A Aradia Gaunt, si le gusta, sino, se cambia.

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La lluvia resultaba purificante.

Caía por su cuerpo, llevándose los pensamientos agobiantes, los recuerdos amargos, la tensión de sus músculos.

Respiró profundamente, como si algo en el pecho se lo hubiese impedido hasta el momento.

Levantó su cara al cielo sin abrir aún sus ojos, sintiéndose, por primera vez en días, tranquilo, libre. Olvidando por momentos que se encontraba rodeado de gente, en los jardines de Hogwarts, dando un último adiós a los caídos.

Aspiró aire nuevamente, sintiendo como el olor de hierba mojada invadía sus sentidos.

La voz de un idiota llegó entonces a sus oídos:

-El cielo llora por los que se han ido.

Idiota.

Ellos siempre habían adorado a la lluvia. Era su aliada, su compañera.

Caía al suelo, borrando sus pisadas de regreso del bosque prohibido. Oscurecía el día, permitiéndoles actuar en la sombra. Incluso, a veces, les empapaba por completo y, tratando de evitar un resfriado, acababan en la enfermería sin poder asistir, muy a su pesar, a la clase de historia.

-El cielo llora por los que se han ido.

No. Una vez más la lluvia era su aliada, pero por vez primera no en sus travesuras. Sabía que su visita venía con mensaje, de él, de su hermano. Venía a recordarle que nada había acabado, que la vida seguía su curso, que no estaba solo, que tenía que seguir adelante, por sí mismo, y por su hermano.

La fortuna quiso que abriese sus ojos justo en el momento en el que el cuerpo sin vida de su hermano era depositado en su lugar de reposo eterno. Mas no volvió a cerrarlos. Un murmullo inaudible escapó de sus labios, una última plegaría que sabía inútil:

-No me dejes, Fred.

Una vez más la lluvia actuó como su aliada, recorriendo su rostro, haciendo invisibles sus lágrimas.