Dos años atrás

- Isabella- gritó mi mamá desde el piso de abajo- Karen está aquí.

Salté de mi cama, dejando caer accidentalmente el libro que estaba en mi regazo. Lo recogí y lo dejé sobre mi mesita de noche.

Corrí escaleras abajo, casi tropezando en el último escalón y salí hacia la cocina.

Allí estaba mi madre, sirviendo panqueques en la mesa de la cocina y Karen sentada en una de las sillas.

Su cabello negro, caía en bucles sobre sus hombros. Y sus ojos casi de color azabache me miraban emocionados. Como si me quisieran decir algo.

Se levantó y me saludó con un abrazo. Mi mente se nubló por un segundo.

Me alejé de ella y todo volvió a la normalidad.

- ¿Pasa algo?- me preguntó Karen.

- No es nada- dije con una sonrisa.

Hoy ayudaría a Karen con su prueba de matemática. A pesar de tener la misma edad, yo estaba un año adelantada en el curso, por excentricidades de mi madre. Siempre se orgulleció de hablar con sus amigas sobre su "perfecta hija" que iba más avanzada que los niños de mi edad.

Que me usara de pantalla me molestaba un poco, pero aún así amo a mi madre.

Comimos panqueques con miel mientras escuchaba a Karen hablar de este chico que le gustaba tanto.

- ¡En serio Bella!- lloriqueó- tenemos catorce y ninguna de nosotras ha tenido un novio.

Me sonrojé un poco y pensé en mi respuesta

- Las cosas buenas se hacen esperar- le dije.

- ¡No quiero esperar cien años!- dijo tirando su espalda hacia el respaldo de la silla, exasperada.

Reí disimuladamente ante su reacción tan infantil y comí el último bocado de mi merienda. Karen es muy romántica a veces. Yo, en cambio, prefiero quedarme dentro de mis libros y vivir el romance a través de ellos. En lo personal, no estaba muy apurada de enamorarme.

- ¡Bueno ya!- dije con una sonrisa- es hora de estudiar, ¡ve a sacar tus libros!

Caminó hacia su mochila y los sacó uno por uno como si pesaran cien kilos cada uno. Ella no era muy fanática de hacer las tareas.

Pasaron dos horas hasta que en fin entendiera los ejercicios de matemática. Mi mente estaba exhausta.

Me eché hacia atrás en mi silla y descansé en el respaldo.

Una sensación extraña me vino al estómago. Invadió todo mi cuerpo, hasta llegar al último de mis cabellos.

- ¿Qué tienes Bella?- me preguntó Karen- Estás mas pálida de lo normal

- No es nada, creo que estoy cansada, nada más.

Se sentía como si el aire se hubiese transformado. Era más espeso. Empecé a jadear un poco y Karen me miró preocupada. Se acercó y puso su mano en mi brazo.

En un segundo, ya no estaba en la cocina de mi madre. Sino en otro lugar. Un baño

No era mi casa, era la casa de Karen, había estado en este lugar antes.

Nunca podría olvidar la alfombra de color fucsia en el piso azul de su baño. Miré hacia el espejo sin pensarlo y casi doy un sobresalto. Digo casi, porque las acciones del cuerpo donde estaba no me obedecían.

No era mi rostro. Era el de Karen, sonreía al espejo, rodeada en una toalla fucsia con el cabello goteando en sus hombros.

Dio un paso hacia adelante y sentí bajo la planta de su pié el piso mojado. Se resbaló y al caer. Un punzante dolor entró en mi cabeza, partiendo mi cráneo, quise gritar, pero el cuerpo no me obedeció. Todo se volvió oscuridad.

Algo empezó a arrastrarme, como una mano invisible que me intentaba llevar a un lugar que desconocía. Era aterrador.

Escuché gritos que provenían de otro lugar. Pasaron varios segundos antes de que me diera cuenta de que se trataba de mí. Estaba en el piso de la cocina, colapsada con las manos en mi cabeza. Justo donde antes dolía.

Karen lloraba a mi lado y me llamaba asustada. Mi madre entró en la habitación gritando también.

- ¿Bella se cayó?- dijo un poco irritada- dios mío Bella, cuántas veces te tengo que decir, ¡Ten más cuidado!

- ¡No se cayó señora!- lloró Karen- sólo se quedó paralizada y entonces se agachó empezó a gritar de la nada.

Moví mis brazos y puse mis manos en el piso para levantarme. Mis piernas parecían gelatina. No me sostenían en pie. Karen buscó ayudarme y me levantó del piso tomándome por la cintura. La miré aterrada.

Quería decirle, no sabía qué había pasado, pero la había visto morir. O eso creía. Cuando la piel de mi brazo desnudo volvió a tocar el suyo, me vi transportada otra vez hacia su baño.

Busque de forma desesperada una manera de controlar el cuerpo de Karen para que no cayera, pero era inútil. El dolor de la caída volvió a mí y sentí nuevamente la aterradora oscuridad cernirse a mi alrededor.

Haz que pare Supliqué dentro de mi mente.

Llegué a la cocina nuevamente, gritando. No podía controlarme.

Me alejé de Karen, dando pasos temblorosos por la cocina, me apoyé sobre el mueble y jadeé. Esto era lo más aterrador que había vivido.

René se acercó a mí e intentó ayudarme. Corrí con mis fuerzas hacia otro lado. Tambaleándome subí las escaleras y me encerré en mi cuarto. ¿Qué demonios sucede?

Mi madre tocó la puerta repetitivamente.

- Isabela Marie Swan, ¡Explícame qué sucede!

Estaba sollozando en mi cuarto. Hundiendo la cara en mi almohada. No quería que nadie se me acercara, pero tal vez, podría buscar un poco de ayuda de mi madre.

Quité el seguro de mi puerta y regresé a mi cama. Mi madre la abrió y entró dando pasos rápidos. Más molesta que preocupada.

Se plantó frente a mí y puso sus manos en las caderas con una postura desafiante.

- ¿Sabes acaso la imagen que acabas de dar allá afuera?- me dijo. Como siempre, las apariencias le preocupaban más que su propia hija- ¿Qué le dirá Karen a su familia? ¿Qué te volviste loca?

- Madre- dije fríamente, intentando controlar los temblores de mi voz- Vi morir a mi mejor amiga.

El silencio de mi habitación fue inmediato. Mi madre me miró con los ojos abiertos como platos.

- ¡No sé qué sucedió!- dije sollozando- Simplemente estaba allí en la cocina y ella tocó mi brazo… La vi a ella morir en su baño, se resbaló y golpeó su cabeza. ¡Madre! ¡yo lo sentí todo!- dije histérica.

Mi madre no buscó acercase a mí. Me miró incrédula e indignada y salió de la habitación cerrando de un portazo.

Ella no me creía. Lo sabía. Hundí mi cara en la almohada otra vez.

No salí de mi cuarto hasta la mañana siguiente. Tenía que ir a la escuela.

Me preparé y bajé a desayunar. Mi madre había puesto un tazón y cereal en la mesa. No se dignaba a mirarme ni siquiera.

Desayuné sola y subí a vestirme. Me puse una camisa manga larga y unos pantalones sueltos. Hoy si era posible, no quería tocar a nadie.

Caminé a la escuela, pensando en lo que había sucedido el día anterior. Puede que todo lo haya imaginado.

- ¡Bella!- escuché a mi amiga llamarme desde la lejanía. Volteé y la encontré corriendo hacia mí.

- ¡Karen!- dije aliviada.

- ¿Estás segura de que quieres ir a la escuela hoy?-dijo deteniéndose frente a mí.

- Si- susurré.

- ¿Qué pasó ayer?-tanteó cautelosa

Titubeé y miré a mi amiga. No sabía si debía decirle algo a ella. Mi madre se lo tomó muy mal, no quería que Karen se alejara de mí también.

Tal vez fue mi imaginación. Preocuparla por algo así no iba a ser útil de todos modos

- Tenía la cabeza confundida nada más- le dije- Tal vez tenía fiebre o algo así.

Me miró aún preocupada y caminó junto a mí a la escuela.

Pasé todo el día evitando el contacto de los demás. Parecía una locura, pero tenía un miedo irracional a que pasara otra vez.

Las clases terminaron y me fui con Karen de regreso. Vivíamos en la misma dirección y como la secundaria quedaba cerca. Caminábamos juntas.

- ¿Sabes qué pasó hoy?- me dijo Karen alegre

- Dime- pregunté volteando para mirarla.

- Saqué un diez en la prueba de matemática.

- ¿En serio?- ella asintió- Eso es genial

- ¡Todo gracias a ti!- me dijo.

Me sonrojé un poco. En verdad no me sentía merecedora de tanto aprecio. Karen fue la que puso el esfuerzo. Llegamos a su casa y ella se despidió. La mía estaba apenas a una cuadra.

Saqué la llave de mi mochila, abrí la puerta y me sentí un poco vacía al no escuchar la voz de mi madre saludándome.

Ella podía ser rencorosa a veces.

Subí a mi cuarto y me puse a hacer la tarea. No me atrevía a bajar a la cocina para saludarla. Sé que ella no me respondería.

Después de unas horas, mi estómago gruñó. Bajé con cautela y fui a la cocina que ahora estaba vacía.

Saqué un bol y volví a comer cereal. Fui a mi habitación, sintiéndome más sola que nunca y miré el techo sin saber qué hacer.

No estaba en el ánimo de leer una novela. Simplemente me sentía desdichada sin la simpatía de mi madre. En algún momento me quedé dormida y me despertaron los golpes urgentes en la puerta de mi cuarto.

Me levanté de la cama y abrí la puerta. Allí estaba René con lágrimas en los ojos y el teléfono en la mano.

Me veía a la vez desolada y aterrada

- ¿Mamá?- pregunté con el corazón latiéndome rápido- Mamá ¿Qué…?

- Karen...

Me quedé plantada en mi lugar. Miré a mi madre y ella dio un paso atrás, como si me temiera. Yo me acerqué, pero ella se alejó aún más rápido.

- ¿Qué pasó?- pregunté en un susurro

- Se resbaló en el baño… Se golpeó contra el piso de la ducha- respondió con la voz temblorosa

Salí corriendo de mi habitación. Ni siquiera llegué a ponerme los zapatos. Simplemente salí por la puerta y corrí por la calle hasta llegar a la casa de Karen. La luz de la sala estaba encendida, pero nadie atendió cuando toqué el timbre.

Me quedé plantada en la puerta mirando al vacío. Temblando a la vez de frío y miedo.

Yo pude detenerlo… y no lo hice.