Capítulo 2. Los amigos

El grupo de amigos de los que os hablé anteriormente la verdad es que son buenos amigos. Unos mejor que otros, claro. Siempre hay algún listo que pretende ser el mejor de la panda o hacer saber a los demás que es el más interesante. A mí me la pela bastante, sinceramente.

Como ya he mencionado, estudio dos carreras que me gustan; Química y Criminología. Yo creo que estas dos combinan muy bien. Ya no solo de forma general, sino que cada una se complementa con algo (si descubres el qué) y por eso me gustan. Al principio las escogí porque no me gusta estancarme en una sola cosa y tal. Creo que he hecho bien.

Por las mañanas voy a estudiar Química a la facultad de Oslo. Hay mucho rubito y mucha gente de otros países,… pero sobretodo rubitos que se las dan de guay. Al ver mi aspecto digamos que no les acabo de gustar, ya que tengo rasgos asiáticos… pero qué más dará eso. La gente que ha decidido acompañarme en esta etapa de mi vida hace que me sienta menos solo, y ya está. No les tengo ningún tipo de afecto, …todavía.

Al terminar de clases me gusta bajar volando a la cafetería para pillar sitio y poder comer tranquilo antes de que el lugar se abarrote*. La cocinera prepara unos bocadillos a la hora de comer y unos batidos a media tarde que en alguna ocasión me han hecho llegar tarde a clase de lo buenos que están. Me merece la pena, es mi momento de descanso y me da tiempo de pensar en mis cosas. Me siento en la mesa y pido un batido. Hay veces en las que aunque baje a la hora de comer me gusta tomar algo dulce en vez de una comida con consistencia. Sé que está mal y que no es saludable, pero nadie me dice lo que tengo que hacer a mi edad ya. Es una delicia que me puedo permitir. Esperando el batido me da por recordar el momento del cadáver en la mesa de mi comedor. Suspiro y alzo la mirada. En ese momento no me di cuenta, pero una gran sensación de alivio recorrió mi ser al ver a aquel chaval muerto ante mí. Tan vulnerable, y yo tan poderoso al mismo tiempo. Había quitado una vida y no me había supuesto remordimiento ni problema alguno.

A mitad de mis pensamientos alguien toca mi hombro con timidez y yo volteo la cabeza; es una chica con el cabello corto pelirrojo. Sonrío de medio lado y les ofrezco asiento a ella y a su acompañante.

Estos son 2 de los 6 amigos nuevos que han aparecido en mi vida. Nami y Usopp. Son una gente curiosa. Nami va conmigo a muchas de mis clases de química y Usopp es su compañero de piso que le acompaña en las demás en las que no la veo. Ella es pelirroja y el parece mulato… como una mezcla de… ni siquiera soy capaz de desvelar de donde pueden venir los padres de este chaval. Ella es bastante lista y super extrovertida. Esa parte de su personalidad me agobia bastante porque soy una persona tranquila. El… bueno, el es mas como yo, aunque es mas rata de biblioteca. Me ha comentado alguna vez que se quiere apuntar a un deporte de contacto, pero que de momento en el campo de tiro está bien. Ambos se sientan frente a mí y Nami se levanta para pedir algo de comer. Usopp mira mi batido con curiosidad y vuelve a su libro.

¿En serio prefieres tomar eso antes que un plato de comida?

Yo le miro y simplemente no digo nada. Me da bastante igual que se preocupe por mi salud o por si me zampo ballenas para desayunar, la verdad. Le doy un sonoro sorbo a mi batido y él sube la mirada. No sé que ha pasado, pero ambos hemos reído al mirarnos. Me da una palmadita en el hombro y sigue a su lectura.

Te ves muy sexy con esas gafas de intelectual.

Nami interrumpe con comida para Usopp y ella. Yo le miro por encima de las gafas mientras se sienta y vuelvo a mi batido bufando.

Si tú lo dices.

Las puertas del inframundo se han abierto, y la voz de Hades proviene de dentro, haaaaaaa.

Usopp se burla de mí cómicamente porque no suelo abrir mucho la boca cuando estoy con ellos. Son gente lista y son compañeros de clase a los que les caigo en gracia, pero yo no soy como ellos y no considero que tengamos tantas tantas cosas de las que hablar.

Después de tomar el batido voy a clase de Criminología. Allí por lo menos estoy solo. Un par de compañeros de clase me han tocado los huevos con que quedemos alguna noche, que me quieren presentar a chicas. Chicas. Ya. Con las """Ganas""" que tengo yo de andar conociendo chicas y haciendo el gilipollas un jueves por la noche… claro. Por estas cosas me considero un ermitaño, simplemente no me gusta salir por ahí a hacer el gilipollas, ¿Tan raro es?

Al terminar la interminable clase de 4 horas y media sobre derecho penal, salgo del aula como alma que lleva el diablo. En la clase había 4 tíos haciendo el imbécil y chismorreando sobre no se qué mierdas de una fiesta la semana que viene y no me dejaban atender. El memo del profesor no les hacia ni puto caso ni les llamaba la atención ni nada y casi estrangulo a alguien…Necesito tomar aire y esta es la mejor hora para refrescar cuerpo y mente. Aún no es de noche gracias al horario de verano y aún puedo quedarme un poco más en el campus a meditar tranquilamente. Es algo que no me gusta nada de nada y me parece una tontería muy gorda, pero a veces es la única manera de apaciguar la ira que llevo dentro. He probado de todo; pastillas, psiquiatras, mierdas hippies y demás y nada me calma. Lo único que sé que me puede tranquilizar un poco es rompiendo algo, y mi madre no gana suficiente para andar rompiendo cosas en casa.

De camino a mi árbol favorito, a un chaval de pelo negro se le escapa la pelota de rugby. Miro la ovalada forma de la pelota de cuero y alzo la mirada para ver como el chaval se acerca a mí con una sonrisa de oreja a oreja, saludándome como si hiciera tiempo que no nos vemos. Yo y mi mejor cara de confusión le miramos mientras él recoge el balón y se pasa la mano por la frente del esfuerzo. Me saluda y yo no sé que responder. El me mira algo confuso.

Hola, perdona la molestia. Mi amigo ha golpeado demasiado fuerte la bola.

No importa.

Si te quieres apuntar algún día, dímelo!

Observo cómo se marcha a jugar con sus compañeros. Son 4. Una chica y tres chicos. Uno es alto y lleva el pelo teñido de azul. Ese pelo con ese tupé le hace parecer muy mayor, demasiado quizá. La chica es morena y muy esbelta, casi tanto como una modelo. Y el otro chaval es rubio y lleva un flequillo muy raro, pero por sus movimientos se ve que se le da bien jugar al futbol. Me los quedo mirando unos minutos y sigo mi ruta hacia el árbol.

Meses después, ellos serían mi otra compañía.

Robin, Luffy, Sanji, Franky y yo nos hemos reunido en la entrada de la facultad de antropología, donde estudia Robin. Esta chica parece una mujer mayor a mi parecer, ella y Franky son muy raros. Pero se llevan bien con los otros dos. La facultad de antropología es la que más cercana queda para los chicos para ir a tomar unas cañas después de las clases. A Sanji y a Franky es algo que les encanta hacer después de las clases. Beber y despotricar sobre los profesores mientras Robin ni se inmuta y Luffy se parte de risa. Lo que me gusta de ellos es que viven sin preocupaciones y me hacen descansar esa faceta de mi cuando les veo. El resto del tiempo no sé pensar en otra cosa. Parezco un señor amargado.

Al sentarnos en la mesa no puedo evitar mirar a Robin de una manera algo descarada. Es una chica muy guapa, la verdad. Piel morena, pelo negro y ojos azules, es como una vampiresa salida de un cuento pero sin los colmillos. Creo que me estoy volviendo muy bobalicón* cuando la miro… Pero para eso está Luffy, que me arrea* un codazo cuando se sienta, llevando no sé cuantas mil jarras de cervezas que después no les durarán ni 1 hora. Me hago a un lado y los demás se sientan. Espero que Robin no se haya fijado en mi cara de idiota al observarla. Una mano se posa violentamente sobre la mesa y me hace reaccionar, es Sanji, y no me mira con muy buena cara. Yo frunzo el ceño confuso y vuelvo a lo mío.

Tíos, tenemos que vernos el fin de semana para acampar en mi pueblo. Hay un solar muy guapo* a unos kilómetros de mi casa en donde la gente acampa y se va a bañar al rio, que está cerquísima.

Franky suena muy entusiasmado con la idea. Lo que no sabía es que no era de por aquí, como la mayoría. Todo el mundo asiente sin pensárselo demasiado, se ve que ya han ido varias veces y quieren volver. Yo le doy un sorbo a mi jarra y no les miro. Luffy me asesta una palmada en la espalda algo severa que me hace toser un poco, y me mira.

Oye, ¿Tú también vendrás, no?

Le miro sin saber que decir, todos esperan mi respuesta y por la mera presión les digo que sí. Aunque no disponga de tienda de campaña ni mierdas de esas de camping. Creo que me he metido en un lio.

Los días siguientes no paso demasiado tiempo en la facultad. Los chicos me han dado su número de teléfono para cuando tengamos que partir el fin de semana, y de paso Nami y Usopp también me los han facilitado para poder pasarme los apuntes de clase. Me sigue pareciendo extraño que se involucren tanto en mi vida. Uf.

Dos tardes antes de ver a la gente, me llega un mensaje de Nami al móvil. Me tumbo en la cama y abro el mensaje sin prisa. Me dice que quiere que vea las últimas noticias sobre avances en química que nos pueden ayudar a ir un paso por delante en las clases y así poder estudiar mejor. No sabía que la gente hacía esas cosas en la facultad. En ese momento me vinieron flashbacks sobre mi infancia y adolescencia en aquellos institutos de mierda. La gente hacia chuletas* y cosas así para sacarse el título, a poca gente le interesaba estudiar de verdad. Supongo que las cosas cambian.

Nami, no puedo abrir el mensaje ¿Qué mierda de formato es este?

Espera! ¿Te lo paso por correo?

No me funciona.

¿Te lo paso por twitter? Sé que tienes… jejeje.

Yo no sé como se entera la gente de estas cosas, pero sí, era verdad, me había hecho un twitter. De normal odio las redes sociales porque no han hecho más que causarme problemas con la mayoría de mis conocidos y muchos malentendidos de los que luego no he podido salir y he acabado fatal, pero Twitter…. En realidad me lo había hecho para espiar a Robin. No en plan acosador, claro, sino para saber más sobre ella sin que parezca un perturbado.

Vale, pásamelo por ahí.

Cual fue mi sorpresa al ver la lista de gente sugerida a la derecha de la pantalla. Me quedé en blanco. Simplemente no pude reaccionar. La foto en pequeñito se parecía mucho a ella… pero no estaba seguro y me daba miedo comprobarlo. Habían pasado muchos años y yo me había vuelto más introvertido y dubitativo. Dejé el teléfono en la mesa y lo miré de lejos. El mensaje de Nami llegó y salió el numerito en el menú, pero yo no podía atender a eso ahora mismo.

Pasé unos minutos en silencio y más mensajes de Nami llegaban a mi móvil, pero me sentía estático y sin ganas de moverme, sin ganas de hablar y sin ganas de vivir después.

Una pequeña sensación de pánico me recorría todo el cuerpo. Me temblaban las manos y mis pulsaciones eran nerviosas. Me abalancé a abrir el perfil de la chica y la piel se me puso de gallina al instante. Era ella. Después de tantos años el destino nos había cruzado de nuevo.

Sin dudarlo ignoré a Nami y corrí como un loco a dejarle un mensaje para que lo leyera lo antes posible. Estaba ansioso de contarle todo lo que me había pasado hasta el momento y que ella me contara sus aventuras. Deseaba más que nada pasarme horas y horas hablando con ella y olvidarme de lo miserable que es este mundo en el que vivimos.

El día de antes de mi excursión con los chicos no dejaba de revisar el teléfono por si recibía algo importante. Allí en el campo no íbamos a tener cobertura para nada y quería aprovechar las últimas horas. Todos tuvimos que reunirnos en casa de Luffy, para luego marchar a casa de Franky, y que este nos llevara en coche hasta la zona de acampada. Hacía un calor de cojones y a medida que nos dirigíamos hacia allí, menos ganas tenía de quedarme un fin de semana entero. Lo bueno de aquello es que por lo menos Luffy y yo teníamos los mismos gustos a la hora de comer, a el le encantaba zampar y las cosas dulces, y a mi me encantaban las cosas dulces por encima de todo y de todos. Cuando me enseñó su cargamento de dulces casi me caigo para atrás del gusto que me dio ver todas aquellas porquerías juntas. Creo que superaban los batidos de la cafetería de la facultad. De momento. El me sonrío al ver mi cara de goloso y yo sonreí tímido, me había pillado, pero guardaríamos el secreto entre los dos. Robin y Sanji nos habían insistido en que a una acampada hay que llevar cosas de comer bien conservadas para que no se lo coman los bichos, y que era recomendable dejar las los dulces y cosas asi en casa. Esas normas sin duda no estaban hechas ni para mi ni para Luffy. Ambos nos miramos confidentes y Luffy guardó el gran bolso para que nadie lo viera. Nos lo pasaríamos genial zampando lo que nos diera la gana a escondidas.

Ya en casa de Franky, todo el mundo preparaba sus equipajes; sacos de dormir, tiendas bien acondicionadas y grandes para un grupo de 5, bebidas, comida de sobra, linternas, mantas, todo lo necesario. Mis ganas iban y venían. Con la única persona con la que me lo pasaba bien de momento era con Luffy, los otros 3 iban de señoritos estirados que no pueden ensuciar sus carísimos trajes. Todo muy raro, sabiendo que vamos de acampada y sigan con esa actitud tan gilipollas.

De camino, el viaje por lo menos fue más ameno. El padre de Franky tenía una vieja ranchera que le había regalado a su hijo por su 20 cumpleaños y es la que nos llevó hasta la zona de acampada. Era larga y muy amplia por dentro, por lo que 5 memos con sus maletas y tiendas de campaña cabíamos perfectamente para ir a donde nos diera la gana. Lo dicho, en el coche por lo menos las actitudes fueron cambiando. Sanji y Franky relajaron su humor y empezaron a contar chistes que yo no había escuchado en mi vida y que me hicieron reír bastante. Luffy con sus bromas y sus aventuras inventadas sobre derrotar a los monstruos de los mares con sus propias manos, y Robin enseñándonos bromas con su teléfono de ultimísima generación. No le tenía envidia ninguna, la verdad. Los chistes de los chicos y los videos de Robin fueron lo mejor del viaje. Hasta el momento no tenía ni idea de lo que eran los vines* y como hay gente tan idiota repartida por el mundo, pero que son capaces de hacerte reír de esa forma.

Cuando faltaban casi 2 horas para llegar, mi móvil vibró. Yo, desatado de la tristeza y el pasotismo que me suele caracterizar, puse los pies en la tierra de nuevo para mirar el móvil. ¿Sería Nami? ¿A estas horas? Sin casi pensar desbloqueé la pantalla y lo vi; un mensaje de mi amiga de la infancia. Por Twitter. Di un bote de la impresión en el asiento del coche y lo abrí, con los nervios a flor de piel.

¿Quién eres?

Me volví a quedar en blanco. Sentía como un puñal de acero me atravesaba el corazón lentamente, arraigando en mi sistema nervioso, quebrando mis sentidos y abatiendo mis costillas para penetrar en mi sangre y en mi cerebro.

Una voraz ola de ira surgió en mí como las cenizas de un Ave Fénix olvidado. Una tristeza muy grande intentó invadir mi ser, pero mi cerebro lo transformó en frustración y ira, una ira que en ese momento no supe comprender, pero ahí estaba. Podía sentir como esa rabia surcaba las venas, de cabeza a pies, endureciendo mis músculos, ardiendo la sangre y poniendo sobre mi cabeza un peso indescriptible, que me hacía curvarme sobre mí mismo, como si se tratara de un consuelo.

Perdí la señal. Faltaba nada para llegar.