Antes de comenzar con esto, quisiera decir que si me he apartado tanto de esta pareja ha sido porque con los avances que ha tenido la historia de One Piece poco a poco se me va la fe :/ no es que yo creyera ciegamente que Robin y Zoro terminarían juntos, pero cuando menos que me den algo de qué aferrarme TT-TT

Al mismo tiempo, creo que he comenzado a ver sus personalidades y sus historias desde otras perspectivas, y comienzo a sentir que una relación entre ellos sería algo incómoda si no está bien fundamentada. He tratado de abordar eso al escribir, pero hasta ahora no he conseguido algo que me deje satisfecha.

Traigo este oneshot/ continuación que tiene meses y meses en mi laptop. Decidí que quiero publicarlo principalmente por el hecho de que me gusta la temática odio-amor que podría (reitero, podría) desarrollarse entre ellos dos, que por lo pronto, me parece, es la manera más sencilla y realista que se me ocurre de que pudieran terminar juntos. A final de cuentas, me parece que tiene más angst que romance. Pero bueno.

Mientras tanto, sigo en el fandom de Rise of the Guardians. Espero que la inspiración con esta pareja (ZoRo) me vuelva pronto.

Canción recomendada: I'd still kill you, de Nostalghia.

Bulletproof

Capítulo extra: I'd still kill you

Robin apareció en la estancia con una taza de café en las manos. Se acercó al sillón, donde Zoro, con un viejo libro abierto sobre su cara, se había quedado dormido poco elegantemente un rato antes. Robin dejó salir una pequeña risa y se lo quitó, lo cerró y lo dejó sobre la mesilla de la sala. Se sentó en el piso, a lado del sillón, y bebió su café lentamente mientras sus dedos se intercalaban entre el cabello verde, que había crecido uno o dos centímetros desde que lo conocía.

Zoro miraba las manos de Robin mientras ella escribía. Eran bellas manos. Morenas, largas. Dedos delgados. Uñas limpias, sin pintura. No muy delicadas, acostumbradas a trabajar. Las veía cuando escribía, cuando dibujaba, cuando cocinaba, cuando agitaba la cuchara en su café. Robin no solía notar cuando él miraba sus manos, y él estaba agradecido por ello. Era casi como una debilidad. Sin que ella lo viera venir, Zoro tomó su mano, haciendo que ésta deslizara la pluma sobre el papel haciendo una línea indeseada. Robin estuvo a punto de protestar, hasta que Zoro besó sus dedos.

Robin presionó su mano contra el rostro de Zoro. Negó con la cabeza una o dos veces antes de tomar la compresa, humedeciéndola con agua fría antes de ponerla en su frente. Zoro sonrió.

-No estoy enfermo-, dijo, su voz en un tono bajo, casi bromeando, a sabiendas que la mujer no iba a hacerle caso. Robin no sonrió.

-Lo estás. Ya hablamos de esto.

-No es tu responsabilidad. Puedes irte si quieres.

Las manos siguieron trabajando, desnudándolo poco a poco, sin pasión, con precisión.

-El medicamento te hará sentir bien- contestó ella sin poner atención a lo que acababa de decirle-, por lo pronto, duerme.

Zoro no contestó, y dejó de protestar. Cuando Robin le dio un pequeño beso en los labios, cerró los ojos y no tardó en quedarse dormido.

Robin corrió con fuerza por el callejón. Cuando vio el auto corrió aún más rápido. Entró, prácticamente lanzándose adentro. Cerró la portezuela apenas a tiempo antes de que Zoro acelerara con todas sus fuerzas, perdiéndose en la noche. Se estacionaron lejos del edificio. Subieron al departamento a toda la velocidad que sus piernas les permitían.

Cuando estuvieron en el interior, se sentaron en la sala. Zoro encendió el televisor, y siguieron la persecución por el noticiero. Una vez que terminó, soltó un suspiro y lo apagó presionando fuerte el control remoto. Robin se quedó sentada frente a la televisión hasta que Zoro se puso de pie, caminó dando vueltas y finalmente lanzó el control al suelo, haciendo casi que se despedazara.

-¿Cuántos?

Ella no se movió. El impacto del control remoto contra el suelo era mucho menos de lo que ella hubiera esperado, acostumbrada como estaba al maltrato al que había sido sometida desde que se había involucrado con Baroque Works.

-Los que fueron necesarios.

Pero Zoro no era así. Él jamás le pondría una mano encima.

Así que solamente se quedó un momento de pie, como contemplando lo ocurrido. Como una tormenta, salió del departamento dando un portazo.

Su celular había quedado sobre la mesa. Robin lo tomó, y se lo iba a llevar cuando comenzó a sonar.

Revisó la pantalla. Era Nami, llamando desde la oficina.

No contestó. Cuando desistió, Robin vio en la pantalla que tenía más de 10 llamadas perdidas en la última hora.

Por ella, Zoro había dejado de lado su trabajo.

Robin regresó de la cocina cuando hubo dejado los platos. Se quedó de pie en la puerta viendo a Zoro, que recargaba hacia atrás su cabeza con expresión satisfecha luego de la cena.

-La comida estuvo deliciosa- comentó con una media sonrisa, un tanto burlona. Él no la miró.

-Gracias, me costó trabajo marcar a la pizzería.

Robin se acercó, aliviada de que ya no estuviera molesto con ella. Sin embargo sabía que algo lo tenía, sino molesto, cuando menos preocupado. Podía verlo de algún modo en él. Se paró tras el sillón y comenzó a dar, con sus dedos, un suave masaje en sus hombros.

-¿Mucho trabajo?

Zoro asintió, cerrando los ojos y disfrutando de la sensación.

-Hay demasiadas cosas en este momento. No he dormido bien.

Robin suspiró y recargó su cabeza contra la de Zoro.

-Quizás esto fue mala idea desde un principio.

-No, hubiera pasado en cualquier momento- una de sus manos subió hasta tomar la que Robin tenía en su hombro-. Solo hay que tener cuidado.

Robin suspiró y decidió que se adelantaría a la habitación. Zoro se quedó un buen rato en la sala, pensando.

Solo pensando.

A veces caminaban por la playa tomados de la mano.

Robin se inclinaba cada tantos pasos a recoger conchas y caracoles.

Cuando hacía esto, Zoro siempre la miraba fijamente, sin soltarla.

A veces pasaban días y días sin verse. A veces se preguntaban si el otro seguía con vida.

Cuando volvían a verse ninguno demostraba la preocupación.

-¿Te encuentras bien?

-Sí. Tengo un par de días libres.

Y ordenaban algo de cenear. Se sentaban a ver alguna película. Se iban a dormir un poco después de la media noche.

Al día siguiente uno partía antes que el otro. El otro jamás demostraba su agonía.

Era de madrugada cuando Robin llegó al departamento y entró en la habitación sin hacer ruido. En lugar de meterse a la cama, se quedó sentada en una orilla mirando hacia el piso con la espalda encorvada. Hubiera sido tonto pensar que su amante no lo notaría.

Zoro se incorporó poco a poco, como si no quisiera que se diera cuenta. Finalmente, soltó un suspiro.

-¿Por qué no te acuestas?

Robin tardó en contestar. Zoro se dio cuenta de que trataba de ocultarle que estaba llorando.

-Huelo a sangre.

Zoro no dijo nada más. Bajó de la cama y caminó hacia ella. La levantó en sus brazos y la llevó al baño, la desnudó y la metió en la tina, que llenó con agua caliente. Ella no se movió mientras él le limpiaba la piel de las manchas marrones y lodosas que la cubrían. Ninguno dijo nada. No sería la única ocasión en que Robin llegaría en ese estado, y con el paso de los meses, esta escena volvió a repetirse, con pocas variaciones y dos constantes; el dolor casi incapacitante de Robin, y la profunda preocupación de Zoro.

Hubo un sonido seco, y luego silencio.

La cachetada que le dio ese día fue una de las muchas gotas que estaban derramando el vaso. Zoro se quedó dónde estaba. Robin se tambaleó hacia atrás, tal era la fuerza que le había dado a su mano.

Peleas habían tenido muchas. Esta había sido la peor por mucho.

Zoro normalmente era un hombre compuesto, y no dejó de serlo aun alzando la voz. Su estabilidad sorprendentemente le ganó a la de Robin, habitualmente tan estoica como él, sino es que más.

Se quedó quieto, entonces, esperando a que todo tocara fondo.

Se acercó a la mesilla, tomó su pistola y se la acomodó en el pantalón, tomó su placa y la acomodó en el interior de su saco.

-Solo dije la verdad- repuso con serenidad, aunque se notaba que su voz iba perdiéndose un poco-, puede que ambos seamos asesinos. Pero al menos yo estoy cumpliendo con un deber honorable. Yo no robo, ni miento, ni asesino, ni me meto con la primera puta que se me ponga en frente.

Al escuchar esto último, Robin huyó del departamento. Zoro ni se inmutó; se imaginó que tarde o temprano volvería, quizás antes que él.

Recordó cuando la conoció pensando que se había topado con un ángel. Recordó que había imaginado que detrás de esos hermosos ojos azules debía de haber una vida de paz y tranquilidad que deseaba compartir para deshacerse un poco del desastre que él llamaba vida.

Cuán equivocado estaba.

Tanto que casi comenzaba a arrepentirse.

-Tú también lo hubieras hecho.

-Por supuesto que no.

Del otro lado de la mesa, Zoro la observaba sin misericordia. La única razón quizás por la que ambos guardaban aun la compostura era porque se encontraban en un lugar público.

-Es mi trabajo. Tú tienes el tuyo. Hay muchas cosas que tengo que hacer para poder…

-¡¿Y era realmente necesario…!?

Varios ojos voltearon hacia él. Zoro se encogió en su silla y la volvió a mirar, susurrando ahora.

-¿Y era realmente necesario que te acostaras con ese sujeto?

Robin miró hacia un lado, cruzando los brazos. Soltó un suspiro. Zoro esperó su respuesta hasta que los hermosos ojos azules se alzaron desde el piso y llegaron a toparse con los suyos.

-¿Era necesario que te acostaras con Tashigi aquella vez?

Zoro apretó los labios. Frunció el ceño y sus ojos parecieron afilarse, como cuchillos dirigidos hacia ella. Robin ni se inmutó.

-Eso fue distinto. Llevábamos dos días de conocernos, ¿cómo crees que me sentí cuando supe quién eras?

Había bebido hasta casi perder la consciencia y había buscado consuelo en el cuerpo de otra mujer. Cualquier mujer. No había funcionado.

-Además, en ese entonces tu y yo ni siquiera teníamos una relación.

-¿Y ahora sí la tenemos?

Un contragolpe drástico. Zoro respiró rápida y profundamente, sorprendido por lo repentino del impacto. Robin negó con la cabeza.

-¿Tenemos una relación, Zoro? ¿Tenemos un acuerdo? ¿Tenemos estabilidad?

Zoro no contestó.

-¿Tenemos algún futuro?

-Si es eso lo que quieres, te lo daré. Sólo dímelo. Si es eso lo que quieres haré que funcione.

Robin negó con la cabeza, se puso de pie repentinamente y salió del lugar.

Zoro se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que se dejara ver de nuevo.

Esta vez solo fueron dos semanas.

Robin arqueó un poco la espalda y apretó los labios, sin dejar que sonido alguno escapara de ellos. Zoro acarició sus senos y mordió uno de sus hombros mientras su cadera se movía contra la de ella como si estuvieran coordinados, sin ponerse de acuerdo realmente, en silencio, manos enredadas en el cabello, en la cintura, piernas confundidas, pieles húmedas, ojos nublados, voces incoherentes, uñas clavándose en la espalda, dientes mordiendo aquí y allá, besos húmedos y profundos, y una penetración rápida, casi dolorosa, o lenta y sofocante.

Con el rostro de Zoro a un par de centímetros del suyo, Robin no podía evitar preguntarse si le había arruinado la vida.

Supuso que sí.

Zoro era fiel. No era amoroso, cariñoso o tierno, pero cuando se entregó a ella, lo hizo sin medidas, sin restricciones, todo él, solo para ella. La había esperado, la había protegido, había compartido sus secretos y su intimidad. Y quizás ella no le demostraba corresponder del todo a este sentimiento que le profesaba, pero al menos lo estaba intentando.

Alguna vez dijeron amarse, entre las sábanas, con las mentes confundidas. Ninguno de ellos sabía si habían hablado en serio. El amor sonaba como algo demasiado puro para estarlo sintiendo uno por el otro. Para que este par de monstruos pudieran sentir algo tan puro…no, simplemente no era posible.

Pero si no era amor, Robin supuso que esta combinación de deseo, cuidado, protección, posesión, celos, y odio en su estado más puro, se acercaba bastante a ese sentimiento que todos se empeñaban en llamar amor.

Robin no solía fumar, pero esa mañana se sintió con ganas de hacerlo.

Con el cigarrillo entre los dedos, con la sábana cubriendo hasta su pecho, repasaba el diario en una secreta búsqueda de información sobre los hechos del día anterior. O al menos eso creía. Sus pesquisas "discretas" no le pasaban por alto a Zoro, que normalmente la dejaba ser.

A unos pasos de ella, él se vestía después de un buen baño.

Ropa interior. Pantalones.

Andaba un rato por la habitación, sin camisa. Le daba un trago a su café.

-¿Te casarías conmigo?

-Sabes que no.

Una sonrisa compartida.

Zoro le quitó el cigarrillo de los dedos a Robin y le dio una calada antes de devolvérselo.

-Has estado más inquieto que de costumbre. ¿Pasa algo?

-Ambos sabemos qué pasa.

Robin despegó su mirada del diario mientras Zoro se sentaba a la orilla de la cama, junto a ella que seguía recostada.

-Está bien. Supongo que ambos lo sabíamos.

-Tarde o temprano, nos encontraremos en la línea de fuego.

-¿Y qué harás cuando eso pase?

Zoro era un buen tirador y un excelente detective, quizás el mejor policía de todo el sistema. Robin era la asesina más inteligente, buscada y letal en más de veinte ciudades del país. Sus caminos no solo se habían cruzado. Ahora, estaban cada día más cerca de chocar, colapsarse y destruirse. Robin supuso que igual le podía llamar a eso "amor".

Le acarició el rostro y lo besó.

-Igual te mataría-, sonrió-, y espero de ti lo mismo.

Zoro tomó la mano que acariciaba su mejilla y la llevó a sus labios. Cómo amaba a esta mujer.

Y por eso, sabía que llegado el momento, sin temores ni dudas, la mataría.

Fin

Es algo corto, pero me deja satisfecha.

¿Merezco un review?

Jajajaja, saludos, besos y abrazos.

Aoshika