Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, así como tampoco sus derechos ni copyright
Spoiler: Contiene referencias directas e información esencial de la trama y final del manga
Capítulo 2: Refuerzos
Abrió los ojos sobresaltada, sintiendo el aire húmedo y frío llenar sus pulmones de nuevo, como si acabara de despertar tras una agónica pesadilla. Sentía el sudor frío empañando su rostro, algunas gotas resbalando por su cuello y un intenso dolor por todo el cuerpo con cada exhalación. Tenía frío, tiritaba, y su mente luchaba por seguir ignorando todo a su alrededor. Estaba confusa y desorientada.
—Riza… por favor…
Escuchó una voz cansada y perdida, sintió el calor de un cuerpo pegado al suyo, unos brazos rodeándola y su mano reposando sobre su mejilla.
Empezó a recordar lo que había sucedido, empezó a entender lo qué estaba pasando.
—Respira —dijo el hombre en un susurro casi inaudible, aliviado. Estrechando el abrazo la acercó más a su cuerpo, notando cada respiración sobre su pecho.
Ella cerró los ojos, permitiéndose disfrutar de aquel pequeño momento, dejando que él la protegiera en ese instante. Se agarró a su cintura, aumentando el contacto entre ambos. Necesitaba aquel calor pero por encima de todo, necesitaba por unos instantes olvidarse de todo aquello. Apoyó su cabeza sobre el hombro del pelinegro, encajando su rostro contra su cuello. Quería ignorarlo todo, quería borrar todo lo que pasó tras derrotar a lo Homúnculos, quería estar fuerte para protegerlo… Él apoyó su rostro sobre su cabeza, acercó los labios pero se detuvo. Ella cerró los ojos y se acurrucó aún más en su regazo.
—Estás despierta. —dijo para sí— Pensé que…
No pudo terminar aquella afirmación.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó ella cerrando los ojos, tratando de descansar.
—No lo sé —respondió con sinceridad, desorientado y sin referencias aquellos minutos se hicieron eternos.
Volvieron a quedar en silencio, había tanto de que hablar, tanto que discutir, que empezar esa conversación les resultaba fatigoso. Aun se escuchaba alguna explosión lejana, fácil de ignorar, parecían momentáneamente a salvo, pero hablar requería poner palabras a esas sensaciones y emociones que no estaban preparados para exponer, no abiertamente, no estando tan cansados y agotados como se encontraban en aquel instante.
Pasaron unos minutos sin decir nada, callando sus miedos, su malestar, silenciando los reproches, la inseguridad y el dolor. Escuchaban los ruidos de explosiones y de algunos gritos, también el sonido del viento que embestía cada vez con más fuerza. En algún momento lo notó tensarse, reaccionando al grito desesperado de alguien en plena lucha, reaccionando a su instinto de protección. Podían herirlo, dejarlo ciego e indefenso, pero jamás conseguirían apagar aquella llama que prendía en pro de los demás, de su gente. Roy tenía muchos defectos, ella los conocía bien, pero era esa convicción tan noble y a la vez ingenua la que despertó algo dentro de ella que jamás podría definir. Él encendió en ella una llama que había dejado de prender, abrió una puerta que creía cerrada y le regaló un motivo por el que luchar.
—Debía protegerle, coronel, —susurró para él— no podíamos seguir allí.
—Lo sé.
—Aun así no puede perdonárselo. —añadió la rubia.
Sintió la tensión en el cuerpo del hombre, el leve temblor en sus manos tratando de controlar la rabia e impotencia producida por aquella certera sentencia. Riza observó su rostro, el gesto fruncido, la tensión en la marcada mandíbula y unos labios luchando por encerrar las palabras que gritaban por salir. Quería entenderle, necesitaba hacerlo. Buscó sus ojos separándose levemente de su cuerpo, incorporándose lo suficiente para poder observarlo bien, sin saber qué esperaba encontrar en ellos. Los miró directamente, tan sólo unos segundos, obligada a bajar la vista casi al instante. Vacía, así estaba su mirada, sin brillo, sin calor, sin fuego… y aun así sus ojos parecían quemarle. Su cuerpo se desplomó de nuevo sobre el muchacho, tratando de controlar la batalla que acababa de estallar en su interior. Allí no había nada. Culpabilidad, rabia, impotencia… un ejército de emociones luchaba por arrebatarle el autocontrol. Él lo notó pero no dijo nada, no iba a preguntar, no ahora. Ambos estaban demasiado débiles, agotados y heridos como para afrontar la carga emocional que la situación actual implicaba. También sabían que aquel instante de pausa debía terminar pronto si querían salir de allí con vida, sus posibilidades eran pocas pero debían intentarlo, tenían que concentrar las fuerzas restantes y ponerse en marcha.
—Debemos movernos, pronto nos alcanzarán y no podemos hacerles frente en nuestra situación. —justificó la rubia, aun con la voz afectada.
—¿Puede levantarse? —preguntó, ayudándola a ponerse en pie.
—Sí, tenemos que avanzar y alejarnos lo máximo posible de aquí. ¿Cómo llegaremos a Dublith?
Notó el brazo del hombre rodeando su cintura, posicionándose a su lado, de ese modo podía sujetarla mejor si se sentía débil o volvía a perder el conocimiento.
—Hay que evitar ser vistos, —dijo jocoso al percatarse de su propia ironía— deberíamos buscar un lugar donde poder tratar nuestras heridas y cambiar de apariencia, de ese modo les haremos más difícil reconocernos y podremos avanzar hacia el punto de encuentro. Debemos ir rápido antes que el enemigo controle también los pueblos más cercanos y…
Ambos se paralizaron al escuchar algo acercándose, la sangre se les heló por unos segundos y los sentidos se agudizaron al instante. Pasos rápidos, no parecían humanos, tampoco sonaba cómo el ruido producido por aquellas criaturas. Riza apuntó su arma en dirección al sonido, escuchaba una respiración familiar a lo lejos, un leve jadeo.
—¿Qué pasa? ¿Ve algo? —preguntó ansioso
—Silencio —le ordenó en voz baja.
Aguardaron unos instantes más, el sonido no cesaba y la criatura parecía estar cada vez más cerca. Riza se adelantó unos metros, tratando de localizar el punto exacto por dónde debería aparecer aquella amenaza. Los pasos se detuvieron de golpe y sonó un ladrido, fuerte y claro. La tensión se desplomó de golpe y ambos sonrieron.
—Hayate —gritó Riza, escuchando la respuesta del can, quien apareció ladrando tras las rocas donde se escondían.
Algo sucio, con polvo por todo su cuerpo y un pequeño rasguño en la pata, Black Hayate se abalanzó sobre su dueña, recibiendo un sincero abrazo de ésta. Por un instante un sentimiento de felicidad y alivio invadió su cuerpo. El perro se movía contento, saltando entre sus brazos, sacudiendo la cola, dando lametazos al aire tratando de acertar sobre el rostro de la rubia. Era imposible controlar la energía y alegría del can tras el reencuentro. Roy podía sentir el ajetreo, la energía de ambos, el gimoteo del animal incapaz de contener la emoción. Sonrió desde lejos, apartado, sonrió a pesar del vació que sentía en su interior. ¿Siempre se sentiría así, tan apartado del mundo, tan fuera de lugar? ¿Era ese el castigo real, el precio a pagar por intentar salvarlos a todos y fracasar? Sintió una sensación húmeda en sus dedos, se sobresaltó al principio pero enseguida buscó la cabeza del perro, dando manotazos al aire. Riza se percató de la dificultad, el perro no estaba quieto y Roy no podía seguir el ritmo sin ver los movimientos del animal. Se acercó y sin decir nada dirigió la mano del coronel hasta su objetivo, guiándole hasta la posición correcta. El moreno tampoco mencionó nada, acarició al perro, notando el tacto suave y caliente, a pesar de todo se alegró por reencontrarse con el fiel animal.
—Bienvenido Black Hayate —dijo con un tono agridulce que llamó la atención de la mujer.
—¿Coronel? —cuestionó sin poder entender, sin poder cruzar sus miradas en segundos y comprender.
—Ahora que estamos todos debemos ponernos en marcha, no hay tiempo.
—Sí, señor.
Decidieron dirigirse a una zona algo alejada y boscosa, difícil de transitar para ellos en su condición, pero infinitamente más segura que una vía principal. No podían arriesgarse a caminar por mejores caminos o carreteras, serían un objetivo demasiado fácil. Avanzaron en silencio, la temperatura bajaba con el sol, pronto iba a anochecer. Roy caminaba torpemente sin poder evitar tropezar y desequilibrarse con las piedras, raíces y desniveles del terreno. Riza apenas podía avanzar sin hacer breves descansos a cada rato, mucho menos controlar los pasos del moreno. Se sentía débil y dolorida, tiritando por el frío y el cansancio. Black Hayate les acompañaba cojeando levemente por su rasguño, husmeando y comprobando que iban en buena dirección. De vez en cuando levantaba la mirada y les observaba de soslayo, el animal se percató que algo no estaba bien, estaban demasiado heridos y algo había cambiado desde la última vez que los vio.
Su objetivo era llegar a una pequeña ciudad dormitorio cercana a Central, una ciudad les garantizaba un mayor anonimato que los pequeños pueblos más cercanos al centro, pero el esfuerzo para llegar al lugar era mayor, así como su desgaste físico; el camino era largo y fatigoso. Black Hayate ladró nervioso, ignorando un reproche del moreno, estaban muy cerca pero seguían parados bajo el cobijo de unos troncos caídos. Riza apenas lograba mantenerse en pie y su visión empezaba a nublarse, decidieron alargar aquel descanso pero su cuerpo parecía rebelarse al esfuerzo al que le estaban sometiendo. Ella misma sugirió parar allí un momento, sabía que tenía fiebre y su condición difícilmente mejoraría pero si seguía andando iba a caer desplomada en cualquier momento y eso podría generar más problemas aún. Acurrucada en el suelo, apoyando la cabeza sobre los muslos del moreno, cerró los ojos lamentando su estado.
—Lo siento, —dijo con una voz áspera impropia— sólo unos minutos, sólo necesito unos minutos más…
—No debe disculparse, teniente, —contestó el hombre mientras comprobaba por enésima vez la alta temperatura de la joven— yo tampoco puedo conseguir la ayuda que necesita en estas circunstancia. Siga hablando, siga conmigo.
—Me duele —se quejó, cerrando los ojos, evadiéndose así de todo a su alrededor. Tan solo quería dormir un poquito…
—No. Abra los ojos, no puede dormir. —dijo asustado, golpeando con suavidad la mejilla de la joven, notando el calor que emanaban— Siga conmigo, aquí.
—Estoy… cansada… —susurró, sintiendo su cuerpo cada vez más lejano.
—¡Hawkeye te lo ordeno, es una orden! —gritó Mustang nervioso, agarró el cuerpo de la chica y con cuidado la acomodó hasta quedar sentada. Ella abrió los ojos unos segundo para desvanecerse de nuevo, casi al instante— ¿Teniente? ¿Riza?... Otra vez no… Riza, por favor, no más… ¡Joder, despierta!
Dominado por la impotencia trató de mantener el control, comprobó que aún respiraba, que aún tenía pulso, trató de todas las formas de despertarla, de hacerle recuperar la consciencia pero su cuerpo parecía haber llegado al límite. Estaba solo, solo y ciego en medio de cualquier lugar y era el único que podía ayudarla. Se esforzó por mantener la calma, Riza seguía respirando, la situación era crítica pero no decisiva, debía pensar rápido y encontrar una solución. Mientras trataba de ordenar su mente escuchó al perro ladrar, acercándose a la chica. Por unos instantes lo había olvidado, era tan fácil ignorar y olvidar aquello que no podía ver… Cerró los ojos por inercia, frunció el ceño mientras barajaba rápidamente todas las opciones posibles, todas las jugadas que podía realizar con la nueva pieza en juego. Murmuró en voz baja para él mismo, llevó una de sus manos a la barbilla, frotándola nerviosamente y de golpe abrió los ojos. Lo tenía.
Sin pensarlo dos veces se quitó la chaqueta militar y arrancó un trozo de tela de la manga de su camisa lo bastante grande, mordió una de sus manos con todas sus fuerzas, soltando la rabia y frustración que sentía en ese momento, tratando de reabrir la herida que Wrath le asestó al obligarlo a abrir la puerta. Enseguida empezó a sangrar de nuevo, cuando notó el sabor metálico en su boca corrió a manchar la tela con su propia sangre.
—¡Hayate, toma! —gritó sin pensarlo, sin saber exactamente donde se encontraba el animal— Busca ayuda, ve a la ciudad, al pueblo, donde haga falta pero trae a alguien ahora mismo.
El perro se acercó, oliendo el trozo de tela, entendiendo al instante la orden del moreno. Lo agarró bruscamente, quitándoselo de las manos y sin más arrancó a correr bosque a través. Roy lo escuchó abandonar velozmente el lugar, confiaba en el animal, debía confiar en él. Era su única oportunidad.
Continuará...
Ante todo disculparme por el retraso, ha sido una espera demasiado larga así que solo puedo agradecer a quienes sigan leyendo y confiando en mí historia.
Me siento con muchas ganas de retomar y terminar éste proyecto que inicié tiempo atrás y espero que los próximos capítulos, así cómo éste, sea de vuestro agrado.
Espero recibir vuestras reviews con opiniones y críticas constructivas, así cómo para poder valorar el interés que pueda seguir generando la historia.
¡Hasta el próximo capítulo!
