…rencor.
Rhaegar tiene miedo. Lo ha tenido desde pequeño, desde que su padre comenzó a zambullirse en las tormentosas aguas de la locura. ¿Cómo no tenerlo? Era, por no tener otra palabra para echar mano, escalofriante. Su padre, la mirada perdida, las uñas como garras, el pelo colgándole a los lados, inerte.
El, un niño príncipe, en la tenebrosa Fortaleza Roja. Los alaridos que se filtraban a través de la alcoba de sus padres y que llegaban hasta la suya. Los aullidos de su madre, que rogaba por ayuda. Los gruñidos de su padre, animalescos.
Aprendió a disimularlo un tiempo después. Tenía que hacerlo, ¿no? Es lo que se le exige a un miembro de la Familia Real. Descubrió más cosas sobre la gente, que ni su madre ni su padre le podían enseñar. Sobrevivió como pudo. El tiempo pasó, Aerys se perdió más en sí mismo y su deseo de hacerle daño a otros creció.
Rhaegar podía sentir como recaían las miradas sobre él, el miedo se volvió más complicado de sobrellevar. Charlaban, animados, de un caballero sensible, de alguien perfecto para enmendar el camino de Poniente. ¿En serio estaban hablando de él? El heredero al trono lo dudaba.
Lo dudaba todos los días, sobre todo mientras estaba con la Guardia Real, aquellos que se habían convertido en sus mejores amigos. Y es que Arthur Dayne le parecia, sencillamente, irreal. Él ya se quisiera esa aura de seguridad, de masculinidad, de no se preocupen, todo estará bien mientras yo siga al mando.
Así quería ser él. A veces pensaba seriamente en preguntarle si no querían intercambiar roles.
-¿Hey, Arthur, quieres apellidarte Targaryen?
-No, gracias, amigo. Dayne es perfecto para mí.
Entonces, le poseía un rencor ciego. Contra el mundo entero, pero más que nada contra el capitán de la Guardia Real. Estaba claro que sus destinos se habían intercambiado en algún momento antes de que ellos nacieran. ¿Por qué no quería liberarlo? Liberarlo de sus putas responsabilidades, de las expectativas. De sus miedos, sus fantasmas, todo aquello que le acosaba antes de dormir.
Si es que lograba conciliar el sueño, que se le habia estropeado desde pequeño. La mayoría de las noches subía a los techos de la Fortaleza, armado del arpa y la melancolía, hasta que el amanecer le encontraba.
Una vez, Arthur Dayne le siguió hasta allí. Venia vestido con una camisa sencilla, las ojeras le adornaban los ojos grises. Tembló un poco al asomarse a la madrugada.
-¿Hey Arthur, quieres apellidarte Targaryen?-le preguntó por enésima vez.
El otro tomo aire para contestarle, pero ninguna palabra salió de entre los labios del Guardia Real. Se lo impidieron los de Rhaegar.
