.

La cueva


Capítulo II

.

Afueras de Londres, Inglaterra.

La mañana había sido completamente estresante. Harry detestaba con todas sus fuerzas visitar Azkabán; siempre que iba acababa con un dolor punzante de cabeza y teniendo que recurrir a algún tipo de remedio para poder soportarlo.

Como era de esperar, todos los que tenía que interrogar para averiguar el paradero de Sherwood se negaban a contestar. Algunos se hacían los sordos, otros les cambiaban de tema, algunos ni contestaban... Desde luego no les estaba resultando nada fácil atrapar a aquel ladrón que llevaban casi un año detrás de él. Había conseguido escapar de Azkabán sin saber cómo y aún seguía en paradero desconocido. Todo el Ministerio desconocía si había llegado a cobrarse alguna vida durante su fuga. Harry suplicó a Merlín que no fuese así.

Sacó la lista de un bolsillo de su túnica y tachó la última persona que había interrogado. Se masajeó la sien al comprobar que aún le quedaba una persona por interrogar. El día se le estaba haciendo eterno y parecía que se negaba a acabar. Sacó su reloj de bolsillo y lo miró; eran ya las cinco menos cuarto de la tarde. ¿Cómo había pasado tanto tiempo en Azkabán? Ni se había acordado de comer nada, ya que cuando está allí se le quita completamente el apetito. Ya pararía cuando acabase a tomar algún bocado.

Suspiró largamente antes de volver a echarle un último vistazo a su parte de la lista. Esperaba y deseaba que Ron hubiese tenido más suerte que él. El próximo en visitar era Draco Malfoy. Aún se preguntaba el por qué venía el nombre de su antiguo compañero de Hogwarts en aquella lista y qué tendría que ver con Sherwood. No le quedaba más remedio que averiguarlo.

Alzó la vista y se quedó mirando la puerta de una galería que había no muy lejos de donde se hallaba. Miró, una vez más, el trozo de pergamino y se detuvo en la localización actual de Malfoy. Al entrar por la puerta se preguntó también qué haría Malfoy en una galería de arte. Tal vez fuese cosa de su esposa. Se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin saber nada de él o de su familia. Bueno, sólo de su madre de vez en cuando, ya que Andrómeda siempre hablaba unas pocas veces de ella cuando iba a visitarla. Recordó en ese momento que el señor Malfoy había fallecido tres años atrás.

Paseó un poco por la estancia. Habían cuadros muy diversos; desde una chica semidesnuda frente a una ventana abierta, hasta un frutero donde aparecen y desaparecen varias piezas de frutas. Tal vez sea por el hecho de que un hombre, probablemente perteneciente a otro cuadro, sea el responsable de aquello. Una muchacha rubia, muy bien vestida, se acercó a él por detrás, sorprendiéndole:

—Este también es de mis cuadros preferidos —dijo refiriéndose a uno de unos niños que jugaban en un parque. Harry se giró para mirarla, pero permaneció en silencio—. Se puede apreciar la inocencia de esos niños en él.

—Tal vez. Aunque no entiendo mucho de arte, la verdad.

La muchacha arqueó una de sus, casi invisibles, cejas y le dedicó una sonrisa torcida a Harry. Entrecerró los ojos e intentó adivinar mentalmente los motivos por los que él estaría en aquel lugar.

—¿Le puedo ayudar en algo, señor Potter? —preguntó sin más rodeos la joven.

—Vaya, veo que no me escapo de mi pasado ni por estos lugares —bromeó.

—Es usted una leyenda —instó la chica—. Raro es que no le paren cada dos por tres por la calle a pedirle un autógrafo o algo por el estilo.

—Hubo un tiempo que lo hicieron —contestó, sin apartar la vista del cuadro que tenían en frente. Realmente era digno de ver—. Hasta que se cansaron. Duró poco. Mucho menos de lo que me esperaba.

—¿Y se extraña?

—No —Fue rotundo en su respuesta—. Más bien fue un alivio para mí. No me gustan ese tipo de cosas y le agradecí al mundo que pudiera seguir con mi vida.

—Comprendo —asintió—. Pero sigue sin contestar a mi pregunta.

—¿Cuál pregunta?

—Aún no me ha dicho qué es lo que desea.

—Cierto. Pero no me llame de usted, que me hace más mayor de lo que soy. Puedes tutearme.

—Como quiera, señor Potter —Le sonrió, asintiendo de nuevo—¿Qué es lo que buscas en esta humilde galería de arte?

—¿Cómo sabes que busco algo?

—¿No es obvio?

—Suponiendo que desconozco cualquier tipo de arte, imagino que sí, que es muy probable que sea evidente el motivo por los que me hallo aquí —Hizo una breve pausa para quitarse las gafas y limpiarlas con los bajos de su camisa. Detalle que Ginny siempre intentó corregirle, pero no hubo manera. Se las colocó de nuevo antes de proseguir—. Más que buscar algo, busco a alguien.

—¿Y puedo saber de quién se trata o tendré que usar mis técnicas adivinatorias una vez más?

Harry soltó una leve carcajada. Después de pasar toda la mañana en las mazmorras de Azkabán, los comentarios jocosos de aquella muchacha eran como una brisa fresca en un día caluroso.

—Se trata de Draco Malfoy.

—¡Oh, vaya! —Esa fue la respuesta de la chica, la cual parecía ciertamente sorprendida—Interesante.

—¿Eso qué quiere decir? —se extrañó Harry. Miedo le daba pensar que se hubiese equivocado de lugar.

—Pues que es un mito por aquí.

—¿A qué te refieres con... mito?

—Tranquilo —respondió mientras paseaba la mirada por los demás cuadros—, no es nada. Es simplemente que no visita mucho este lugar, a pesar de que el cincuenta por ciento es suyo.

—Me dijeron que podría localizarle aquí; tal vez se equivocasen o algo.

—No lo creo. Pero en un año que llevo aquí trabajando no le he visto aún el pelo. Una vez casi lo pillo saliendo de su despacho, pero no conseguí verle.

—No entiendo por qué me mandarían aquí si no suele pasarse nunca.

—Tal vez puedas hablar con su esposa, la señora Malfoy.

—¿Y dónde puedo localizarla?

—Un segundo.

La muchacha se dio media vuelta y, con paso decidido, salió en busca de la señora Malfoy. Pasados unos minutos, regresó con una sonrisa en la cara.

—Señor Potter, en estos momentos se encuentra un tanto ocupada, pero me ha comunicado que, si le espera al cierre de la galería, podrá atenderle debidamente.

—¿Otra vez tratándome de usted, señorita...? —se quedó en blanco; acababa de darse cuenta de que no le había preguntado aún por su nombre.

—Watson —respondió en seguida—. Abigail Watson. Aunque todo el mundo me suele llamar Abbie. Y sí, es la costumbre de tratar a todo el mundo de usted. Los modales ante todo.

—Muy bien, Abbie —contestó Harry, remarcando mucho el nombre de la empleada—. Pues nos vemos en un rato. ¿A qué hora es el cierre de la galería?

—A las siete y media. Pero mi turno acaba en una hora, así que dudo que nos veamos.

—Una lástima —concluyó—. Siempre es agradable estar en buena compañía de vez en cuando y más cuando se está de servicio.

La muchacha sonrió algo modesta y se marchó con un gesto con la cabeza a modo de despedida. Harry salió de aquella galería. Su reloj de bolsillo marcaba las cinco menos cinco de la tarde. ¿Qué se suponía que debía hacer de mientras hasta que diesen las siete y media? Un sonoro retortijón le recordó que aún no había tomado bocado desde el desayuno y decidió buscar un lugar para llenarse un poco el estómago. Si es que, a veces, el trabajo duro le pasaba ese tipo de facturas.


Continuará...


NDA: Y eso ha sido todo por hoy. Espero que os haya gustado.

Agradecimientos a miredraco, Ilse Wayland y Druida por sus reviews. :)

Un saludo muy grande.

~Miss Lefroy Black~