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1908

―¿Es que no va a callarse nunca?

La señora Ggaunt caminó hasta su hija para cogerla y poder calmarla.

―Es normal que llore, Sorvolo, es sólo un bebé.

―A su edad Morfin no lloraba tanto.

―Eso no es verdad, había momentos en que si lloraba mucho. Pero claro, empezó a callarse desde que le cruzaras la cara con…

De repente, todo ocurrió demasiado deprisa. El señor Gaunt se levantó rápidamente y caminó hasta su mujer. Alzó el brazo, con la mano extendida, y le soltó una bofetada a su mujer en la cara. La señora Gaunt gritó de puro dolor y cayó al suelo, pero haciendo todo lo posible por evitar que Mérope saliese lastimada. Acto seguido, el señor Gaunt la cogió del pelo y tiró de ella hacia él. Acercó su maloliente boca al oído de su esposa.

―Escúchame bien, mujer, escúchame bien. Y que sea la última vez que te lo repita. Nadie me replica. Nadie. Y menos tú. ¿Lo has entendido?

―Por… por favor…

―¡¿Lo has entendido?! ―gritó él mientras agitaba la cabeza de su esposa.

―Sí… ¡Sí!

La señora Gaunt gritaba y lloraba, pero sujetaba con fuerza a Mérope. Se prometió, la primera vez que la tuvo en brazos, que cuidaría de ella y nada le pasaría. Y así lo iba a hacer.

El señor Gaunt soltó a su esposa.

―De todas mis primas, tener que casarme contigo, estúpida mujer. Pero no, todo fue capricho de mi señora madre. Eso es lo único que no le perdono. Lo único ―se quedó mirando a la mujer, que seguía en el suelo, sujetando a su hija ―. ¡Levántate! ¡Deja a esa cosa en su sitio y tráeme el desayuno! Que no tenga que volver a repetirlo o me harás usar esto de nuevo.

Y alzó de nuevo una mano. La señora Gaunt obedeció. Se levantó a duras penas, dejó a su hija en su asiento y terminó el desayuno, el cual sirvió a su marido. Este miró un momento a su esposa. Tenía una fea herida en el labio, que sangraba, producto del golpe propinado por él. El pelo estaba desordenado y tenía la blusa descolocada. Cualquiera se habría horrorizado en aquel momento.

―Escucha…

―¿Sí? ―preguntó ella. Quizás su marido había recapacitado y se había dado cuenta del error que había cometido.

―¿Crees que esa es forma de presentarte ante tu marido? Ve ahora mismo a arreglarte y a curarte esa herida. Ahora.

La señora Gaunt reprimió una lágrima y salió de la habitación, no sin antes querer coger a su hija.

―Deja a la niña… No le va a pasar nada.

La señora Gaunt se detuvo. No le quedaba otra que obedecer. Salió de la cocina y se dio toda la prisa del mundo en arreglarse. Mérope, por su parte había dejado de llorar. Desde que su padre había pegado a su madre, desde que le miró a la cara y vio la herida superficial, desde que se quedó a solas con su padre, desde aquel momento.