soportar seguir escuchando por más tiempo el impúdico discurso de su tía.
—Tal vez debería comprobar cómo le va a Isabella. —Antes de intentar abrir la puerta para salir, esta se abrió y se sintió aliviado por la oportuna aparición de Isabella.
—Ah, ya está aquí —dijo Edward.
—Perdonadme. Llego terriblemente tarde —dijo Isabella.
Un tejido muy fino cubría la enagua rosa de niña. Cada centímetro la distinguía como una virtuosa y joven dama. Él cruzó la habitación y se inclinó hacia su mano enguantada. Cuando la miró, ella se ruborizó.
Tenía la intención de desalentar la estrategia casamentera de su tía. Isabella era una mujer, pero una muy joven. Había rechazado múltiples propuestas y sospechaba que a ella le gustaba ser la reina del baile. Maldita sociedad. Tenía todo el derecho a disfrutar de su juventud el mayor tiempo posible.
Isabella tocó un medallón situado justo encima de su corpiño, atrayendo su atención.
—¿Una baratija nueva? —preguntó él.
—Mi padre me lo dio hace mucho tiempo. Se desabrochó el medallón.
Tragó saliva con dificultad mientras ella le mostraba la minúscula miniatura de su padre, el padre que la había ignorado porque ella no había sido el esperado heredero de repuesto. El gandul había sido amable en ocasiones con su esposa, su hijo y su hija. Sólo con la suficiente frecuencia para hacerles creer que había cambiado. Nunca había durado mucho tiempo.
—Sólo me he puesto el medallón una vez —dijo ella, mirando al suelo.
En ese momento, él hubiera querido darle la joya más costosa para sustituir esa migaja que su padre le había dado hace años.
—Es una belleza incomparable, ¿verdad? —dijo Esme, su voz resonaba detrás de ellos—. Predigo que todos los caballeros caerán a sus pies.
Isabella cerró el medallón. Sus ojos brillaban mientras lo miraba.
—Intentaré no pisar sus cuerpos postrados de camino hacia la pista de baile.
Edward se rió entre dientes. Era la misma Isabella alegre que había conocido siempre.
—Esa es mi chica.
Mi chica. Sus palabras resonaron en la cabeza de Isabella durante todo el recorrido en carruaje. Siguió saboreándolas mientras caminaban hacia el interior de la mansión de paladio de Beresford y se abrieron paso lentamente escaleras arriba. Mientras se presentaban a través de la fila de recepción, Edward le sonrió, haciendo que se le derritiera el corazón. Después, Esme afirmó que estaba cansada y se dirigió hacia las sillas ocupadas por las matronas y las chicas florero.
Mientras Edward llevaba a Isabella por el perímetro del salón de baile, decenas de personas siguieron sus pasos. Una mirada de soslayo le aseguró que unas cuantas damas torcieron el gesto. Dejemos que los gatos celosos frunzan el ceño. Esta noche iba del brazo del caballero más apuesto del salón de baile y antes de que terminara esta noche, esperaba que él la deseara tanto como ella le deseaba a él.
Le miró. De perfil, sus oscuras cejas y los pómulos prominentes le daban un aspecto pícaro. Conocía su rostro tan bien y sin embargo, cada vez que lo miraba, se encontraba fascinada.
Mientras le devolvía la mirada, sus labios carnosos se curvaron con un toque de diversión y luego miró a la multitud una vez más.
Ella había asistido a más bailes de los que podía contar pero, esta noche, la magia llenaba el aire. Por lo general, prestaba escasa atención a la decoración, pero ahora se daba cuenta de todos los detalles. Una hilera creciente de estantes que sostenían decenas y decenas de jarrones de cristal llenos de flores de invernadero. Metros de cortinas escarlatas flotaban a través de los apliques dorados y caían en cascada a lo largo de la pared. Se prometió recordar siempre el ambiente romántico.
Isabella apretó los dedos en el brazo de Edward. El calor de su cuerpo pasó al de ella, haciéndola sentir caliente y temblorosa en su interior.
Por favor, haz que me lo proponga pronto.
A medida que se acercaban a la pista de baile, contuvo la respiración, esperando que le pidiera su mano para el próximo baile. Un enorme espejo dorado reflejaba a las parejas girando y separándose siguiendo los pasos del baile. Por encima de ellos, la luz de las velas parpadeaba como estrellas entre los cristales en forma de lágrimas de la enorme araña. Esperaba que él se detuviera para ver a los bailarines, pero la llevó a una sala para mostrarle un gran busto de Lord Beresford.
Edward miró a un hombre joven y desgarbado que pasaba por allí. El muchacho flaco la miró y casi tropezó con sus enormes pies.
—Ahí hay un muchacho completamente inofensivo —dijo Edward—, deja que te lleve a él. Voy a insinuarle que debería pedirte un baile.
Su rostro se calentó.
—No necesito tu ayuda.
—¿No deseas bailar? —preguntó en tono burlón.
Claramente no tenía intención de pedírselo. Ofendida, le soltó el brazo.
—Me voy a buscar a mis amigas.
Solo había dado un paso cuando él la tomó del brazo y tiró de ella.
—No tan rápido —dijo—. Dime lo que he hecho para enfadarte.
Se negó a mirarlo.
—Obviamente piensas que nadie bailará conmigo excepto muchachos patosos. Él se burló.
—Desde el momento en el que entramos en el salón de baile, he visto docenas de caballeros mirándote. Algunos de esos hombres tienen mala reputación. Mantente alejada de ellos.
Había hablado de manera grosera. Tal vez estaba celoso de esos otros hombres.
—Lo haré —dijo ella.
—¿Qué? ¿Sin discusión?
La soltó y fingió tambalearse.
Sus travesuras la confundían. Antes había estado serio. Entonces, de repente, había hecho una broma. Por supuesto, siempre hacía de todo una broma. Se dijo que era su carácter y parte de su encanto, pero una sensación de inquietud se instaló en su pecho.
Alguien la llamó por su nombre. Sus amigas Alice Hardwick y Jessica Danforth se acercaban. El hermano mayor de Jesica, Lord Mike, las seguía muy de cerca. Isabella inhaló. Les pediría consejo a sus amigas tan pronto como pudiera hablar con ellas en privado.
Cuando sus amigas la alcanzaron, besó el aire de sus mejillas.
—¡Oh, hace años desde la última vez que te vi!
—Te he echado de menos —dijo Alice—. Las cartas son un pobre sustituto de estar juntas.
Los ojos azules de Jessica brillaban mientras les hacía señas para que ambas fueran a su lado.
—Has conquistado a Edward.
—No exactamente —dijo Isabella en voz baja—. Va a ser mi tutor durante toda la temporada. Sus amigas se quedaron boquiabiertas.
—Oh, esto es maravilloso —murmuró Alice. Jessica se acercó más.
—Vi la manera en que Edward te miraba. Predigo que bailará contigo toda la noche.
—Te lo propondrá este año. Estoy segura de ello —dijo Alice. Jessica sonrió.
—¿Cómo podría resistirse a ti?
Isabella miró por encima del hombro a Edward. Mike le dijo algo. Curiosamente, Edward le dirigió una mirada helada y centró su atención en los otros tres caballeros. Isabella restó importancia a su extraña reacción hacia Ramsey y se volvió hacia sus amigas.
—Necesito vuestro consejo.
Después de que describiera el comportamiento confuso de Edward, los hoyuelos de Jessica se pusieron de manifiesto mientras sonreía.
—Creo que, sin darse cuenta, reveló sus tiernos sentimientos. Isabella se miró las manos.
—Pero ¿por qué lo hizo pasar por una broma?
—No está seguro de tus sentimientos, así que recurrió a tomarte el pelo —dijo Alice. Isabella se dio cuenta de que Alice estaba en lo cierto.
—Me ha tomado el pelo durante años. Tal vez todo este tiempo estaba esperando una señal mía.
—Debes mostrarle que le aceptas como pretendiente —dijo Alice. Jessica sacudió la cabeza.
—No, debes ponerle aún más celoso bailando con otros caballeros.
—No estoy de acuerdo —dijo Alice—. Sería cruel herirle. Podría deducir que no te interesa. Todo estaría perdido.
Jessica lanzó un sonoro suspiro.
—Oh, ¿por qué los asuntos del corazón tienen que ser tan complicados?
—Porque el amor nos hace vulnerables —dijo Alice—. Todos queremos proteger nuestros corazones. Creo que es doblemente difícil para los caballeros, por su orgullo.
—Es un milagro que alguien logre casarse —refunfuñó Jessica.
Isabella miró a Edward de nuevo. Comenzó a apartarse cuando Mike la miró. Sus ojos brillaban mientras su mirada bajaba más abajo. El horrible hombre estaba comiéndose con los ojos su pecho.
Desvió la mirada, sólo para darse cuenta de que se había perdido parte de la conversación de sus amigas.
—Debería expresar su interés por Edward y hacerle preguntas para poder llegar a conocerle mejor —estaba diciendo Alice.
Isabella frunció el ceño.
—Lo conozco desde siempre.
—Dudo que te haya contado sus más profundos secretos —dijo Alice. Jessica resopló.
—¿Qué profundos secretos? Edward es un encanto y un granuja. Nada preocupa su mente. ¿No te parece, Bella?
—Nunca le he visto obsesionarse con algo. Incluso después del funeral de su padre, intentó animar a todos los demás —suspiró—. Tiene una maravillosa habilidad para hacer reír a todos, incluso en momentos difíciles.
Los ojos negros de Alice se abrieron como platos.
—Cuidado. Lord Mike viene hacia acá —dijo en un aparte.
Isabella se estremeció. Oh, no podía soportar mirarlo después de que lo sorprendiera comiéndose con los ojos su pecho.
Jessica gimió.
—Papá hizo que me acompañara. Creo que pretendía castigar a Mike. Por supuesto, Mamá no me dijo por qué estaba en apuros.
—Casi está aquí —dijo Alice.
Al llegar a ellas, Mike hizo una reverencia.
—Lady Isabella, está tan deslumbrante como el sol.
—Espero que no esté viendo las manchas —murmuró ella. Jessica bufó.
La risa retumbante de Mike reverberó a lo largo de la columna vertebral de Isabella y la hizo sentir incómoda. Entonces su mirada se desvió más abajo, como si estuviera desnudándola mentalmente. Sus orejas ardían.
—¿Tendré el honor de que me conceda el próximo baile? —preguntó Mike. Justo mientras Mike hacía la petición, Edward apareció a su lado.
— Isabella, creo que este es nuestro baile.
Nuestro baile. Les sonrió a sus amigas y cedió su abanico a Jessica. Mientras Edward la acompañaba a la pista de baile, se sentía como si estuviera flotando en el aire.
Edward apretó los dientes mientras se llevaba a Isabella. Había querido estrellar el puño contra la cara de Mike después de que pillara al sinvergüenza devorando el cuerpo de Isabella con la mirada.
No había tenido más remedio que rescatarla del hombre lascivo. Mike tenía treinta y seis años, demasiado viejo para una inocente como Isabella. Y Edward sabía demasiado del mal carácter de Mike para dejarle cerca de ella.
Mientras pisaban el suelo de madera, la orquesta atacó los primeros compases de un vals. Los labios de Isabella se separaron.
Edward miró sus ojos marrones aturdidos.
—Supongo que estás familiarizada con los pasos. Sacudió de nuevo sus rizos brillantes.
—Lo estoy.
Él levantó las cejas.
—¿Y tu hermano lo aprueba?
—No se opondría a que bailaras el vals conmigo.
Edward no estaba completamente seguro de eso, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Le tomó la mano enguantada y la agarró por su esbelta cintura. Al ver que ella se quedaba parada delante de él, murmuró:
—Pon la otra mano en mi hombro. Hizo una mueca y obedeció.
—Nunca has bailado el vals —dijo él.
—Mi hermano es excesivamente protector. Es ridículo.
La música empezó con una floritura. Mantuvo los pasos pequeños y la pilló mirándose los pies.
—Mírame.
Ella levantó sus pestañas y lo miró con una sonrisa juguetona.
—Estás siendo prudente porque temes que te avergüence.
—¿Es eso un desafío?
Antes de que pudiera responder, la hizo dar vueltas y más vueltas en espectaculares círculos. Una risa jadeante se le escapó.
—Oh, esto es maravilloso.
Había bailado con más mujeres de lo que podía recordar. Todos ellas le habían dicho que bailaba maravillosamente. Ninguna de ellas había expresado alguna vez profusión tan sincera. Pero este era el primer vals de Isabella y a ella le resultaría especial, a diferencia de las mujeres hastiadas con las que bailaba normalmente.
Su perfume de flores llegó hasta él. La miró a los brillantes ojos chocolate y se encontró a sí mismo esperando que ella nunca sucumbiera ante el cinismo tan común entre la alta sociedad.
—Un penique por tus pensamientos —dijo ella. Dejó escapar un suspiro dramático.
—Estoy indignado sólo de pensar que mis pensamientos tienen tan poco valor para ti.
—Hasta que me los digas, no puedo estar segura de su valor —dijo. Su voz ronca por naturaleza nunca dejaba de cautivarle.
—Podría escandalizarte.
Le dirigió una sonrisa insolente.
—Puedes intentarlo. Disfrutaba burlándose de ella.
—Tendrías que pagarme el rescate de un rey por mis pensamientos actuales.
—¿Cuánto es el rescate de un rey?
—Mil libras.
—Oh, en efecto, debe ser muy escandaloso.
—Por eso dije un precio tan alto.
Porque no me atrevo a admitir que te encuentro absolutamente encantadora esta noche. Sus ojos se iluminaron con malicia.
—¿Y si te pongo en evidencia?
—En ese caso, lo mejor será cuadruplicar el precio.
Entonces la hizo dar vueltas y más vueltas otra vez. Cuando cuidadosamente eludió una cuasi colisión con otra pareja, ella se echó a reír.
Le guiñó un ojo. Siempre había sido un poco descarada y naturalmente, su familia aseguraba que él era una mala influencia. Pero su dulce entusiasmo por su primer vals tiraba de él.
Las parejas que giraban se volvieron borrosas. Sus ojos marrones se suavizaron y él se encontró fascinado por sus largas pestañas. Poco a poco, su sonrisa se desvaneció y sus labios se abrieron un poco. Llegó a ser demasiado consciente de la suave curva de su cintura bajo su mano y algo cambió dentro de su pecho.
Mientras la música se desvanecía, disminuyó sus pasos hasta la última nota. La sangre zumbaba en sus oídos. Incapaz de dejarla ir, se aferró a ella. Era vagamente consciente de los demás pasando por su lado. El corazón golpeaba contra su pecho mientras le miraba su exuberante boca.
El aire entre ellos calentaba y crepitaba como la calma que precede a una tormenta de verano. Un pensamiento prohibido le golpeó como un rayo.
Te deseo.
Un silencio antinatural descendió sobre la sala de baile, alertándole. Miró más allá de Isabella hasta el espejo. En estado de shock, se dio cuenta de que todas las demás parejas habían salido de la pista de baile. La parte posterior de su nuca se erizó mientras volvía la cabeza. Una enorme multitud se había reunido alrededor. Todo el mundo estaba mirando a la pequeña Bella y a él.
Estallaron en frenéticos aplausos.
Hola me alegra mucho que les esté gustando la trama, la verdad es que yo ame el libro. Sobre las actualizaciones, lo hare tan rápido como me lo permita la universidad, por ahora puedo garantizarles mínimo 2 actualizaciones por semana.
¿Qué creen que pasara ahora?
XOXo
