Había pasado casi una hora cuando Cedric decidió que no era correcto delegar su tarea de canguro en una niña de doce años como Sofía. Él era quien se suponía que tenía que cuidar de su sobrina, no la princesa. Una vez más estaba demostrando un comportamiento para nada propio de un adulto responsable. Y todo por una estupidez.
Sólo había sido una fantasía infantil entre dos niñas, no tenía nada de malo. ¿En qué estaría pensando, reaccionando de esa manera? Se había comido el coco por un pequeño juego inocente. Probablemente ellas ya lo habían olvidado…
Cuando abrió la puerta de la habitación de Sofía, después de esperar por su invitación, casi le dio un infarto con lo que había ante sus ojos.
Toda la estancia estaba decorada con guirnaldas y lazos, había un altar preparado frente a la ventana. En el centro de la habitación, un ángel con un vestido blanco de satén y un velo sobre la tiara le miraba con ojos de cielo.
― Oh, hola, Señor Cedric.―saludó el ángel Sofía, con una deslumbrante sonrisa que le arrebató al mago el aliento.
― ¡Tito Ceddy!―exclamó Calista, molesta― ¡No está bien ver a la novia con su vestido antes de la boda!
― ¿B-b-boda? ¿C-c-cuál boda? ―balbuceó él con nerviosismo.
― ¿Pues cuál va a ser? La tuya. Con Sofía.
― ¿Qué?―Cedric no conseguía procesar la información con la princesa acercándose a él.
Sofía soltó una risita cantarina y él estuvo a punto de retroceder ante su cercanía de la impresión que le producía su absoluta belleza.
― Verá, Señor Cedric. Resulta que su hermana está asistiendo a una boda hoy. Pero lamentablemente no ha podía llevar a Calista consigo. Entonces se le ocurrió jugar a las bodas conmigo. Y… bueno, ella insiste en que usted debe hacer el papel del novio.―explicó ella― No es más que un juego que se ha inventado, por favor, no se enfade.―pidió humildemente.
¿Enfadarse? ¿Por un juego? ¿Por un tonto, estúpido y ridículo juego de niñas? ¿Qué clase de adulto haría algo así? ¡Qué disparatada idea! Por supuesto que todo era una absurda actuación para complacer a Calista, de eso se trataba hacer de canguro, después de todo. ¿CÓMO IBA ÉL A SENTIRSE MAL POR DESCUBRIR QUE NADA DE AQUELLO TENÍA REALMENTE QUE VER CON ÉL O CON SOFÍA?
― N-no, tranquila. L-lo entiendo.―dijo tristemente. Entonces soltó una torpe carcajada para enmendar su actitud―Digo… ¡por supuesto que es un juego! Ya lo sabía. No estoy enfadado. ¿Por qué iba a estarlo?―volvió a reír sin ganas.
― Entonces, Tito Ceddy, ¿Jugarás con nosotras?―preguntó Calista entusiasmada, dejándole de nuevo en estado de shock.
― ¿…Qué…?
― ¡Por fa! Sólo faltas tú.―los ojos de su sobrina brillaban con expectación y sus manos estaban entrelazadas en ruego.
Cedric tragó saliva. Miró a Sofía, después a Calista y después de nuevo a Sofía. La princesa tenía una expresión de calma maternal y feliz tranquilidad que le estaba sacando de quicio. ¿Por qué era él el único que estaba nervioso con todo aquello? ¿Por qué aquella niña tenía que ser tan ridículamente madura en todas las situaciones? Le hacía quedar como un patán. ¡Él era el adulto allí! ¡No era ningún niñato! Y si tenía que jugar a las bodas con una par de chiquillas para demostrarlo, eso haría.
― Bueno, si tanto lo quieres, lo haré, qué remedio. ―respondió Cedric encogiéndose de hombros, fingiendo una seguridad e indiferencia que no sentía―¿Qué tengo que hacer?
Veinte minutos después, Cedric y Sofía estaban frente al altar presidido por Calista, que oficiaba la ceremonia con ridícula ominosidad.
Cedric intentaba no mirar a la novia, pues no podía hacerlo sin sonrojarse furiosamente. Él iba vestido con una túnica blanca de gala que Calista le había conjurado. No era el atuendo que él hubiese escogido para la ocasión, pero no iba a poner quejas acerca de cómo su sobrina llevaba a cabo su juego.
Después de aclararse la garganta con formalidad, Calista alzó los brazos y comenzó su discurso.
― Nos hemos reunido hoy aquí para honrar al Tito Ceddy y a la Princesa Sofía en sagrado… ¿casamiento?
― Matrimonio.―corrigió Sofía.
― Eso. En sagrado matrimonio. ¡Y si alguien tiene alguna razón para molestar porque no quiere que se casen, que lo diga ahora o si no ya no vale!
Cedric se estaba pellizcando el puente de la nariz con bochorno cuando una voz a su espalda sorprendió a todos.
― ¡Yo objeto!―gritó la Princesa Amber desde la puerta, luciendo totalmente escandalizada con lo que veía.
El mago soltó un agudo chillido de pánico y Calista se cruzó de brazos desafiante.
― Oh, hola Amber.―saludó Sofía, calmada.
― ¿Se puede saber qué está pasando aquí?―preguntó la princesa rubia acercándose a ellos a zancadas.
― Jugamos a las bodas―respondió su hermana sonriente, sin alterarse ni un ápice.
― ¿Es que tienes algo que decir para que estas dos personas no se casen?―inquirió Calista, claramente molesta.
― ¡Calista!―la reprendió Cedric―Por favor, alteza, no es lo que parece… Yo sólo…
― No podría estar más de acuerdo contigo, Cedric.―dijo Amber, seriamente―Porque esto no se parece en NADA a una boda.
― ¡¿QUÉEEEE?!―exclamó Calista indignada.
― Esto―continuó Amber, señalando a su alrededor― Una burla. Un chiste. Una afrenta al sentido del gusto. ¿A quién se le ha ocurrido esta horrenda combinación de colores? Y tu vestido, Sofía… Tienes mil cosas que te quedarían mejor que esto. ¡Eso que llevas en la cabeza ni siquiera puede ser llamado velo! Y… y…― con las manos en las caderas, observó al mago de cerca haciéndole temblar de terror―¿¡Y este qué lleva puesto!? ¡Por favor!
― ¡Amber! No seas tan dura, Calista se ha esforzado mucho.―la regañó Sofía.
La niña pequeña estaba casi al borde de las lágrimas. Al verla, Amber se llevó una mano a la boca, arrepentida.
― ¡Oh, no! Calista, cariño. No pretendía insultarte. No… ven aquí.―de disculpó y la abrazó cariñosamente.―No te preocupes, no todo el mundo sabe organizar una buena boda. No es nada malo. ¿Pero sabes qué? Que ahora que yo estoy aquí todo va a ir como la seda, te lo prometo.
― Tú… ¿Nos ayudarás?―preguntó Calista, esperanzada.
― Te voy a preparar la mejor boda del mundo―declaró la princesa, orgullosamente.
― ¡Genial! Amber es una perfecta organizadora, ya lo verás, Calista.―dijo Sofía felizmente.
― Muy bien, ¿pues a qué esperamos? No hay tiempo que perder. Lo primero, nos mudamos de aquí, esto es un dormitorio, no una capilla. ―dijo tirando de la cuerda conectada a la campanilla para llamar a los criados. Una sirvienta apareció por la puerta de inmediato.
― ¿Sí, Princesa Amber?
― Quiero a diez criados en el recibidor. Y a la modista. Que precalienten los hornos en la cocina, necesitaremos una tarta de boda de cinco pisos. Ah, y que recojan flores del jardín para decorarlo todo.
― Sí, alteza―la sirvienta se dispuso a marcharse enseguida, pero entonces se giró― ¿Qué clase de flores, alteza?
― ¡Vaya pregunta! Pues violetas, claramente. ¡Y que sean violetas pálidas!
