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Los Caballeros

A la mañana siguiente cualquiera habría dicho que nada había ocurrido la noche anterior. Tanto Rodolphus como Lucius se comportaban igual que siempre. Aun cuando Bella había puesto su cara de mayor incógnita y no había parado de preguntar a Rodolphus qué estaba haciendo anoche, él no reveló nada. Y Lucius, menos.

—Yo te vi, en el pasillo del séptimo piso. Y entraste por esa puerta que apareció en la pared. Bueno, no vi cómo lo hacías, pero sí Lucius. Y dentro… ¿qué estabais haciendo dentro? Ibais todos con capas negras y encapuchados. Y uno de vosotros hablaba a los demás y… mencionó a los mortífagos y al Señor Tenebroso.

—Bella, no sé de qué me estás hablando. ¿Mortífagos? No creo que a Dumbledore o a los profesores les parezca bien que haya alumnos que hablen de esas cosas —dijo Rodolphus.

—¿Cómo…? Llevabais capas, no podía veros las caras…

—Me parece que estás alucinando. Ayer estuve toda la noche en la Sala Común y luego me fui a dormir. Te estaba esperando a que volvieses, pero tardabas mucho. ¿Qué hiciste después de ir a la lechucería?

Bella no podía creerlo. Estaba segura de lo que vio ayer, ¿por qué Rodolphus lo negaba? Miró hacia un lado de la mesa, donde Lucius desayunaba, aunque, de vez en cuando, echaba largas miradas a Bella.

—Ha habido un ataque esta mañana —anunció una chica de sexto año, de pelo castaño rizado y largo. Venía sonriente, como si el susodicho ataque fuese la mejor noticia que le hubiesen dado esa mañana.

Hubo varios vítores, golpes con cubiertos en la mesa… El resto de alumnos de las demás Casas los miraban con rencor, especialmente los miembros de Gryffindor.

—¿Quién ha sido? —quiso saber un chico que estaba cerca de ella.

—Fowler, de Gryffindor. Lo han llevado a la Enfermería. Lo he visto cuando he ido a pedir una poción, pero no han querido decirme qué le ha pasado —explicó la joven.

Los vítores aumentaron. Algunos profesores se acercaron incluso para calmar los ánimos. Y algunos alumnos silbaban para recriminarles o que se callasen. Los ánimos aumentaron en el Gran Comedor e, incluso, algunos alumnos se levantaron y comenzaron a encararse.

—¿Por qué han atacado a ese chico, hermana? —preguntó Narcissa, en voz alta para poder hacerse oír.

Bellatrix se calló un momento. A parte de querer hablar con Rodolphus, sus hermanas Cissy y Andrómeda habían venido a desayunar con ella.

—Porque son unos salvajes…

—¡Andrómeda! —le reprendió su hermana — No lo sé, Cissy, pero no debes hacer caso a eso. La gente no debería atacar a otros alumnos, pero…

Pero lo hacían. Aquellos ataques, perpetrados todos ellos por miembros de Slytherin, respondidos a su vez por alumnos del resto de las Casas, principalmente Gryffindor, eran sólo una pequeña manifestación de algo mucho más grande y que ocurría más allá de los muros del Castillo, más allá de las montañas que circundaban la escuela. Rumores llegaban cada día, se podía leer en los periódicos, se podía oír en la radio, se podía ver en las calles… Rumores de guerra. De alzamiento de un mago tenebroso, un ser que estaba reuniendo fuerzas, bajo el mandato de un llamado Bien Superior, para liberar por fin a los magos del secreto que los ocultaba, manifestarse ante los muggles y esclavizarlos hasta el fin de los días. La escuela, y más concretamente Dumbledore, hacía lo posible por evitar esas habladurías y que no afectasen en la medida de lo posible a los alumnos, pero nadie podía evitar que El Profeta siguiese llegando a Hogwarts y, con él, las noticias de todo tipo. Y a eso había que añadir los alumnos informados constantemente por sus familiares.

Naturalmente, la mitad de los rumores que llegaban eran completamente falsos. Sólo algunos eran ciertos, como el de ese mago oscuro, preparado para atacar. Se decía que tenía espías en el colegio, que reclutaba alumnos, los instaba a prepararse… Se decía que había alumnos, los cuales ya habían dejado la escuela, que se habían unido a sus filas. Y todos coincidían en una cosa, que habían sido miembros de Slytherin.

Lo llamaban Voldemort. Era un nombre que ya sonaba en las bocas de los alumnos, que podían oír con frecuencia, un nombre que empezaba a inspirar miedo y admiración a partes iguales.

Y Bella… Bella se había quedado en un segundo plano. Su familia, los nobles Black, compartían los ideales del tal Voldemort, pero no iban más allá. No formaban parte de sus filas, aunque se decía que algunos financiaban su empresa. En cuanto a los más jóvenes, como Bella, se esperaba que ellos decidiesen por sí mismos, si unirse a él o permanecer en las sombras.

—¿Bella? —preguntó Narcissa.

La joven abandonó sus pensamientos.

—¿Qué haces aún aquí? ¿No crees que deberías ir a clase? —preguntó, al ver que su hermana seguía sentada a la mesa. Las clases iban a comenzar pronto. La niña se levantó y se marchó. Andrómeda, por su parte, seguía también sentada —. Tú también, Andrómeda.

La joven obedeció. Bellatrix, por su parte, apuró su desayuno y se levantó.

—Bellatrix, espera —Lucius se había plantado delante de ella.

—Lucius… Buenos días. ¿Deseas algo?

—Esta noche es la primera reunión del Club de las Eminencias. El profesor Slughorn confía en que no faltes. Ni tú, ni tampoco tu hermana pequeña. Arde en deseos de conocerla —le tendió un sobre cerrado, el cual Bella cogió.

—Eso ha sonado asqueroso, Lucius. Gracias por el aviso.

Por la noche, tras las clases y la cena, Bellatrix caminaba hacia el despacho de Horace Slughorn, profesor de Pociones y Jefe de la Casa Slytherin. Tanto Andrómeda como Narcissa caminaban detrás de ella.

—Yo no quiero ir —soltó Cissy.

—No tendríamos por qué ir, pero Slughorn insiste siempre tanto…

—El profesor Slughorn, Andrómeda, no lo olvides. Y somos sus invitadas, no lo olvides. ¿Es que no aprendes nada de lo que madre nos enseña? —preguntó Bellatrix, visiblemente ofendida.

Andrómeda era… otro mundo. Ella y Bellatrix nunca habían tenido una verdadera relación de hermanas, ya que ambas se comportaban de manera muy distinta. Para empezar, Andrómeda nunca quería participar en las actividades de la familia, y, si tenía que hacerlo, lo hacía asqueada.

—No me gusta ese señor —dijo Cissy.

—El profesor Slughorn es un hombre ilustre. Y un mago muy respetado. Compórtate y la cosa acabará pronto.

Llegaron por fin al despacho, donde se podían oír ruidos. Tras llamar, el propio Slughorn abrió la puerta.

—¡Ah, por fin! Las hermanas Black. Ahora el trío está completo, ¿no es así? Adelante, adelante…

—Buenas noches, profesor Slughorn.

—Buenas noches, Bella, buenas noches. Y buenas noches a ti también, mi querida Andrómeda —la aludida no dijo nada, simplemente esbozó una sonrisa forzada —. ¿Y a quién tenemos aquí?

—Profesor, le presento a mi hermana pequeña, Narcissa Black.

—Por supuesto, por supuesto. Ya nos hemos conocido esta mañana en su primera clase de Pociones. He de decir que tiene el talento de su padre.

—Gracias, profesor, para nosotras es todo un honor —dijo Bellatrix.

—Bueno, bueno, iros sentando. Espero que no hayáis cenado demasiado…

Las reuniones de Slughorn, como era de esperar, nunca cambiaban. Comían alguna cosa, algún dulce, y luego charlaban hasta altas horas de la noche, todos reunidos en corro alrededor del profesor, sentado en su butaca mientras degustaba lo que fuese que sus alumnos le habían traído. Esta vez eran unas fresas bañadas en chocolate, cortesía de una alumna de Ravenclaw.

Sin embargo, aquella noche la conversación tomó un nuevo cariz.

—Profesor, ¿ha oído del ataque producido esta mañana? —preguntó un alumno de Hufflepuff.

—Por supuesto que sí, Smith, por supuesto que sí. Y permíteme decirte que no comparto lo ocurrido.

Hubo varios gestos de aprobación, aunque los Slytherin estuvieron callados. Que su propio Jefe de Casa no aprobase sus acciones decía mucho.

—Yo tampoco apruebo los ataques, señor —dijo Lucius —. Somos una sociedad civilizada. ¿Dónde quedó el poder de la palabra?

Bella miró a Lucius. Estaba mintiendo, obviamente, pero no era algo que iba a hacer público. Lucius… A Bella no le caía nada bien. Los Malfoy nunca habían sido gente de fiar, pero para la familia Black los veían de otra manera, como la familia mágica y sangre pura por excelencia, donde cada joven bien encauzado era el perfecto marido para sus hijas. Y ahí quedaba la cosa, porque los Malfoy eran pocos, solían tener únicamente un primogénito y, en su mayoría siempre era un chico.

Para Bella únicamente eran unos snobs egocéntricos. Y punto.

—Tienes razón, Lucius, tienes razón. Pero todos aquí sabemos lo que ocurre fuera de este castillo… Sí, lo sabemos —miró al reloj que había sobre su escritorio —. Caramba, qué tarde es. Será mejor que volváis a vuestras habitaciones, antes de que os descubran quebrantando el toque de queda.

Uno a uno, los alumnos se fueron marchando.

—Acompaña a Cissy a la Sala Común, yo iré en un rato —dijo Bella a su hermana Andrómeda.

—Pero…

—Es una orden, Andrómeda. Obedece.

La joven bufó, pero pasó un brazo por el hombro de su hermana pequeña y la guió hasta la salida. Por su parte, Bella se quedó a solas con el profesor.

—Bellatrix Black, cuando he dicho de marcharos me refería a todos.

—Lo sé, profesor, pero quería preguntarle algo… En privado.

El profesor escrutó a la muchacha con la mirada. Una sombra pasó por su rostro.

—¿Qué quieres saber? Espero que sea algo… permitido dentro de la escuela.

—Eh, sí… creo que sí lo está. Aunque se trata de algo que no sé si es muy legal. ¿Está usted al tanto de… grupos de alumnos en el castillo? Clubs, pandillas… esas cosas.

El profesor se quedó mirando a la joven un momento, confuso. Al instante, rió.

—¿Grupos de alumnos? Joven Bellatrix, ni yo mismo sé cuántos grupos hay en la escuela. Está el Club de Gobstones, el Coro de la Escuela, los Equipos de Quidditch…

—No me refiero a esos, señor, sino a un grupo… secreto. Uno que se reúne siempre en una sala del pasillo del séptimo piso.

—No hay salas en ese pasillo, Bellatrix.

—Yo sé a lo que me refiero. ¿Sabe de lo que hablo, entonces? Quiero decir, ha habido ataques a alumnos y… creo que ese grupo podría ser quien ha estado perpetrándolos, aunque no estoy realmente segura. Antes quería asegurarme si usted sabía algo o… sabe de algún antecedente.

El profesor la miró dolido.

—¿Por qué iba a saber yo algo, Bella?

—Ese grupo está formado exclusivamente por alumnos de Slytherin, señor.

El profesor se dirigió a la chimenea, con su copa de brandy en la mano. Su mirada se perdía en las llamas que crepitaban.

—Había… un grupo. Se oían rumores en la escuela, pero de eso hace ya más de treinta años. El grupo se disolvió cuando… Bueno, cuando su líder abandonó la escuela. Desde entonces, no se ha vuelto a saber de ellos.

—¿Y quiénes eran? ¿Cómo se llamaban?

—Eran un grupo selecto, sólo algunos alumnos llegaron a formar parte de sus filas. Durante el tiempo que estuvieron activos, en el colegio se produjeron ataques a alumnos… más o menos como ahora.

—Entonces, están operando de nuevo, yo tenía razón… ¿Quiénes son?

—Se hacían llamar los Caballeros —apartó la mirada de la chimenea y la centró en Bellatrix —. Los Caballeros de Walpurgis.