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Un tiempo antes…

El joven entró en la habitación de su hermano. Las medidas muggles que Sirius había puesto en la puerta de su habitación, para que a su madre nunca se le ocurriese entrar no estando él, no eran ningún misterio para Regulus. A fin de cuentas, las había aprendido de su hermano.

―¿Sirius? ―llamó mientras entraba, una mala costumbre que siempre había tenido.

Su hermano mayor se puso en tensión al oír entrar a su hermano, mientras maldecía por lo bajo haberle enseñado su pequeño truco para forzar puertas.

―Regulus, ¿qué haces aquí? Es muy tarde.

El más joven de los dos hermanos Black, ataviado con su pijama de Slytherin del colegio, contemplaba extrañado a su hermano desde la puerta. Sirius estaba vestido con ropa muggle, extrañas vestiduras para Regulus, las cuales habían sido adquiridas por su hermano para mayor quebradero de cabeza de su madre Walburga. Y no sólo eso, pues el baúl de Sirius estaba abierto y dentro tenía muchas de sus cosas, bien guardadas. Sobre la cama también había una maleta abierta, con ropa doblada.

―¿Qué estás haciendo? ¿Es que te vas?

―Esto… no, claro que no. Menuda tontería, ¿por qué iba a querer irme?

―¿Por qué estás haciendo tu equipaje, entonces?

―Es mi equipaje de Hogwarts, Regulus, sólo lo estoy haciendo ―aquella era una excusa estúpida, que sin duda el joven Black no lo iba a aceptar.

―¿Tan pronto? Falta un mes para volver a la escuela.

Sirius no contestó.

―Anda, ven aquí. Cierra la puerta y no hagas ruido. No queremos que madre se despierte.

Regulus así obedeció. Tras eso, fue a sentarse en la cama de su hermano, igual que Sirius.

―En serio, ¿qué pasa?

―Te he dicho que no pasa nada, Regulus. Simplemente estaba… viendo si me iba a caber todo en el baúl. Sí, a esta hora ―aseguró, al ver la cara de reproche de su hermano.

Regulus no dijo nada. Sirius, por su parte, se percató de algo que destacaba en el pecho de su hermano.

―¿Es que acaso la llevas hasta para dormir? ―soltó con ironía.

Regulus se miró su insignia de prefecto. Hacía tan sólo unos días que había llegado una carta de Hogwarts con la noticia de que había sido nombrado prefecto de Slytherin de quinto año. Para sus padres había sido una gran noticia, algo más sobre su segundo hijo de lo que sentirse orgullosos. Para Sirius, aunque él no había sido nombrado prefecto en su quinto año, para eso ya estaba Remus, también había sido una buena noticia. Pero por supuesto, no había faltado el comentario hiriente de su madre:

Menos mal que alguien de esta familia todavía puede mantener alto el honor de un Black.

Sirius, como siempre, había hecho caso omiso a aquello, como había hecho toda su vida con respecto a su madre. Pasar de ella.

Regulus seguía mirando la insignia.

―Sí, bueno, ya sabes, a madre le gusta tanto…

―No lo dudo, ¿pero hace falta que la tengas puesta hasta para dormir? No creo que a madre le importe demasiado eso.

Iba a seguir ironizando sobre el tema, pero Regulus ya le miraba seriamente. Al contrario que Sirius, el pequeño de los Black sí que se esforzaba por honrar y satisfacer a sus padres y a la familia. Y ganar una insignia de prefecto era una de esas cosas que ayudaban a ello.

―Está bien, lo siento. En el fondo me alegro por ti, era de esperar que te diesen la insignia. Sólo espero que, por tu bien, no te interpongas en mi camino una vez estemos en la escuela ―dijo con sorna.

Regulus también rió.

―No lo sé, será difícil no hacer nada con tus amigos. Pero en fin, siempre hay más prefectos.

―Claro que los hay. ¿Quién es la prefecta de Slytherin? ―preguntó, mientras sonreía.

―Dorcas Meadowes. Pero te recomiendo que no te acerques a ella si no quieres sufrir una muerte lenta y dolorosa.

Sirius rió por lo bajo. No quería despertar a sus padres.

―Está bien, me mantendré alejado.

Estuvieron callados durante un rato. Sirius a veces miraba hacia la ventana de su habitación, como esperando a algo, pero Regulus no se daba cuenta de ello, quizás demasiado absorto en su insignia o en todo lo que esta representaba, para ahora y para el futuro.

―¿Qué miras? ―dijo finalmente, al pillar a su hermano mirando la ventana absorto.

―¿Eh? No, nada, estaba… pensando. ¿Seguirás jugando al quidditch el año que viene?

Regulus sonrió.

―Me ofendes, claro que sí. ¿A qué ha venido eso? Que vaya a ser prefecto no quiere decir que tenga que dejar mi puesto en el equipo u otros asuntos.

―Sí, tienes razón ―sonrió Sirius mientras bajaba la mirada ―. Soy idiota, lo siento.

―¿Te encuentras bien? Pareces… preocupado por algo.

Sirius se levantó de la cama.

―No tienes que preocuparte de nada, hermano. Y menos de mí. Anda, levántate ―Regulus obedeció ―. Mírate: buscador de quidditch de la escuela, prefecto, miembro del Club de las Eminencias…

―Bueno, tampoco es para tanto ―sonrió Regulus un tanto avergonzado. Además, únicamente llevaba un pijama de color verde con la insignia de prefecto de su Casa.

Pero Sirius le miró de manera solemne mientras le tomaba los brazos.

―Estoy orgulloso de ti, Regulus.

Y le abrazó, por un breve instante. Tras separarse, fue Regulus quien habló:

―Vaya, yo…

―Es tarde, mejor que vuelvas a la cama, ¿no crees?

El joven asintió mientras se disponía a abandonar la habitación, pero se detuvo antes de abrir la puerta.

―¿Mañana volaremos con escoba? Ya sabes que necesito practicar.

―Por supuesto que sí ―y sonrió.

Regulus también sonrió y, en silencio, abandonó la habitación de su hermano. Por su parte, Sirius borró la sonrisa de su rostro, adoptando un semblante preocupado. Entonces, notó como alguien llamaba desde la ventana. Tras asegurarse de que su hermano se hubiese ido ya a su propia habitación, Sirius fue hasta la ventana. Fuera, en el pequeño balcón, tres figuras encapuchadas esperaban mientras sujetaban unas escobas. La figura de en medio se quitó la capucha, mostrando la efigie de un joven de pelo negro azabache y revuelto y que llevaba gafas redondas.

―¿Estás listo?

Sirius miró su baúl y su maleta, que sólo les faltaba ser cerrados. Miró la habitación, con los banderines de Gryffindor, sus fotografías, los pósters… todo pegado mágicamente a las paredes para que nadie, y ese nadie era principalmente su madre, pudiese quitarlo. Y por último miró a la puerta, por donde tan sólo hace un instante había salido Regulus, convencido de que mañana jugaría al quidditch con su hermano. Aquello era, sin lugar a dudas, lo que más le dolía a Sirius de tener que hacer esa noche.

Pero tenía que hacerlo. Se volvió a la ventana, a los que le estaban esperando fuera y dijo:

―Sí, larguémonos ya de aquí.