Disclaimer: los personajes utilizados son propiedad de la mente prodigiosa de J., yo solo los tomo prestados.
Capítulo 2: Destinados a encontrarnos.
A la mañana siguiente, Hermione se despertó con un fuerte dolor de cabeza. No había dormido bien, y el sentimiento de culpa cada vez era peor. Se dio la vuelta en la cama para encontrarse con el lado de Cormac vacío. Las sábanas estaban frías, pero sobre la almohada había una nota prendida a una figura en forma de estrella. Hermione cogió la nota y leyó con alivio que el castaño había ido al ministerio a terminar unos asuntos antes de tomarse las vacaciones que le pertocaban por la boda. Tenía que dejar de pensar en Cormac como si temiese que en algún momento la dejase y no volviese.
Cormac no era así.
No era como Él.
Hermione se levantó de la cama y paseó por el solitario apartamento. En aquellas primeras horas del día siempre echaba de menos el calor de su viejo gato. Pero Crookshanks había muerto hacía cuatro años y ella no había tenido valor de ir a buscar a un sustituto. Pensar en su fiel compañero la puso triste, era tanto el amor que le había dado. Había compartido tantas cosas con él, tantos sentimientos. Cuando arribó a la cocina no tuvo que hacer ningún esfuerzo por sonreír. Aunque nuevamente la asaltaron los remordimientos. Sobre la mesa había un desayuno completo, y en su jarrón preferido una sola flor.
Un lirio blanco.
Hermione cogió el jarrón y se lo llevó a la nariz para olfatear el perfume dulzón de la inocente flor que con tanto cariño había sido cortada y puesta allí. Aquel pequeño gesto, y muchos iguales a él, justificaban porqué quería a Cormac. Le había sido imposible no quererlo. Él, poco a poco, se había ido haciendo un hueco en su corazón. Tal vez no el más grande, pero aún así allí estaba. Y no decía mucho de ella dudar a la primera de cambio. Tenía que recordar lo que le había dicho a Ginny. Se merecía volver a ser feliz, o al menos a intentarlo.
No tenía mucha hambre, pero habría sido feo no tomarse el desayuno, así que se sentó a la mesa y disfrutó de él como si fuera el manjar de un dios del Olimpo. El café y las tostadas bajaron por su garganta con esfuerzo, esquivando el nudo que tenía desde la noche anterior. Pero cuando llegó al zumo y a la manzana, todo grado de culpabilidad había pasado a otro nivel. Iría al Callejón Diagón, compraría algunas cosas para la cena y unas bonitas flores. Quería rendirle homenaje al buen hombre que era Cormac. Decirle, sin necesidad de pronunciarlo, lo mucho que lo quería.
Sería como una forma de redimirse a si misma.
Se vistió sencilla y cómoda, pues después se pasaría por la iglesia muggle. Había quedado con su madre y con la responsable de las flores. No era algo que le hiciera mucha ilusión, pero entendía que sus padres querían que todo saliera perfecto. Se casarían según la tradición muggle, y luego, más adelante, harían una celebración mágica en el jardín de la casa de los padres de Cormac. Mientras se miraba al espejo no pudo evitar fijarse en las pequeñas ojeras que rodeaban sus ojos. La tormenta se adivinaba en su mirada, y su cabello parecía haber sido arrasado por un huracán. Se puso un poco de maquillaje y de brillo de labios y se hizo una coleta. No estaba todo lo bien que podría estar, pero con aquellos toques bastaría para contentar a su madre.
En el Callejón Diagón la actividad era frecuente ya bien pronto por la mañana. El sol se colaba por las puntiagudas estructuras y los peculiares edificios de tan famoso paseo. Era el mes de junio y los niños ya habían terminado el curso escolar. Por eso no era extraño verlos saliendo de las tiendas de Quidditch, de la heladería de Florean o de la tienda de bromas de los gemelos Weasley. Hermione pensó en estos últimos con cariño, pero no se atrevió a pasarse por allí. Había sido difícil prescindir de aquella familia, no sentirse ya como un miembro más. Pero Hermione había acabado acostumbrándose, como a todo.
Excepto a no pensar en Él.
Siempre rondando su mente a oscuras.
Como el ladrón de corazones que era.
Pasó junto a un grupo de chicas y chicos jóvenes, que se agolpaban contra el escaparate de la tienda de Quidditch más famosa del callejón. Eran tantos, que no tuvo la oportunidad de ver qué o a quién estaban mirando. Porque si así hubiera sido, de seguro que se habría dado media vuelta y habría huido de allí. En cambio, con el objetivo de subir un poco el ánimo de su semblante serio, se encaminó hacia la floristería de la bruja Sherry. La mujer la saludó con su sonrisa y su peculiar brillo en la mirada. Hermione revoloteó por la tienda, buscando un bonito y práctico ramo que colocar en la mesa de casa. No era fácil elegir. Si por ella fuera, se las llevaría todas. Pero finalmente, escogió un sencillo ramo que combinaba tulipanes enanos de diferentes colores.
Cuando salió de la tienda, se sorprendió al ver que el grupo de chicos había crecido y que algunos saltaban y gritaban en dirección al interior. Hermione enarcó una ceja y negó con la cabeza. Nunca había entendido esa clase de admiración por un jugador de Quidditch. Porque de seguro que allí dentro había alguno, ahora lo veía claro. Ella que siempre había huido de la fama y la gloria, del reconocimiento y el regocijo. Y podría haberse aprovechado. No en vano, formaba parte del trío que había derrotado a Voldemort. Pero Hermione solo se sentía a gusto sentada detrás de su escritorio del departamento de leyes mágicas, enterrada bajo un montón de libros. Disfrutaba de las tardes en las que podía sentarse en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, y repasaba los libros uno a uno.
Absolutamente lo contrario a…a Él.
En los últimos años, Ron Weasley se había convertido en un auténtico ídolo de masas. Era el jugador estrella de los Chuddley Cannon's, y el capitán de la selección inglesa de Quidditch. Gracias a él, su equipo había ganado su primera liga en cien años. Pero cuando Hermione pensaba en lo que había significado el Quidditch en la vida de Ron, y en la suya propia, un dolor opresivo se adueñaba de su corazón. Porque si no hubiera sido por la fama, si Ron no hubiera sucumbido tan deprisa a la popularidad, ellos todavía seguirían juntos. Pero eso ahora formaba parte del pasado, como él. Por más que su corazón insistiera en que no lo había olvidado y se negara a hacerle un hueco más grande a Cormac, que se lo merecía más que Él.
Hermione suspiró y se dio la vuelta para seguir con su paseo.
Lo último que le faltaba era soñar con Él estando despierta.
- ¿Hermione? –dijo una voz masculina a su espalda.
Se detuvo en seco y abrió mucho los ojos. El corazón latió desaforadamente y la mano con la que sostenía el ramo empezó a temblar. Hermione se odió por reaccionar así, por no mostrarse más dura y altiva, por no encararlo con frialdad. En cambio, allí estaba. Paralizada con tan solo sentir su nombre salir de sus labios. No se dio la vuelta inmediatamente, sino que contó hasta diez en su cabeza y respiró hondo después. La última vez que se habían visto fue en la boda de Harry y Ginny, hacía ya dos años.
¿Cómo podía seguir provocando en ella tal maraña de sentimientos?
- ¿Hermione? –repitió él al ver que ella no daba muestras de haberlo escuchado.
Hermione se dio la vuelta y se encontró con los ojos azules que poblaban todos sus sueños. Tenía que reconocer que estaba más guapo de lo que recordaba. No supo cuando se había dejado crecer tanto el cabello pelirrojo, pero le quedaba bien, sexy, masculino. Al igual que los músculos que se adivinaban bajo la camiseta negra de manga corta. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Hermione de arriba abajo.
Definitivamente se había vuelto loca.
Completamente loca.
- Hola, Ron. –dijo con más calma de la que sentía. Y lo peor de todo era que quien debía de sentirse así de devastado nada más verla, era el pelirrojo. Porque había sido él quién había puesto fin a su relación con su falta de respeto hacia ella.
- Que sorpresa verte por aquí. –Ron se apartó un mechón de cabello pelirrojo de la cara y metió las manos en los bolsillos de sus pantalones tejanos. A lo lejos, aun se sentía el griterío de los chavales, que esperaban que su ídolo volviera.
- Lo mismo digo. Ginny me dijo ayer que estabas en Rusia.
- Lo estaba, pero esta mañana tenía que atender un asuntillo aquí, en la tienda de Quidditch de Seamus y Dean. –hizo su sonrisa más extensible. Su irresistible sonrisa, pensó Hermione.- Es increíble lo bien que les va, ¿verdad?
- Si.
Se quedaron unos segundos callados. Hermione sonrojándose cada vez más y Ron mirándola todo lo fijamente que podía. Parecía que quería memorizar su rostro una vez más. Del mismo modo en que solía hacerlo cuando estaban juntos. Pero ya no estaban juntos, se recordó la castaña. Se pasó una mano por las mejillas coloradas y deseó hallarse muy lejos de allí. Las sacudidas que inundaban su corazón solo eran posibles con la presencia de él a su lado. Era como si su corazón solo se acordase de latir cuando Ron la miraba.
Aquellos ojos…
Aquel azul cielo que le había parecido el lugar más maravilloso del mundo para perderse.
"¡Hermione, despierta!", se dijo a si misma.
- Bue…
- Tengo entendido que ya falta poco para la boda. –la interrumpió Ron, desconcertándola una vez más.
¿Por qué sacaba ahora el tema de la boda?
¿Por qué provocaba que se sintiera todavía más culpable?
- Si, apenas diez días. –bajó la mirada al suelo, como una cobarde.
- Cormac es un hombre muy afortunado.
Hermione alzó la cabeza de nuevo. Y de nuevo atravesó sus ojos, buscó las respuestas de las preguntas no formuladas. Pero tan solo encontró un cielo tranquilo, sin viento, un mar en calma, sin oleajes. Hermione se mordió el labio inferior hasta sentir la sangre correr por el interior de su boca.
Tenía que poner fin a aquella conversación.
Ya.
- Ron…
- Tranquila. –sacó una mano del bolsillo y le dio una palmadita en el brazo.- Ahora somos amigos ¿no? Como antes.
Hermione suspiró con resignación.
Él era más fuerte que ella.
- ¿Vendrás a la boda?
- Claro. No me la perdería por nada del mundo. –dijo el pelirrojo exhibiendo de nuevo su sonrisa.
Hermione se cambió el ramo de mano.
- Ginny me contó que los Cannon's tienen muchas posibilidades de ganar la liga de nuevo. Felicidades.
- Gracias. Aunque parte de nuestro triunfo te lo debemos a ti. –sin quitarle los ojos de los suyos, señaló el anillo que ella siempre llevaba.- No te lo has quitado.
- Tengo que irme.
- Saluda a Cormac de mi parte. –se llevó una mano a la frente, como solían hacer los militares muggles para saludar. Parecía muy satisfecho consigo mismo, todo lo contrario que la castaña.- Nos vemos en la boda.
- Adiós, Ron.
Hermione se dio la vuelta con presteza y se alejó de él con el corazón martilleándole en la garganta. Ron la observó hasta que la perdió de vista tras una esquina.
- Todavía piensa en mí. –murmuró y sonrió.
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Una vez hubo abandonado el Callejón Diagón, Hermione se sentó en el banco de madera de un parque cercano. Necesitaba serenarse antes de reunirse con su madre en la iglesia. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Todo había sido un desastre. Su encuentro con Ron le había proporcionado más disgustos que otra cosa. Ella, que nunca había sido de lágrima fácil, ahora sentía como se le humedecían los ojos. Aunque peor aun era el dolor que sentía en su corazón. Aquella conocida opresión que experimentó cuando descubrió la verdad. La única diferencia era que ahora no tenía ninguna razón para sentirla. Habían pasado cinco años, pero de alguna forma, a ella seguía afectándole más de la cuenta.
En tres años, Cormac no había conseguido provocarle tantos y tan diferentes sentimientos como Ron en tres minutos. Aquello tenía que significar algo, pero Hermione no estaba por la labor. Ya una vez su vida se había visto reducida a cenizas y pensó que no volvería a ver brillar la luz del sol. Pero había salido de allí. Había sobrevivido a la ruptura con Ron. Con más o menos secuelas, pero al fin y al cabo, eran inevitables. Se sentía como una idiota, como una gruppie más del amplísimo mundo de Ronald Weasley. Probablemente ya nadie recordaba que ella había sido su primer amor. Y el más especial también.
Abrió los ojos y vio como en el lago de enfrente una pareja navegaba en una barcaza. Una niña daba miguitas de pan a los patos bajo la atenta mirada de su abuela. Un grupo de chicas adolescentes pasaban por su lado comentando las últimas noticias de su instituto. Un hombre joven empujaba un carrito. Dos hombres corrían para mantenerse en forma. Todo el mundo seguía con su vida, ajenos al terremoto que se había producido en su corazón. Hermione se levantó de golpe. Tenía que poner las cartas sobre la mesa, no podía seguir engañándose por más tiempo. En cierto modo, y con ironía, pensó que Ron había ganado.
Una vez más.
Una vez más había sido ella la herida.
Una vez más lloraría por él.
Una vez más…lo había perdido.
Con aquella nueva brecha anidada en su corazón, Hermione se levantó del banco y echó a andar hacia la iglesia muggle. El sol robó destellos luminosos de sus ojos mientras cruzaba la calle, dejando atrás el parque. Nunca tendría que haberle entregado su corazón a una persona como Ron. Pero ni ella misma había podido evitar caer en sus redes cuando apenas tenía trece años. Siempre había tenido muy claros sus sentimientos para con Harry; ambos sentían un cariño y un amor fraternal que se ponía de manifiesto en cada momento pasado juntos. En cambio, Ron siempre había sido el único chico capaz de hacerle llorar y sonreír, de ponerla nerviosa y hacerle sentir segura, de no darse cuenta de que era una chica hasta que fue demasiado tarde.
Sonrió ante este último pensamiento; era inevitable.
Durante su cuarto año en Hogwarts, cuando ella ya moría de amor por él, Ron no le había pedido ir al baile de navidad. Hermione estuvo aguardando hasta el último momento, hizo esperar a Víktor Krum, siempre con la esperanza de que él la viera. Pero no la vio hasta que entró al Gran Comedor del brazo de su ídolo.
Ron era infantil, malhumorado, testarudo, despistado…
…un ser imperfecto que para ella había sido perfecto.
Hasta que lo estropeó.
Hermione volvió a sentir el escozor de la herida que no terminaba de cerrarse. Por más que renegara de él delante de todos los demás, incluso para ella misma, no podía librarse de él. Porque Ron estaba dentro de ella, en sus sueños, en su forma de ser, en su corazón. Se llevó la mano libre hacia la boca ahogando un sollozo de impotencia. La imagen de Cormac acudió a su cabeza. Tal vez, lo mejor sería anular la boda y marcharse lejos. Esconderse donde el recuerdo de Ron no pudiera encontrarla. Pero aquel gesto requería valor, y Hermione se tenía por una cobarde, que había terminado por dar más importancia a la seguridad que a la felicidad.
Porque una vez se había sentido segura y feliz.
Porque una vez Él le había hecho sentir que era la única, la más bella, la más querida.
Porque una vez sintió que podía tocar el cielo.
Porque una vez había bajado del cielo para caer en los brazos del infierno.
Porque una vez Él la había herido.
Con la cabeza bulléndole en demasía, Hermione llegó hasta la iglesia. Se sentía cansada, como si un coche le hubiera pasado por encima. Se detuvo antes de entrar y elevó la cabeza para mirar la gran estructura de estilo gótico. Era un edificio inmenso, cargado de historia. Había sido testigo de momentos buenos y malos de la humanidad. Y a su lado, Hermione se sentía tan pequeña, tan poca cosa… Respiró hondo, tragándose el nudo que tenía en la garganta. No quería darle más motivos a su madre para que los planteara en voz alta. Pero lo cierto era que Amelia Granger no era tonta. Había nacido con un sexto sentido para evaluar el grado de sinceridad de las personas. Y cuando se trataba de su hija, ese grado se multiplicaba por tres. El problema era que, tal vez, Hermione aun no estaba preparada para aceptar la verdad.
Hermione agradeció el fresco ambiente que se respiraba dentro de la iglesia, en contraste con el calor del exterior. Sus ojos se acostumbraron con facilidad a la iluminación en claroscuro. Tragó saliva y caminó por uno de los laterales. Como edificio de interés cultural y espiritual, había varios grupos de turistas y algunos autóctonos rezando. Su madre se encontraba en uno de los bancos de la tercera fila. Llevaba puestas sus gafas de leer y sobre sus piernas descansaba una libreta en la que iba apuntando ideas continuamente. Arrastrando un poco los pies, Hermione se acercó y se sentó a su lado.
El ramo de flores descansaba en su regazo.
De repente, aquello de prepararle una cena a Cormac, ya no le pareció tan buena idea.
Sentía que sería como engañarle.
- Hola, mamá. –se inclinó para darle un beso en la mejilla.- Siento llegar tarde.
- Tranquila, cariño. –dijo la señora Granger terminando de apuntar una cosa.- La florista no ha llegado todavía.
- Ah.
Habían quedado precisamente para decidir la decoración floral de la iglesia.
- Que flores más bonitas. –observó la señora Granger.- ¿Has estado de compras?
- Si, me he pasado por el Callejón Diagón.
- Que bueno. –se levantó y añadió.- Pues mientras Alexandra viene, vamos a dar una vuelta por aquí. –cogió a su hija del brazo y la hizo salir al lateral.
- Mamá, es una iglesia. –se quejó Hermione.
- Cariño, solo vamos a estudiar donde colocaremos las flores.
- No quiero nada recargado, mamá. –se paró en seco para mirar a su madre y que esta captara su tono.- Simplicidad.
- Ya lo se, hija. Te conozco. –dijo la señora Granger con una sonrisa.
- Y yo te conozco a ti.
- Bueno, tal vez podamos poner algo un poquito más recargado en el altar. –pasaron por el citado lugar y la señora Granger apuntó unas palabras en su libreta.- Así contentas las dos.
- Mamá…-replicó Hermione con voz cansina.
Dieron una vuelta entera a la iglesia, con la castaña en silencio. Hermione dejó que su madre llenase el vacío de sus respuestas con sus propuestas entusiastas. El encuentro con Ron la había dejado hecha polvo y lo único que quería era tumbarse en su cama. Cerrar los ojos y olvidarse de que lo había visto. Pero la costumbre pudo mucho más que el deseo y después de sentir la mirada inquisidora de su madre, aunque fuera de reojo, Hermione se detuvo y se sentó en un banco, casi protegido por la oscuridad. Dejó el ramo a un lado y se llevó las manos al rostro mientras se derrumbaba. La señora Granger, con mucha paciencia y resignación, porque se temía un momento como ese, se sentó a su lado y esperó.
Esperó a que su niña estuviera lista.
- Mamá, he visto a Ron. –dijo la castaña finalmente. Su voz sonó como un susurro desgarrador y lastimero. La señora Granger le frotó la espalda con cariño.
- ¿Cuándo?
- Ahora, hace unos minutos. En el Callejón Diagón.
- Entiendo. ¿Y cómo están las cosas?
- Dijo que Cormac era un hombre con suerte. ¿Te lo puedes creer?
- Pues si, porque tiene razón.
- Piensa que ahora somos amigos. –Hermione levantó la cabeza para mirar al frente.
- ¿Y lo sois? ¿Puedes verlo solo como amigo?
- No tengo respuesta para eso. –dejó caer de nuevo la cabeza y la movió de un lado a otro.- Soy una persona horrible, mamá.
- ¿Por qué dices eso, cariño?
- Porque todavía no lo he olvidado, y no sé cómo hacerlo. –se detuvo y respiró hondo.- Ginny tiene razón. Si hasta llevo su anillo todavía. –añadió con amargura.- No he sido capaz de quitármelo esta mañana a pesar de…
- Es un anillo muy bonito.
- Significa mucho más, mamá. Anoche soñé con Él, con Ron. Conforme más cerca está el día de la boda, más pienso en él. Y aunque son recuerdos felices, siempre terminan con la amargura de nuestra separación. –se volteó para quedar frente a la señora Granger, que sufría por verla en aquel estado de agitación.- Me rompió el corazón, mamá. Y no estoy segura de que se haya recompuesto todavía.
- Hermione, cariño, yo no puedo decirte qué debes hacer. Pero si todo esto provoca que tengas dudas con respecto a lo que sientes por Cormac…
- No tengo dudas, mamá. Quiero a Cormac, lo quiero muchísimo.
- ¿Entonces?
- El problema es que no lo quiero como lo quería a Él. No lo quiero del modo en que una mujer debe de querer a su futuro marido. –contestó con una lágrima corriendo por su mejilla izquierda.
- Hermione…-la señora Granger acarició la mejilla de su hija-…no tienes por qué hacer esto. Lo sabes ¿no?
- No sé, mamá, no sé. Estoy hecha un lío.
- Entonces quiero que sepas que tu padre y yo te apoyaremos en lo que decidas hacer, sea lo que sea. Si decides anular la boda, nosotros estaremos a tu lado; si decides seguir hacia delante, nosotros estaremos a tu lado. Si piensas que Cormac se merece tu corazón, adelante, dáselo. Pero si tu corazón ya pertenece a otra persona, se sincera contigo misma primero. –le dio un beso en la nariz, como hacia cuando era pequeña.- Es lo único que te puedo decir.
- Gracias, mamá. –Hermione se refugió en los brazos de su madre y en el perfume que conocía tan bien.
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Ginny Potter no estaba contenta consigo misma.
Sentada frente a la mesa de la cocina, con los brazos cruzados, analizaba lo ocurrido la noche anterior. La cena en casa de Cormac y Hermione había terminado peor de lo que esperaba. Porque sabía que a la castaña no le haría gracia que sacara a relucir el tema de Ron. Pero no imaginaba que el dolor que aun sentía fuera tan grande. Los grandes ojos ambarinos de Hermione no mentían. El capullo de su hermano había cometido el peor error de su vida, y ahora tendría que pagar las consecuencias. Así se lo había dicho Harry en más de una ocasión, y se lo había repetido la noche anterior en el coche mientras regresaban a casa.
Harry siempre había intentado mantenerse al margen, al contrario que ella. Su marido estaba en medio, ambos eran sus mejores amigos. Aunque por lo general, en aquel tema en concreto, se mostraba más afín hacia Hermione. Y no era de extrañar. Lo que Ron había hecho era horrible. Ginny recordó que durante semanas, después de la ruptura con Hermione, muchos de sus hermanos se negaron a hablar con Ron. No eran capaces de entender que había sucedido en la cabeza de su hermano para cometer semejante acto de humillación contra la mujer a la que amaba.
Pero ya habían pasado cinco años…
…y Hermione aun sufría por su traición.
Ginny deseó tener delante a su hermano y poder darle un bofetón. Sin duda, eso le haría sentir mejor. En cambio, como estaba sola, lo que hizo fue coger el teléfono y marcar el número de su amiga. La pelirroja se había acostumbrado rápidamente al estilo de vida muggle, cosa que complacía sobremanera a su padre. El señor Weasley seguía con su extraña fascinación y no dudaba en avasallar a preguntas a su hija. Sonrió al pensar en su padre y en forma de vivir la vida sencilla y calmada. Se mordió el carrillo interior de la boca, ¿y si Hermione no quería hablar con ella? Entonces jamás perdonaría a su hermano.
- ¿Ginny? –la voz de este atravesó el salón y se coló en la cocina.
Ron acababa de llegar a través de la red flu.
Y Ginny pensó que lo mejor sería colgar y llamar a Hermione en otro momento.
- ¿Si? –la voz de Hermione contestó al otro lado del auricular.
Demasiado tarde para dar un paso hacia atrás.
- Hermione, soy Ginny. –dijo suspirando con resignación. Su hermano entró a la cocina, fue hasta la nevera y cogió una lata de cerveza.
- Ah, hola, Ginny. –por suerte, la voz de Hermione no sonaba disgustada, tan solo cansada.
- Escucha, Herm, yo…quería disculparme por lo de ayer. No estuve bien al decirte todas aquellas cosas, y ahora sé que tendría que haber hecho caso a Harry. –miró de reojo al pelirrojo que acababa de atragantarse a medio trago. Ron dejó la lata sobre la mesa de la cocina y se sentó a su lado con la curiosidad pintada en sus ojos azules.
- Tranquila, Gin, no pasa nada. Creo que al final las dos estábamos demasiado exaltadas.
- Ya, bueno. Pero aun así…
- Se que no es fácil para ti verme con Cormac. La mayoría de la gente ha tenido que acostumbrarse, incluida yo misma.
- Lo sé. –le dio un manotazo a su hermano que no paraba de hacerle muecas.- Quiero que sepas que no volverá a ocurrir, Hermione. Tendré que acostumbrarme a pensar en ti como en la mujer de Cormac. Eso es todo.
- Preferiría que pensaras en mí como una de tus mejores amigas.
- Ya, pero es que mi mejor amiga era mi cuñada, así que tengo que hacer también esa transición. –respiró hondo y se llevó una mano a la frente.- ¿Cómo van los preparativos para la boda?
- Bien, aunque estoy agotada. Hoy fui con mi madre a la iglesia muggle para decidir donde irán las flores el día de la ceremonia. Y ya sabes como es mi madre: más es mucho mejor que menos. Lo contrario que yo, vaya. Pero creo que hemos llegado a un acuerdo intermedio.
- Da gracias de que tu madre no sea Molly Weasley. Me llevó por el camino de la amargura durante toda la organización de mi boda.
- Piensa que fue una boda preciosa.
- Lo fue. –enrolló el cable del teléfono en el dedo índice de su mano.- Hermione…solo por asegurarme. Las cosas con Cormac andan bien ¿no? Me refiero a que no tuviste problemas anoche por mi culpa.
- No, tranquila, Ginny. Todo va bien entre nosotros dos. No te preocupes más.
- Bien, gracias. Te veo mañana en la fiesta en casa de tus padres.
- Hasta mañana, Gin.
Cuando la pelirroja colgó, sintió que se había quitado un peso de encima. Pero fue mirar a su hermano a los ojos y verse inmersa de nuevo en una neblina. Desde que fue contratado por los Chuddley Cannon's, Ron había cambiado. Toda la familia había estado avisándole durante meses, pero el pelirrojo no fue consciente hasta demasiado tarde.
- Ya lo has oído. No cambiará de opinión con respecto a la boda. Todo sigue hacia delante. –informó a su hermano con un suspiro.
- Eso ya lo veremos. –Ron se levantó de la silla y se pasó una mano por el cabello rojo.
- Ron…-Ginny también se levantó y lo enfrentó.- Eres mi hermano y sabes que te quiero. Y sabes que nada me gustaría más que Hermione volviera a ser mi cuñada. Pero cometiste un error muy difícil de olvidar y ella ya lo ha pagado suficiente.
- ¿Crees que no lo sé? No hago otra cosa que pensar en ella desde hace cinco años. –con el puño cerrado dio un golpe contra el mármol.- Lo que hice no tiene excusa, no hace falta que nadie me lo diga.
- Creo que deberías de darte por vencido, por el bien de los dos. –se acercó ligeramente a él y le pasó la mano por el brazo.- Cormac es un buen tío, y la quiere de verdad.
- ¿Pero ella le quiere a él?
- Si. Y antes de que me lo preguntes, pero no como te quería a ti.
- Entonces no puedo permitir que se case con él. –dijo Ron con determinación en su voz.
- Ron…
- No, Ginny. Míralo de esta forma durante un segundo: si Harry se fuera a casar con Cho, y tú supieras que él aun te quiere y tú le quisieras a él también, ¿te quedarías de brazos cruzados? ¿Dejarías que Harry cometiera el peor error de su vida?
- Eso no es justo, Ron. –Ginny movió la cabeza negativamente.- No quiero decir cosas que puedan hacerte daño. Pero fuiste tú el que tuvo una aventura con otra mujer estando con Hermione.
El dolor se reflejó en el rostro de Ron.
- Eso es algo que llevaré siempre en mi conciencia. Pero una cosa te voy a decir, Ginny: no he dejado de querer a Hermione ni un solo día en estos cinco años. Es la persona más importante de mi vida. Cometí un error imperdonable, cierto. Pero ella aun no está casada y sabes tan bien como yo que si se casa con Cormac será otro error. –respiró hondo y miró a su hermana a los ojos.- Estamos destinados a encontrarnos.
