Aveces esconder secretos implica destruir el orgullo de un Rey en un sucio tablero de ajedrez
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Ciel's Diary
by
Crosseyra
Capítulo I: Bienvenido al Juego.
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Bien, esto es un asco, en todo el extenso sentido de la palabra.
Primero que todo, solo es una reunión familiar, nada más que eso, pero Rachel actúa como si hubiéramos ganado la lotería o estuviéramos a punto de dar una conferencia en público, en otras palabras más generales y básicas, está dándole demasiada importancia a la imagen que podríamos dar.
No es que mi madre no haya sido de esa manera en algunas ocasiones, de hecho Vincent ha dado unas cuantas conferencias a lo largo del éxito de sus empresas y mamá ha llegado a amenazarle si "metía la pata" o daba una mala imagen de la familia Phantomhive, pero con lo que concierne a los familiares jamás la vi comportarse de esa manera.
Bueno, supongo que está emocionada.
Rachel dice que la joven con la que Edward va a casarse es hija de un exitoso empresario dedicado a la hotelería y que su apellido es Michaelis. Jamás oí tal patronímico, pero creo que es porque no leo mucho los anuncios publicitarios de hoteles, hospedajes ni mucho menos la sección de viajes, sin mencionar que cambio de canal cuando comienzan a dar propaganda en la TV.
Mamá está algo eufórica, me ha dicho que me vista con el traje que tengo guardado en el armario que uso solo en "eventos importantes". Eventualmente, me negué.
No pienso usar un traje tan formal en reuniones de ese tipo, es decir, nos reuniremos con la familia, no es que fuéramos a salir en la TV o fuera algún tipo de "reunión de negocios", solo vamos a conocer a la prometida del mayor de los Middleford (lo cual me importa un rábano, pero tengo más que claro que luego de ello tendré mi recompensa) y a "compartir" un poco con ella, sin embargo, no me interesa, solo tomaré nota sobre la chica.
Pasando a otro tema, trataré de llevar mi dietario conmigo, ya que no pienso arriesgarme a que alguien lo encuentre entre mis cosas y ose leer cada página escrita de él descubriendo algunos asuntos que, si bien están en el pasado, no significa que no pueda meterme en problemas por ello.
Normalmente no salgo de casa los fines de semana, por lo cual no me preocupo en lo más mínimo si el diario está custodiado por mí, en mi habitación, pero ahora que saldremos por parte de la tarde de hoy no puedo arriesgarme, menos aún si hoy es cuando Arianne (la mucama) entra a las recámaras para asearlas.
La mujer es chismosa y siempre que paso cerca de la cocina está cuchicheando con sus pares sobre cualquier tema que pueda ser "material para discutir" con las demás sirvientas, odio esa actitud. A la única sirvienta la cual no la he visto chismorrear es Maylene (la ama de llaves), siempre que la veo está hablando con Bard (el chef) y Finnyan (El jardinero), pero no les he escuchado hablar más que temas triviales y fútiles.
En fin, tomaré prestado un bolso de Tanaka para poder traer conmigo a la reunión el diario, una libreta, un bolígrafo y mi consola portátil, sé que en más de una ocasión me hastiaré de observar a la chica sin poder extraer nada de ella que sea relevante. Relevante para mí, claro está.
De todas formas tendré cuidado con lo que respecta a este insignificante cuadernillo y tomaré nota de la chica, sé que puedo sacar algo de la señorita "Michaelis"…
El chico levantó la mirada con algo de hastío y observó la puerta de su alcoba. Habían estado tocando un par de veces en ella, sin embargo, no se había dignado a levantarse a abrir la puerta, estaba demasiado concentrado en lo que hacía como para que se desquebrajara su "armonía". Concorde los segundos pasaban, los golpes se hacían cada vez más insistentes, por lo cual no le quedó más que atender el molesto llamado.
— ¿Quién es? — interrogó el muchacho en un sonoro gruñido engorroso, mientras tomaba el libro de la cama y lo posaba bajo el cojín de su litera con tal de ocultarlo de la vista de todos. Como bien había dicho, nadie se había enterado hasta ahora de la existencia de aquel cuadernillo en su posesión, y tampoco deseaba que lo descubrieran, que pasara por ignoto era lo más sensato para todos.
Se quedó un momento varado frente a la entrada de su habitación, mas ninguna respuesta escuchó al otro lado de la puerta. Bufó molesto encogiéndose de hombro y se dispuso a volver a tumbarse sobre la colcha de su cama para retomar su escritura.
Pudo oír un par de pasos en el pasillo, pero prefirió no tomarle importancia alguna. Luego de algunos minutos volvieron a tocar a su puerta, ahora, con más obstinación.
— ¿Señorito Ciel? — pudo advertir una voz algo grotesca que provenía de las afueras de su recámara. Dio un largo suspiro exasperado y, con todo el aburrimiento del mundo que podría haber tenido, se levantó nuevamente de su lecho y se acercó a la puerta con lentitud, arrastrando los pies sobre la madera del suelo.
— Espero que no se le ocurra hacer preguntas… — susurró el chico para sus adentros al momento de que se disponía a abrir la puerta de su alcoba.
Arianne.
Divisó a una mujer regordeta, robusta de pies a cabeza, de mejillas coloradas y piel pálida, cabello cobrizo, ojos marrones y de baja estatura. La mujer vestía el traje típico de la servidumbre de los Phantomhive, un vestido de mucama negro con un delantal de torso blanco y un pañuelo sobre la cabeza, sin mencionar que llevaba un maquillaje excesivo, en otras palabras, una mujer rechoncha de aspecto estrafalario.
Ciel alzó una ceja con arrogancia.
— ¿Sucede algo, Arianne? — preguntó el chico en un tono despectivo, atisbando a la sirvienta a sus marrones ojos, logrando intimidar a la mujer como muchas veces pasó con los que se le acercaban. Ciel Phantomhive no era alguien de amigos, mucho menos en la comodidad de su mansión.
— Señorito Ciel, la señora dice que le espera en el vestíbulo junto con su padre. Dice que ya es hora de salir — espetó la fémina haciendo una leve reverencia ante el joven británico en signo de respeto, no obstante, el chico de ojos azul cobalto no le dio mayor importancia a aquel detalle, estaba tan acostumbrado a ello que ya lo pasaba por alto en muchos aspectos.
Ciel asintió de forma automática. Estaba disponiéndose a cerrar la puerta de su alcoba, pero la inmovilidad de la mucama le hizo detenerse. Alzó una ceja inquisitivamente.
— ¿Se te ofrece algo más, Arianne? — curioseó el muchacho de obscuros cabellos con algo de fastidio, aún tenía un par de cosas que hacer y la mujer estaba quitándole tiempo.
La nombrada sirvienta se sobresaltó un poco, para luego hablar rozando un poco "la confianza" y, como siempre, meter la pata.
— Ah, bueno, señorito, ¿Usted sabe algo sobre la prometida del joven Edward? He oído por ahí que la joven proviene de una familia de empresarios ¿Usted conoce el nombre de la muchacha?
Ciel le observó por un cuarto de segundo, entrecerró sus ojos observando amenazadoramente a la mujer de ojos marrones y desprendiendo un aura vil y cruel alrededor de su efigie de carne y hueso, mientras sus ojos azul cobalto llenos de frialdad se clavaban en ella.
Arianne tragó grueso, sabiendo inmediatamente que debió de haber cerrado la boca en el momento justo, mas no lo hizo.
El muchacho, sencillamente, gruñó realmente molesto.
— Dile a mi madre que bajaré en un minuto — Y, con toda la descortesía del mundo y en su típico tono tajante, le cerró la puerta en la cara a la mucama de un sopetón. Realmente, el muchacho no estaba de humor para responder preguntas estúpidas a una mujer que se la pasaba creando rumores sobre cualquier tontería que se le apareciera en frente.
Franqueó su mano derecha por entre sus obscuros cabellos de tonalidades azulinas y dejó escapar un suspiro cansino.
Ah, cuánto detestaba ese tipo de mujeres.
Se sentía frustrado, en parte, realmente hubiera preferido mantenerse en su habituación, dentro de su hogar, en su ambiente, en su mundo en vez de tener que compartir con una chiquilla que, con suerte, vería tres o cuatro veces en su vida. Eso realmente le fastidiaba la mayoría del tiempo.
Podría haberse negado a ir, pero eso le acarrearía la desaprobación de sus padres en un ámbito lógico y social, y no estaba dispuesto a echar a la basura seis años de arduo trabajo tratando de ser el hijo perfecto solo por una reunión familiar con una completa desconocida. Como había dicho antes, solo la vería un par de veces, no significaba gran problema en ese sentido, sin embargo, debía de investigarla.
Vamos, si lograba descubrir a la chica en algo raro con lo que respecta a las empresas y a una de las tantas cuentas bancarias de los Middleford, tendría nuevamente un buen trato con sus padre y hasta con sus familiares más cercanos, eso representaba un punto a favor para su persona, no obstante, debía pagar un precio algo "costoso" para lograrlo.
Tener que charlar con la muchacha.
No es que le dificultara hacer algo como eso, es más, era un excelente actor en ese sentido, pero a eso también se le llamaba cinismo e hipocresía, lo cual también denigrada el apellido Phantomhive, claro, si alguien más se enteraba de sus trucos y todo lo que ha hecho durante los últimos años para no decepcionar a sus padres, aún si es implicaba hacer que cosas "indebidas".
Era por eso que no quería que nadie encontrara su diario ni supiera que existe, porque allí estaba todo lo que había hecho para no decepcionar a sus padres y convertirse en un hijo digno de heredar las empresas Phantom, aún si eso le costara parte de su honor y orgullo.
No se sentía orgulloso de lo que tiempo atrás había hecho, sin embargo había obtenido su recompensa por ello, la aprobación de Vincent y Rachel Phantomhive.
Observó a su alrededor con algo de despecho, sería mejor apresurarse a ordenar sus cosas y tomar lo que se llevaría por sus seguridad integral
Se acercó a su cama tomando la almohada y alzándola, encontrándose con el librillo de tapa gruesa forrado en terciopelo negro que usaba como su "memorándum". Hizo un mohín complacido y, lanzándose y tumbándose de nueva cuenta en su litera, comenzó a escribir.
Por desgracia, antes de que la tinta tocara el fino papel, escuchó unos furiosos taconeos al otro lado de la puerta, a lo largo del pasillo. Suspiró con hastió y, corroborado los segundos transcurridos, escribió solo unas cuantas palabras.
Como dije antes, esto es un asco…
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Observaba la arboleda alzarse a orillas del camino pavimentado con aburrimiento, desinterés y fatiga. Sentía los deseos de sacar el seguro de la puerta y lanzarse aún si el automóvil estaba en movimiento, realmente aquello era lo que menos le importaba, mas no podía, debía cumplir con las "obligaciones y pruebas" que sus padres le imponían en su camino.
Sí, tal vez el chico actuaba de una forma exagerada y estrafalaria en ese sentido a la mirada de cualquiera, pero eso no le impedía cumplir con sus objetivos en lo absoluto. Si algo se proponía, lo consumaba de cualquiera manera posible y a cualquier costo, después de todo, él era un chiquillo bastante orgulloso y obstinado. Herencia de su padre.
Ciel era la viva imagen de Vincent a excepción de sus ojos azul cobalto los cuales heredó de su madre, sin embargo, solo hay un pequeño detalle que diferenciaba las personalidades entre padre e hijo.
Resignación.
El mayor y cabeza de la familia Phantomhive era un luchador de espíritu emprendedor que daba de qué hablar a cada segundo, no obstante, cuando lo creía conveniente y que ya no valía la pena seguir gastando fuerzas en vano, optaba por doblegarse ante el "enemigo" y someterse de cierta forma gradual. En cambio, el joven varón de cabellos obscuros, ojos azul cobalto y heredero legítimo de los Phantomhive jamás se rendía.
Quizás por orgullo, por imperiosidad o simplemente por superación personal, cualquiera que fuera la razón jamás claudicaba ante su oponente, no hasta que diera su último aliento en el desafío.
Levantó la mirada con algo de pereza y posó sus ojos en el retrovisor central del automóvil, se dio cuenta que un par de ojos azules idénticos a los propios le observaban inquisitivamente. Dio un suspiro al aire y desvió la mirada con aburrimiento, pero aún así sentía aquella azulina mirada sobre su persona.
— Ciel, cariño ¿Te encuentras bien? — preguntó su madre con un latente tono de preocupación en su voz, mientras que su marido mantenía sus ojos fijos en el pavimentado camino, sin embargo, estaba atento a la recientemente iniciada plática.
El joven británico rodó imperceptiblemente los ojos, para luego franquear su mano derecha por entre sus cabellos obscuros y esbozar una leve sonrisa algo desganada, mientras le dedicaba una mirada serena a su madre por el retrovisor.
— Creo que sí ¿Por qué? — parló el muchacho un poco hastiado, pero sonriendo de igual forma.
Rachel mancilló su ceño a uno algo apenado, sabía que su hijo no estaba muy contento con la idea de ir a visitar a su familia y, por supuesto, no se había tragado esa sonrisa apagada que habían formado los labios del menor. Había desistido de obligar al chiquillo a vestir ese traje formal para que se sintiera más cómodo en la situación y en el ambiente, pero el heredero legítimo de los Phantomhive aún así se veía deprimido.
A la rubia ya se le habían acabado las ideas de las maneras de cómo podía incentivar a su único hijo y primogénito a hacer alguna clase de vida social, y temía que a Vincent también. No lo culpaba, el hombre había estado teniendo demasiado trabajo últimamente con lo que respecta a las empresas Phantom y el tiempo que le dedicaba a su familia gracias a ello era casi nulo.
Suspiró con derrota y, volviendo a poner los ojos en el retrovisor, observó al chico.
— Te notó un poco deprimido ¿Sucede algo, mi amor? — preguntó Durless nuevamente. Ciel se limitó a negar con la cabeza, para luego posar sus azulinos ojos cobalto hacia las afueras de la ventana, observando el espeso bosque que se alzaba no más de unos cuantos metros de distancias desde la carretera.
Aspiró profundo y se dispuso a responder.
— Solo pensaba un poco en la prometida de Edward, ya sabes, si es una buena chica para él — mintió con pereza, ya que le importaba un comino si la chica era buena para su primo o no, solo le interesaba saber si estaba involucrada en algo extraño en términos monetarios. De todas formas no estaba muy interesado en el futuro de los Middleford que digamos, no obstante, era su familia, el apoyo mutuo era fundamental para mantener relaciones de esa índole.
Vincent rió por lo bajo al igual que su esposa ante la respuesta del joven inglés. El chico de cabellos obscuros frunció el ceño algo molesto. Iba a preguntar qué era lo graciosos, pero desistió en el momento.
— ¡Oh! Ciel, no te preocupes por eso, te aseguro que será una excelente muchacha — declaró la joven madre de rubios cabellos con entusiasmo, a la vez que esbozaba una radiante sonrisa y tocaba delicadamente el hombro de su marido, quien mantenía los ojos fijos en el camino.
Vincent asintió al instante.
— Sí, hijo, de seguro debe ser una muy buena jovencita, es hija de uno de los empresarios de hotelería más exitosos de Inglaterra y el mundo — acotó el adulto al observar, por solo segundos, a Ciel por el retrovisor central del vehículo, mientras sonreía con una amabilidad y serenidad característica de su persona, sin embargo, al joven británico no le interesaba ese detalle en lo absoluto.
El joven de azulinos ojos suspiró con hastío.
— No me refería a… — hizo una leve pausa, para luego hacer un ademán con su mano derecha y volver a voltear la vista hacia las afueras del ventanal del coche — Olvídenlo…
Pasaron un par de minutos antes de que Vincent y Rachel retomaran el habla en una plática que, para el muchacho, era poco interesante, por lo cual no se tomó la molestia de escuchar más a fondo, simplemente optó por hurgar en el bolso que había obtenido gracias al mayordomo principal de la mansión, Tanaka, y tomar su consola portátil comenzando a jugar.
No estaba muy interesado en lo que hacía, pero en ese momento era mucho mejor el entretenerse con su consola de videojuegos a estar observando hacia las afueras del vehículo sin obtener distracción algunas más que el aburrimiento.
Ser una persona tan ermitaña como lo era aquel muchacho de obscuros cabellos y azulina mirada era difícil, más de lo que muchos podrían imaginar, pero Ciel no lo tomaba en cuenta, aprendió que sentir la soledad a flor de piel no le ayudaba en nada y encontró rápidamente la solución a ese problema al encontrar aquel libro negro sin una sola hoja escrita entre todos los libros de la biblioteca de la mansión.
Pensó en miles de usos para aquel simple cuadernillo de tapa gruesa forrada en terciopelo negro, pero por cuestiones que en ese momento pasaron por su cabeza, determinó que aquel librillo se convertiría en su testigo de todas y cada una de las cosas que haría, en su diario.
No iba a negar que el chiquillo, al principio, se sentía solo, pero a medida que el tiempo pasaba se fue acostumbrando al hecho de que no había nadie cerca de su persona y, como era de esperarse, no necesitara a alguien que le hiciera compañía, estaba bien con aquel insignificante dietario que le ayudaba a descargar todo lo que contenía en su mente hasta ese entonces y, porque no, con él mismo.
Se percató que estaban cruzando una calle concurrida. Habían llegado a Londres.
Personas pasaban indiferentes por la vereda de su lado derecho, conversando entre ellas o simplemente caminando como caballos de carroza, siempre mirando hacia el frente, a ningún lado más que hacia adelante, siempre indolentes con lo que respecta a su alrededor.
Él, en cierto sentido, se había vuelto parte de ello. Siempre le restaba importancia a lo que no era de su interés o no le concernía en lo absoluto. Caminando a paso galante, siempre era él quien fingía amabilidad y continuaba con una plática que otra persona ajena iniciaba por muy poco interesado que estuviera en ello, pero él siempre tenía la última palabra.
Observó hacia las afueras del automóvil, el tumulto de gente había desaparecido y estaban ingresando en la zona de los recintos privados más costosos de Londres, ya casi arribaban en su destino.
El vehículo siguió avanzando hasta que el muchacho pudo divisar un gran portón de barretas alzándose imperiosamente frente a ellos, con un detallado que delataba ser de una antigüedad de alrededor de un siglo, de la época Victoriana en Inglaterra. Estaba más que claro que ya estaban próximos a entrar en los aposentos de los Middleford y, como siempre, de Ciel a actuar.
El automóvil se detuvo frente a un aldabón con una pequeña pantalla táctil. El joven de obscuros cabellos pensó de inmediato que, con ello, habían arruinado el estilo pintoresco y vetusto del lugar.
Su padre tocó sutilmente la pequeña pantallita e inmediatamente una voz resonó por el altavoz de la aldaba.
— Residencia Middleford ¿Quién habla? — resonó por el diminuto parlante. El mayor sonrió complacido y, acercándose a la bocina del aldabón, respondió.
— Glenn, soy Phantomhive
Luego de ello, se escuchó un leve revuelo de cosas y el estruendo de uno que otro objeto cayendo al suelo, un par de palabras inentendibles y exclamaciones de personas variadas al otro lado de la línea auditiva. Vincent esbozó una sonrisa de lado, Rachel soltó una risilla algo juguetona y Ciel solo rodó los ojos ante la incompetencia de la servidumbre.
Escuchó un claro "¡¿Qué están haciendo? ¡Miren este desastre!" proveniente del altavoz, seguido de un "¡Señor Tegan! Es que… El señor Phantomhive está aquí" y por último un "¡¿Qué? ¡Idiotas! ¡Hacedle pasar!"
Se oyó nuevamente un revuelo de cosas, un par de golpes en el lugar y, para terminar, un quejido ahogado proveniente de una de las personas que, probablemente, estaban reunidas allí, al otro lado de la línea.
Luego de ello, volvió la comunicación entre la servidumbre encargada del aldabón y los Phantomhive.
— ¡Oh! Lord Vincent, es un gusto volver a escuchar su voz. El señor Alexis y la señora Frances le estaban esperando. Sea Bienvenido, señor Phantomhive — saludó con cortesía el hombre que minutos atrás había vociferado por el altavoz.
— Gracias, Tegan — y, dicho esto, las puertas abarrotadas comenzaron a abrirse paso, provocando un estruendoso rechinido gracias a la fricción del metal ya oxidado. Ciel no pudo evitar recordar aquellas películas de terror y suspenso en los cuales el mismo tipo de portones abarrotados chirriaban causando esa sensación funesta que daba escalofríos.
Oh sí… odiaba ese lugar.
Alzó la vista observando hacia el frente, se dio cuenta que no eran más de quince metros de camino para llegar a las puertas de la mansión de los Middleford. Suspiró con desgano ante esto y, tomando su consola de videojuegos portátil, se dispuso a jugar indiferente. Realmente detestaba tener que salir de casa, realmente lo detestaba…
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Sus ambarinos ojos inspeccionaron por más de dos minutos su propio reflejo en el espejo de tocador que tenía en frente. Con su cuello alzado y sus manos puestas sobre su corbata negra, arreglaba su aspecto de manera formidable, asegurándose de que ni un solo detalle se le escapara ni pasara por alto.
Ni un solo negruzco cabello fuera de su lugar, ni una sola arruga o mancha en su traje negro, ni una sola imperfección en su imagen. Todo estaba como debería ser, o como él quería que fuera.
Bajó su mentón lentamente y tomó sus lentes para comenzar a pulirlos con el pañuelo que se hallaba en su bolsillo, luego volvió a dejarlos en el puente de su refinada nariz, soltando un suspiro más que complacido por su trabajo. Palmeó un poco sus manos y se dispuso a salir del balneario de la mansión de los Middleford, nos obstante, se topó de lleno con cierto chico de miraba escarlata en su camino al cerrar tras de sí la puerta del tocador.
— Vaya, por fin te encuentro — comentó el joven de ojos escarlata al tiempo que avanzaba hacia el ambarino de cabello negro, esbozando una sonrisa de lado un tanto irónica.
Claude rodó los ojos con algo de fastidio-
Cabello color negro azabache tan intenso como la obscuridad misma, ojos de un rojizo escarlata llenos de sensualidad y que desataban el placer con solo atisbarles, piel blanca y nívea que desprendían un calor gélido capaz de enloquecer al más cuerdo, de facciones afrodisiacas, sonrisa magnética. Joven alto, de postura erguida, modales definidos, cuerpo esculpido por dioses y de apariencia mucho más que atrayente.
Ese era Sebastián Michaelis, primogénito varón de Lawrence Michaelis y heredero legítimo de las empresas hoteleras más importantes del último siglo y tiempo contemporáneo hasta la fecha, o por lo menos así era como lo describía un artículo de la revista "Sensation" en una de sus entrevistas privadas para con él.
El ambarino suspiró pesadamente.
— ¿No deberías estar con el señor y la señora Middleford? — preguntó el hombre de lentes alzando una ceja y frunciendo el ceño de manera irritada.
El chico de mirada escarlata se encogió de hombros
— Sí, pero al parecer ha llegado parte de la familia. El señor Alexis junto con Lady Frances se han dispuesto a darles la bienvenida — se excusó el hombre retándole la menor importancia al asunto. Faustus tomó aquello como un claro "Me he quedado solo en la sala de invitados y he venido a buscarte", sin embargo, hubo algo que captó su atención por completo.
Dirigió sus ocelos ámbar hacia Michaelis y los posó raudamente sobre los contrarios, indagando en ellos en busca de una respuesta que satisfaga sus dudas.
— ¿Quieres decir que los Phantomhive están aquí? — curioseó excitado, atisbando con verdadero entusiasmo el muchacho de negruzcos cabellos que tenía en frente por solo una única razón, los Phantomhive.
— ¿Phantomhive? — vaya apellido. "Phantomhive", "Phantom", "Fantasma". Mentiría si dijera que jamás había escuchado hablar de aquel patronímico ni mucho menos que no le había causado cierta curiosidad el saber que parte de su significado tuviera que ver con alguna clase de "espectro", pero jamás le tomó demasiado interés como para indagar más allá de lo que sus oídos captaban entre voces. Optó por encogerse de hombros — Me suena el apellido — comentó a la nada.
El joven de ojos ambarinos le observó desaprobatoriamente, casi de una forma tajante. Michaelis no se sorprendía de ello.
Claude Faustus, cabello negro azabache, ojos color ámbar iguales a la miel, piel tan pálida o más que la de Sebastián, alto y de buen porte. Joven circunspecto de carácter flemático, inexpresivo y seco, no muestra emociones ni mucho menos sonríe. No le sorprendía en lo absoluto que el chico le observara de aquella forma tan abúlica de su parte.
Oyó un suspiro lejano, más no le tomó demasiado interés.
— Es la familia que tiene bajo su poder a una de las empresas más importantes de Inglaterra y el mundo europeo, son descendientes de Condes, Marqueses y Duques y, en un tiempo pasado, sirvieron fielmente a la corona de Gran Bretaña junto con a su alteza, la reina Victoria ¿Acaso no los conoces? — informó el joven adulto al tiempo que acomodaba sus lentes sobre el puente de su nariz con parsimonia, observando a su acompañante de una manera más que perspicaz.
Está bien, eso no se lo esperaba en lo absoluto ¿Descendientes de Condes? ¿Dueños de una de las empresas más relevantes en la actualidad? ¿Leales nobles servidores de la corona de Inglaterra en la época Victoriana? Jamás se le ocurrió tal cosa, y mucho menos que aquella familia fuera de "sangre azul" en su totalidad.
Ahora entendía por qué Claude estaba tan interesado en ellos, no obstante, también había despertado cierta curiosidad sobre el mismísimo Sebastián.
— He oído hablar de ellos, pero jamás pensé que fueran de tanta importancia —soltó a la nada al verse sumido en sus propias cavilaciones. Por alguna "extraña" razón había tomado cierto interés por conocer a los Phantomhive.
Faustus asintió complacido.
— Lo son. El que desciendan de una familia muy ligada a la realeza del siglo diecinueve ya los hace bastante relevantes en la actualidad, pero el que lideren las empresas "Phantom" les hace ser una familia digna de admirar
Algo en el interior de Michaelis pareció hacer un ligero "clic" al escuchar la palabra "empresas", ya que sus ojos tomaron un brillo inusual y su semblante cambió a una excitado de solo cuestión de segundos, mientras esbozaba una sonrisa que no parecía ser serena ni amable, más bien era astuta e inquisitiva.
Dirigió su mirada escarlata hacia el joven de negruzcos cabellos y coló su brazo por los hombros del susodicho, observándole con una media sonrisa.
— ¿Sabes lo que eso significa, Claude? — dijo el hombre alzando una de sus cejas.
— Te refieres a que pronto estaremos en presencia de una auténtica familia de sangre noble y que nuestra hermana se convertirá en una especie de "Marquesa" al contraer matrimonio con Edward Middleford ¿No? — comentó Faustus, mientras apartaba el brazo de Sebastián y sacudía sus hombros con un aire despectivo.
Tenía que admitirlo, él no había pensado en algo como aquello, si bien sabía que Frances Phantomhive tenía la misma ascendencia noble que el actual líder de las empresas "Phantom", no se le había cruzado por la cabeza que Edward Middleford también era descendiente de Condes, Marqueses y Duques y que, por ende, él también era una especie de noble aristócrata, es decir, si su hermana estaba comprometida con el chico, esta automáticamente se convertía en parte de aquella "nobleza", no obstante, no era eso lo que tenía en mente.
— Es un buen punto, pero no. Me refiero a que, si entablamos lazos amistosos con los Phantomhive, tendríamos una gran proporción de posibilidades de que las empresas de los Michaelis se liguen económicamente con las empresas "Phantom" — propuso el adulto con suspicacia y astucia, cegado por aquel pensamiento que le llenaba de una excitación incontrolable, ese posible futuro en que la industria de la hotelería que abarcan los Michaelis se disparara directo a la cima gracias a un acuerdo con los Phantomhive.
El ambarino frunció el ceño con frustración.
— Sebastián ¿Solo piensas en Lawrence y su compañía?
— Algún día heredaré las empresas de los Michaelis, es mi deber buscar cualquier alternativa que podría asegurar alguna clase de "éxito". Si lo que dices sobre los Phantomhive es cierto, entonces estamos frente a una oportunidad que no debo desperdiciar
Observó al chico de escarlata mirada por el rabillo de su ambarino ojo, aquella determinación en las palabras del futuro empresario le indicaban a diestra y siniestra que hablaba en serio, no se detendría por nada del mundo hasta haber cumplido su objetivo.
Aunque odiara una gran cantidad de aspectos que destacaban la personalidad del adulto de azabaches cabellos y rojizos ocelos, le gustaba que el chico fuera así de decidido en todo lo que se propusiera, era una de las cosas que decretaban la forma de ser de alguien.
Suspiró al comprobar la hora en su reloj de muñeca y, acomodando sus lentes sobre el puente de su nariz, tomó del brazo a Michaelis y lo arrastró consigo.
— En fin, es mejor que volvamos, sería demasiado descortés el que desapareciéramos antes de presentarnos a nuestra nueva familia — comentó mientras avanzaba por el pasillo que, si bien no se equivocaba, daba a las escaleras que llegaban al vestíbulo. Habían tardado demasiado platicando de temas mucho más que innecesarios y temía que ahora se presentaran tarde, siendo ellos los invitados.
No podía permitirse ese lujo y Sebastián tampoco. Todo debía ser como él quería que fuera, todo debía ser perfecto.
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Atisbó a su alrededor con hastío, sus ojos azul cobalto se paseaban por la expresión de cada presente sentado alrededor de la circular mesa que estaba situada en la terraza. Rostros conocidos que aburrido estaba ya de ver una y otra vez en ese terrible día familiar, lo único que agradecía es que, por el momento, Elizabeth no estaba allí.
Su madre le había dicho que Lizzy estaba con tía Angelina, Edward y la prometida desconocida hasta el momento en el centro de Londres, consultando precios para las cosas típicas de una boda, no obstante, también había comentado que volverían pronto. Sinceramente, no estaba muy entusiasmado con que su prima volviera.
Su tía Frances platicaba animadamente con Rachel sobre la futura esposa de Edward, mientras que su padre compartía una copa de vino con Alexis, conversando de temas políticos, monetarios, sociales, entre otros, sin embargo, no estaba interesado en lo más mínimo en prestar atención, solo se dedicaba a observar el extenso jardín y los mil y un rosales que se hallaban en él.
Aún situados bajo la sombra de un inmenso árbol, sentía los molestos rayos del sol colándose por entre el verdosos follaje y golpeando de lleno su rostro. Bufando ya bastante molesto, se levantó de su asiento disculpándose con los presentes educadamente como siempre hacía y comenzó a caminar rumbo al otro extremo de la mansión Middleford.
Sus pasos resonaban en un sonido seco sobre el empedrado suelo del jardín, paso tras paso, golpe tras golpe, sonido tras sonido. Atisbó con un semblante serio el bolso que traía sobre su hombro, con la correa del mismo atravesando su pequeño torso y comenzó a hurgar en él en busca de su consola portátil para distraerse un poco de sus alrededores, no obstante, no lograba encontrarlo.
Aún trayendo consigo tan pocos objetos, el bolso que a primera vista parecía bastante básico y simple, pero por dentro tenía adherido un sinfín de compartimentos y bolsillos en una división impresionante y, como era de esperarse, no recordaba en lo absoluto en cuál de todas las faltriqueras del bolso lo había guardado.
Tan sumido en la búsqueda de su consola, no se percató ni pudo advertir a tiempo que un par de sujetos caminaban en su dirección, directamente hacia su persona.
— Vamos ¿Dónde rayos te he dejado? Estúpido morral — masculló entre dientes con algo de frustración.
— No lo sé, podríamos decirle a Cheryl que nos invitara más seguido a sus reuniones familiares — oyó decir a alguien a la cercanía, pero su voz no le era para nada familiar, no obstante, no se dignó a levantar la mirada en lo absoluto.
— Me aseguraré de que sea a la única que vengas, Sebastián — oyó nuevamente ahora aún más próximo, pero aún sin levantar su azulina vista.
Seguía hurgando al tiempo que continuaba dando raudos y secos pasos hacia el frente, al parecer el par contrario tampoco se había dado cuenta de la presencia del niño, por lo cual ninguno mostraba la intención de detenerse.
Ciel sonrió satisfecho al poder encontrar su ansiada consola de videojuegos portátil, pero antes de que pudiera extraerla por completo un impacto seco de algo firme y alto le hizo tambalearse y, perdiendo el equilibrio, cayó de golpe al crudo suelo de piedra y, de paso, el bolso junto con sus cosas había quedado desparramados por piso.
— ¡Agh! — gimió colerizado, mientras se sobaba la parte baja de su espalda aún en el suelo.
— ¡Sebastián! ¡Arrollaste a un niño! — ¿Niño? Oh, eso sí que le había molestado.
— Sí, gracias Claude, estoy bien — una pisca de sarcasmo en aquella voz tan seductora y atrayente había captado su atención por completo, pero no por ello estaba menos irritado. Al parecer había chocado con el dueño de aquella voz de aspectos afrodisiacos.
Al sentir como el tipo con el que había chocado comenzaba a incorporarse, volvió a poner los pies sobre la tierra y, a duras penas, se dio cuenta de que su consola estaba fuera del bolso junto con su diario y se hallaban, en aquellos momentos, a la exposición de cualquier par de ojos curiosos que pudiera notar su presencia.
¡Oh, por dios! ¡Su diario!
Pegó un salto importándole menos se parecía desesperado al realizar sus acciones o no, ya que realmente estaba desesperado y lo único que deseaba en aquellos momentos era tomar sus cosas del piso y desaparecer del lugar, como si nada de ello hubiera pasado.
Tragó grueso y tomó su consola de videojuegos y la metió de un sopetón en su bolso, pero cuando alargó la mano para recoger aquel librillo forrado en terciopelo negro que funcionaba como dietario, alguien más se le adelantó y lo tomó entre una de sus manos, una nívea y perfecta mano, la cual próximamente le extendería el cuadernillo hacia su propia persona, entregándoselo.
— ¿Te encuentras bien? — preguntó aquella voz con "cierto" toque de preocupación en sus tonos auditivos y Ciel, sorprendido, no pudo evitar levantar la mirada.
En ese mismo momento sus ojos parecieron haber captado y contorneado la figura de un ángel, pero no cualquier ángel.
Un ángel de alas negras y que pareciera poseer los ojos del demonio.
Por alguna extraña razón, Ciel sintió que ese era el comienzo de su propia derrota.
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¡Bien, bien, bien! Lo prometido es deuda y, como dije, aquí está el siguiente capítulo de esta particular historia SebasxCiel...
Y, bueno, díganme ¿Qué les ha parecido la primera parte de esta historia? ¿Buena, mala, aburrida, horrorosa, simple o regular? Sus opiniones sobre este fic son importantes y más, ya que si no es del agrado de los lectores entonces no tiene ningún objetivo el que siga publicando capítulos ¿No creen? Es por ello que les pido de favor que comenten su perspectiva del fic en sus reviews (Si es que pueden dejar, claro)
¡Bueno! Ahora la parte más importante de estas notas finales.
Agradezco de corazón a BlackButterfly34 y a Ai Blake Lawrence por comentar en este humilde fic recientemente iniciado, realmente los reviews para una autora como yo son más que un honor, especialmente si valoran el trabajo y dedicación puesto en él.
En fin, trataré de actualizar lo más pronto posible.
¡Nos vemos!
Atte: Crosseyra/Ino!
