CAPÍTULO 2: DESPEDIDAS
Ganondorf había sido derrotado. Después de una larga y dura batalla, había conseguido vencerlo. Los monstruos abandonaban este mundo consumidos por la rabia que les producía la derrota. Midna, la princesa del Crepúsculo, volvió a su reino y rompió el espejo que conectaba el mundo de la Luz y el del Crepúsculo para que las sombras no volvieran a atormentarnos. La despedida fue dura, pues Midna se había convertido en una gran amiga, a pesar de sus constantes burlas y bromas. Cuando hubo traspasado el portal hacia su mundo, fijé mi atención en la princesa Zelda. Varias lágrimas descendían por sus mejillas, y sus hermosos ojos estaban clavados en el espejo roto. Otra vez más me conmovió su triste mirada, y decidí hacer algo para consolarla.
- Princesa, ¿os encontráis bien?
Ella sacudió la cabeza y posteriormente la agachó.
- No es nada. Es solo que… Bueno, odio las despedidas.
Sentí un fuerte impulso de abrazarla y consolarla, pero tuve que luchar contra ello para guardar la compostura. Zelda era una princesa, y yo no era quién como para mostrar tantas confianzas con ella.
- No llore princesa. Es verdad que nunca volveremos a ver a Midna, pero su recuerdo siempre estará presente en nuestros corazones. La amistad que forjamos no perecerá jamás.
Zelda alzó la cabeza y me miró con sus ojos rebosantes de lágrimas. Pude ver en ellos algo que llevaba buscando durante mucho tiempo: alegría. Le sonreí tímidamente y ella me devolvió la sonrisa. Era francamente hermosa.
- Link, Héroe de Hyrule, no sé cómo agradeceros lo que habéis hecho por mi reino.
- Si pudierais llamarme solo Link, sería un buen comienzo.
- Solo si vos os referís a mí por mi nombre.
- Trato hecho, Zelda.
- Os lo agradezco, Link.
Los dos reímos al mismo tiempo. El sonido de su risa era encantador. Me di cuenta de que ese sería el comienzo de una bonita amistad con ella. Decidimos irnos de allí y volvimos a la ciudadela montados en Epona. Zelda fue todo el viaje aferrada a mi espalda y su cabeza apoyada en ella. Me ruboricé al sentir sus manos alrededor de mi cuerpo, y por percibir el perfume de su suave piel que me embriagaba sobremanera. Durante el camino, fuimos contemplando el ocaso. A decir verdad, solo lo pude apreciar yo, pues Zelda se quedó dormida sobre mi espalda. Sentía su pecho subir y bajar contra mi espalda, y mi nerviosismo aumentaba por momentos. Intentaba evadirlo de mi mente, pero sus manos, su perfume, su respiración… No podía pensar esas cosas sobre la princesa, así que hice grandes esfuerzos en alejar esos sentimientos de mí, sin embargo, resultaron ser en vano.
Llegamos a la ciudadela, donde la agitación de la gente era altamente notoria. Epona fue abriéndose paso entre la gente con suma precaución de no chocar con nadie. Los habitantes nos observaban sorprendidos. Supuse que sería por ver a su soberana acompañada de un extraño y además dormida, aunque no creo que le dieran tanta importancia como a lo que estaba sucediendo esa noche. Entramos en el patio del castillo, y un grupo de soldados y de hombres vestidos con trajes elegantes acudieron a nuestro encuentro. Zelda debió despertarse con el ajetreo de los hombres, pues había levantado la cabeza y los hombres la llamaban.
- ¡Mi señora, que alegría que os encontréis sana y salva!- gritó un hombre bajito, de barba canosa y vestido con un traje azul marino.
Dos soldados la ayudaron a bajarse de Epona, y yo me las apañé para bajar solo. Los soldados parecieron darse cuenta de mi presencia, porque todos me miraban y me hicieron sentir incómodo.
- Princesa, ¿qué ha pasado? ¿Dónde estabais? ¿Y quién es este muchacho?
- Tranquilícese, Sigmund, los monstruos ya se han ido. Y Link es…
- Solamente la he ayudado a derrotar al Mal, nada importante- no dejé que terminara la frase e intervine rápidamente. Estaba bastante nervioso, aparte de que no quería que supieran lo que había hecho, pues intuía que mi hazaña heroica no me dejaría vivir en calma.
- Tenemos un millón de cosas por hacer, mi señora- continuó el tal Sigmund- Restaurar las zonas dañadas de la ciudadela, atender a los súbditos, etcétera. Además, debemos saber la historia de lo realmente ocurrido.
- Está bien. Vayamos a alguna estancia del castillo que no haya salido altamente perjudicada y allí hablaremos de todo esto.
- Me parece un buen plan, mi señora.
- Link, ven con nosotros.
No quería verme involucrado en ello, pues como había dicho antes, no quería que todos me reconocieran como el "Héroe de Hyrule". No me sentía como un héroe, ya que había luchado contra Ganondorf por el designio de las Diosas y por salvar a mis seres queridos de un fatal destino. Si todos se enteraban de que yo les había salvado, dudaba mucho que pudiera volver a Ordon y continuar mi vida. Sí, quería volver a Ordon. Ver a todos era lo que deseaba.
- Lo siento princesa, pero voy a rechazar vuestra invitación. Me quedaré algunos días para ayudar a la población a recuperarse y luego volveré a casa. No creo que os sirva de más ayuda, mi señora.
Su mirada gélida volvió de nuevo. Me atravesó el alma como si se tratara de una espada afilada. En ese momento empecé a arrepentirme de mis palabras, sin embargo, Zelda cambió de semblante como quien cambia de camisa y me contestó:
- Como desees, Link. De todas formas, no dudéis en venir aquí cuando necesitéis mi ayuda.
- Os lo agradezco de todo corazón, alteza.
Hice una reverencia y monté sobre Epona para luego retirarme. Ese no era mi lugar, ni unca lo sería. Mi sitio estaba con la gente del pueblo, por eso decidí ayudarles a restaurar la ciudadela.
Pasaron varios días y llegó el momento de marcharme. Pero antes de irme, decidí ir a despedirme de la princesa Zelda y volver a ver su mirada una sola vez más. Había conseguido borrar el dolor de su mirada, cosa que me hacía sentir muy satisfecho. Los guardias me dejaron pasar y fueron a avisar a Zelda. Estuve esperando en la sala del trono, que había quedado bastante bien después de la restauración, hasta que la vi llegar. Pensé en lo hermosa que se veía aquella mañana, y luego me regañé a mí mismo por tener pensamientos tan estúpidos por ella. No había parado de pensar en ella todos esos días, y los auto-sermones que me daba no parecían hacerme escarmentar. Seguía pensando cosas estúpidas y muy impropias.
- Link- me saludó con una sonrisa.
- Buenos días Zelda. ¿Qué tal va la restauración?
- Todo va progresando y mis súbditos parece que ya se están empezando a calmarse.
- Eso es una buena noticia.
- Link, te vas ahora, ¿verdad?
- Así es. Tengo que regresar a Ordon.
Se produjo un silencio incómodo en el que Zelda empleaba su hermosa mirada para observarme seriamente. Después de eso habló:
- No me gustan las despedidas, pero entiendo que debes regresar a tu hogar. Al menos puedo agradecerte una última vez todo lo que has hecho por Hyrule… Y también por mí.
Me sonrojé y ella me imitó. Todo el tiempo que había pasado allí no había dejado de darme las gracias.
- Y yo puedo decirte una última vez que no hace falta que me las des.
Ella rió suavemente y acto seguido se acercó a mí y súbitamente me abrazó. Me quedé paralizado sin saber reaccionar. Sentía la calidez de su cuerpo envolviéndome y era una sensación muy agradable. Al final acabé correspondiéndole el abrazo.
- Link, eres un gran amigo. Te echaré de menos.
- Yo también.
Nos separamos y nos quedamos a pocos centímetros uno del otro. Mi corazón se aceleraba y mi respiración se agitaba. Tenerla tan cerca era tan maravilloso…
- Link… Vuelve pronto…
Se separó de mí y abandonó la sala. Yo me quedé embobado mirando como su delicada figura se alejaba lentamente, hipnotizado por el suave y elegante balanceo de su cuerpo al caminar.
Después de largas horas de viaje, Epona y yo llegamos a Ordon. Todo el pueblo se acercó a darme la bienvenida, emocionados por verme de nuevo.
- ¡Link! ¡Link!- gritaban los niños mientras corrían hacia mí.
- ¡Talo, Lalo, Iván, Bea! ¡Qué alegría volver a veros a todos!
Me bajé de Epona y los niños se abalanzaron sobre mí y casi me hacen caer al suelo.
- ¡Link!
Reconocí al dueño de aquella voz: era Ilia. También corrían hacia mí y acabó dándome un fuerte abrazo.
- ¡Has vuelto!
Todo el mundo lloraba de alegría y me abrazaba. Estaba feliz de volver a casa. Me estuve hasta el anochecer contándoles a todos mis aventuras y los sitios que había visto, y los niños e Ilia se quedaban fascinados por mis historias. Después de eso quise acudir a la fuente de Latoan para despejar un poco mi mente de tantas cosas y estar un rato solo. Me senté al borde de la fuente y observé mi reflejo en el agua cristalina. Me vino una imagen a la cabeza: Zelda. No podía parar de pensar en ella. Empecé a sentir el anhelo de volver a su lado, pero no podía quedarme en la ciudadela. Deseaba verla todos los días sonreír, ver sus preciosos ojos, escuchar su dulce voz…
- Vaya vaya, veo que ya estás huyendo de nosotros.
Era Moy el que hablaba. Se sentó a mi lado y miró la fuente.
- Solo buscaba un poco de tranquilidad.
- Si quieres puedo marcharme.
- No pasa nada, quédate si quieres.
Estuvimos un buen rato callados, hasta que Moy decidió empezar la conversación.
- Dime Link, ¿no echarás de menos eso de enfrentarte a mil peligros y vivir aventuras?
- La verdad es que sí, pero no me queda otra que quedarme en Ordon.
- Eres un gran espadachín, Link. Desde que te empecé a enseñar a usar la espada vi la destreza que poseías manejándola. ¿Seguro que no vas a volver a empuñar una nunca más?
- Aquí en Ordon no tengo con quién enfrentarme.
- Estoy yo.
- Ya, pero tú seguro que me ganas, Moy.
Reímos al mismo tiempo. Era cierto que Moy era mejor espadachín que Link. Él le había enseñado todo lo que sabía.
- ¿No te gustaría convertirte en un caballero?
- ¿Qué?
- Podrías ir a Hyrule y hacer las pruebas para entrar en la Guardia Real. Te gustaría eso, estoy seguro. Además, conoces a la princesa, y eso puede jugarte puntos a favor.
- No voy a aprovecharme de la amabilidad de la princesa para conseguir un puesto. Eso sería egoísta.
- Pero, ¿qué me dices? No estaría nada mal ser caballero. Algún día a lo mejor incluso llegas a ser el capitán.
Me quedé pensativo durante un rato. Ser caballero sería algo increíble, pero tendría que irme de Ordon, y no sé si quería eso. Acababa de regresar de una gran aventura, y no quería irme tan pronto. Tampoco estaba lo suficientemente preparado, pues en la Guardia solo entraban los mejores hombres de todo el reino. Sin embargo, había un punto a mi favor, y era que podría estar cerca de Zelda. No sé de dónde venían esos deseos de estar con ella, pero no podía remediarlos. Por ella sería capaz de abandonar mi hogar de toda la vida y hacerme caballero. Solo por ver sus preciosos iris brillar con la luz del sol sería capaz de cualquier cosa. Pero, para conseguirlo tendría que mejorar mucho y dominar el arte de la espada. Sabía que ya era buen espadachín, pero no me bastaba con eso. Tenía que ser el mejor para asegurarme el puesto. Tenía que hacerlo si quería estar con Zelda.
- Dime, Moy, ¿te gustaría entrenar a un futuro caballero de la Guardia Real de Hyrule?
- Sería un honor para mí, Link.
