La isla era verdaderamente hermosa, en el centro de esta había una ciudad muy bella y además tenía grandes avances tecnológicos, pero a pesar de esto, había un equilibrio perfecto con la naturaleza.
Alrededor de la ciudad había una enorme jungla, sin embargo no se veía alterada, como si ambas (ciudad y jungla), hubieran iniciado juntas, no había ningún rastro de invasión por parte de una a la otra, los animales jamás entraban a la ciudad, era notable que no era por miedo, sino, por extraño que parezca era respeto.
Cuando el barco llegó al muelle, Nami inspeccionó los alrededores y declaró que la isla era segura. El muelle era muy bello y pintoresco, no era turístico evidentemente pero daba una apariencia de tranquilidad.
Luffy bajó a la tierra y empezó a correr en dirección a la ciudad, seguido de Usopp, Chopper y Brook, Franky revisó el barco para darle mantenimiento y al terminar, se dirigió también a la ciudad en busca de una tienda de herramientas para ver que novedad le pondría al Sunny esta vez, Nami y Robin siguieron el sendero perfectamente despejado que llevaba a la entrada de la ciudad, seguidas de Sanji, quien iba bailando de felicidad tras ellas con los ojos en forma de corazón, pero entrando a la ciudad, pasaron por en medio de muchos puestos de comida, que aunque su fachada era sencilla, despedían unos olores exquisitos que hizo que el cocinero probará todos y cada uno de los platillos, lo mejor para él, es que en ese mercadito quienes ofrecían la comida eran señoritas jóvenes y bellas, no pudo evitar seguir bailando alrededor de ellas.
Usopp y Franky habían entrado a una tienda donde vendían artefactos extraños y a muy buen precio, Chopper entró a una pequeña tienda que en un letrero de la entrada decía "Botánica", Brook fue a una tienda de instrumentos con intenciones de comprar cuerdas de repuesto para su querido violín, Luffy había entrado a una tienda de animales exóticos y después de asombrarse con todos los especímenes un rato, salió a comprar unos dulces que vendía un señor en un pequeño puesto.
En una tienda de ropa, en la plaza, se encontraba un tramposa chica de cabello naranja que pedía un gran descuento por una cantidad exagerada de ropa, cosa que el gerente no tuvo más remedio que aceptar, después de pasear un rato con Nami – quien aun contaba lo que había ahorrado- Robin se interesó en una librería, la navegante le dio una cantidad de dinero para un libro nuevo y la dejó sola, pues se dirigía a ver que habían hecho los demás con su amado dinero.
Robin entró a la librería y al ver un libro llamado "como enloquecer a tu amante" pensó rápidamente en cierto espadachín de pelo verde que posiblemente estuviera entrenando en esos momentos.
-fufufu- rió un poco –mira nomás en lo que estoy pensando- se dijo así misma con una sonrisa traviesa.
Efectivamente como había pensado la arqueóloga, Zoro estaba entrenando en el barco, pero lo que ella no sabía es que era dueña de los pensamientos del peliverde, tanto como él de los suyos.
-¿qué habrá querido decirme esa mujer? Es tan frustrante como con una frase pueda darme a entender tantas cosas, yo se que ella está jugando conmigo- pensó Zoro.
Empezó a imaginarla, una mujer madura, manipuladora, con una actitud indiferente que ocultaba perfectamente sus sentimientos, además de esa maliciosa y bella sonrisa que a él tanto le gustaba, sí, le gustaba, pero jamás lo admitiría, ni aunque fuera para sí mismo, la quería besar, esos hermosos ojos azules en los que se perdía cada vez que los miraba, Roronoa Zoro ¿enamorado?, no, él no podía, ¿o sí?, no, eso era debilidad. Lo que sea que fuera, le molestaba.
Robin ya había salido con un nuevo libro, cuando Nami llegó con los demás a la plaza, la arqueóloga estaba sentada en una banca devorando su adquisición, ya eran pasadas las 7 de la tarde, entonces fueron a un pequeño restaurante y cenaron, obviamente al estilo mugiwara: con festejos, ruidos, baile, música y con todos los otros clientes riendo con ellos, al terminar todos salieron del establecimiento, despedidos de manera cordial y amistosa por parte de los ciudadanos, se dirigieron a un campamento que montaron entre la ciudad y el Sunny.
La morena sabía que tenía guardia esa noche y que alguien la estaba esperando para cambiar de lugares, curiosamente recordó el libro que la había hecho pensar en el espadachín, fue entonces que se dirigió al barco, al entrar al puesto de vigilancia vio a Zoro que se encontraba durmiendo, se le acerco y lo cubrió con una manta que había llevado con ella, este se despertó al sentir sus manos cubriéndolo con cariño y le sostuvo la mirada.
-Espadachín san, perdón si te he despertado- dijo Robin
-Te estaba esperando- dijo un poco molesto
-ara ara… ¿me esperabas?- dijo la mujer con un tono travieso e insinuante
Quería preguntarle qué había sido el comentario de hace un rato, pero al verla a los ojos se perdió, estaba hipnotizado.
-Quería tu compañía- respondió ella para sorpresa de él
Estaban tan cerca, podían sentir la respiración del otro, quería besarla, saciar su sed de esos labios que se veían tan dulces, que eran tan dulces, pero cuando este pensamiento le cruzaba por la cabeza, ella atacó primero, cuando Zoro pudo reaccionar, estaba acostado boca arriba con Robin sobre él, lo estaba… ¿besando?, sí, así era, pronto cedió a los intentos de Robin por invadir su boca con su lengua y cuando tuvo oportunidad hizo lo mismo, habían mordidas y caricias, el calor se estaba volviendo confortante, pero Robin se detuvo al notar que Zoro estaba como ausente, este le besó la frente y la abrazó, él sentía como ella lo necesitaba, la ojiazul se quedó por unos segundos confundida aunque supo disimular muy bien, luego lo abrazó también, el espadachín se sentó recargado en la pared y la sentó a ella sobre él abrazándola por atrás, ella sentía el aliento de Zoro en su cuello y era algo que le gustaba, esos brazos fuertes rodeándola, protegiéndola y haciéndola sentir bien.
Después de un largo rato de silencio, fue Robin quien lo rompió
-No quiero que te vayas, por favor- era notable que ya dormitaba
-yo no quiero alejarme de ti- dijo él, también un poco dormido
Entonces la abrazó más fuerte y acomodó la manta de forma que los tapara a ambos, le dio un beso en la sien.
-Te amo, Robin- dijo Zoro sin pensar, lo que dejo a la morena impacatada mientras sentía como la sangre se agolpaba en sus mejillas.
-y yo a ti, Zoro- dijo ella con mucha felicidad de que él le hubiera abierto su corazón y ella haber podido abrir el suyo.
FIN
