Dos años después
Rachel estaba en un lujoso café de Londres, esperando la llegada de su amiga Santana.
Aunque sus pensamientos estaban muy lejos de allí, centrados en Quinn. Se preguntaba cómo iban a celebrar el segundo aniversario de aquel primer encuentro. ¿Buscando un granero abandonado en medio de la nieve? No, ésa no sería buena idea, pensó sonriendo para sí misma. A Quinn no le gustaba el frío y tenía poca tolerancia para los inconvenientes.
—Siento llegar tarde —se disculpó una delgada morena de ojos oscuros, dejando una cámara fotográfica sobre la mesa.
—No pasa nada.
—Berry, si dejas que te siga creciendo el pelo —dijo Santana entonces, señalando la melena morena que casi le llegaba a la cintura— la gente va a pensar que quieres ser Rapunzel.
—¿Cómo? —exclamó Rachel, sorprendida.
—Rapunzel, ya sabes, la del cuento de hadas. A la que encerraron en una torre y se dejó el pelo largo para usarlo como escalera —rió su amiga— Desgraciadamente para ella no fue un príncipe azul el que subió a rescatarla, sino la bruja. Te lo advierto.
Rachel soltó una carcajada. Estaba acostumbrada a la forma de ver la vida de su sofisticada amiga. Hija de un famoso artista, Santana había sobrevivido a una infancia bohemia e inestable para convertirse en una fotógrafa de éxito. Pero seguía teniendo cicatrices infligidas por unos padres que habían vivido vidas tempestuosas.
—¿Qué tal tu princesa azul? —bromeó Santana, después de pedir un café.
—Quinn está muy bien. Muy ocupada, por supuesto, pero me llama todos los días cuando está fuera del país.
—Tu móvil es el equivalente a una cadena —bromeó su amiga— Creo recordar que, si lo apagas, te pide explicaciones por triplicado.
—No, mujer, lo que pasa es que le gusta saber dónde estoy. Se preocupa por mí —replicó Rachel— ¿Sabes que dentro de diez días Quinn y yo habremos estado juntas dos años?
—¡Ah, qué bien! La mujer que no se compromete jamás está buscando una medalla de oro. Podrías dedicarte a escribir columnas de cotilleo, pero claro, el mundo tendría que saber que existes y, lamentablemente, eres un secreto bien escondido.
—Quinn no soporta la atención de los medios y sabe que a mí tampoco me gusta. Estoy contenta de permanecer en la sombra —murmuró Rachel, diciéndose a sí misma, por costumbre, que el tiempo que tenía para disfrutar con Quinn sería tiempo perdido si debía compartirlo con los periodistas— Ahora mismo, estoy intentando encontrar una forma especial de celebrar nuestro aniversario.
—Quinn no hizo ningún esfuerzo por celebrarlo el año pasado, ¿verdad?
—No se acordaba de que llevábamos un año juntas. Debería habérselo recordado.
—¿Y qué dijo cuando se lo recordaste?
—Nada.
—Entonces, deja que te dé un consejo —suspiró Santana— Si quieres seguir con Quinn Fabray, resiste el deseo de celebrar vuestro segundo aniversario.
—¿Por qué?
—Recordarle que lleváis juntas dos años podría hacer soplar el frío viento del cambio.
—¿Qué intentas decir? —exclamó Rachel, angustiada.
Santana apretó los labios.
—Mira, yo creo que estás perdiendo el tiempo con esa mujer. Ni siquiera se molestó en aparecer el día que te dieron el premio en la escuela de diseño.
—Porque su vuelo había llegado con retraso.
—¿No me digas? No es eso, Rachel. Es que no tiene interés en tu vida, a menos que le afecte directamente.
—Quinn no es una artista ni tiene nada que ver con la moda. No espero que se interese por los bolsos que diseño.
—¿Por qué no? Eso es lo que haría cualquiera —la interrumpió su amiga— No te ha presentado a nadie, ni a su familia, ni a sus amigos. Si te lleva a algún sitio, tiene que ser uno donde no la molesten los paparazzi y donde nadie pueda verla contigo. Vive su vida y te tiene a ti en una jaula. ¿Por qué no te enfrentas a la verdad, Rachel? Eres su amante y...
—¡Eso no es verdad! Quinn no me mantiene. Yo no acepto su dinero —la interrumpió Rachel— Bueno, vivo en su apartamento, pero pago todos mis gastos y no acepto regalos caros.
—Pero no es lo que tú pienses, es lo que piensa ella y cómo te trata.
—Quinn me trata muy bien, Santana.
Su amiga dejó escapar un suspiro.
—¿Cómo no va a tratarte bien? Estás loca por ella y Quinn lo sabe y lo utiliza. Pero dejó bien claras las reglas desde el principio.
—No, nunca ha habido reglas. No soy su "querida", como tú dices... nunca seré su querida —la interrumpió Rachel, apretando los labios.
—¿Ha hablado de futuro? ¿Amor, matrimonio, hijos?
Ella hizo una mueca.
—Rach, tienes derecho a preguntar hacia dónde va vuestra relación —le aconsejó Santana, antes de cambiar de conversación.
Después, Rachel no recordaba de qué habían hablado. Recordaba haber sonreído mucho para dejarle claro a su amiga que no se sentía ofendida por sus comentarios. Pero, en realidad, le habían hecho daño y le habían dado que pensar. Unas horas antes, se sentía feliz con su vida y ahora...
Santana no entendía las limitaciones que ella simplemente aceptaba sin discutir. Por amor. Pero se veía obligada a reconocer que lo que había dicho era cierto. No era una opinión, era un recuento de los hechos.
Quinn nunca la había llevado a Francia, aun sabiendo que ella quería visitar de nuevo ese país. Aunque su única hermana, Kitty, estaba casada con un inglés y vivía en Londres, nunca se la había presentado. Rachel se decía a sí misma que, con el tiempo, las cosas cambiarían.
Pero no había sido así.
Se convenció a sí misma de que era irrelevante que Quinn no les presentase a sus amigos, pero la verdad era que la rubia nunca le había dado opción.
También era cierto que Quinn jamás había hablado del futuro, al menos no de un futuro lejano. Hacían planes de mes en mes porque eso era todo lo que le permitía su abultada agenda. Nunca había mencionado el matrimonio o los hijos. En cuanto al amor, solía hacer comentarios irónicos al respecto y Rachel intentaba evitar el tema.
Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras entraba en el ático que se había convertido en su hogar. Quinn no aceptaba ningún compromiso, pero eso no significaba que fuera su "querida". ¿O sí? Por naturaleza, Quinn Fabray era una mujer reservada y cauta.
Entonces otra duda la asaltó. ¿Cómo podía decir que vivían juntas? En realidad, Quinn seguía usando un dúplex que tenía en Londres. Le había dicho que era necesario porque estaba más cerca de su oficina. Además, sus familiares se alojaban allí cuando estaban de visita en Londres. Pero Rachel nunca los había visto.
De repente, veía las bases de su felicidad desaparecer como la arena bañada por las olas. Adoraba a Quinn. Había creído que su relación era maravillosa, pero la franca opinión de Santana empezaba a destrozar esa confianza.
¿Cómo había podido estar tan ciega?, se preguntó. ¿Sería posible que, como el dúplex, ella sólo fuera un objeto útil para Quinn? Un objeto sexual.
El teléfono empezó a sonar en ese momento y, después de dudar unos segundos, Rachel contestó.
—¿Por qué tienes el móvil apagado? ¿Dónde estabas?
Era Quinn, naturalmente.
—Tomando un café con Santana, se me olvidó encenderlo.
—Llegaré mañana, a las ocho. Cuéntame algo.
Por supuesto, estaría tomando un café entre reunión y reunión y necesitaba que ella rellenase ese tiempo libre.
Estuviera en el país que estuviera, la llamaba por teléfono y esperaba que ella la entretuviese con su charla. Rachel nunca le contaba nada desagradable, nunca hablaba mal de nadie, le hacía favores a todo el mundo, lo veía todo por el lado positivo. Y siempre se le ocurrían cosas que comentar.
Pero aquel día tenía la mente en blanco.
—¿De qué quieres hablar?
—Dime cualquier cosa... que la ropa se acorta para fomentar el negocio de los productos dietéticos, las propiedades adictivas del chocolate, qué día hace, que incluso los días de lluvia pueden ser divertidos, la gente tan encantadora que te has encontrado en el vestíbulo, en la calle, en la tienda... Estoy acostumbrada a que me cuentes esas cosas.
Rachel se puso colorada. ¿La creía una charlatana? ¿Qué veía en ella?
Le costó mucho, pero consiguió hablar como si no pasara nada mientras se miraba al espejo del pasillo. La imagen que le devolvía era poco halagadora.
¿Cómo una mujer como Quinn podía estar interesada en una mujer como ella? «Para, para, para» le decía una vocecita. Decidida, se dio la vuelta, jurándose a sí misma que la depresión no la llevaría a la nevera. Últimamente, cada vez que se sentía mal por algo, recurría a la comida, y sabía que perder su figura no haría que Quinn Fabray se quedara a su lado.
En Suiza, Quinn colgó el teléfono con el ceño fruncido.
Rachel parecía disgustada. Y ella nunca estaba disgustada. Todo lo contrario, era una chica siempre alegre, siempre dispuesta a ver el lado positivo de las cosas. Cuando le pasaba algo, siempre se lo contaba. ¿Qué problema podía tener?
Aunque no lo sabía, Rachel disfrutaba de una discreta protección veinticuatro horas al día. Quinn, como tantas personas de su posición, había recibido amenazas. Preocupada porque ella se convirtiera en objetivo, había contratado un equipo de profesionales para que velasen por su seguridad.
Había pensado decírselo, pero temía que los guardaespaldas la asustaran. Rachel era tan amistosa, tan simpática con todo el mundo, tan ingenua... No quería cambiar eso y decidió que era mejor no contárselo.
Por un momento, pensó preguntar al equipo de seguridad dónde había estado y con quién. Pero no, eso sería aprovecharse de la situación. No tenía ningún derecho a hacerlo.
Aun así, que Rachel le hubiera causado algo de ansiedad por primera vez hizo que se volviera hacia los ejecutivos con gesto frío y cortante.
Rachel siempre se arreglaba para Quinn. Mientras miraba en su armario, lo dividió mentalmente en tres colecciones de ropa.
Mientras sacaba un vestido de la percha la cabeza empezó a darle vueltas y tuvo que agarrarse a la puerta del armario para no perder el equilibrio. No era la primera vez que le pasaba, pero pensó que era debido a un resfriado que había sufrido unos meses antes y que no había podido curarse del todo. Sin duda era eso y no le apetecía perder el tiempo yendo al médico.
En una hora, Quinn estaría de nuevo con ella y se negaba a atormentarse con los comentarios de Santana. Su amiga sólo había querido ponerla en guardia porque estaba preocupada, pero Rachel sabía que Santana había tenido varias relaciones fallidas y que desconfiaba de las mujeres en general. Además, ella no conocía a Quinn, no sabía lo maravillosa que era.
Quinn intentaba alejarse de cierto tipo de prensa y hacía todo lo posible por mantener su vida privada en secreto. No era fácil que Rachel se enfadara, pero lo había hecho al leer artículos que utilizaban viejas fotos y viejas historias para seguir describiendo a Quinn Fabray como una mujeriega fría y sin corazón que, además, se mostraba inhumana en los negocios. ¿Habría leído Santana esos artículos?
Mientras se cepillaba el pelo, pensaba en la mujer que ella conocía, generosa, fuerte, apasionada... todo lo que había soñado siempre.
Aunque no le gustaba en absoluto, la llevaba de merienda porque a Rachel le encantaba. Los viajes turísticos le aburrían y, sin embargo, la había llevado a Roma, a Atenas y a un montón de ciudades fabulosas para que pudiera explorar su pasión por la historia en su compañía.
Cuando se sentía desanimada, asustada o deprimida, Quinn estaba a su lado. La amaba con toda su alma por muchas razones. ¿Y su lado malo? No, no quería pensar en eso. No quería arruinar su felicidad.
Quinn la llamó desde el aeropuerto.
—Estoy contando los segundos —le dijo Rachel.
La llamó desde la limusina cuando se quedó retenida en un atasco.
—No puedo esperar más.
—¿Sabes cuánto te he echado de menos? —preguntó Quinn en su última llamada mientras entraba en el ascensor para subir al ático. Para entonces, Rachel estaba nerviosa. La puerta se abrió y, al verla, dejó de pensar.
Le temblaban tanto las rodillas, que se apoyó en la pared para estabilizarse. Todo en Quinn la emocionaba. Desde el ángulo orgulloso de su cabeza hasta la forma de su cuerpo, sus piernas, todo en ella era espectacular. Era guapísima y sólo tenía que entrar por la puerta para que su corazón amenazase con detenerse.
Quinn cerró la puerta con el pie y la tomó entre sus brazos. Por un segundo, Rachel se perdió en la felicidad de tocarla, de olerla.
—Quinn...
—Si pudieras viajar conmigo, pasaríamos más tiempo juntas —dijo ella, con voz ronca —Piénsalo. Podrías dejar tus tareas artísticas aparcadas durante un tiempo.
Y perder su independencia. Eso estaba fuera de la cuestión.
—No puedo.
Contenta de haber plantado otra semilla, Quinn la aplastó contra la pared.
Rachel sucumbió al atractivo de su boca con el mismo fervor que habría empleado en una situación de vida o muerte. Sabía de maravilla, como algo adictivo sin lo que no podría vivir. Quinn la tomó por la cintura, levantándola para apretarla descaradamente contra su erección.
—Oh... —gimió Rachel derritiéndose como el chocolate al calor del sol.
Aplastada contra el cuerpo de la rubia, apartó la cara para buscar oxígeno cuando recordó que había olvidado recordarle algo importante.
—El móvil.
Quinn se puso tensa.
—O el móvil o yo —le recordó Rachel.
Con una mano, Quinn sacó el móvil del bolsillo de sus pantalones y lo tiró sobre la mesa del pasillo. Luego, volvió a buscar su boca con ansia devoradora.
—Por una vez, no vamos a hacerlo en el pasillo.
Mareada por la pasión, Rachel sólo pudo asentir.
Decidida, Quinn, la tomó de la mano para llevarla al dormitorio.
—Yo he dejado el móvil, así que tendrás que compensarme adecuadamente, ma belle.
Rachel tenía las piernas temblorosas. El brillo sexual en sus ojos la aprisionaba como una cadena. Una cegadora ola de deseo la recorrió entera.
Quinn la miró con ardiente satisfacción mientras bajaba la cremallera del vestido azul turquesa, dejando al descubierto el sujetador y las braguitas de encaje.
—Eres maravillosa—murmuró, con voz ronca de pasión.
Luego, tomándola en brazos, la depositó sobre la cama, su carismática sonrisa iluminando un rostro por lo general serio.
—No te muevas.
—No pienso ir a ningún sitio —musitó Rachel, sus ojos clavados en ella como si tuviera un imán mientras se quitaba su ropa.
Era una mujer impresionante. Rubia, alta, de complexión delgada e increíblemente guapa, que en ocasiones emanaba la fuerza y la sensualidad de un predador.
Rachel sentía como si tuviera mariposas en el estómago... y, sin embargo, a la vez, debía luchar contra la vergüenza de estar tumbada en una cama, en ropa interior, delante de ella.
No la habían educado de una forma liberal, pero cuando Quinn llegó a su vida no sólo había tirado el libro de las reglas, lo había quemado.
¿Era importante para ella?, se preguntó. ¿O era algo temporal, algo que abandonaría sin mirar atrás cuando se cansara?
—¿Piensas en mí cuando estás fuera de Londres? —le preguntó.
Quinn se tumbó a su lado mientras desabrochaba su sujetador.
—¿Después de dos semanas sin sexo? Esta semana he pensado en ti al menos una vez por minuto —contestó ella, riendo.
Rachel se ruborizó. Pero el comentario no le gustó en absoluto.
—No me refería a eso.
Quinn la apretó contra su pecho, con esa típica arrogancia suya que afloraba en ella de vez en cuando.
—No le hagas a una chica francesa preguntas de ese tipo. Eres mi amante, claro que pienso en ti.
Cuando empezó a besarla, todas las dudas desaparecieron. Se desató un incendio entre sus piernas y una ola de deseo la consumió al sentir el peso de su cuerpo.
Dos semanas sin Quinn eran como toda una vida. Aunque dudaba de su amor por ella, no podía evitar refugiarse en su pasión. Sus expertas caricias la hacían gemir y, cuando utilizó los dientes y la lengua, empezó a apretarse contra ella sin pensar en nada más.
Su corazón latía a toda velocidad, el aire apenas llegaba a sus pulmones. La elemental sensualidad de Quinn era irresistible. Ella sabía perfectamente lo que la excitaba y, cuando encontró el punto escondido entre sus piernas, con sus dedos expertos la llevó a unas cimas de deseo aún más desesperadas.
—Así es como te imagino —murmuró, con cruda satisfacción— Enloquecida por el placer que te doy.
Era preciosa y quería perderse en ella. Necesitaba introducirse en Rachel, y sabía que ella recibiría ese deseo con el suyo propio. Como había hecho tantas otras veces.
La levantó en sus brazos, hundiendo su lengua en la boca de la morena, que le rodeaba el cuello con los brazos mientras sus dedos se enredaban en la rubia cabellera.
Rachel temblaba cuando ella la tumbó sobre las sábanas, y sus bocas se fundieron mientras la mano de Quinn acariciaba su pezón, que ya estaba duro y erecto, inundando su cuerpo de calor y fuego líquido.
La morena acarició su espalda, antes de bajar y tocarla ahí, encantada con la sensación de la dureza de Quinn en su mano. El gruñido que oyó confirmó que la rubia también estaba encantada.
Quinn se tumbó de espaldas mientras Rachel besaba sus pechos y bajaba por su estómago hasta el miembro que palpitaba entre los muslos. Su respiración se ahogó al sentir la sensual caricia de su lengua contra su miembro y, al tiempo que sabía que no iba a poder aguantar mucho más, deseaba hundirse en el calor de sus muslos, dentro de ella, acariciándola hasta alcanzar ese desgarrador clímax que tanto había ansiado poder disfrutar durante su viaje
Quinn cambió de posición en un rápido movimiento y se colocó sobre ella. Miró su excitado rostro mientras la penetraba lentamente y las caderas de ambas se movían al unísono, obligándola Rachel, con un lento movimiento, a que la penetrara más profundamente.
La necesidad de Rachel por ella era dolorosamente intensa. Su pasión la enloquecía hasta el límite, pero luego empezó a caer, a caer... hasta llegar a un estado de agitación que no tenía nada que ver con la sensación de felicidad que experimentaba otras veces.
Su cuerpo estaba satisfecho, pero sus emociones no. Sin darse cuenta, sus ojos se habían llenado de lágrimas.
Quinn apartó el pelo de su cara.
—¿Qué te pasa?
—Nada —contestó Rachel— No sé por qué estoy llorando.
Quinn la acarició, pensativa. Si tenía paciencia, le contaría qué pasaba. Rachel era incapaz de guardarle un secreto.
—Lo siento... supongo que me he puesto emotiva pensando en nuestro aniversario —murmuró la morena poco después.
—¿Qué aniversario?
—¿No sabes que dentro de unos días hará dos años que estamos juntas? —Dijo Rachel sonriendo y levantando la cabeza— Quiero que lo celebremos.
¿Dos años?
Quinn intentó disimular su reacción ante la noticia. ¿Tanto tiempo llevaba con Rachel? ¿Dos años? Algunos matrimonios no duraban tanto. ¿Cuándo se había convertido en algo permanente? Se había metido en la rutina de su vida sin que se diera cuenta.
La vida de Rachel estaba tan conectada en la suya como las hojas de hiedra en un árbol.
No era una analogía muy inspirada, pero... ¿Cuándo fue la última vez que se acostó con otra mujer? Dos años. Le había sido completamente fiel. Reconocer eso hizo que apretase los dientes. Inexplicablemente, se había infiltrado en su libertad como un ejército invisible, condicionando su vida de una forma que le resultaba completamente ajena. La sorpresa la enfrió, como si estuviera en presencia del enemigo.
—No me gusta celebrar mis aniversarios con mujeres —dijo con los ojos brillantes— No me gustan esas cosas sentimentales.
Rachel se quedó sin respiración. No quería creer que Santana había tenido razón, pero...
—Para mí es especial que hayas sido parte de mi vida durante tanto tiempo.
Quinn se encogió de hombros.
—Lo pasamos bien juntas y te aprecio en lo que vales, pero no creo que sea apropiado celebrar aniversarios. No somos novias.
Rachel se sintió como alguien atado a una vía cuando el tren se acercaba a toda velocidad. Esas palabras aplastaban todos sus sueños, todas sus ilusiones.
De un salto, Quinn se levantó de la cama para ir al baño. Rachel se quedó tumbada, atónita, con el corazón roto. Delante de sus ojos, la mujer a la que amaba se había convertido en una extraña aterradora de ojos fríos y tono cortante.
Nerviosa, se levantó para ponerse la bata azul que había sobre una silla, pero tuvo que volver a sentarse en la cama porque la cabeza le daba vueltas. Era ese estúpido mareo otra vez. Quizá tuviera una infección de oído.
«Te aprecio en lo que vales». ¿Qué significaba eso? ¿Que había calculado su valor en términos de conveniencia? No, Quinn no era una mujer sentimental y tampoco le importaba herir sus sentimientos, aparentemente. Debía de estar muy segura de su relación para prohibirle celebrar un aniversario.
Mordiéndose los labios, Rachel anudó el cinturón de la bata. Pero una furia desconocida para ella empezaba a emerger en su corazón a causa de la humillante respuesta.
Por otro lado, en el baño, Quinn se apoyaba en la pared de la ducha, dejando que el agua cayera sobre su cuerpo. Normalmente, se quedaba en la cama con Rachel después de hacer el amor. Tomada por sorpresa, había actuado sin tacto alguno.
Furiosa consigo mismo, se habría liado a golpes con la pared.
Su relación era casi perfecta. Rachel nunca le exigía nada y no parecía tener más ambición en la vida que hacerla feliz. Y lo hacía de maravilla, tuvo que reconocer. No quería perderla, pero ¿qué podía hacer con una amante que no sabía que lo era?
Una amante que quería celebrar aniversarios como si fuera una esposa.
¡Hola!
He estado leyendo vuestros reviews y he decidido hacer algunas modificaciones en el primer capítulo. Teníais razón, la escena sexual era muy escueta para ser la primera vez de Rachel. No me di cuenta porque esta historia la adapté hace mucho tiempo y no revisé el capítulo antes de subirlo... pero bueno, he intentado arreglarlo un poco, espero que os guste más ahora xD
Gracias por seguir, comentar y marcar como favorita la historia. Espero que os guste este segundo capítulo. ¡Nos leemos pronto! ;)
