Saliendo del cine, caminando por las frías calles de una concurrida ciudad danesa, dos personas van bromeando, riendo, sonriendo.

Todo a su alrededor está pintado de un angelical blanco, la nieve cubre cada pequeño rincón, incluyendo el pompón del gorro que trae la chica.

El chico sonríe, sacudiendo la nieve de aquel lugar, para después dejar un beso en la nariz de su acompañante.

—Tengo las manos heladas, Al. No me pidas que te acaricie la mejilla ésta vez —dice la rubia, sonriéndole al estadounidense.

El joven se quita un guante y lo pone en una de las delicadas manos de la danesa, para sujetar la otra y que ella pudiera sentir la calidez en éstas. Ella sonríe y se acerca para dejar un beso sobre los fríos labios del norteamericano, entrelazando sus dedos en el proceso.

—Vamos a casa, Alfie. Debe haber algo de chocolate ahí.
—Claro, pero tú lo haces, que te queda delicioso~.

Una breve discusión sobre quién hace el mejor chocolate caliente que no posee ganador y ambas personas –bromeando, riendo y sonriendo aprietan sus manos, trasmitiendo aquel ansiado calor al otro– emprenden camino de vuelta a su hogar.

Aunque para ambos, el hogar está donde el otro esté.

—Jeg elkser dig, Alfie.
—I love you too, cutie face.