Notas: Los personajes en esta historia, los nombres de su creadora, Rumiko Takahashi, mangaka japonesa; excepto algunos que son de mi propiedad, creados solo con el objetivo de desarrollar la trama de esta. Este fanfic está hecho sin fin de lucro, solo por sana entretención.

A su vez, cabe señalar que esta historia está siendo publicada en otra página llamada Fanfic punto Es, bajo el mismo nombre y autoría, así se evitan malos entendidos. Sin más palabrería… ¡a leer!

Advertencia: Saltos temporales.

Capítulo 2: Necesito saber.

4 años antes.

Último año de escolaridad, tercer día de clases y ya iba atrasada a la primera hora de la mañana. Fue un verdadero suplicio para mi el correr a toda velocidad por las solitarias calles de la ciudad. Tras unos minutos de intensa maratón, un edificio escolar comenzó a divisarse a lo lejos, dándome a conocer que ya faltaba poco para llegar. Calculé, que estaba a cinco minutos de distancia, aproximadamente.

Lo mágico de recorrer ese camino –a pesar de la frenética situación-, era observar el paisaje rodeado de árboles de cerezo, justo en la época en que florecían. Sumándole el sentir como algunos pétalos de cerezo chocaban contra mi rostro y algunos se enredaban en mis cabellos azabaches. Se podría decir que ese espectáculo era lo que más me gustaba de aquella estación del año.

La escuela a la que asistía en ese entonces, era la Preparatoria Fujisawa. Unas de las escuelas más reconocidas de todo el Japón. También era conocida por sus cobros mensuales -algo elevados-, pero valía la pena de todos modos.

La enseñanza era excelente y te formaban para enfrentar la siguiente etapa: la educación superior o universitaria. Lo negativo de ello: los exámenes finales eran de temer. Aun lo recuerdo. Al menos, un par de alumnos al final de año terminaban recurriendo al suicidio, al no poder sobrellevar la presión que estos generaban. Semanas del terror.

Miré de reojo mi reloj de muñeca, y me percaté que llevaba casi una hora de retraso. Mierda. Sabía de antemano que me metería en líos, tanto en la escuela, como en casa. No es que le diera demasiada importancia a ello, pero estaba en una etapa donde ya no quieres más guerra; ni contigo misma, ni con el entorno social con el que toca convivir. Pero, no siempre se tiene lo que uno desea.

Por más que tratase de levantarme temprano y llegar a la hora correcta a clases, simplemente no se me daba. ¡Era como si el tiempo y el mundo en sí se confabularan en mi contra para que no lograra mi cometido!

Asimismo esa mañana culpaba a medias a mi hermana mayor. La muy pesada se había rehusado a darme un aventón en su automóvil, poniendo como excusa que tenía una reunión muy importante a primera hora en la empresa de nuestro padre. Cuan pedazo de mentirosa era Mei. Ella no asistía a las reuniones empresariales más que para entregar carpetas con documentos a los asistentes de estas.

Papá -por alguna razón que siempre desconocí- no permitía que nos inmiscuyéramos más de lo necesario en sus negocios. En fin, tampoco me interesaba ese rubro. En realidad nada me importaba en la vida. Todo era una porquería a mi parecer. Lo único que deseaba era terminar mis estudios y largarme de ese sitio. Lo más lejos posible de todos. Incluyendo a mis padres y todo lo que tuviese que ver con ellos.

Nunca comprendí por qué mi hermana trabajaba medio tiempo en ese sitio. No tenía necesidad económica, debido a que nuestra familia gozaba de una fortuna envidiable y le costeaban su carrera universitaria sin problemas. Lo que gastaban en un año académico de Mei, lo recuperaban en una semana prácticamente.

Escuchando una canción mediante los audífonos que portaba, me animé a correr un poco más aprisa de lo que ya hacía. Además, para añadirle más tensión al asunto, al primer bloque de la jornada tocaba cálculo avanzado con un nuevo maestro. Supliqué al cielo para que el profesor tuviese un imprevisto y llegase después de mi, para no reportar falta en el libro de asistencia y retrasos.

Diez minutos después, ya estaba en el interior del establecimiento educacional. Había sido todo un logro personal el adentrarme sin ser vista por algún conserje o inspector. No muchas veces gozaba de esa suerte. Internamente me sentía como esas actrices que participan en las películas de Hollywood, personificando a una espía internacional o una ninja silenciosa que puede ser asesinada en cuanto la descubran. Si, mi imaginación podía volar muy lejos si me lo proponía. Al menos eso combatía mis contantes aburrimientos en la preparatoria.

Lo negativo de correr como si el diablo te pisara los talones, es que mi cabello terminaba hecho un desorden –por mucho que me hubiese esforzado en arreglarlo en una coleta- , con la sensación del sudor empapado en las ropas, y con el mal pensamiento que apestaría igual o peor que un zorrillo.

En las escaleras del segundo piso, me detuve un instante para oler mi uniforme. Gracias al cielo que no apestaba, sino el bochorno hubiese sido incómodo y desagradable –sobre todo para mis compañeros-

Tras caminar por el corredor del tercer nivel, pude oír que en algunos salones estaban charlando animadamente -como de costumbre-, haciéndome saber que debían de estar en alguna clase relacionada con debate o realizando algo dinámico. Qué suerte tenían. Yo estaba a punto de entrar a una asignatura estructurada y aburrida de por si. Sin embargo, el contraste fue tremendo al llegar a mi salón. Todo estaba en un silencio sepulcral. Eso era extraño. No éramos un curso muy aplicado que digamos.

Reuniendo valor, abrí tímidamente la puerta que conectaba el aula con el pasillo. Al frente del salón no había nadie, solo un par de pertenencias sobre la mesa del docente. Seguro le pertenecían a un viejito de poco cabello, algo canoso, rechoncho, con joroba y mal aliento, como el maestro del año anterior. No obstante, al poner un pie dentro de la sala, un brazo extendido me bloqueó el paso.

Qué rayos… fue lo primero que cruzó mi mente al seguir con la vista aquella extremidad que descendía –con efecto de cámara lenta- hacia el costado del cuerpo de su dueño, cubierta por una fina camisa de tono gris. Al levantar la mirada me encontré con algo que no imaginaba: un guapo individuo –cabe decir que era bastante joven- de cabellos platinados y con la mirada más amenazadora que me pudieron dedicar en la vida. Poseía unos ojos muy peculiares de color ámbar, que me dieron la leve impresión que guardaban más misterios que el mundo en si.

Dios.

Si antes no creía en el amor a primera vista, podía cambiar de parecer, me dije. No obstante, un comentario ácido de su parte, me bajó del paraíso al averno en segundos:

-¿No conoce el horario de entrada a clases? -La voz crítica y fría de mi interlocutor me dejó sin habla.- ¿O no tiene la suficiente capacidad intelectual para ello?

Un "Uhhhh…" colectivo por parte de mis compañeros rompió el silencio sepulcral del aula.

¿Quién rayos se creía que era para tratarme de ese modo? Mi sangre comenzó a hervir gradualmente en mis venas, producto de la cólera que me produjeron sus palabras. Con solo echar un vistazo rápido por el salón, notaba los gestos faciales de algunos de mis compañeros. Unos mofándose y cuchicheando entre si, otros compadeciéndome por mi mala suerte.

Reuniendo la poca paciencia que poseía, le respondí de forma más educada que me permitía la molestia:

-Si poseo o no la capacidad, no creo que sea asunto suyo, señor. Lo que me queda en duda es su ética profesional para dirigirse así a un estudiante. –Noté como casi imperceptiblemente él se asombraba por mi respuesta. Más bien por mi insolencia. ¡Conste que él comenzó!- Intentar denigrar a un alumno deja mucho que decir de su persona.

Pude escuchar un segundo "Uhhh/Ahhhh.", por parte de los espectadores de aquel enfrentamiento. No es que nunca me hubiese enfrentado a un educador, pero jamás a uno como este.

-Silencio, insolente. –Me silenció a la vez que fruncía levemente su ceño, mientras apretaba el puntero de madera entre sus manos-.

Sus varoniles rasgos se endurecían más tras cada segundo que nos desafiábamos con la mirada. Realmente era intimidante, dándome la impresión de que si me descuidaba él podría lastimarme. Me obligaba a mi misma el no romper el contacto visual entre ambos. No iba a ceder aunque me ganase el castigo de mi vida. Si hay algo en el mundo que molesta a todos los seres humanos, es que duden de la inteligencia que poseemos. Y yo no era ninguna tonta. No Rin Higurashi, que a pesar de tener un supuesto "déficit atencional" tenía un lugar entre las mejores calificaciones a nivel curso. ¡Así que ese tipo se jodía!

-Fuera del salón. –Ordenó en posición firme. Su lenguaje corporal no demostraba mayor alteración, pero su tono de voz mostraba molestia latente-.

-No quiero.

-Le doy tres segundos para que salga por su cuenta. –Amenazó por lo bajo- No aguataré otra insolencia de su parte.

-Ni yo una suya, señor. –Dejé mi maletín en el suelo y me crucé de brazos indignada- No me moveré de aquí.

-Eso está por verse.

Un agarre en mi brazo y un rápido movimiento hacia el exterior del aula fue lo único de lo que me pude percatar. Comencé a forcejear, pidiéndole que me soltara. Extrañamente lo hizo una vez que nos encontramos en el pasillo, dejándome perpleja y sobándome la zona afectada por su agarre. De seguro había más de algún curioso espiando por la ventana. ¿Qué clase de protocolo era ese? ¡Qué bestia era ese sujeto! Tenía ganas de golpearle. Sin embargo, eso complicaría aún más las cosas. Era una expulsión segura si me pasaba de la raya.

-Usted se quedará aquí fuera. –Expresó apuntándome con su dedo índice y ya era más que evidente su molestia hacia mi. Realmente temí que pudiese golpearme en un arrebato- Irá por dos baldes con agua y lo sostendrá hasta que termine mi hora. La vigilaré por la ventana, así que ni intente llevarme la contraria. –Luego añadió- Al final del día, irá al salón 1H y arreglará cuentas conmigo. ¿Entendió?

De forma elegante, se dio media vuelta, guiando sus pasos hacia el interior del salón como si nada hubiese ocurrido. Encolerizada a más no poder, intenté mandarlo al carajo, golpeando la puerta del aula para que me diera cara. Medio segundo después de eso, el maestro más irritado que antes, me entregó de forma brusca mi maletín, chocando este contra mi pecho. Antes que pudiese decir algo, me cerró la puerta en las narices. Literalmente.

-Qué tipo más idiota y grosero. –Mascullé entre dientes, resignándome a ir por dos condenados baldes de agua y estar de pie en el pasillo por otra hora más-

Ese día comprobé que tener un título, no es sinónimo de tener educación o civilización.

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.

.

Realmente ese no fue mi mejor día en la escuela.

Tras estar varios e interminables minutos cumpliendo mi castigo, tuve una charla con el director, quien me encontró fuera de clases y me preguntó el motivo por el cual estaba cumpliendo castigo. Le relaté lo sucedido, -omitiendo mi retraso en la llegada a clases- y le reclamé la falta de tacto por parte de ese cretino que tenía por maestro. Mi sorpresa fue mayúscula cuando recibí una respuesta que no esperaba: no me creyó nada. Por más que le insistí en que le preguntara a mis compañeros para afirmar mi versión de los hechos, él simplemente se negó y me dijo que un castigo por mi mal comportamiento -del tiempo a la fecha- no me haría daño.

¿Qué? ¿Es en serio? ¿No me expresé claramente? ¿Se le zafó un tornillo? Fue lo primero que pensé en mi estado de perplejidad. ¡Él me agredió! Digan lo que digan usó fuerza bruta y merecía una sanción. Sin embargo, tanta bronca me tenían en ese establecimiento, que faltaba poco para que le entregaran una medalla de honor a ese idiota, junto con un jugoso bono en su próxima remuneración mensual. Todo por "ponerme en mi lugar". Ineptos.

Tras una larga charla-discusión, me gané un pase directo a la zona de "empleados gratis", para limpiar todas las aulas del tercer piso como castigo. Demonios. Una cosa era participar de semanera con algunos de mis compañeros una semana al mes, y otra muy diferente era limpiar pulcramente siete salones yo sola. Maldije mi mala suerte.

Para colmo de males, en la hora de almuerzo tuve un duro encuentro con Dai Yamaguchi, mi archi-enemiga. Aquella pelirroja de mirada violeta me tenía entre ceja y ceja desde que teníamos once años de edad. ¿Motivo? Según ella, quería robarle el amor de su vida, el chico más popular de nuestra escuela: Takeshi Yukimura. A pesar de tantos años transcurridos, jamás se le quitó esa idea de la cabeza. O sea, si, ese chico en un tiempo fue mi amor platónico, pero, intentar algo con él era algo que nunca me atreví a hacer. Me encantaba su cabello siempre ordenado, tan sedoso y marrón que parecía un chocolate a punto de derretirse al tacto. Sus ojos heterocromos eran fascinantes, nada usuales. El derecho tenía un tono verde esmeralda y el otro azul, y en más de una ocasión me descubrí observándolo fijamente más de la cuenta. Su piel trigueña también era llamativa por su descendencia latina por parte materna. Tal vez fui tan evidente de mi atracción hacia él en algún lapsus de tiempo, que por eso Dai me odió. Mi interés en Takeshi solo llegó hasta la edad de quince años. Me di cuenta que él jamás me vería como algo más que una amiga. Friendzone. De ahí es difícil salir, y teniendo en cuenta mi suerte, junto con la creciente belleza y atosigamientos de la pelirroja, era mejor dar un paso a un costado con bandera blanca.

Bien, retomando el tema principal. Ese día, Dai hizo comentarios tan desagradables, que faltó poco para que le diera un golpe y le volara los dientes. Aunque nunca fui partidaria de la violencia física, con ella hubiese hecho una excepción. Me restregó en la cara que por primera vez en muchos años, un profesor me ponía en mi lugar. Que al parecer estaba desarrollando una personalidad antisocial y eso agravaría mi trastorno oposicionista desafiante. ¿En serio? ¿Cuándo le dieron el título en psicología que no me notificaron? ¿Se había basado en el criterio diagnóstico del manual DSM-V para diagnosticarme? ¿Qué seguía después? ¿Realizar psicoterapia con ella para descubrir el origen de todos los males psicológicos de los que era víctima? Qué manera de hablar tantas boberías. Simplemente Dai tenía un don en ello. Ya bastante fastidioso era lidiar con un mal diagnóstico desde la infancia, como para tratar otros dos más, detectados por una adolescente que aún creía en los unicornios.

Akane, mi mejor amiga, me aconsejó no tomarla en cuenta cuando se percató de que estaban aumentando mis deseos de quitarle su perfecta sonrisa del rostro. Años soportando múltiples burlas y acosos ya comenzaban a hartarme. Era cosa de tiempo que ajustáramos cuentas entre ambas. Mi amiga y su novio, se ofrecieron a ayudarme en mi labor, y lo cumplieron cuando finalizó la jornada. Fueron muy amables en ayudarme un par de minutos, y escuchar sin quejas un par de improperios salidos de mi boca, deseando que la víbora de Dai se ahogara con su propio veneno algún día. Juraba bailar sobre su tumba el día que sucediera. No literalmente, por supuesto. Pero, ganas no me faltaban.

El tiempo transcurrió más lento de lo normal y mi agotamiento era evidente al trapear los pisos y ordenar los pupitres de cada aula. No entendía como los auxiliares de aseo no se aburrían de aquella rutinaria tarea que me encomendaron. En ocasiones, la necesidad de tener un trabajo no deja más opciones. Mientras sea un trabajo honrado, lo demás no interesa.

Finalmente, llegué al último salón, el 1H. Era la última de las interminables aulas que debía asear. Pensé que ahí debía estar mi "nuevo amigo". Aunque era algo improbable, debido a que eran cerca de las siete de la tarde. Ya prácticamente no había nadie en la escuela a esas horas. Más me animé a entrar en ella, por si se asomaba el director. Así podría apreciar que cumplía con su hermoso castigo.

Mi sorpresa indescriptible al ver a un hombre de cabello largo y platinado mirando hacia el patio a través de los pulcros cristales de la ventana. Se veía concentrado y bastante relajado al parecer. Hasta me daba cierto pesar sacarle de su estado. Pero no tanto. Dejé caer el balde metálico que portaba, dejando un bullicio evidente al chocar contra el suelo, esperando asustarlo. Más no sucedió. Ni siquiera se inmutó y eso me molestó aún más. Sin mirarme siquiera, habló con voz monótona:

-Demoró, Higurashi.

-Pues no ha sido el único que se ha divertido castigándome, señor. –Respondí a la vez que acomodaba algunos pupitres en su lugar. Esta sala no lucía sucia a comparación de las demás, lo cual agradecía enormemente. Sin embargo, debía lucir atareada para no mirarle-

-Aún no ha comenzado su castigo.

¿Qué? Le dediqué una mirada confundida, notando como me observaba, sentado frente a su escritorio, tomando entre sus manos algunas hojas de papel. Debía aceptar que se veía apuesto con aquella luz anaranjada del atardecer cayendo sobre él. Aunque de solo recordar su trato hacia mi, se me retorcía el estómago del asco. Lindo, pero cretino.

-Coja una silla y acérquese, Higurashi. –Ordenó desviando la vista hacia aquellas hojas-

Solo sabe dar órdenes. ¿Qué se cree? ¿Un príncipe? Pensaba malhumorada, acatando de mala gana su dictamen. Una vez frente a él, este me explicó que sería su ayudante y le ayudaría a corregir exámenes, tanto los de mi curso, como los demás en los que impartía clases. Nos quedaríamos después de cada jornada, tres veces a la semana hasta que termináramos el curso.

Genial. Pensé con sarcasmo, tratando de no poner los ojos en blanco a medida en que lo escuchaba. Realmente no era mi día. En ese momento lo comprobé. Pasar tiempo extra con ese hombre no era de mi agrado. Además, tenía una vida fuera del instituto por si él no sabía. Tener que reorganizar mis clases de cello no me hacía la menor gracia. A su vez, tendría menor tiempo para estudiar para los exámenes. Lo único bueno de ello, era no pasar tanto tiempo en casa y con una buena justificación.

-¿Por qué yo? –Pregunté de mala gana-

-Porque lo he decido y así se hará. –Respondió con arrogancia, extendiéndome una hoja con un par de ejercicios anotados en ella- Vi sus antiguas calificaciones y destacan por sobre las demás en esta materia como en otras. –Añade a la vez que me entrega un bolígrafo de tono azul-

-¿Quiere que los resuelva ahora? –Cuestioné escéptica-

-No pregunte tonterías. –Respondió sin variar su tono de voz- Es más que obvio.

Respirando hondamente, me di los ánimos necesarios para resolverlos. Bastaron unos cuantos minutos para solucionarlos sin mayores dificultades. Deseaba deleitarme con algún gesto de su parte que demostrara sorpresa por los resultados obtenidos. Nuevamente no obtuve lo que quise. No hubo expresión facial que delatara su estado. Era tan frustrante. Al parecer nada ni nadie era lo suficientemente bueno o excelente para él.

-No me he equivocado. –Comentó calificando mi buen desempeño.- Comenzamos el próximo lunes, Higurashi. –Anunció guardando su papeleo de forma ordenada y elegante-

-Puede llamarme Rin. –Me incorporé del asiento, llevándolo a su lugar para terminar de asear el aula- Me incomodan las formalidades.

-Pues lo prefiero de ese modo. –Salió del salón sin despedirse ni mirarme siquiera-

Lindo, cretino y mal educado.

Minutos más tarde, pude irme a casa. Sujetando mi maletín entre mis manos, me deleité escuchando una canción de Bach a través de los audífonos. Con la vista que me ofrecía el atardecer, junto con los arboles de cerezo en flor, me pregunté qué me prepararía el destino al tener que convivir tiempo a lado de ese malhumorado profesor.

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.

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Presente.

Una vez que me encuentro dentro de la alcoba, intento ordenar mis ideas y pensar algo coherente que decir. Improvisando, me apoyo contra el escritorio que se encuentra a unos pasos de su cama, esperando un actuar o frase por parte de Sesshomaru. Noto que cierra la puerta con seguro. Al parecer no quiere que nadie lo importune, mucho menos estando conmigo. Inconscientemente, tiemblo por ello. No me gusta sentirme encerrada y menos en un lugar tan reducido como este. Junto a él. Sé que no hará nada indebido ni mucho menos, pero mi mente puede jugar malas pasadas en ocasiones.

Lo veo caminar hacia la cama y sentarse de manera pesada sobre ella. Tal como cuando alguien deja caer un costal de harina al piso.

Está tan guapo como siempre. Mantiene las nulas expresiones faciales, aunque sé que algo lo inquieta. No tengo idea de lo que se trata, pero si está de ese modo, debe ser por algo importante. Asimismo, me percato que aún no está completamente vestido. Le falta portar la parte superior del traje y su corbata. Ambas cosas están colgadas a mi lado, sobre una silla de madera. Aun portando solo una camisa y pantalones, es capaz de verse elegante sin ningún esfuerzo.

-¿Quieres hablar sobre lo que pasa? –Decido iniciar una conversación, rogando por que no quiera finalizarla antes de comenzar-

-No.

Demonios.

-Mei está preocupada por ti. –Sigo con mi cometido, desviando la mirada de la suya. Extrañamente me cohíbe. Su mirar es más penetrante y profundo que de costumbre-

-Sandeces. –Manifiesta con un tono neutro, muy usual en él. Cualquiera pensaría que está aburrido por algún motivo. Sin embargo, lo conozco a tal punto que sé que no es así, sino un rasgo característico de su persona- No hay de qué preocuparse.

-Yo también lo estaba, Sesshomaru. –Confieso sin mirarle-

-No veo el porqué de ello. –Puedo sentir su mirada sobre mi de manera insistente-

-Te aprecio. –Indico sin titubear, aunque juego con mis dedos, sabiendo que puedo entrar en terreno peligroso si doy un paso en falso- Sé que no eres muy social, y que te gusta estar en soledad la mayoría del tiempo, debido a que te fastidia el bullicio o las pláticas sin sentido. Pero llegar al punto de encerrarte en tu cuarto y no atender llamadas ni mensajes, da para pensar que algo te inquieta.

-No me ocurre nada. –Reafirma juntando sus manos y apretándolas entre si- Sólo que no quería hablar con nadie que no fuese de mi agrado.

-¿Has hablado con alguien aparte de mi? –Pregunto de manera automática-

-No.

-¿Hablas en serio? –Cuestioné sin poder creérmelo. ¿Dónde quedaba Mei en todo ello?-

-No estoy para bromas, Rin. –Se encoge levemente de hombros, haciéndome saber que no ganaba nada con mentir-

Nunca lo estás de todos modos.

-Ya veo. -Aliso nuevamente mi vestido sin saber que decir o hacer- ¿Me dirás qué sucede o tengo que jugar a las adivinanzas? –Insisto luego de un rato en silencio.-

-No ocurre nada, Rin. –Su lenguaje paralingüístico me dice que comienza a perder la paciencia ante mi obstinación. Su tono varía levemente, pero aun así logro notarlo-

-No mientas.

-¿Y a ti te sucede algo, Higurashi? –Contraataca suspicazmente- Luces más ansiosa de lo normal. –Luego remata, añadiendo- Y creo firmemente de que todo tiene que ver en relación a mi persona.

Demonios. ¿Tan obvia soy? Realmente espero que no sea lo que estoy pensando o me veré en grandes aprietos.

-No he venido a platicar de mi, sino de ti, Taisho. –Miro a un costado, frunciendo mi boca de manera leve. No quiero sentirme así, entre la espada y la pared.-

-No esperes mi contestación si no eres capaz de responder a la mia.

-Pues, ¿sabes qué? Me voy. –Me incorporo ya harta de ese juego y marcho en dirección a la puerta- Le diré a Mei que estás bien y no hay de qué preocuparse. –Intento abrirla y recuerdo que está con pestillo y no está la llave puesta en el cerrojo- ¿Serías tan amable de…? –La pregunta murió en mi garganta al verlo detrás de mi, cuando me giro. Cerca. Muy cerca para mi gusto- ¿Qué…Sesshomaru…te pasa?

Genial, no soy capaz de formular una pregunta coherente. Debo parecerle patética. Lo peor de toda la situación, es que me tiene asediada. De pie frente a mi, a tan solo unos centímetros de distancia. Solo reacciono a apegar mi espalda a la puerta, para así mantener el máximo de distancia posible entre ambos. Más bien la que él permite. Tener la mirada de este hombre fijamente en mi me pone de los nervios. No de miedo, sino de otra sensación que no logro descifrar. La temperatura ambiente sube considerablemente y el silencio gobierna en el lugar. Mi respiración alterada destaca sobre la suya, y trato de regularla para no ser más obvia de lo que ya soy. Comienzo que a sospechar que no es la habitación la calurosa, sino yo.

Su mano se posa delicadamente sobre mi mejilla y creo que estoy a punto de gritar. Sesshomaru nunca había hecho esto. Jamás había tenido este nivel de cercanía conmigo y mi corazón late desbocado por ello. Primero me acorrala y ahora me ve como si fuese una presa a punto de ser devorada por un fiero animal. ¿Rin, cómo caíste en esto?

-No me gusta que ocultes cosas. –Dice después de un largo silencio, su tono de voz sigue siendo el mismo, aunque está levemente enronquecido. Su mano sigue en mi cara y creo que su tacto quema sobre mi piel. O puede que mi rubor le queme a él. Ya no estoy segura de nada.- Si deseas decir algo; hazlo. Es el momento.

Santa Mierda. No, no puede ser. ¿Se ha dado cuenta de lo que siento por él? No. ¡No es posible!

-No tengo nada qué decir. –Digo lo más segura que puedo.- ¡Dime qué rayos sucede! ¿Por qué actúas de este modo? –De alguna forma me escapo de su cercanía y me retiro en dirección al escritorio de metal nuevamente. Lo veo mantenerse quieto en el sitio donde estábamos y dar media vuelta para verme- ¡No es hora de juegos, Sesshomaru!

-No estoy jugando. –Responde dando unos pasos en mi dirección, más se detiene a medio camino.-

-¡Pues parece lo contrario!

Necesito regular mi palpitar, mis emociones, mis pensamientos, ¡o sino todo se irá a pique!

-Sabes que no es así. –Nuevamente se dirige a la cama y se sienta con más ligereza que la primera vez- Antes de casarme, necesito saber qué es lo que sientes. Vengo cuestionándomelo hace tiempo y necesito respuestas; claras y verdaderas.

Oh no… Aunque me resulte dificultoso, me obligo a mi misma decir:

-Te quiero… como a un gran amigo. Como un cuñado, el cual cuidará muy bien de mi hermana mayor, Mei; una mujer que te ama demasiado.

La verdad es otra, aunque no lo puedo confesar. Lo amo con locura, como un hombre hecho y derecho que es. Con sus virtudes y defectos, con su amabilidad y su mal genio. Con su tibieza y su frialdad. Nunca lo vi como un futuro pariente, sino como un hombre lleno de sorpresas, ocultas bajo un blindaje de hielo y carentes expresiones. Le amo como a nadie en este mundo, y podría afirmar que nadie lo amaría como yo, hasta el resto de mis días.

-No eres sincera. –Me refuta, poniéndose de pie y llegando ante mi en menos de un parpadeo. ¿Qué demonios? ¿Cuándo se volvió jodidamente rápido?- Dime la verdad. –Demanda-

- ¿Qué harás si me niego? –Lo enfrento llena de valor, apartando mi ansiedad. No permitiré que todo mi trabajo sea derrumbado el día de la boda de mi hermana- ¿Me sacarás la verdad a golpes? Nunca te he creído capaz de eso, a pesar de ser tan bruto cuando nos conocimos.

-Sabes que no caería tan bajo. –No aparta la mirada, la cual analiza cada rincón de mi rostro- Pero me obligarías a tomar otras alternativas. –Quita la flor que estaba detrás de mi oreja, rozando intencionalmente sus dedos en el proceso, para dejarla a un costado de la mesa-

-Pobre de ti s-…

Todo rastro de palabra esperando salir por mi boca es brutalmente bloqueada por suya. No es un beso tímido o inocente, sino uno enteramente pasional que invade cada rincón de mi ser. Sus labios son exigentes, tibios y suaves al tacto, los cuales se mueven sobre los míos con gran maestría. A su lado parezco una novata en el tema, producto de mi resistencia. Un tímido gemido brota de mi garganta cuando me eleva del piso alfombrado, para depositarme sobre el escritorio, pegándose completamente a mi cuerpo, e instalándose sin tapujos en medio de mis piernas.

Al principio no hice más que resistirme a su beso, pero lentamente voy cediendo a sus caricias, al mismo tiempo en que el libido entre ambos aumenta a niveles insospechados. Que mezcla tan peculiar es Sesshomaru. Puede ser un hielo glaciar y a la vez lava ardiendo, la cual me consume por completo. Toda racionalidad es desvanecida al momento que su lengua ingresa a mi boca y choca con la mia. Con una de sus manos me sujeta firmemente de la nuca para que no escape, mientras la otra acaricia uno de mis muslos, ubicando esa extremidad a la altura de su cadera.

Creo estar en el paraíso, aunque eso signifique desmayarme en cualquier instante por culpa de la pasión que desborda esta caricia, la falta de aire en mis pulmones y cerebro, y por el hambre contenido por ese hombre. Años añorando este momento. Si no podía decirlo en palabras, lo haría mediante de este beso, quizás el primero y último que experimentaría con él.

Dejando de lado cualquier rastro de timidez, mis manos se dedican a vagar sobre su pecho masculino, sintiendo como la tela de su camisa estorba a su paso. Enredando una de mis manos en su blanca cabellera le dejo ver que no deseo apartarme de él. Prolongo lo más posible el beso, oyendo un leve gruñido, casi imperceptible salido de él, a la vez que podía sentir el aumento del tamaño de su virilidad chocando contra mi cuerpo.

No sé cuánto tiempo transcurre, pero, algo interrumpe mi momento de felicidad, justo en el momento en que su beso comienza a tomar otro rumbo; mi cuello y descendiendo. Mi conciencia me da un último llamado de alerta, con la voz de Mei en mi cabeza diciendo mi nombre con horror.

-¡Detente! –Me separo abruptamente de él, colocando una mano en su pecho, pudiendo sentir su corazón tan acelerado como el mio- ¡Esto no es correcto!

-Rin. –Dice mi nombre con voz enronquecida, con sus pupilas dilatadas y ardientes sobre mi-

-¡Apártate! –Le ordeno empujándolo casi sin fuerzas, pero aun así me da el espacio suficiente para ordenar mis ideas- Mei… yo… esto…

-Rin. Cálmate.

-¿Cómo quieres que me calme? ¡Nos besamos! –Casi le grito al borde de desesperación producto del arrepentimiento- ¡Mei no se merece esto!

-¿Tú mereces amar en silencio? –Me pregunta analíticamente, sin perderme de vista-

-Cualquier cosa es mejor que esto. –Me limito a contestar, aun sabiendo que ha sido lo mejor que pudo pasarme en la vida- Ahora abre esa puerta, Sesshomaru. –Apunto en dirección a la salida- ¡Que la abras ya!

-Rin. Baja el tono de voz. –Me pide- Alguien puede escucharte.

-Abre ahora o me veré obligada a gritar. –No se mueve, ni siquiera hace un ademán de sacar la llave de su bolsillo- ¿No te das cuenta? ¡Estás a punto de contraer matrimonio y haces esto! ¿Por qué justamente ahora?

- Necesitaba corroborar mis sospechas. No podía casarme sin saber lo que sientes, Rin. –Contesta sin ninguna vacilación. No puedo creer que solo haya sido por eso: Curiosidad.-

-Pues solo ha sido un beso. –Respondo con arrogancia y restándole la importancia que merece, o que realmente significa para mi- ¿Creías que era una de tantas que muere por ti? ¿De las que besa el piso por el cual caminas? ¿La típica joven enamorada de alguien mayor que es imposible?

-Para ti no soy imposible. –Me corrige duramente-

¿A qué venía ese comentario?

-Sí, lo eres. –Le contradigo para no seguir metiendo la pata hasta el fondo como segundos antes- Eres mi cuñado. El futuro esposo de mi hermana mayor. –Le recuerdo- Ya he sido bastante tiempo la oveja negra de la familia, como para seguir siéndolo.

-Rin estás malinterpretando.

-¡Tú estás malinterpretando! No siento nada más allá que una amistad por ti, Sesshomaru. –Le miento descaradamente- No sé qué te ha hecho pensar diferente, pero estás errado.

-Sabes que no lo estoy. –Se acerca a mi intentando tocarme la mejilla, más no lo permito. No puedo caer en tentación nuevamente. Esta vez no estoy segura de detenerme a tiempo.- Rin, necesitaba comprobarlo y creo que tú también deberías saber que... –Acalla un momento, como si luchase con algo interno que lo obligaba a mantener silencio-

-¿Saber qué?

-Yo… tengo que casarme con tu hermana, aunque esté enamorado de ti. Lamento no habértelo revelado antes.

¿Qué?

No comprendo nada. Mi cráneo comienza a doler de forma punzante. Me siento en una montaña rusa de emociones que no puedo controlar. Hay tantas preguntas rondando en mi cabeza, que no se por cuál comenzar a interrogarle. Noto como las lágrimas comienzan a acumularse en mis ojos, a tal punto que mi vista se pone en extremo borrosa.

-Entiendo si crees que he sido cobarde. –Sigue hablando tras un incómodo silencio- Pero, debes comprender que esto es más grande que yo. Solo diré que has sido la única persona que me ha puesto en grandes aprietos y ha hecho dudar entre lo que es considerado bueno o incorrecto. Más lo que tengo sumamente claro, es que eres una gran mujer, Rin. Valiosa, pero no apreciada como es debido. –Prosigue, apretando sus puños con inercia- Y he pensado dejar todo por ti en varias ocasiones, aunque no pueda.

-¿Por qué? –Lo interrumpo, luchando aún por no romper en llanto tras oír sus palabras- ¿Por qué no puedes cancelar todo?

-Negocios. –Responde monótono, y no me convence para nada- Tu padre ya me lo ha advertido.

-¿Qué fue lo que te dijo?

-No vale la pena. –Se limita a responder- Sin embargo, ten cuidado de él, Rin. No es quien aparenta ser.

-¿Te ha amenazado?

Unos golpes discretos desde el exterior llaman nuestra atención. La pregunta queda en el aire y el tiempo de la verdad se acaba. Le hago un movimiento con la cabeza, para que capte la indirecta de que abra la puerta. De mala gana lo hace y veo que se trata de Kagome, quien viene acompañada por mi padre. Antes de salir, le doy una dura mirada a Sesshomaru y le digo en lenguaje de señas. "Te veo en la ceremonia nupcial". Mi prima mira atónita la escena, y doy gracias al cielo que ella y mi padre no comprendan el lenguaje de sordo-mudos.

Mi padre entra en silencio a la habitación en la cual nos encontrábamos, mientras mi prima y yo nos vamos por el camino contrario. Caminamos un largo trecho hacia la alcoba de Mei, y sé que Kagome está tentada a decir algo, más se lo reserva de momento. Realmente se lo agradezco. No quiero hablar, solo deseo desaparecer y que nadie me encuentre. Antes de entrar a la habitación ella me detiene, cogiéndome del brazo con delicadeza. La observo extrañada y ella delinea levemente el contorno de mis labios con la yema de sus dedos. Una sonrisa triste se dibuja en su rostro y me explica su actuar:

-Tenías el brillo labial corrido, prima. –Me abraza de momento y acaricia mi mejilla de forma conciliadora- Las Higurashi tenemos mala suerte con la familia Taisho, ¿verdad? –Sin esperar una respuesta de mi parte, no tardó en agregar- Tu secreto está a salvo conmigo, Rin.

-Kagome, yo…

-No digas nada. –Pone un dedo sobre mis labios para callarme- Ahora, entremos. Mei, está a punto de lanzar por el balcón a las demás damas de los puros nervios. –Comenta en son de broma-

-Tal vez deberíamos demorarnos un poco más. –Sugiero intentando recuperar mi humor, antes de entrar- Suena muy tentador lo que dices.

-Lo sé. –Concuerda conmigo, colocando sus dedos sobre la mejilla de forma pensativa- Pero, si las aniquila no podré grabarlas cuando estén borrachas y ese es un espectáculo que no estoy dispuesta a perdérmelo.

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Notas finales:

Gracias por comentar el capítulo anterior: Eli Rivaille – AnnieLorca – Rinmy Uchiha – Guest – Any-Chan y Emi13, me alegra un montón el saber que les ha gustado la historia y que se dieran un tiempito para escribirme. Obviamente, el agradecimiento también va dirigido a los fantasmitas que se han animado a leer durante estos días.

Por otra parte, en esta actualización se sabe el motivo por el cual Rin estaba aliviada al no tener la nariz contra la puerta como ya le había sucedido años antes. Definitivamente su inicio no fue nada positivo, pero ya sabrán como las cosas fueron cambiando entre ambos, a tal punto en que se convirtieron mejores amigos.

¿Sesshomaru contraerá matrimonio con Mei? ¿Se arrepentirá en última instancia guiado por su corazón?

Descúbranlo en el siguiente capítulo: *fecha: 06/02/2019*

Saludos!