CAPITULO 2

-Señorita, despierte.

Una voz y un zarandeo suave se escuchaban cerca de mí. Rezongué, aún me faltaba mucho para levantarme. Maldito despertador.

-Despierte, por favor – dijo con voz preocupada.

Abrí los ojos de golpe. Mi despertador no hablaba. Miré asustada a mi alrededor, moviendo el cuello tan frenéticamente que me caí.

-Auch – me quejé sobándome el golpe en la espalda.

El asfalto brillante me dio la bienvenida. Dios, me había dormido en medio de la carretera.

Me sonrojé. Escuché una risa divertida, y levanté la vista ceñuda. Frente a mi se hallaba un muchacho rubio, y de ojos azules. Su porte era atlético, y estaba intentando aguantar las risas.

-Lo lamento, pero no todos los días encuentro a una chica dormida a mitad de la autovía – Me ofreció su mano para levantarme.

Me puse de pie con dificultad, y aguanté un gemido. ¡Me dolía todo!

-Tranquilo, yo… fue mi culpa – respondí balbuceando y sonrojada hasta la raíz del cabello. Que vergüenza que alguien te vea en esas condiciones.

-Descuida, he visto cosas aún peores – exclamó guiñándome el ojo, provocando que me riera un poco.

Sentí algo suave en mi mano, bajé la vista y abrí los ojos desmesuradamente, seguía sosteniendo mi mano. Al parecer se dio cuenta de mi sorpresa, por lo que inmediatamente me soltó y carraspeó mirando hacia otro lado.

-¿Eres una turista? – preguntó sin levantar la vista del suelo.

Tomé aire por la boca.

-En realidad, soy una periodista, y estoy buscando llegar a Mistic Falls – respondí recordando todos los contratiempos de ayer. Meneé la cabeza con incredulidad

El chico sonrió y sus ojos eran más enérgicos, fue imposible no corresponder a ese gesto franco.

-Yo voy de camino hacia allá– dijo haciendo un ademán hacia el trayecto delante de nosotros – Falta como un kilómetro, de hecho.

El sol me pegó de lleno en la cara, haciendo que bizqueara.

Allí seguía mi Porsche negro, contra todo pronóstico, y detrás de él, un viejo chevy rojo, con la pintura agrietada. Era lindo, a pesar de que se notaba que había pasado lo suyo; del resto, la carretera seguía silenciosa.

-¿Podrías enseñarme el camino…? – comencé a pedir por instrucciones, mas luego recordé que no sabía el nombre del chico.

-Matt – se apresuró a contestar y me estrechó la mano firmemente – Matt Donovan.

-Mucho gusto, yo soy Elizabeth Fens – contesté sonriendo. Me gustaba este muchacho, era simpático – ¿Matt, crees que podrías mostrarme el camino hacia ese pueblo? Es que ayer me perdí dando vueltas para conseguirlo.

-¡Claro, sin problema! – dijo metiendo las manos en los bolsillos de su americana negra, para sacar sus llaves y montarse en su carro, tras abrir la puerta se volteó hacia mi.

-Yo conduzco y tu me sigues, ¿si? – preguntó con la mano en la portezuela, inseguro de cómo proceder.

Se me salió una carcajada.

-A la orden capitán – dije con un saludo de marino.