Parte de trabajo 02: Bettum el de las Manos Hábiles
– Si este era un barco pirata… ¿por qué unas bodegas tan grandes?
Desde aquella vez, hacía casi un año, en la que habíamos puesto nuestras manos sobre La Joya de la Corona la relación entre Bettum y yo cambió bastante. Pasábamos muchísimo tiempo los dos juntos sobre la cubierta del navío, muchas veces sin hacer nada. Era nuestro pequeño tesoro personal. El barco desconocido del Rey de los Piratas, uno cuya identidad sólo conocíamos nosotros, los Sombrero de Paja y los otros dos carpinteros que lo habían construido.
– No es eso… – meneó la cabeza mi jefe. – Sólo tenía la bodega inferior para meter los tesoros mientras los trasladaban…
– ¿Y la otra?
– No era una bodega – sentenció. – Estaba dividida en varias estancias: enfermería, almacén, dormitorios para cada uno de los tripulantes…
– Joder, qué lujo…
Entre encargo y encargo, dedicábamos nuestras horas muertas a mimar La Joya. Reparamos los estropicios que le habían causado aquellos canallas, tratando el más mínimo detalle como si de ello dependiera el futuro del universo. De hecho, para nosotros era casi cierto. Aquel navío se había convertido en el centro de nuestro mundo de una forma hasta enfermiza. Procurábamos tenerla siempre a punto, como si el mismísimo Luffy Sombrero de Paja fuera a entrar en cualquier momento para tomar posesión de lo que le pertenecía.
Conocía casi a la perfección cada pulgada de la cubierta, cada astilla del mástil, cada veta de la madera que cubría el suelo de las bodegas… y aún así, cada día descubría algo nuevo. Tal era la magia de aquel prodigioso bajel que el mundo parecía distinto visto desde su cubierta: un mundo sin límites, sin fronteras… Sólo el ancho mar y yo.
Sobre él, las viejas historias que con fruición leía en los libros que había ido acumulando, comprando a comerciantes o que se habían "traspapelado" en las rutinarias descargas de mercancía cuando acometíamos reparaciones importantes en los barcos cobraban una nueva perspectiva, como si todas aquellas leyendas del pasado tuvieran más sentido allí encima, mientras la luz del atardecer atravesaba el portón del dique e iluminaba aquel tan peculiar mascarón de proa.
El viejo parecía también obsesionado con el barco y su carácter cambió muy rápidamente. Sin duda se trataba de que aquello le recordaría a los viejos tiempos en Water 7, cuando había trabajado con los más grandes carpinteros del mundo. O quizás más bien era porque pisar la nave del Rey de los Piratas le traía recuerdos de su antigua vida como lobo de los mares, si es que alguna vez había existido aquel pasado.
De vez en cuando, aunque cada vez más habitualmente, se arrancaba con historias de tiempos pasados, de las aventuras de Sombrero de Paja. Las narraba con todo lujo de detalles, como si él mismo hubiera estado presente, como un miembro más de la tripulación. A veces, aunque trataba de ocultarse con sus enormes brazos, incluso se le escapaban unas cuantas lágrimas mientras hablaba.
– Eh, viejo…
Aquel día llovía y las nubes impedían que la luz llenara el recinto donde custodiábamos celosamente La Joya. La penumbra confería al ambiente un no-sé-qué de misterio y de nostalgia que hacía poner los recuerdos a flor de piel y las preguntas en la punta de la lengua.
Yo estaba leyendo un libro con la espalda apoyada sobre el lugar donde iba ensamblado la rueda del timón, que habíamos retirado como parte de las tareas rutinarias de mantenimiento, mientras que él estaba apoyado sobre el balcón que coronaba el castillo de popa, con la mirada perdida en el horizonte, más allá de la puerta abierta del dique seco.
– ¿Qué? – respondió al cabo de un rato, con un tono que parecía reprocharme el haberlo sacado de sus ensoñaciones.
– ¿Cómo es que sabes tantas cosas de este barco y de los Sombrero de Paja? – pregunté sin pensar.
Nunca llegué a entender qué había de malo en aquella pregunta, pero lo cierto es que no pareció sentarle bien al viejo carpintero. Con una mirada de indignación bufó unas palabras que no llegué a comprender y se fue a toda prisa hacia su oficina. Nunca había reaccionado de aquel modo ante nada. Nunca. ¿Qué relación tan especial mantenía con aquel barco que era capaz de cambiar así de repente al hombre que me había criado desde joven?
Sin querer, quizás empujada por el extraño ambiente de aquella tarde, mi memoria voló hasta el día en que conocí a Bettum. ¿Cuánto hacía? No me acuerdo ya… quizás diez años… o quizás más. Recuerdo que en aquel momento las noticias sobre el apresamiento de Monkey D. Luffy, Sombrero de Paja, el Rey de los Piratas, estaban a la orden del día. Pero aquellas noticias habían inundado las páginas de los periódicos durante muchísimo tiempo.
Por aquel entonces yo tenía trece años y acababa de escaparme de casa, tratando de imponer mis caprichos de pubertad a la autoridad de mis padres. A los pocos días, cuando había conseguido llegar, como polizón en un buque mercante, a Water 7, me lo encontré. Él era un hombre inmensamente alto, inmensamente fuerte, con el pelo y la barba azulados y una extraña nariz que llamaba bastante la atención.
Vestía una larga gabardina de tonos pardos por encima de un pantalón vaquero y no llevaba camisa de ningún tipo. Me preguntó qué hacía allí solo, pero ni siquiera me había dado tiempo a responderle. Me dijo que le siguiera y yo lo hice. No sé aún por qué, pero su imagen, entre lo cómico y lo heroico, me convenció para seguirlo. Pasamos aún varios días en Water 7, comprando materiales, y luego me llevó con él a la isla de Relthar, una isla pequeñita, pobre, poco poblada… la típica isla que, si se pudiera elegir, nunca llegaría a aparecer en los mapas.
Por el camino me había contado que, allí tenía montado un pequeño astillero, con pocos clientes todavía, pero al que dedicaba todo su empeño. Un día llegaría a ser grande, tan grande como los de Water 7 y construiría barcos invencibles. Me había pintado un panorama espléndido, digno de un cuento de hadas. Todo lo contrario a lo que me encontré cuando llegué allí, una isla desierta y una cabaña que pretendía ser el germen de un gran astillero.
– ¿Dónde estamos? – le pregunté al desembarcar.
– Relthar es una isla sin pasado ni futuro – sonreía. – Perfecta para el que se quiere construir uno, ¿no crees?
Me había mentido. Una de las muchas veces que lo haría desde entonces. Pero en todas aquellas mentiras había un fondo de bondad que parecía resistir a la falta de sinceridad. Sólo lo hacía para que nuestro mundo brillara más, para que nuestros sueños brillaran más, para tener una esperanza que diera sentido incluso a los nubarrones más oscuros.
Bettum no sólo me había dado un nuevo hogar, también me había dado un futuro y una herramienta para labrarlo: mis manos. Me tomó como su aprendiz y pronto descubrí que aquello era realmente lo que quería hacer. Me enseñó a ver a los barcos como mis amigos y no como meros objetos. De su mano comencé a entenderlos, a escucharlos… a conocerlos de verdad.
Allí, en la soledad de una isla vacía como Relthar, descubrí también el amor por la historia y por las historias. Leía libros enteros de forma incansable, todo lo que caía en mis manos. Casi podía decirse que los devoraba sin piedad. Así, podía combatir las largas horas de silencio y soledad que me rodeaban.
Ni Bettum ni yo habíamos abandonado la isla desde que llegamos en aquella tarde de otoño. Todo lo que necesitábamos se lo comprábamos a los pocos comerciantes que paraban por allí. Había bastantes épocas de necesidad, sobre todo durante la temporada en que las tormentas eran más frecuentes, pero nos las arreglábamos.
Y así, poco a poco, habíamos ido viendo crecer el pequeño astillero cuya fama se había ido extendiendo de boca en boca ente gente de mala reputación que preferían un buen trabajo hecho de forma discreta a un magnífico trabajo en el que arriesgar el pellejo a ser descubiertos por la Marina o los acreedores. Aunque lo cierto es que pronto se daban cuenta de que el trabajo de Bettum el de las Manos Hábiles y de su discípulo no era simplemente bueno.
Años después, cuando yo ya había completado mi formación, hubo una devastadora tormenta en los alrededores. Aunque el jefe se frotaba las manos pensando en las ganancias, sólo un barco llegó a Relthar. Un pequeño bote en el que sólo viajaban dos jóvenes: una chica de mi misma edad, bajita y algo regordeta, con el pelo del color del azabache y los ojos verdes y su hermano pequeño, que por aquel entonces tenía sólo catorce años, muy parecido físicamente a él.
El barco en el que habían viajado Nora y Pimfry había resultado muy castigado por la tormenta y no había forma de arreglarlo, pero el gran corazón de Bettum le hizo prometerles que le construiría gratis uno nuevo. No hizo falta. Los dos hermanos habían navegado a la deriva durante meses, huyendo de las continuas extorsiones de un grupo de marines corruptos en su isla natal, que había acabado con la salud y la vida de sus padres. Ellos vieron en Relthar lo mismo que había visto el carpintero de barcos, una tabla en blanco sobre la que poder escribir un nuevo futuro.
Pronto se aprovechó el jefe de los conocimientos que Nora había heredado de sus padres sobre contabilidad y se desembarazó de lo que peor llevaba: la gestión económica del astillero. Él quería construir barcos, nada más, y los números distraían, según decía, su creatividad. En cuanto al pequeño, se enamoró de lo que allí hacíamos, y no tardó en convertirse en el segundo aprendiz de Bettum, que nunca había pensado llegar a convertirse en un maestro tan solicitado.
Los cuatro formamos una pequeña gran familia en la que el viejo hacía las veces de padre y maestro para nosotros tres. Sin embargo, a pesar de la cercanía y de la confianza, Bettum casi nunca hablaba de su pasado. Lo poco que supe de él era que se había formado como carpintero en Water 7 y que, tras algunos problemas con la justicia, había decidido abandonar la isla. Pero por más que le había insistido en aquello, nunca había revelado mayores detalles acerca de lo que había hecho antes de llegar a Relthar. No hasta que encontramos La Joya, aunque, sobre todo, contaba aquellas historias acerca de los Sombrero de Paja, a quienes parecía idolatrar.
Cuando Bettum reaccionó de aquella manera, me quedé mirando el lugar por donde se había marchado con cierto nerviosismo. Nunca lo había visto así y no sabía qué hacer. Tardé varios minutos en levantarme y decidirme a seguirlo para preguntarle de veras qué estaba pasando. Dejé el libro cerrado sobre el pedestal en el que iba encajado el timón, y bajé, con calma pero sin perder tiempo, por la escalerilla dispuesta para poder acceder al barco.
Cuando abandoné mi dique seco, el que yo había acondicionado para mis proyectos personales, no encontré a mi maestro por ninguna parte. Interrogué a Pimfry con la mirada y él me señaló hacia la oficina principal, donde raras veces entraba el jefe, que se sentía más cómodo entre barcos que entre papeles.
– ¿Qué ocurre? – me preguntó Nora. – Me ha sacado del despacho…
– Eso quisiera saberlo yo – resoplé, mientras me acercaba a la puerta. – Se ha puesto así de…
– Está hablando por el Den Den Mushi…
– ¿Él? ¿Por un Den Den Mushi? – me giré extrañado. – Si desde que llegaste no toca uno… Odia a esos bichos.
– A mí también me ha pillado de sorpresa, pero es la pura verdad.
– Ahora sí que estoy preocupado.
Giré el pomo de la puerta y la entreabrí.
– ¡Estoy ocupado! – gritó antes siquiera de que pudiera asomar la cabeza para ver lo que pasaba.
El Den Den Mushi estaba canturreando una melodía bastante conocida, de esas que ponen en los grandes negocios mientras te mantienen en espera.
– ¿Sí? – preguntó el animalillo después de dejar de tararear.
– ¡Iceburg! ¡Soy yo!
– ¿Bettum?
– El mismo que viste y calza – gruñó él. – ¿Se puede saber en qué narices está pensando Pauley?
– No te entiendo…
– ¡La Joya! – gritó Bettum. – ¡La Joya de la Corona! ¡Está en Relthar! ¡En mi astillero!
– ¡¿Qué?!
– Lo que oyes – asintió, como si su interlocutor pudiera verlo. – Mi chico se lo burló a Slovod y a sus hombres hace cosa de un año… ¿Se puede saber cómo llegó a sus manos?
– ¿Los Cosacos? – murmuró la voz del que debía ser el más famoso carpintero de barcos de todo el Grand Line. – Eso lo explica todo…
– ¿Explica el qué?
– Es una larga historia… – comentó, críptico, Iceburg. – Y no te la puedo contar por aquí.
– ¡Iceburg!
– Vas a tener que venir hasta aquí…
– ¡Mierda, Iceburg! – protestó el viejo. – ¡Sabes que no puedo pisar Water 7!
– Haré un par de llamadas y arreglaré eso – respondió. – Tú espera noticias mías…
– ¡No quiero esperar noticias de nadie! ¡Sólo te informaba de que ahora mi chico y yo nos encargamos del barco a partir de ahora!
– Nunca cambiarás – dijo entre risas Iceburg. – De todas formas trataré de arreglar eso por si acaso…
La comunicación se cortó y Bettum le dio un golpe al Den Den Mushi como si él tuviera la culpa de todos el mal del mundo. Luego me miró y volvió la vista hacia unos papeles, como si fueran algo importante y que de verdad le interesase.
– ¿Me piensas explicar qué narices pasa?
– ¿No te he dicho que estaba ocupado?
– Y yo te he dicho cientos de veces que odio que me molesten mientras estoy leyendo…
– No estamos hablando de eso.
– Pero una cosa no quita la otra.
– Además, yo soy tu jefe… – argumentó, mientras se levantaba con intención de salir.
– ¿Qué es lo que pasa, viejo? – volví a preguntar, cortándole el paso.
Una sirena resonó en las proximidades. Se trataba de un dispositivo ideado por el maestro que indicaba la llegada a Relthar de algún nuevo barco. Nuestra discusión debía quedar aplazada, aunque sólo fuera por mantener la buena imagen delante de los clientes.
– Salvado por la campana – musité entre dientes mientras le dejaba pasar.
– ¡Chicos! – nos llamó Nora. – El crucero ha llegado.
– ¿El crucero? – preguntó Bettum, que había adoptado su amable expresión habitual, como si no hubiera pasado nada. – Pero si aún deberían quedar semanas para que llegara…
– Algo les debe haber pasado – comenté, tratando de recuperar yo también la normalidad. – Con tantas tormentas como está habiendo últimamente no es difícil que hayan variado el rumbo…
Se trataba de un extraño crucero organizado desde Arabasta para la gente rica del Grand Line. Se dedicaban a viajar por pequeñas islas, casi desérticas, de escaso nombre. Algunos de sus pasajeros nos miraban como auténticos salvajes, indignos de vivir en el mismo mundo que ellos, pero, por suerte, con ellos apenas teníamos contacto y la tripulación, que apenas había variado desde la primera vez, estaba formada por gente realmente admirable y simpática.
Habían comenzado a venir a Relthar hacía ya cinco años y aquello había atraído a algunos habitantes de las islas vecinas hacia nuestra pequeña parcela de tierra, dándole una mayor vitalidad. Un matrimonio joven, que había estado trabajando en un barco mercante que había recalado allí por la misma época que el crucero, había abierto una cantina no muy lejos del astillero. Desde hacía dos años había también una pequeña tienda de souvenirs para los turistas, que regentaba una señora gorda y con aires de grandeza que sólo pasaba en Relthar las semanas estrictamente necesarias para hacer fructificar su negocio. Aquel año aún no había llegado.
– Pobre Señora Manif… – dije irónico.
– Este año no va a ver ni un miserable Berry – completó entre carcajadas Pimfry.
