Generaciones, Navidades y dos James


Disclaimer: Sigo sin ser rubia.

[Todo le pertenece a Joanne Kathleen Rowling. Yo utilizo sus personajes sin fines de lucro.]

Este fic participa en el reto "Solsticio de invierno" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

Las palabras que me tocaron fueron «bolas de Navidad» y «bastón de caramelo».


James Sirius Potter


Oh, mamá lo mataría… Oh, sí. Ginny Weasley —ahora Potter— tenía un carácter de los mil demonios y James estaba seguro que en cuanto llegara a casa, lo castigaría. Pero era Navidad, ¿no? No le haría nada malo en ese día especial, ¿verdad?

No era su intención destruir el árbol de Navidad, en el que habían invertido un montón de tiempo para que quedara bellísimo.

Verdaderamente había quedado hermoso. Ginny se había empeñado en hacerlo brillar a toda costa. El árbol, altísimo, estaba totalmente adornado con bolas doradas y plateadas, hechizadas para que brillaran con un resplandor enceguecedor. Una pequeña hada adornaba la punta del árbol.

Pero ahora el hada había desaparecido y las bolas de navidad estaban apagadas y sin color. Pero lo peor de todo era que el árbol estaba partido a la mitad.

James sabe que a su madre no le tardará más de dos segundos arreglar el bello árbol, pero tiene miedo porque sabe las represalias que Ginny tomará.

Ella ya se lo ha dicho cuando se iba al Ministerio:

—Cuida a Albus, no abras la puerta, no hagas líos, y por sobre todas las cosas, no rompas el árbol, como hace dos años, Jamie, estás a cargo, si no ya verás la que te espera"

Y ahora el árbol estaba destrozado.

Pero James Sirius Potter no iba a esperar a su madre y dejar que lo retara así como así. No sin antes intentar arreglar el árbol.

No sería fácil. Diablos, solo tiene cinco años y Albus, tres.

Pero bueno, es un Potter, y también es un Weasley y ha heredado la obstinación de ambas familias.

—Ven, Albus, ayúdame —El pequeño se acercó—. ¿Tú sabes dónde es que mamá guarda la escalera? —Albus afirmó con la cabeza—. Llévame hasta allí.

Albus lo tomó de la mano y lo llevó hasta el desván, donde la escalera se encontraba tirada en el suelo. Con mucho esfuerzo, James la arrastró hacía el comedor, donde estaban los restos del árbol.

Levantó el árbol y con un poco de cinta adhesiva mágica, pegó el tronco del árbol. Con cuidado, se subió a la escalera y comenzó a colocar los adornos que no estaban rotos.

Albus, a pesar de ser pequeño, intentaba ayudar y, con un bastón de caramelo en la boca, le iba alcanzando a James los adornos y juntaba los pedazos de madera esparcida por el suelo.

El pequeño James agradecía la ayuda, ya que la tarea se le iba haciendo más rápida y esperaba terminar antes de que su madre llegara y no notara su pequeño lio.

Dulce inocencia.

Era bastante obvio ver que algo le había sucedido al árbol. Estaba derecho, sí, pero sus ramas estaban partidas y en ángulos extraños. Los adornos estaban en su lugar, pero faltaban algunos y todos estaban sin el brillo que su madre les había dado. Pero el pequeño creía que su madre no lo notaría.

James miró el reloj. Faltaban cinco minutos para que su madre y su padre llegaran. El árbol no había quedado exactamente igual pero el pequeño creyó que su trabajo estaba bien. Aunque, sabía que no era así. Y tenía miedo de su madre. Porque Ginny Weasley podía ser muy aterradora cuando quería.

Mientras meditaba esto, James escuchó el sonido de los pasos de sus padres y, un poco asustado, agarró a Albus y lo llevó corriendo hacia su habitación, donde se ocultó bajo la cama.

—James. Albus. Mamá y papá llegaron —la voz de Ginny se coló en la habitación y James se encogió más debajo de la cama.

Y de pronto…

—¡Por los calzones más desgastados de Merlín! Harry, Harry ven. Mira nuestro árbol.

—Oh, Ginny —se oyó la voz de Harry.

James empezó a creer que quizás no todo estaba tan mal. Ginny no había gritado y Harry no había dicho nada.

—Homenum revelio –dijo Harry desde el comedor. James sintió que una sombra lo cubría.

—Sí, Ginny. Los chicos están arriba.

Se oyó un crack y al segundo, James tenía la mano de su madre sosteniéndole la oreja.

—James, ¿se puede saber qué hiciste? ¿Por qué el árbol está destrozado?

—Pues, estaba jugando con Albus y el árbol se cayó, pero ya lo arreglamos —aseguró el chico con una sonrisa que casi siempre hacia que su madre no lo retara.

—James, te dije que cuidaras a Albus y que tuvieras cuidado con el árbol. —Por lo visto, la sonrisa no estaba funcionando.

—Pero…

—Nada de peros, castigado, James. Mañana no comerás ni turrón ni dulces.

—Pero, mamá, yo adoro los dulces —replicó James.

—Haberlo pensado antes. Jamie —la voz de Ginny se volvió más dulce—, debes tener cuidado con lo que haces. Estarás castigado, pero como soy tan buena, te dejaré comer las sobras del helado, que tanto te gustan.

La cara de James se iluminó.

—¿En serio, mamá? Gracias, muchas gracias…

—Sí, sí. Pero estás castigado. Ahora ayúdame a poner la mesa.

—Sí, mamá.


—Y así fue como James aprendió que no se debían destrozar los árboles de Navidad —James, que escuchaba la historia atentamente, rodó los ojos.

—Bonita historia, mamá —dijo una pequeña pelirroja de cuatro años—, cuéntame otra...

—Bueno, hace mucho tiempo, tu abuelo estaba enamorado de tu abuela, pero ella no le prestaba atención. Un día de Navidad, tu abuelo James…


Editado 28/01/14 para que concordara más con el primer capítulo.

Chica Nirvana.