N/A: ¡Buenas! Siento muchísimo la tardanza, el verano y su pereza me han superado. Además de que era un capítulo particularmente largo y el inglés de la autora no es del todo sencillo; no sabéis la de veces que estuve a punto de arrancarme los pelos por tanto adjetivo y descripción que traducir xD. Espero que disfrutéis del capítulo y si veis algún error de gramática, ortografía o incongruencia no dudéis en comentarlo para que lo pueda corregir :). También os comento que es posible que odiéis al Roy de este capítulo pero hacedme caso cuando digo que tanto el próximo cap como la secuela hacen mucho para redimirlo. Aunque cueste creerlo, el Roy de Amestris es mucho más capullo que este...y al menos nuestro francesito sabe pintar ;). Puede parecer OoC, pero creo que es un fic realista: hasta a las mejores personas se les puede ir la pinza.
Advertencias: Este capítulo contiene escenas de sexo explícito con consentimiento dudoso (dub-con) entre un adulto y un menor, así como multitud de tacos por cortesía de Ed. Leer con discreción y bajo propia responsabilidad. Al que no le guste, media vuelta.
Disclaimer: La historia original pertenece a Rainjoy, que me ha dado permiso para traducirla. Yo solo soy responsable de la traducción y no declaro ninguna autoría sobre la misma. Fullmetal Alchemist pertenece a Hiromu Arakawa, Studio BONES y Square-Enix.
Nota: Este capítulo está especialmente dedicado a mi amiga Alba por su inagotable paciencia para oír mis largas peroratas sobre la historia, sus personajes y posibilidades. Gracias por escucharme :). Y ve preparando ese cohete, a Amestris!Roy no le queda mucho para despegar.
Padam, padam
Parte II.
Presionando la cara contra la almohada, Ed observó por el rabillo del ojo como Roy encendía un cigarrillo.
—Vas a prenderle fuego a las sábanas —dijo, y Roy apagó la cerilla y la tiró al suelo.
—Je m'en fous —exhaló una bocanada de humo—Mm. Y ya lo hemos hecho, ¿hm?
Ed le dio una patada bajo las mantas, intentando esconder su sonrisa en el cojín y le dijo en un francés muy aceptable lo idiota que era.
—Merci, amor mío —Roy deslizó su mano por el brazo izquierdo de Ed, lo alzó, tornó la parte interior de su muñeca hacia arriba y besó su pulso allí—. No has tardado nada en aprender a insultarme.
Ed soltó un par de palabras más que también había aprendido deprisa y después una carcajada ante las cejas alzadas de Roy.
—Pft. Que cruel —su mano deshizo el recorrido por el brazo de Ed, atravesó su pecho y rozó con la punta de los dedos el arnés de cuero en su brazo derecho—. Tu acento es terrible.
—Mer-ci, idiota —suspiró Ed contra la almohada, cerrando los ojos—. Tengo que ir a la biblioteca.
—No, no, non non non...—esparciendo besos por su hombro, Roy le tiró una pierna por encima y le acercó—. Quédate, quédate, quédate, solo un ratito más...
—Mmm'aldencima, sabes que tengo que-
—Non. Aún no. Quédate aquí.
—Sal de encima, que pesas capullo.
—No —Roy rodó encima de él, puso cada brazo a un lado de su cabeza, con el cigarrillo colgando de entre sus dedos por encima del cojín, y le besó—. Quédate. Quédate. Siempre estás en la biblioteca. Que aburrido.
Entre besos: —Tengo que...tengo cosas que leer, ya sabes que yo...sal de encima...
—Quédate, quédate, quédate —Roy se frotó contra él, haciéndole gemir y Ed trató de apartarse un poco—. Solo un poco más, solo un poco más...
—Tengo que hacerlo —Ed agarró la muñeca de Roy, levantó una rodilla y le giró en un fluido movimiento hasta dejarlo boca arriba. Él le alzó una ceja y siguió moviendo sus caderas hacia arriba de manera provocativa. Ed soltó un resoplido y le dio una palmada—. Para ya. Sabes que tengo...
—¿Por qué? Acabarás construyendo el cohete. ¿Por qué malgastar tu preciosa juventud entre libros y polvorientas bibliotecas?
—Tengo que hacerlo.
—¿Por qué?
Ed le aguantó la mirada. Ojos oscuros, desordenado cabello negro, su rostro. Por qué, por qué...
Para poder irme y abandonarte para siempre lo antes posible.
No tenía como decir eso, no podía.
—Tengo que hacerlo. Tú tienes que pintar. Yo tengo que hacer esto. Así son las cosas.
Roy suspiró.
—Quiero sacarte de aquí. Llevarte lejos del polvo y el gris de las calles. Quiero llevarte al sitio dónde la luz te tocará como Dios manda...
—Bueno, yo quiero llegar a la biblioteca este milenio así que tendrás que sentarte a esperar, ¿no te parece?
—Que cruel —murmuró Roy, y el estómago de Ed dio un vuelco y entonces olió la espesa acritud de unas plumas quemándose.
—Joder, la almohada-
—La...merde. Merde-!
La noche tras la "inauguración" de su retrato, Edward despertó en la cama de Roy.
Registró su memoria, a través del agrio dolor del vino para averiguar exactamente cuan estúpida era la estúpida situación en que se había metido. Todo lo que recordaba era vino. Y...
Y ser besado en el pasillo. Como si el vino no fuera suficiente para marearlo, pensar en el beso le hizo caer en picado. Era...era...
No es que fuese una nenaza o algo parecido, ¿pero acaso el primer beso no tiene que significar algo...?
El colchón se hundió a su lado. Ed se quedó helado. La voz de Roy, de Mustang, llena de sueño y pereza, grave y áspera le prendió fuego a cada nervio de su cuerpo.
—Bonjour, mi musa.
Ed tragó saliva.
—¿Dormiste bien?
Ed se quedó muy, muy quieto.
—Sé que estás despierto, sabes.
Entonces, de nada servía fingir que estaba muerto.
—¿Por qué... —dijo, sin atreverse del todo a levantar la cabeza de la almohada— estoy en tu cama?
—Julien se quedó dormido en el sofá. Él...—las sábanas se arrugaron al moverse Roy para luego alisarse otra vez—...sigue ahí. Por supuesto, no debería molestarte.
Ed se imaginó su estúpida sonrisa y no halló el valor para mostrar su rostro.
—Los dos somos adultos. ¿No? —las puntas de sus dedos arrancaban chispas a la columna vertebral de Ed; gracias a Dios que llevaba puesta una camisa, pensó mientras se alejaba incómodo—. ¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete.
—Diecisiete —exhaló Roy. Y Ed sabía que no le correspondía preguntarle lo mismo y por eso lo hizo, como cualquiera en su situación.
—¿Y tú?
—Hm. Treinta —y he ahí el pequeño, cómico suspiro que había oído soltar a Mustang un millón de veces, a salvo tras la silla de su escritorio, tras su papeleo y su superioridad—. Tengo a un rubio de diecisiete años en mi cama. Soy un hombre afortunado...
Ed se incorporó y enredó una mano en su suelto cabello. ¿Dónde estaba su coleta? Miró a Roy de reojo y este le devolvió una mirada cargada de...el estómago de Ed cayó en picado una vez más. Le miraba con los ojos de un depredador. Y por primera vez, pensó que quizá había visto esa misma mirada antes, quizá, en otro mundo...
Recogió todo su cabello con una mano, lo amontonó en su nuca y murmuró: —Necesito bañarme e ir a la bibliote-
Al levantarse, toda la habitación dio vueltas y el cayó con ella. Debió darle un golpe a Roy en su costado con la rodilla izquierda, porque oyó como este se quedaba sin aire durante unos segundos; a pesar de todo, sus manos le sostuvieron y jadeó un ¿Estás bien?
—Mierda...sí...—Ed observó las sábanas bajo su rostro, sobre las cuales había aterrizado, sobre las cuales se había roto. Su cabello se desparramaba por encima del blanco—. Joder. Ya entiendo por qué la resaca no es tan mala como otras veces.
—¿Sí?
—Sigo borracho.
Roy soltó una carcajada y empezó a ayudar a Edward a levantarse.
—Café para despejarte. Pan para absorber el vino.
—Tú ro...lo siento —Ed se tapó la rodilla prostética con una mano y se obligó a mostrar una expresión neutra—. ¿Te hice daño?
—Ah, non. Veo que tu pierna también es así. Anoche noté tu brazo —tomó a Ed por la muñeca y él ni siquiera trató de resistirse— ¿La guerra? Debías ser un niño...
Ed le miró mientras giraba su muñeca y le quitaba el guante, sintiendo algo similar al miedo aletear en su garganta.
—No fue la guerra —dijo ásperamente, conforme Roy acariciaba la falsa piel para sentir las líneas de acero que había debajo—, pero era un niño.
Un niño estúpido, arrogante, tozudo y orgulloso...
En el sofá, alguien soltó un resoplido y gruñó, adormilado, una pregunta en francés.
—Oui, Julien, c'est le matin, toca despertarse —cantó Roy—. Pft. Parece que soy el único despierto.
—De todas formas, ¿por qué estás de tan buen humor? —musitó Ed, tambaleándose hacia la mesa y agarrando una silla dónde poder sentarse. Todo el vino que había en su sistema se le movía por dentro, alargando cada uno de sus gestos.
—Bueno —Roy prendió el primer cigarrillo del día, alzó la maltrecha cafetera de latón y sonrió una sonrisa que Ed conocía demasiado bien—. He hallado mi musa. Ahora mi vida comienza.
Durante la mayor parte del tiempo que llevaba allí, Ed se había despertado con una llovizna y había vuelto a casa bajo la pura y mística luz que quedaba tras la tormenta; aquel día el tiempo se invirtió y el dorado del amanecer se desmoronó en grises rugientes para la hora de comer. Llegada la hora de cerrar la biblioteca, los cielos se habían abierto, soltando agua y miseria sobre las calles.
Ed esperaba en la puerta de la biblioteca, mirando inseguro la caída de la lluvia. Ni rastro de Roy, y hasta ese momento había ido cada día a por él, arrastrándolo a través de las calles de vuelta al piso para pintarlo. Y he aquí un hecho: en ningún momento le prestó Ed atención al recorrido. Sin Roy, no estaba seguro de poder encontrar su camino a través de las calles brillantes de lluvia, idénticas a esa calle en particular, a esa panadería precisa, esa puerta...solo conocía la ciudad en lo que respectaba a Roy. Roy la definía para él.
El agua se acumulaba en el saliente de la puerta, tornándose más y más pesada hasta que caía por su propio peso.
En fin...no es que la situación fuese a cambiar si quedaba ahí parado toda la noche...
La caminata de veinte minutos a pie le llevó casi una hora. Pasó por delante del cruce correcto dos veces en direcciones opuestas y entonces paso de largo la puerta que tocaba otra vez más y para cuando empezó a subir las escaleras que llevaban al piso de Roy, dejando charcos tras de sí, Ed estaba cansado, mojado y bastante cabreado, aunque no tenía claro con quién. A veces, la ira carecía de dirección y simplemente...era.
Oyó griterío en el piso superior conforme subía el último tramo de escaleras, en un francés demasiado rápido para su comprensión, aunque la rabia era fácilmente reconocible en todos los idiomas. Se quedó quieto durante un segundo al pie de las escaleras, goteando, pero no había forma de subir sin interrumpir la discusión. Y como Roy solía decir, pft. Que más da.
Reconoció una de las voces —ambas masculinas— mientras subía los últimos escalones. Roy. ¿Con quién discutía tanto...?
Julien, el hombre que durmió en el sofá, gesticulaba con violencia mientras Roy le miraba fría y fijamente, respondiendo en un francés más contenido pero aún furioso. Julien era más alto pero también más delgado, con muñecas flacas y huesudas, con desordenado cabello rubio y gafas que le colgaban del puente de la nariz. Tenía pálidos ojos verdes; cuando la mirada de Roy se posó en Ed y mostró un leve gesto de sorpresa, esos ojos verdes se giraron y se clavaron en él, apenas viéndolo en su furia.
Julien se le acercó siseando en rabioso francés; Ed no tenía ni idea de lo que estaba diciendo pero se enderezó y alzó la cabeza, entornando los ojos. Julien se detuvo. Ed era casi una cabeza más bajo que él, pero su presencia física era más sólida, más fuerte...
Roy murmuró algo en francés. Julien se giró y chilló una respuesta para luego volverse contra Edward en un torpe barullo de inglés.
—¿Crees que te pertenece? Él se queda con todo, nunca da nada...
—Julien.
—¿Crees que eres el primero? ¿El primer niño guapo que se trae a casa...?
—No sé por qué coño estás tan enfadado —dijo Ed—, pero si me vuelves a llamar "niño guapo" te partiré tu puta cara, comprend monsiuer?
Julien dijo algo que Ed no entendió pero captó el tono, y le escupió. El puño de Ed ya estaba preparado para pegar el puñetazo cuando Roy apartó a Julien, cogiéndolo por el brazo, y empezó a arrastrarlo por las escaleras. Julien siguió gritándole insultos hasta que Roy le retorció el brazo con más fuerza mientras le susurraba ásperas amenazas en francés al oído, demasiado bajito para que Ed pudiera oír.
Él se limpió la cara con la manga mojada de su abrigo, hecho una furia.
Hubo otra retahíla veloz de griterío en francés y poco después un portazo. La furiosa voz, ahora amortiguada, se fue desvaneciendo en la distancia, esta vez acompañada de los pasos que subían las escaleras. Ed esperó, con el estómago revuelto de ira, hasta que Roy apareció de nuevo.
—¿Qué cojones fue eso?
—Estás mojado.
—Está lloviendo. ¿Qué puñetas ha pasado? ¿Qué me estaba llamando?
—Eran términos que no necesitas conocer —dijo Roy con calma—. Estarás congelado. Ven, te prepararé un baño.
—¿Pero a cuento de que ha venido todo esto? ¡Maldita sea, Mustang, tengo derecho a saber qué coño me ha llamado ese capullo!
Roy le tocó el hombro y le dirigió hacia la puerta.
—Cree que somos amantes. ¿Qué es "Mustang"?
...no podía lidiar con dos shocks así a la vez. Patidifuso, se dejó empujar hasta el apartamento pero se sorprendió cuando Roy trató de quitarle el abrigo empapado y dio un bote como un gato tembloroso, asustado. Roy alzó una ceja.
—Voy a preparar ese baño.
A solas en el apartamento, Ed permaneció petrificado. Todo cuánto se movía era la ocasional gota de agua que caía de su cabello.
Cree que somos amantes.
Deben estar pensando que estoy haciéndote cosas depravadas.
La expresión en el rostro de aquella mujer al sentarse a su lado la noche anterior. Por fin podía entenderlo. Todos lo habían pensado. Y...
La humillación floreció carmesí en su interior, pero algo más floreció con ella: una oscura, exótica, pequeña flor que Ed jamás había sentido antes en su interior. Buscó un nombre para ella, un contexto, y no halló nada. Y...
¿Qué es "Mustang"?
Dime que no te llamé eso. Por favor, dime que tengo la sensatez de diferenciaros en mi mente.
Que...¿qué iba a hacer?
En momentos como ese pensaba en Al. Habría dado su alma por Al, por escuchar alguno de sus consejos, él nunca se equivocaba...
...pero escucharle habría significado que Al estaba vivo y allí para aconsejarle...
La puerta se abrió de golpe y Ed tropezó con sus propios pies al apartarse.
—Hoy estás muy nervioso —murmuró Roy, acercándose a Edward lentamente, con cautela, como se acerca uno a un animal salvaje—. ¿Estás molesto por lo de Julien? Siento que te hayas visto involucrado...
Ed se sacudió a sí mismo. ¡Contrólate!
—No. Hace falta más que eso para...qué...¿por qué le molestó tanto pensar que tú y yo...?
Y entonces...comprendió algunas cosas. Julien había estado allí por la mañana. Estaba furioso ante la posibilidad de que Roy y Ed fueran, hum, bueno. Y...
Sus ojos se desviaron, involuntariamente, hacia la cama.
—Vio más en nuestra relación de lo que había —dijo Roy, encogiéndose de hombros despreocupadamente como si toda la situación no fuese más que un imprevisto de la vida, que un resfriado cualquiera—. Ahora planea acostarse con Michel para ponerme celoso.
Pensar que existía un mundo en el cual la gente hacía cosas así apagó momentáneamente la coherencia en el cerebro de Ed.
—...¿Y te pondrá celoso? —dijo, horrorizado ante el gruñido de su estómago que rogaba por favor di que no.
Roy volvió a encogerse de hombros.
—Michel no es muy bueno en la cama —dijo—. Pero ahora no toca hablar de esto, vas a –tsk, ¿cuál es la palabra? ¡Coger un resfriado! Voy a buscarte ropa que puedas ponerte. ¿Y por qué es un resfriado algo que puedes coger? Debería ser algo que quieras evitar. Tu idioma es feo y horrible.
—¿Mi idioma es feo? Pues que me dices de ti, con tus malditas cafeteras sexualizadas...—musitó Ed, pero Roy ya había colocado la ropa en sus brazos y le empujaba a través del pasillo hacia el lavabo lleno de vapor. Ed cerró la puerta firmemente tras de sí y puso una silla contra el pomo, solo para oír la voz socarrona de Roy a través de la madera:
—¿No quieres que te frote la espalda?
—¡Vete a la mierda!
Hasta que no empezó a desnudarse, no se dio cuenta de lo frías y empapadas que estaban sus ropas, y hasta qué punto le incomodaban. Rozó con los dedos la humeante agua verdosa de la bañera para comprobar su temperatura, y entonces comenzó el desagradable proceso de quitarse las prótesis. Su automail habría sido capaz de soportar el agua; de estas no estaba tan seguro, y aunque había enviado un paquete con repuestos a Múnich, a su nombre, se negaba a volver dónde su padre con el rabo entre las piernas para pedir prótesis nuevas, y por lo tanto debía tratar las que tenía con respeto...
De todas formas, apenas había espacio en la tina para dos extremidades. Se sentó abrazando su única rodilla con su único brazo, sintiendo como sus hombros temblaban de frío, con la cabeza inclinada hacia adelante y la nariz rozando su rodilla.
Era verdad, ¿no? Todos pensaban que él, Roy-
(Mustang, dijo su mente)
La oscura, pequeña y exótica flor todavía estaba en su primor, una flor nocturna, de un púrpura intenso y suave como terciopelo. Tragó saliva, sonrojándose incluso en la soledad del baño. Esta emoción no era una con la que estuviese familiarizado, no era algo con lo que estuviese cómodo...
Una oscura, pequeña y exótica flor de deseo.
La ropa de Roy no le iba bien ni por asomo. Se dejó la toalla sobre los hombros para su cabello goteante y desistió de ponerse los pantalones, pues incluso si enrollaba las perneras, la cintura seguía cayendo inevitablemente hacia abajo. Con la camisa rozándole las rodillas y sus propias ropas mojadas hechas un bulto en sus brazos, se arrastró por el pasillo hasta la puerta de Roy y la abrió, nervioso...
Él estaba sentado cerca de la ventana abierta, observando la lluvia, fumando. La luz era gris, y parecía ajada como si estuviera atravesando un velo; tornaba la piel de Roy de un pálido fantasmal y junto con el humo del cigarrillo...
La lluvia tamborileaba, goteaba y repiqueteaba a lo largo de la ciudad. Ed cerró la puerta cuidadosamente al entrar y el clic hizo que Roy alzara la cabeza, y había algo en sus ojos al mirarlo-
Estás medio desnudo en la habitación de un hombre catorce años mayor que tú que se acuesta con cualquiera, y te besó con lengua y todo, y hasta lleva el rostro de Mustang. ¿Por qué no estás corriendo?
—Pareces cansado —dijo Roy, levantándose.
¿Por qué no estás corriendo? Se está acercando...
—No quería que enfermaras. Tendría que haber ido a la biblioteca a buscarte. La pataleta de Julien arruinó mi día entero...—Roy estaba de pie justo delante de él. Ed se volvió muy consciente del latir de su propio corazón— ¿Me perdonas?
Ed no se podía mover y se dio cuenta, con un horror creciente, que tampoco podía hablar.
Haciendo un acopio de fuerzas, aclaró su garganta y masculló:
—Si hubieras venido a buscarme nos habríamos mojado los dos...no tiene sentido que los dos nos helemos hasta los huesos, ¿verdad...?
La mano de Roy tocó su mejilla y él casi saltó. Podía sentir la electricidad que vibraba entre ellos.
—Esta noche tendrás la cama. Sé que discutirás, pero insisto.
—Pero...
—Y aun así insistes —murmuró Roy, y tomó de sus brazos el bulto mojado de sus ropas. Su abrigo ya colgaba de un gancho, goteando un charco sobre el suelo. Roy le empujó hacia la cama, hacia el colchón en el suelo, y Ed notó, sintiéndose enfermo al hacerlo, que había cambiado las sábanas...
—Tú...
No sabía que decir, pero Roy era tan bueno leyéndole como Mustang alguna vez lo fue.
—Me acosté con Julien —dijo— ¿Hubieras preferido que no lo hiciera?
Quizá su cerebro le haría un favor y explotaría con tal de salvarle de todo eso...incapaz de decir nada, permaneció ahí, como un estúpido, anonadado, vacío. Hoy te acostaste con él...en esta misma cama...
—Tu piel está demasiado caliente —musitó Roy presionándole contra el colchón.
Me pasa por estar cerca de ti.
—Jamás me perdonaré si te enfermas por mi culpa.
Estoy enfermo por tu culpa.
—Soy un anfitrión horrible.
¿Por qué te acostaste con él?
—Duérmete —y colocó las sábanas sobre su cuerpo como un susurro, la almohada fría contra la mejilla de Ed—, duérmete...
¿Por qué...?
¿Por qué te acostaste con él?
—¿En vez de acostarme contigo? —dijo Mustang, gruñéndole a unos papeles que observaba desde detrás de su escritorio—. La fraternización va contra las normas del ejército, Acero.
El suelo estaba pegajoso de pintura, el dorado se enganchaba a las botas de Ed.
Mustang dejó los esbozos sobre la mesa, alzó la vista y dijo: —¿Por qué te has acostado tu con él?
Ed volvió la cabeza hacia la puerta, dónde Roy fumaba apoyado contra una pared, despreocupado.
Pero yo no...
—Tengo pruebas fotográficas —dijo Mustang, y cuando Ed miró los esbozos sobre el escritorio, estaba desnudo en todos y cada uno de ellos.
El olor de pan recién horneado, café y humo de cigarrillo, el sonido del tráfico y una pelea en la calle. París por la mañana.
Ed levantó la cabeza, desparramando su cabello sobre la almohada, y parpadeó.
—Bonjour —murmuró Roy sentado contra la pared, en suelo, al lado de la cama, sosteniendo un cigarrillo entre sus gráciles dedos—. Cuando duermes pareces un ángel pero roncas como un toro.
—Atrévete a decir eso cuando pueda pegarte —musitó Ed, y se sentó lentamente, sacudiendo sus músculos— ¿Dónde...? ¿Anoche dormiste algo?
Roy levantó el cigarrillo con dedos temblorosos.
—No. Estaba trabajando.
—Tú...
Había un lienzo nuevo, acariciado por la luz oblicua de la mañana. Esta vez la imagen era más nítida, estaba menos enterrada en oro; se veía claramente una cama, claramente una figura dormida a través del ir y venir dorado, con una aureola de naranja tostado torno a su cabeza, un borrón índigo en sus ojos.
—Tenías fiebre —dijo Roy—. Ya pasó. Lo siento. No podía...no podía dejar de pintarte —Roy se quedó mirando a la nada durante un segundo, su cigarrillo colgando cerca del suelo—. Monet pintó a su mujer en su lecho de muerte. Y cuándo soñabas como si te estuviesen arrastrando por el infierno seguí pintando.
Sus ojos no se movieron.
—Soy un terrible anfitrión.
Ed le observó, esperando. Roy tomó otra calada titilante de su pitillo sin mirarle.
—Cuando intento dormir pienso en ti. Cuando intento pensar en cualquier otra persona pienso en ti. Camino por la calle y en mi mente estoy eligiendo el ámbar adecuado para pintar las chispas en tus fieros ojos. Eres una musa avariciosa. Me has tomado por completo.
—No he hecho nada —dijo Ed bajito—. Todo cuanto intento es avanzar en mi investigación.
—Pft —dijo Roy con suavidad—. Has enroscado tus dedos entorno a mi corazón. Camino junto al río y veo el fluir de tu cabello...ahora siempre quiero pintar. Quiero vivir en la pintura. Tú...
—No he hecho nada.
—Cuánta inocencia. Y aun así, tu mirada no es ingenua —los ojos de Roy se posaron en él, por fin, y se clavaron en una larga, intensa mirada—. Me acosté con Julien porque quería, pero también porque quería ver cómo te sentías. ¿Quieres saber cuáles son tus sentimientos?
La cara de Ed ardió al ruborizarse y frunció el ceño, en parte para cubrirlo, en parte porque odiaba cuando Roy se comportaba como Mustang.
—¡No soy un idiota, no soy un niño y no te necesito a ti para saber qué es lo que siento!
—Sí, me necesitas —Roy alzó su cigarrillo una vez más—. Estás celoso. Estás confuso. Me deseas y te asusto tanto yo como el deseo.
—¡Que te den! Yo no...
—Te asusta saber que caerás rendido a mis pies —Roy apagó el pitillo contra el suelo, a su lado—. Los dos sabemos que sucederá.
Ed se quedó helado. Podría haberle matado en ese mismo instante. Si hubiera tenido su alquimia a mano, habría sido cuestión de un simple pensamiento y una palmada, lo habría matado.
—Serás gilipollas, maldito arrogante de mierda...—Ed se desenredó de las sábanas, dispuesto a reventarle la cara a Roy contra-
Él le miró con ojos oscurecidos.
—Esto sí que quiero pintarlo —murmuró.
El chillido/rugido que soltó Ed no era siquiera una palabra.
—¡Vete a la mierda! ¡Me voy a la biblioteca!
—¿Vestido así?
La camisa de Roy que le iba demasiado larga y cabello enredado por los hombros. La cabeza de Ed se volteó de lado a lado hasta que localizó sus ropas, que cogió de la silla dónde se habían estado secando y salió enfurecido rumbo al baño. Desde el umbral de la puerta se giró, tembloroso de ira y apenas capaz de centrar la vista en Roy, solo para escupir:
—Te odio.
Roy se encogió de hombros. Ed dio un portazo tan fuerte que sintió el vibrar de la pared.
Intentaba leer y las orejas le pitaban. Su corazón palpitaba a toda velocidad un capullo, capullo, capullo, capullo...
Cómo se atreve, como cojones se atreva a decir que-
Los dos sabemos que caerás rendido a mis pies.
Roy no sabía una mierda. Ni una puta mierda. Alfons tenía razón, era un pervertido y Ed no pensaba quedarse más de lo necesario, terminaría de leer los libros que le quedaban y...
¿Qué? ¿Dormiría en un banco de la estación hasta que pudiese llegar a Múnich? ¿Se escondería tras los estantes de la biblioteca, a salvo entre sus libros para siempre? ¿No volvería a ver a Roy? Su maleta seguía en el apartamento y también la mitad de su cerebro por lo que se veía...¿no volvería a ver a Roy...?
Intentaba aguantarse aguantarse aguantarse, aguantar cada día gris, pero a veces se sentía abrumado pese a todos sus esfuerzos por permanecer a flote. Todo cuánto quería era ir a casa. Todo lo que quería era poder descansar y no podía, allí. Y sabía que había hecho cosas malas, sabía que había hecho cosas horribles, ¿pero acaso se merecía todo eso...? ¿A que era equivalente?
En fin...
Si había funcionado, si Alphonse estaba vivo allá en casa y feliz en su cuerpo, quizá Ed podía soportarlo. Podía sufrir cualquier cosa por eso, no le importaba estar en la parte baja del balancín que era la felicidad de Alphonse porque valía la pena. Pero no sabía si Alphonse estaba bien y eso le estaba matando, la distancia, estar separado y solo, sin saber nada y aterrorizado por Al cada día de su vida. Por el amor de Dios, no tenía ni idea de si su hermano pequeño estaba vivo o muerto. "¿Ningún hombre es una isla?" Que se lo dijeran a él.
La silla a su lado se movió con un chirrido.
Roy tomó sus manos, ambas, antes de que pudiera apartarse a patadas.
—Por favor, no lo hagas. Por favor por favor, escúchame. Por favor. Te lo suplico, de rodillas en el suelo si hace falta.
—No seas idiota —murmuró Ed e intentó liberar sus manos pero el agarre de Roy era sorprendentemente fuerte; parecía un capullo debilucho, un bueno-para-nada y entonces tenía la fuerza del Mayor Armstrong—. Déjame ir...
—Soy un idiota. No tendría que haberte dicho eso por la mañana. Estaba equivocado —tenía que hablar en susurros porque estaban en la biblioteca, y su cabeza inclinada cerca de Ed; la intimidad de la escena ruborizaba su rostro—. No había dormido, no sé en qué estaba pensando, perdóname...Julien me molestó más de lo que habría querido, me molestó lo que dijo sobre ti. Lo siento. Por favor. Tenía la cabeza llena de pintura, no podia pensar bien.
Ed mantuvo sus ojos fijos en la clavícula de Roy, evitando su cara.
—¿Qué dijo sobre mí para que te pusieses así?
Silencio. Los pulgares de Roy acariciaron sus manos, ambas, y aunque solo podía sentir una de ellas, la pulsión eléctrica latió dentro de él. ¿Qué demonios le pasaba? Roy solo tenía que mirarle para hacerle sentir lleno de fiebre...
—Me temo —dijo Roy suavemente—, que no quiero estropear tu inocencia.
—Vale, no me lo digas —Ed liberó sus manos...solo la diestra, pues fue demasiado lento al mover la zurda y Roy afianzó su agarre, incluso con más fuerza que antes, haciendo que la silla de Ed chirriara contra el suelo al tirar de él; un sonido afilado como la guillotina en el silencio de la biblioteca.
—Non...Edward. Por favor —suspiró—. Siéntate. Quédate. Te lo diré. Él...asume que te seduje en una noche. Nadie creerá que no lo hice; mis disculpas. He arruinado tu pobre reputación. Pero es que me dijo que te acostabas conmigo a cambio de pan y cama —sus ojos se clavaron en los de Ed y en su interior lo vio...
Un fuego que conocía.
—No permitiré que te traten de puta —dijo Roy en un susurro de rabia, y todos los sentidos de Ed querían seguir odiándole, pero su cuerpo gemía por él...
—Tendrías que haberme dejado darle un puñetazo —murmuró Ed, alejando su vista de Roy para mirar por la ventana la ciudad, cubierta por la suave luz del atardecer. Roy dejó escapar una risa.
—Quizá. Sí, quizá.
—No tendrías...no tendrías que haber follado con él solo para jodernos la cabeza a ambos —Ed clavó la mirada en el cielo que se veía fuera, en la luz que chocaba con las ventanas del edificio de enfrente, tornándolas del color de una naranja abierta.
—Quizá. Tch, ¿pero que me has hecho? Antes, jamás habría pensado en "tendría" al hacer algo. Yo quería acostarme con él, él quería acostarse conmigo. Y aun así, estás tú y ahora resulta que no tendría que haberlo hecho —calmado, pensativo—. No. No tendría que haberlo hecho.
Otra pausa. Las manos de Roy eran cálidas y fuertes torno a las suyas, y entonces las apretó por un segundo.
—Vuelve a casa conmigo.
Podría haber dicho que no. He ahí el quid de la cuestión; podría haberse negado.
Las decisiones que Ed tomaba no siempre eran las más inteligentes. A menudo se daba cuenta de ello, pero aun así no podía evitarlo.
¿Por qué volver al apartamento? Sabía muy bien lo manipulador que Mustang podía llegar a ser, ¿por qué confiar en él? ¿Por qué aceptar una copa de vino del mismo color que el enterrado, asustadizo y nervioso deseo que le quemaba las entrañas? ¿Por qué sentarse como le mandaban, y dejar que Roy le mirase desde su caballete con los dedos manchados de pintura? ¿Por qué mirarle?
No podía apartar la vista. Le había dado un libro, pero yacía a su lado en el colchón, con la cubierta roja sin abrir. Cada vez que su mirada y la de Roy se encontraban el mundo entero se detenía y solo podía respirar otra vez cuando los ojos de Roy retornaban al lienzo, ardiendo con algo que solo él había visto.
¿Qué veía Roy en él? ¿Y por qué Ed le dejaba mirar? Sabía perfectamente lo que Roy quería de él. Sabía perfectamente su capacidad para resistirse. ¿Por qué estaba allí? ¿Acaso quería algo así? Su mente no se atrevía a tocar la pregunta directamente, se alejaba de ella, tímida y asustada. ¿Qué es lo que quiero...?
Porque le miraba y veía a Mustang/Roy y no podía, no podía, el puto Coronel, y todo era demasiado raro, era casi tan raro como diferenciar a Alfons del cuerpo de su hermano-
La luz permaneció helada en el embriagador abrazo del atardecer y entonces se esfumó. Roy encendió velas sin decir una palabra y volvió a su caballete. Silencio. Ed, sentado en la cama, con los ojos fijos en Roy, respiraba despacio y sus pensamientos se perdían en círculos cada vez más y más rápidos, curvándose en una espiral cada vez más apretada que casi tocaba su centro pero no lograba del todo conforme la noche se iba alargando...
Él se detuvo. Ed sintió el cambio en el aire, sintió como se le paraba el corazón. Cuando los ojos de Roy tropezaron con los suyos, comprendió que la creciente tensión entre ambos se había alargado demasiado y su control se doblegó en ese mismo instante.
Dejó caer su pincel. Ed trató de ponerse en pie, para acercarse o huir, no tenía ni idea...
—Me perdonarás —susurró Roy, cayendo de rodillas frente a Ed antes de que este pudiera levantarse, enterrando una mano en su cabello y con la otra atrayéndolo hacia adelante. Las manos de Ed le golpearon el pecho y le besó.
Como negro café y rojo vino y humo de cigarrillo, como sal, como piel y sudor y saliva. Era asqueroso. Era maravilloso. Era una completa y absoluta pérdida de control y toda pretensión de fortaleza salió volando por la ventana hacia la nocturna ciudad con su tráfico, sus estrellas, sus discusiones, sus cafés y sus amantes junto al Sena. Ed apenas se percató de que le empujaban contra el colchón y solo oyó el chocar de su propio cuerpo con la cama. Sí, sí...
La mano de Roy se deslizó por su costado, arrancando chispas tras de sí. Y todo cuánto Ed podía hacer era echar la cabeza hacia atrás, buscar su boca y dejarse hacer. Pero cuando las puntas de sus dedos rozaron la hebilla de su cinturón, cuando sus hombros temblaron contra el colchón...el colchón.
Estaba acostado en una cama dónde, un día antes, Roy se había acostado de la misma forma con otra persona.
Ed trató de soltarse. Roy apretó fuerte entre sus piernas y él dejó escapar un sonido ahogado contra su boca porque nadie le había tocado jamás allí pero Roy le ignoró, masajeándolo con una mano hasta el punto que Ed habría gritado de no tener la lengua de otro en su boca. No podía apartarse, solo hundirse más en el colchón. Y no quería apartarse, la rabia se esfumaba y solo quería...Roy dejó ir su cabeza para quitarle el cinturón con su mano libre, y esa era la oportunidad de Ed para alejarse, para patearle en las pelotas y quitárselo de encima.
Cosa que no hizo.
Roy le bajó los pantalones de un tirón y Ed se agarró a sus hombros tratando de no morderse la lengua. Roy era incansable, con el jugueteo de su lengua y dios bendito, su mano, y Ed intentó chillar y echar la cabeza hacia atrás pero él le tenía firmemente agarrado por la boca. Debería haber durado cinco segundos mas no lo hizo; Roy le permitía acercarse al borde el clímax lo suficiente para romperlo varias veces, pero entonces le apretaba, le mantenía quieto agarrándolo por los muslos y le besaba, besaba, besaba hasta que al final, una caricia en el lugar adecuado era todo cuánto necesitaba. El alivio casi le destrozó la garganta. Su cuerpo convulsionó y saltó en el colchón, necesitaba más más más sí sí sí sí sí sí sí sí...
Desplomada su cabeza hacia un lado, por fin pudo lamerse los labios y jadear como algo roto, lánguido y débil, desparramado en el colchón. Su corazón latía a un ritmo que no podía seguir. Sus pulmones trataban de partirle las costillas, buscando más espacio para respirar. Oh, oh, oh...a pesar de todo lo que había oído sobre el sexo, nadie le había dicho que sería así, nadie le había dicho que derretiría su cerebro para volverlo a construir...
Y Roy seguía encima de él, mirándole con impenetrables ojos negros, y Ed comprendió como se veía el deseo en su propio rostro y supo lo que venía a continuación...
Los dedos de Roy delinearon su estómago, saltando hasta el primer botón de la camisa de Ed, desatándolo. Ed tragó saliva y empezó a jadear de nuevo conforme los dedos de este acariciaron su pecho, apartando la camisa a su paso. Ed comenzaba a sentirse pegajoso, sentía frío y Roy...
Bajó su boca hasta su pezón.
El gemido fue tanto por el shock como por el deseo, pues Ed jamás había imaginado su pecho como una zona erógena. Oh, madre del amor hermoso. Su pie dio un súbito pisotón contra la cama, siguiendo un ritmo espasmódico. Dios bendito. Oh, joder...
—Me perdonarás —murmuró Roy a su piel y Ed pudo escuchar el clic metálico de su cinturón abriéndose, el susurro de sus pantalones. Se quedó paralizado, sintiendo como su corazón dejaba de latir para volver a comenzar erráticamente. No sabía si quería...no sabía que quería. Clavó los ojos en el techó y pensó intercambio equivalente. Quédate quieto. Deja que pase. De todas formas, nada puede ser peor que lo que ya te ha pasado, nada podrá ser nunca peor, lo aceptaste hace mucho tiempo...
—Por favor perdóname, si pudieras verte ahora me perdonarías...
Ed arrancó la vista del techo para mirarle y Roy-
Se estaba masturbando encima de Ed. El ritmo de su cuerpo era un recuerdo, una consciencia integrada en su cerebro desde el nacimiento. Un sonrojo se extendió en su piel, lento y profundo al darse cuenta de que, en verdad, quería ese ritmo. Quería eso.
Se sintió al borde del desmayo.
Y creyó que se había desmayado de verdad cuando Roy mordió su cuello y empezó a succionar, corriéndose en su estómago con un gemido ahogado.
Siempre había trapos manchados de pintura por todas partes. La mano de Roy en su estómago le hizo dar un respingo contra el colchón, pero Roy le besó en el hueco entre su nariz y su ojo cerrado mientras le limpiaba, para luego acostarse a su lado con un suspiro, abrazándose a él, enterrándolo en su cuerpo.
—Quise esto anoche. Esta mañana. Te vi dormir y todo cuanto quería era acostarme a tu lado, unirme a ti.
Ed, con la nariz contra su pecho, se resistía a caer dormido. No conseguía abrir los ojos. Apenas halló las fuerzas para susurrar las palabras: —¿Por qué no lo hiciste?
Los brazos de Roy eran tan cálidos, tan firmes a su alrededor, y Ed se sentía contenido en ellos, ya no estaba solo, estaba seguro y completo por primera vez en un largo, largo año de soledad.
—Porque no quería desearte. Mi musa. Quería pintarte y quería follarte. Y no quería admitirme a mí mismo que deseaba abrazarte —suspiró en su cabello y musitó—, je suis foutu. ¿Qué eres? ¿Por qué quiero esto? Mmf. Has...ni siquiera puedo pensar en francés ahora, mucho menos en inglés...pft. Has roto mi cerebro. ¿Qué eres...?
—Tengo sueño —murmuró Ed.
—Entonces duerme. Duerme duerme duerme —el rostro de Roy acariciando su cabello, los brazos de Roy acercándole más—. Duerme.
Duerme.
La escena final siempre me deja con sentimientos encontrados. Por un lado todo es como muy caliente y sexy pero por otro...Edward está asustado, es joven e inexperto. Y Roy no le da importancia a sus miedos. Me deja un regusto amargo. ¿Que opináis vosotros?
Una vez más, gracias por leer y gracias a los que comentáis, sois todos un sol y sin vosotros no habría historia, que conste :).
Espero no tardar tanto con el próximo capítulo. Aunque ahora en septiembre empezaré la universidad, ¡prometo dar mi mejor esfuerzo!
¡Besos!
Lyan
