GUERRA INTERDEPARTAMENTAL

2. Ron

—Lo he oído.

Ron levantó la mirada y apretó los labios. Cormac McLaggen, de entre toda la gente, estaba apoyado en su escritorio. No es que le odiara, como lo había hecho en sus años de escuela, pero le caía gordo.

Cuanto más lejos, mejor.

—¿El qué has oído, McLaggen? —preguntó con cansancio.

—Que esta mañana alguien se saltó las protecciones del Comité de Hechizos Experimentales y les dejó unos fuegos artificiales para alegrarles la mañana.

—Oh.

—No me tomes por estúpido. Lo sé. Quiero entrar.

Ron lo miró de arriba abajo, con el ceño fruncido. Evaluándolo.

—Ya hemos terminado: ellos nos han jodido, nosotros les hemos jodido. Ya está.

McLaggen se inclinó un poco más hacia él, como intentando usar su presencia física para apabullarle. Ron supuso que aquello le debía servir usualmente. Pero Ron siempre había sido alto.

—No lo van a dejar estar. Y lo sabes. Quiero estar dentro.

Ron bufó. Algo le decía que, si entraba McLaggen, acabaría enterándose la mitad del cuerpo de aurores. Al final acabaría teniéndole que pedir a Hermione el hechizo que usó con el pergamino del ED para que nadie se fuera de la lengua.

A fin de cuentas, la noche anterior habían destruido a sabiendas el archivo de uno de los departamentos del Ministerio.

Eso era un delito: podrían acabar todos en Azkaban.

—Admisiones en Leanne —dijo, sin embargo. Tener una cómplice podía tener sus pros: librarse de tratar con imbéciles como McLaggen. Además, allí donde estaba Leanne, con su rostro plano y amistoso y sus rebequillas, era una mujer dura.

Tan dura como cualquier otro.

—Genial. ¿Y cuál va a ser nuestro siguiente golpe?

—Ninguno.

Ron sintió que el corazón se le paraba. Un poco. Cuando McLaggen se apartó de en medio pudo verlo: a Harry. Con el ceño fruncido y la boca apretada.

—¿Habéis sido vosotros? —preguntó con voz incrédula—. ¿Sabéis lo que habéis hecho? ¿La de… problemas que me vais a causar? Sin contar el presumible valor de esos archivos. ¿En qué demonios estabais pensando?

Ron esperó a que McLaggen se escabullera. A que dijera que no era asunto suyo y que como era sábado y no estaba de guardia lo mejor que podía hacer era marcharse.

Pero, curiosamente, no lo hizo.

—¿Y los nuestros qué, Potter? —contratacó con los brazos cruzados—. Ahí había casos que estaban todavía abiertos. ¡Prácticamente han dejado escapar a los malos!

—No te estoy pidiendo que me des tu opinión. Lo suyo, McLaggen, fue un accidente. Vosotros les volasteis la sala. —Harry hizo una pausa y entrecerró los ojos. Debajo de ellos tenía unas profundas ojeras—. Habéis hecho que me sacaran de la cama que comparto con mi mujer —Ron gruñó— a las dos de la mañana. Quiero una disculpa por escrito, McLaggen. Y firmada.

—Susan… —comenzó de nuevo McLaggen. Él siempre tenía que tener la última palabra. Funcionaba así.

—El lunes por la mañana. En mi despacho.

Harry se dio la vuelta y salió directamente hacia su despacho. Como era el jefe tenía paredes de verdad, no como las del resto de cubículos. Y una secretaria, claro.

—Vale, ¿qué va a ser lo próximo? —McLaggen volvió a girarse hacia él. Tenía la mandíbula apretada y parecía muy furioso.

—Déjalo enfriarse un par de días.


—No me puedo creer que dejaran un hechizo así suelto por el Ministerio —dijo Hermione.

Estaban sentados en su cocina, en unos taburetes. Hermione llevaba unos pantalones cortos y una camisa vieja de Ron. El pelo suelto, echado infructuosamente hacia atrás. Y una taza de té entre los dedos.

—Lo sé.

—Podría haber sido mucho más grave. Mis archivos… —Hermione se detuvo y respiró hondo. Como si la simple idea de pensarlo le diera vértigo—. El trabajo de toda mi vida… Esas cosas hay que probarlas bajo condiciones más estrictas.

—Lo importante es que se controló y nos dieron el contrahechizo.

Hermione asintió y se llevó la taza a los labios.

—Harry me llamó esta mañana —dijo, intentando sonar casual—. Estaba furioso.

—¿Ah, sí?

—Dijo que tú y McLaggen le habíais volado a los del Comité sus archivos.

Ron se apoyó sobre la barra americana y no respondió. Clavó los ojos en las cortinillas de las ventanas. Blanquecinas, cortas y de punto. Bonitas. Ron creía recordar que se las había regalado la abuela de Hermione hacía…

—Ronald Weasley, ¿le volaste los archivos a los del Comité?

—Si lo dices así suena muy mal —protestó Ron pasándose unas mano nerviosas por la nuca. Hermione había sonado… bueno, como sonaba cada vez que se enfadaba. Era una especie de mutación; como si se tratara de una veela.

Todo el mundo sabía que contrariar a una veela enfadada no era muy inteligente.

—¡Ron!

—Tendrías que ver cómo dejaron a Susan Bones. Todo su trabajo… todo nuestro trabajo.

—Tienes casi treinta años —dijo modulando su tono. Como si acabase de recordar que había niños durmiendo escaleras arriba—. ¿Volar unos archivos como venganza? ¡El ministerio tiene herramientas para solucionar las crisis entre departamentos!

Ron bajó la mirada.

—Ron —le llamó Hermione, acariciándole el brazo—. La venganza trae lo peor de la gente. Fíjate, te ha hecho colaborar con Cormac McLaggen.

Lo dijo con una sonrisa brillante. La tormenta había pasado tan rápido que casi no se había dado ni cuenta. Sonrió y dio un paso al frente, atrapándola entre sus brazos y besándola.

—En realidad…


Ron no era de los más madrugadores. Así que el lunes, tras desayunar con su familia, entró en el ministerio, lo que se dice, "elegantemente tarde". Atravesó el Atrio, entró en uno de los ascensores y, tras pulsar el nivel dos, alguien le colocó una mano sobre su hombro.

Por supuesto, como buen auror, no se sobresaltó. Ni siquiera saltó un poco. Y que su mano hubiese acabado en el fondo de su gabardina del uniforme no era para conseguir su varita. ¡Faltaría más!

—¡Ey, Weasley!

Ron giró un poco la cabeza. Lo justo para ver a Grant Page. Era de la edad de su hermano Percy y, Ron sabía, que había sido amigo suyo. También sabía que era un tío bastante insufrible.

Y que, por supuesto, trabajaba en el Comité.

—Eh… Hola.

Page sonrió ampliamente. Tenía el cabello castaño claro y la nariz un poco torcida.

—¿Aún no te has pasado por la Oficina de Aurores? Tengo entendido que tienen un lío espantoso.

Ron entrecerró los ojos.

—¿Qué estás insinuando?

—¿Insinuar? ¿Yo? —Parpadeó inocentemente—. Solo te informo. Llevan toda la mañana haciendo algo. Hay mucho revuelo. Y mucho movimiento… Apenas nos están dejando trabajar, ¿sabes?

La última parte la dijo con tono serio. Como si alguien hubiese dicho que les habían robado la Navidad.

—Lo que sea —dijo entre dientes Ron, volviéndose a girar hacia las puertas del ascensor. En cuanto se detuvo, salió escopetado por el pasillo. A lo lejos, oyó a Page reírse y despedirse.

Si fuera por él se podría ir al demonio.

Algunos de los miembros del Comité de Hechizos Experimentales estaban asomados por la puerta de su despacho. Todos tenían en sus rostros aquellas expresiones de satisfacción que Ron había visto en Page.

Con un mal presentimiento, giró a la derecha y se adentró en su propia oficina.

—¿Qué demonios? —farfulló deteniéndose en el acto.

La escena era ridícula. En el suelo habían dispuesto una caja de la que salía una música estridente. Sus compañeros, sus colegas, estaban bailando en línea recta, cogidos por los hombros o las caderas y perdiendo prendas de ropa su brazo.

Desde luego, ver a la señora Bishopper, a la vieja y arrugada secretaria de Harry, perdiendo el sostén… Bueno. Eso le iba a causar pesadillas durante el resto de su vida.

—¿Qué demonios…? —preguntó dando un paso al frente.


Lo último que recordaba era la risa de Page. Después todo estaba difuso. Como si hubiese bebido de más. Había ruido, pero el ruido se perdía y se mezclaba con las risas. Con la música. Con dar vueltas y vueltas y perder la ropa.

—No puedo creerlo —se quejó Harry cruzándose de brazos.

Ron apenas llevaba encima su gabardina y sus calcetines. Bueno, no tenía claro que fuera su gabardina. Llevaba encima una gabardina que había encontrado en el suelo. Justo después de salir del hechizo.

—Un simple juguete ha hechizado durante horas a toda mi oficina de aurores. ¿Qué se supone que tengo que decirle al Ministro?

Ron hizo un ruidito patético. Más como un quejido que otra cosa. Y no dijo nada más. Harry tenía razón: era patético. Y a él le dolían los pies y las pantorrillas. Y llevaba una gabardina que –cada vez estaba más seguro- no era suya. Y había visto a la señora Bishopper desnuda.

Y a todos sus compañeros de profesión.

—Los del Comité… —se decidió al fin.

—¿Quieres decir que una panda de…? ¿De raritos os ha hecho esto? ¿De verdad quieres que diga eso el Profeta?

Se ruborizó.

Pensaba vengarse. O, sí, claro que pensaba hacerlo.


Continuará.

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