Sólo unas horas más y esto terminaría. No tenía más que introducirse al santuario tan sigilosamente como salió, casi al alba, y atravesar el camino hasta piscis. Con algo de suerte, no se encontraría a ninguno de sus compañeros en el trayecto por las doce casas. Era lo que menos quería después de haber logrado evadir durante todo el día las fastidiosas felicitaciones.
Al encontrarse finalmente ante las escaleras, suspiró antes de comenzar a subir, rogando en sus adentros no ser notado. En ocasiones como esa, detestaba enormemente habitar el último templo. Afortunadamente, ninguno de los once guardianes salió a su encuentro. Bajo otras circunstancias, no habría dudado en valerse de su afilada lengua para poner sobre aviso a su ilustrísima, pero hoy no podía sino agradecer la pereza o descuido de sus compañeros de armas.
Sintiendo como si su alma descansara, atravesó el umbral de su templo con nada más en mente que darse un baño e ir directo a la cama. Sin embargo, algo llamó su atención cuando caminaba por la sala. Sobre su mesa de centro había dos bellos arreglos florales, cada uno colocado en un finísimo florero. No había necesidad de leer la tarjeta que junto con las flores venía, sabía perfectamente quién era el remitente, y a pesar de lo lindo del gesto, no pudo evitar sentirse bastante disgustado. Si realmente quería hacerlo feliz, debía haberse ahorrado la molestia, tal y como él se lo había pedido días atrás. Aunque la verdad era que no podía culparla, ¿cómo iba a saber ella que ese día se encontraba de luto?
Sin prestarle más atención al detalle, se dirigió a su habitación, esperando no encontrar más "sorpresas", pero al encender la luz, su mandíbula prácticamente cayó al suelo ante la visión que contemplaban sus ojos: vistiendo unas diminutas bragas de encaje, su hermosa amazona yacía dormida sobre la cama. Las medias de red, sujetas de un liguero a juego, acentuaban la sensualidad de sus largas piernas, ataviadas con unos tacones mucho más altos que los que solía utilizar; y la belleza de su piel clara y tersa se veía realzada con la crema batida untada sobre su torso desnudo. Ante semejante escena, sólo pudo exclamar una cosa.
—Mis sábanas de seda.
Como el histérico que era, se apresuró a acercarse a la cama para evaluar los daños: por lo menos la mitad de la superficie de sus sábanas se había embarrado de nata con los movimientos involuntarios de su bella durmiente. Si las lavaba antes de que las manchas se secaran, posiblemente lograría salvarlas. Sin perder el tiempo, sacudió ligeramente a Shaina por los hombros.
—Shaina, Shaina, despierta. Shaina.
Los insistentes zarandeos, más que los llamados de él, surtieron efecto de inmediato. Poco a poco fue abriendo los ojos, dedicándole una sonrisa al encontrarse con el rostro del santo, a pesar de sentirse muy apenada por haberse quedado dormida.
—Por fin llegas. Fe…
—Levántate —la interrumpió antes de que se atreviera a pronunciar las aborrecidas palabras— no hay tiempo que perder.
—¿Cuál es la prisa? Tenemos toda la noche para celebrarte.
No dudó en apartarla de sí en cuanto la vio incorporarse para extenderle los brazos. Era lo único que le faltaba, que encima de venir hasta su templo para recordarle una fecha tan deprimente y de arruinar su fina ropa de cama, lo dejara a él todo mugroso.
—Querida, si quiero rescatar lo que queda de mis sábanas, tengo que actuar ya. Ahora, si no vas a ayudar a reparar el desastre que has hecho…
—No puedes estar hablando en serio —esta vez fue ella quien interrumpió mientras se levantaba de golpe, permitiéndole sus tacones mirarlo directamente a los ojos.
— ¡Hablo muy en serio! ¿Tienes alguna idea de lo que me va a costar sacar todas estas manchas?—haciéndola a un lado, se dedicó a retirar maniáticamente las sábanas de la cama.
— ¡¿Vamos a pasar por esto de nuevo?! ¡¿Tan importantes son esas malditas cosas como para ponerlas por encima de mí?!
Repentinamente, la situación comenzó a causarle gracia a Afrodita hasta cierto punto, por lo que no pudo contener una sarcástica risa que hizo enfurecer todavía más a la amazona.
—Quisiera que pudieras escucharte para que te dieras cuenta de lo ridícula que suenas. Cualquiera diría que tienes celos de otra mujer.
—¡Pues preferiría estar sintiendo celos de una zorra que de un montón de trapos!
En ese instante, el pisciano se giró hacia ella con los ojos entrecerrados. Lo estaba llevando a sus límites.
—Mucho cuidado con lo que deseas, puede que se haga realidad.
Estupefacta, permaneció inmóvil, con el rostro desencajado, viendo cómo ante su perplejidad, Afrodita se disponía a salir de la habitación con las sábanas en sus manos.
—Si no hay nada más que tengas que decir, hazme el favor de retirarte. Tengo mucho trabajo que hacer —retándola con la mirada, se quedó al lado de la puerta, esperando para darle el paso.
