El reflejo del sol sobre el agua era una visión extrañamente pacífica, de colores vivos y nítidos, tan cerca de la punta de sus pies como lejano el horizonte del resto de su cuerpo. Danny podría quejarse de la imagen por el simple placer de hacerlo pero, en ese momento de olas tranquilas y vientos mansos acariciando la orilla, no se sentía natural.
—Y para que dejara de llorar, le prometí a Grace que podíamos traerle un canguro la próxima vez.
Danny parpadeó.
—Hola, compañero —saludó Steve con un movimiento de su cabeza. Le dejó una botella de cerveza a Danny a mitad de camino en la mesa y se sentó en la silla contigua—. Me alegra que estés de vuelta.
Se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos con el índice y el pulgar. —Lo siento. Estaba pensando.
—¿Y en qué pensabas?
Danny estiró la mano para tomar la botella y le dio un sorbo. Era lo que necesitaba.
La respuesta llegó, tardía.
—Matty.
Había sido su cumpleaños. Habría sido. Si Danny lo hubiese salvado.
Matt siempre significaría tiempo detenido. El más grande fallo, el arrepentimiento inconmensurable. Y Steve, aunque lo había visto todo, igual se quedó.
