CAPÍTULO 002
El frío de la noche atravesaba mi interior. Cada inspiración daba paso a la sensación de mil cuchillos clavándose en mis pulmones. En Nueva York, el invierno es insoportable, sobre todo de madrugada. Justo el momento en el que, por aquella época, salía a la calle. Cuando no había nadie. Cuando ninguna sombra del pasado podía apuntarme. Ni escuchar, en susurros, mi nombre.
Caminaba contando los pasos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Para no pensar. Para no dejar espacio a los fantasmas. Hacía 15 días que había salido de prisión e intentaba acostumbrarme. Poco a poco. Hora a hora. 2 años. 730 días entre rejas. Un asesinato no cometido. Una hija arrebatada de mis brazos. Una sentencia con pruebas falsas. Y el autor de novelas de misterio del momento, fue encarcelado. Mi realidad superó la ficción.
Intentaba acostumbrarme. Volver a mi vida. Era imposible. La prensa estaba en el portal durante todo el día. Y de madrugada, me tocaba salir por la puerta del garaje, para poder pasear. La noticia había corrido como la pólvora. 'El novelista Richard Castle sale de prisión ante nuevas pruebas que confirman su inocencia'. Todos deseaban las primeras declaraciones. Mientras, yo, solo quería olvidar aquellos dos últimos años. Aquellas noches en la oscuridad. Aquel maldito olor a humedad. Los barrotes de la celda. El chirrido de puertas abriendo y cerrando. El tintineo de los guardias de seguridad. Imágenes y más imágenes imborrables. Destellos de recuerdos, que volvían en eternas pesadillas.
Seguí caminando. Un poco más. Una par de metros más. Solo uno más y volvería. A casa. Junto a mi madre. Y mi hija. Las dos únicas constantes en mi vida. Alexis. Tenía que recuperar el tiempo perdido. Ganarme su confianza. Su cariño. Mi madre se había quedado con ella al entrar en prisión. Con apenas dos años. Ahora, tenía cuatro. Había crecido tanto que, cuando la vi, sentí que había perdido media vida, sin estar presente en cada uno de sus días.
15 días a mis espaldas. Y aún no había acudido a visitar ni a Espósito, ni a Kate. Si Johanna hubiese podido levantar la cabeza, me hubiese golpeado por estúpido. Pero el temor, de salir a plena luz del día, pudo conmigo.
No me fijé. Estaba tan concentrado en el suelo. En no levantar la cabeza que no vi la luz. Ese fogonazo que se acercaba hasta mí. Con mis manos escondidas en los bolsillos, cualquiera que me viese, creería que era un auténtico delincuente.
Un frenazo. Un golpe. Duro. Profundo. Seco. En mi costado izquierdo. Caí. Mi cara chocó contra el suelo. Enseguida noté restos de sangre llegando a mi boca. Unos tacones se plantaron ante mis ojos. Como pude alcé mi rostro. Mi mirada, borrosa, vio la silueta de una mujer. Apreté mis párpados. Volví a abrirlos. Unos ojos verdes me miraron exhaustivamente. Unos ojos que ya había visto antes. El destino decidió tomar las riendas de mi vida.
- ¿Está bien? - se agachó a mi lado, preocupada - No lo he visto. Desde hace semanas esta calle ha sufrido algo de vandalismo callejero y las farolas...
- Es...estoy bien. - me incorporé como pude, ajustando mi gorro de lana en mi cabeza, intentando ocultar mi rostro todo lo posible - No se preocupe. Todo está bien. - me sacudí un poco.
Cerré los ojos. Un súbito escalofrío me recorrió cuando su mano se posó en mi mejilla. Me acarició con tanta ternura que sentí que mis piernas flaqueaban. Intenté negarme a ello. A sentir esa caricia familiar. Como si llevase toda mi vida esperando por ella. Como si fuese mi salvación. Mi perdón. Mi esperanza.
- Estás sangrando. - intentó quitarme el gorro, pero, se lo impedí.
- Ya se lo he dicho, no se preocupe. Siga su camino. Yo seguiré el mío. - soné más brusco de lo que, realmente, quise. No quería sentir lo que ella provocaba en mí.
- Lo siento. - se disculpó, dándose media vuelta.
Caminé un par de pasos más, tras cruzar la carretera. Sentí un pequeño mareo y tuve que apoyarme en la pared. Mi espalda chocó contra ella. Me dejé caer. El dolor de cabeza que comenzó fue una tortura. Una tortura de recuerdos. De aquella madrugada en la cárcel. De aquella paliza. De aquellos golpes. Las heridas que mi cráneo sufrió.
No oí el motor de su coche. Ni sus pisadas. Ni siquiera esa pequeña sombra que se cierne alrededor de uno cuando se está cerca. Lo único que soy capaz de rememorar es el dulce toque de sus manos sobre mi piel. La tibieza de su voz. - Tengo que llevarte a urgencias. - pronunció como si fuese la caricia que estaba buscando desde que había salido de la cárcel.
- No, por favor... A un hospital no. - supliqué.
- Pero...
- A mí casa. Estaré bien. - intenté convencerla. Ahora sé, que vio tanta desesperación en mis ojos, que no pudo negarse a ello.
Me ayudó a subirme a su coche y fui guiándola. ¿Cómo enfrentar la situación? Esa era la pregunta que rondó por mi cabeza durante todo el trayecto. Era el momento exacto que la vida me prestaba para decirle quien era. Para entregarle aquella carta. Si no era capaz de aprovecharlo, después, sería complicado volver atrás.
- Es justo en aquel portal pero, ¿podrías ir por la parte trasera? - pregunté sin ser capaz de cruzar las miradas. Como si hacerlo me hiciese daño.
- Claro.
- Simplemente, en el siguiente cruce giras a la derecha y en la primera calle, de nuevo, derecha. Es la última entrada de garaje.
- ¿Entras y sales por ahí sin coche?
- Soy un poco especial. - no supe que otra cosa contestar.
- Para ser un poco especial no vives en un mal vecindario. - inquirió.
Intenté no pronunciar ninguna palabra más hasta llegar al sitio indicado. Y, aunque me costó, lo logré. Frenó. Me miró. - Gracias. - pronuncié cuando abrí la puerta para salir.
- ¿Necesitas que te ayude?
- No, lo tengo todo controlado. Antes ha sido solo un pequeño mareo. - mentí. Mi cabeza daba vueltas y vueltas.
Y claro, normalmente, cuando uno miente, lo terminan pillando. Tuve que agarrarme a la puerta del coche para no caerme. De nuevo, apareció a mi lado, sujetándome.
- Aunque no quieras, te acompañaré. - me dijo con seguridad. A mí me entró pavor. Porque hasta ahora, había ocultado mi rostro. La oscuridad de la noche me lo había permitido. Pero al llegar a casa, todo sería distinto.
- Puedo...
- Madre mía, qué cabezón eres... Mira, no tengo el día para tonterías. Subo contigo y cuando te vea echado en tu sofá, me voy. Prometido. - me sujetó con más fuerza de lo que a simple vista se podía observar. Cerró el coche y caminamos hasta la entrada del garaje. - ¿Se puede saber por qué demonios entras y sales por aquí? Voy a pensar que eres un delincuente.
- Hasta hace 15 días lo era. - susurré, exhausto por mi dolor de cabeza.
- ¿Cómo dices? - se alteró.
- No grites, por favor... - me toqué la cabeza con una de mis manos para intentar calmar el bombeo de mis venas.
- Aclárame la última frase. - siguió firme, frenando en seco.
- Subamos. Por favor. Necesito echarme. Y te lo cuento. - busqué su mirada y vi incredulidad en ella - Te lo prometo. - Y confió.
