Adrián, alarmado, sostuvo a Marinette entre sus brazos antes de que cayera al suelo. No tenía ni idea de lo que le había pasado, de si estaba herida o solamente inconsciente, y todavía se veía incapaz de procesar el hecho de que, por alguna razón, había saltado ante él para recibir aquel golpe en su lugar. Porque la villana avanzaba hacia ellos, lista para disparar de nuevo, y él no podía hacer nada para detenerla, al menos no como Adrián. Pero obviamente no podía transformarse en Cat Noir justo delante de la chica akumatizada.
–Dulces sueñoooos... –canturreó ella, apuntando con su arma a Adrián.
Justo entonces oyeron un grito que distrajo la atención del akuma. Alguien la había visto desde abajo y estaba dando la voz de alarma. La princesa volvió la cabeza bruscamente y pareció olvidarse de Adrián y la desmayada Marinette. Saltó por encima de la barandilla y descendió lentamente hasta el patio entre gritos de pánico.
–¿Dónde está la profesora Mendeleiev? –demandó con voz cantarina–. No se esconda, tengo un regalo para usteeed...
Adrián inspiró hondo. Al menos ya sabía a quién buscaba la chica levitante; eso la mantendría entretenida un rato, hasta que Ladybug y Cat Noir pudiesen ocuparse de ella.
Cargó con Marinette y se ocultó con ella tras una esquina. Entonces examinó su rostro con preocupación. Suspiró, aliviado, al comprobar que ella respiraba sin dificultad. Trató de hacer que recobrara la consciencia.
–¿Marinette? –la llamó con dulzura–. Marinette, despierta.
Pero ella seguía sin reaccionar. Adrián localizó entonces una larga aguja clavada en su espalda, y se la extrajo con cuidado. Ella suspiró levemente, pero no se despertó.
–Esto es lo que la ha hecho perder el sentido –comentó el chico en voz alta–. ¿Estará envenenada?
Plagg emergió del bolsillo interior de su camisa y flotó sobre el rostro de Marinette para observarla con curiosidad.
–A mí me parece que está dormida como un tronco –opinó.
Adrián se inclinó sobre Marinette, inquieto. Pero ella parecía tranquila y en calma. Profundamente dormida, como había dicho Plagg. Su respiración era lenta y sosegada, su rostro estaba relajado, sus largas pestañas temblaban ligeramente y tenía los labios entreabiertos.
Adrián tragó saliva. Pensó de pronto que Marinette era muy guapa, pero apartó aquella idea de su cabeza porque debía centrarse en resolver la situación.
–Entonces, ¿eso es lo que hace el akuma? –planteó–. ¿Que la gente se quede dormida?
Sacudió a Marinette con suavidad, tratando de despertarla. Como no funcionó, probó a acariciarle las mejillas, a soplarle sobre los párpados y a hacerle cosquillas detrás de las orejas. Pero ella solo suspiró en sueños y se acomodó mejor contra su pecho, aferrando el borde de la camisa de Adrián como si fuera una sábana.
El chico se ruborizó sin poder evitarlo. Plagg ahogó una risita.
Entonces oyeron de nuevo la voz de la villana desde la planta baja:
–¡Yo soy la Reina Anestesia! ¡Y todos vosotros caeréis bajo mi poderoso hechizo de sueño si no me decís inmediatamente dónde está la profesora Mendeleiev!
–Échale un cubo de agua por la cabeza y verás cómo se despierta –sugirió Plagg.
–¡No! –replicó Adrián–. Eso es una grosería, Plagg. Además, si está bajo un hechizo dudo mucho que se vaya a despertar así. Se quedará empapada además de dormida.
–Bueno, pues si no se va a despertar no sé qué haces aquí todavía.
–¡Dormiréis para siempre, para siempre, para siempre! –canturreaba la Reina Anestesia desde el patio.
–Para siempre, no –murmuró Adrián–. Solo hasta que Ladybug capture su akuma.
–Y entonces, ¿a qué estás esperando? –planteó Plagg–. ¿O se te han olvidado las palabras?
Adrián vaciló. Salió un momento fuera de su escondite y se asomó a la barandilla, pero no había ni rastro de Ladybug todavía. Abajo, en el patio, la Reina Anestesia bailaba una danza sin música entre los cuerpos de los estudiantes que yacían dormidos en el suelo, a su alrededor.
El chico regresó a su escondite y volvió a contemplar a Marinette, inseguro.
–Es que no quiero dejarla aquí sola y dormida, Plagg.
–Pfff, por favor. A estas alturas la mitad de los alumnos del colegio estarán roncando también. ¿Vas a cuidar de todos ellos hasta que se despierten?
–No, pero...
–¿Entonces...?
Adrián no pudo encontrar respuesta a aquella pregunta. De modo que suspiró, sacudió la cabeza y pronunció las palabras:
–Plagg, garras fuera.
Inmediatamente se transformó en Cat Noir. No tenía la menor intención de abandonar allí a Marinette, sin embargo. Lo había hecho simplemente para estar preparado para luchar en cuanto llegara Ladybug y, sobre todo, para no oír las burlas de Plagg con respecto a Marinette.
Cat Noir sabía que la Reina Anestesia iba dejando a su paso una larga lista de personas dormidas. Marinette solo había sido la primera de sus víctimas. Y Plagg tenía razón: no podía vigilarlas a todas.
La diferencia era que Marinette estaba a su lado cuando el akuma los había atacado. Cat Noir era el héroe; él debería haberla mantenido a salvo y no haber permitido en ningún caso que ella recibiera aquella aguja en su lugar. Por supuesto, si Adrián hubiese caído bajo el hechizo de sueño, no habría estado después en condiciones de transformarse en Cat Noir y unirse a Ladybug en su lucha contra el akuma. Así que, si lo pensaba fríamente, las cosas habían sucedido de la mejor manera posible. Después de todo, Marinette solo estaba dormida, y se despertaría sin duda en cuanto venciesen en aquella batalla.
Pero aun así, Cat Noir se sentía responsable. Marinette se había interpuesto entre Adrián y el akuma para recibir un golpe que estaba destinado a él, en un momento en que ninguno de los dos sabía aún qué efectos tendría en ella. Había sido un gesto increíblemente valiente y generoso por su parte; después de aquello, Cat Noir no podía marcharse y dejarla abandonada sin más.
De todas formas, pensó, no podría hacer gran cosa sin Ladybug. Tal vez podría cuidar de Marinette hasta entonces y quizá encontrara entretanto la manera de despertarla.
Pero no podían quedarse allí. Si la Reina Anestesia alzaba la mirada era muy posible que los localizase desde el patio en un descuido.
De modo que Cat Noir se levantó y, con Marinette en brazos, se elevó hacia el tejado del colegio, buscando un lugar desde el que poder vigilar los movimientos de la villana sin ser descubierto.
Alya y Nino habían logrado escapar de las agujas de la Reina Anestesia y ahora subían las escaleras en silencio, tratando de evitar que ella los descubriera. Llegaron al piso superior en busca de Adrián y Marinette, a quienes no veían por ninguna parte, ni dormidos ni despiertos. Tampoco los encontraron allí, pero Nino tiró de la manga de Alya para señalarle una silueta oscura que saltaba hacia el tejado con una chica a cuestas.
–¡Es Cat Noir! –susurró ella–. ¿Y lleva en brazos a Marinette? –añadió con extrañeza.
–Estará dormida –conjeturó Nino–. Vamos, no te preocupes por ella; Cat Noir la pondrá a salvo. Es a Adrián a quien tenemos que encontrar ahora.
Alya asintió, aunque no estaba muy convencida. Los dos iniciaron una breve búsqueda por las aulas, pero las hallaron todas vacías. Al abrir el armario de la limpieza, sin embargo, los recibió un coro de exclamaciones de terror.
–¡Tranquilos todos, somos estudiantes también! –se apresuró a aclarar Alya.
–¿Está aquí Adrián Agreste? –preguntó Nino, paseando la mirada por los rostros de las cuatro personas que se habían escondido allí.
No encontró a su amigo, pero sí identificó a una mujer de rasgos afilados y gafas de montura cuadrada.
–¿Madame Mendeleiev? –exclamó.
–¡Sssshhhh! –susurró una de las chicas–. ¡No hables tan alto!
–Perdón –musitó Alya en el mismo tono; tiró de Nino para entrar en el armario y cerró la puerta tras ellos.
Alguien encendió un móvil y la débil luz de la pantalla bañó sus rostros en la oscuridad.
–¿Quién es esa chica, madame Mendeleiev? –quiso saber Alya–. ¿Por qué la busca?
La profesora suspiró y desvió la mirada.
–Es... una alumna de mi clase superior de física –respondió a media voz–. Se llama Céline. Tenía un examen conmigo esta mañana y... se quedó dormida a mitad. Quizá porque se pasó gran parte de la noche estudiando.
No añadió nada más, pero no hizo falta. Todos sabían que los exámenes de la profesora Mendeleiev eran muy difíciles, y que ella tampoco era precisamente benevolente a la hora de corregirlos. Tampoco tenía paciencia con la gente que no prestaba atención a sus lecciones.
–¿La... riñó usted por dormirse en clase? –aventuró Alya.
Ella se encogió de hombros, un poco a la defensiva.
–Solo la llamé «Bella Durmiente». Tampoco es para tanto.
Alya y Nino cruzaron una mirada. Ambos sabían muy bien que madame Mendeleiev dedicaba a menudo comentarios sarcásticos a los alumnos que la decepcionaban, y que a veces podía llegar a ser bastante cruel. Probablemente habría ridiculizado a la pobre Céline delante de todos sus compañeros, y ella se había sentido tan avergonzada que Lepidóptero no había encontrado problemas para influir en su voluntad.
No era de extrañar que la Reina Anestesia enviara a dormir a todo el mundo, pensó Alya. Aunque quizá hubiese planeado algo diferente para la profesora de ciencias que la había humillado.
–¿Y qué es lo que lleva en la mano? –siguió preguntando–. ¿El arma con la que dispara?
–No estoy segura –dijo una de las chicas–, pero creo que podría ser el portaminas con el que Céline estaba haciendo los cálculos para el examen. Lo llevaba en la mano la última vez que la vi, antes de que se... transformara. Ahora lo usa para disparar esas... agujas narcóticas.
Alya asintió, tomando nota de todo mentalmente para cuando realizara su reportaje para el Ladyblog.
–Nadie ha visto a Adrián, ¿verdad? –insistió Nino.
Todos negaron con la cabeza.
Entonces oyeron la voz cantarina de la Reina Anestesia desde fuera. Estaba todavía más cerca que antes, y madame Mendeleiev se encogió en su rincón, amedrentada.
–Será mejor que nos quedemos aquí dentro –susurró Alya.
–Pero Adrián...
–Cat Noir ya ha llegado; Ladybug no tardará en aparecer. Si salimos ahora y la Reina Anestesia nos duerme, no podremos hacer nada por él de todos modos.
Nino abrió la boca para replicar, pero finalmente sacudió la cabeza y suspiró, consciente de que ella tenía razón.
Aún sosteniendo a Marinette entre sus brazos, Cat Noir contemplaba las evoluciones de la Reina Anestesia desde un rincón apartado de la azotea. La villana estaba registrando aula por aula, buscando a la profesora de ciencias y, de paso, sumiendo en un profundo sueño a todas las personas a las que se encontraba en su camino.
El superhéroe no sabía qué hacer. No había rastro de Ladybug todavía. Había tratado de llamarla por el comunicador, pero el yoyó de ella ni siquiera recibía la señal. Mientras la Reina Anestesia se limitase a dar vueltas por el colegio, el asunto estaría más o menos controlado. Pero en algún momento encontraría a la profesora Mendeleiev, y Cat Noir temía que no se conformase con dormirla sin más. Por otro lado, si la Reina Anestesia abandonaba el edificio y salía a la calle podría causar muchos más problemas, incluso accidentes de tráfico.
Pero no podía dejar a Marinette. Sencillamente, no podía. Después de la forma en que ella lo había protegido del akuma con su propio cuerpo, sin pensarlo siquiera, sentía que lo mínimo que debía hacer era permanecer a su lado hasta que despertara.
Gruñó para sus adentros. En aquel momento le habría gustado ser dos personas diferentes de verdad. Entonces Adrián habría podido quedarse junto a Marinette mientras Cat Noir hacía frente a la Reina Anestesia formando equipo con Ladybug. Pero la realidad era que ambos eran la misma persona, y tenía que elegir. Porque Ladybug estaba tardando demasiado, y en algún momento Cat Noir debería intervenir para evitar que la villana hiciese algo más que poner a todo el mundo a dormir la siesta.
Se inclinó de nuevo junto a Marinette. «Si al menos pudiese despertarla», pensó. Entonces Cat Noir estaría a su lado cuando abriese los ojos. Sabía que, si la dejaba allí para ir a luchar contra el akuma, cuando Marinette despertara se encontraría sola. Ni Cat Noir ni Adrián estarían junto a ella, y por alguna razón esa idea lo ponía muy nervioso. ¿Qué pensaría Marinette de él si, después de haberlo salvado del proyectil del akuma, la dejaba por ahí tirada sin más? Aquello no era propio de Adrián, y tampoco de Cat Noir. Si hubiesen estado en el patio cuando sucedió, caviló, podría haber dejado a Marinette al cuidado de Alya o de cualquier otra persona. Pero se había dado la circunstancia de que la Reina Anestesia los había atacado cuando estaban ellos dos solos en el pasillo.
Suspiró para sus adentros. Marinette no había llegado a decirle qué quería de él, aunque el chico sospechaba que quizá tuviera que ver con su padre. Después de todo, ella era una diseñadora muy talentosa. Tal vez quisiera preguntarle si podría hacerle llegar alguno de sus cuadernos de esbozos a Gabriel Agreste.
Se lo preguntaría cuando despertase, decidió.
Volvió a contemplar a la muchacha dormida y acurrucada entre sus brazos. Ahora que Plagg no estaba a su lado para hacer comentarios maliciosos al respecto, podía observarla con calma. Le apartó un mechón oscuro de la frente, con cuidado, pero ella no se despertó.
–Dormiréis cien aaaañooos, mis queridos soñadoooores –canturreaba la Reina Anestesia.
«Cien años», pensó Cat Noir de pronto. «Como la Bella Durmiente».
El corazón le latió un poco más deprisa. La villana había dicho al principio que su hechizo duraría para siempre pero, si no recordaba mal, también había sido aquella la intención de la bruja del cuento. Una de las hadas madrinas había suavizado la maldición: la princesa dormiría «solo» cien años. O hasta que el beso del príncipe la despertara.
Cat Noir se sonrojó. Acababa de recordar que en cierta ocasión había llamado a Marinette «princesa».
Sacudió la cabeza. «No pienses cosas raras», se dijo. «Es todo una casualidad».
Pero la Bella Durmiente había caído en aquel sueño mágico tras pincharse con una aguja.
Como Marinette.
«No, no, no», se repitió a sí mismo con firmeza. «No voy a besar a Marinette mientras está dormida, no estaría bien. Además, yo quiero a Ladybug».
Estiró de nuevo el cuello en busca de la superheroína, pero ella aún no había llegado.
«Sería solo para romper el hechizo», susurró una vocecita en su cabeza. «Probablemente no llegará a enterarse nunca».
«Pero no puedo estar seguro de que eso vaya a servir para despertarla», discutió consigo mismo.
Había posibilidades de que así fuera, sin embargo. Los akumas solían seguir una lógica extraña y retorcida. Si Lepidóptero se había inspirado en el cuento de La Bella Durmiente para aquel villano en concreto, el asunto del beso podría estar perfectamente incluido en el pack. Como los animales prehistóricos en la lista de transformaciones de Animan. O los vientos huracanados entre los poderes de Tormentosa. O la cuenta atrás que se iniciaba después de que Copycat o Antibug utilizaran su poder especial.
Volvió a contemplar a Marinette; ella murmuró algo en sueños y se removió un poco entre sus brazos, y a Cat Noir se le aceleró el pulso ante la idea de besarla.
«Es solo una amiga», volvió a repetirse a sí mismo.
Una amiga guapa, tuvo que reconocer. Y valiente, talentosa, creativa, compasiva, perspicaz y con un gran sentido de la justicia y la responsabilidad. Aunque también fuera torpe y algo tímida a veces, pero tenía que reconocer que aquellas características de Marinette nunca lo habían molestado en realidad. Eran parte de su encanto.
Sacudió la cabeza. «No vayas por ahí», pensó. «Si al final decides besarla será para romper el hechizo y nada más. Porque es lo que hay que hacer y punto. Para salvarla como el superhéroe que se supone que eres».
Y porque su corazón pertenecía solo a Ladybug, se recordó.
Inspiró hondo. La voz de la Reina Anestesia sonaba cada vez más cerca. Tenía que acudir a su encuentro, entretenerla hasta que llegase Ladybug, y no podía retrasar su decisión mucho tiempo más. ¿Dejaría a Marinette sola en la azotea... o se atrevería a tratar de despertarla con un beso?
