¡Hola, sempais! Me reporto nuevamente para traerles un AkaMido que escribí anoche, en venganza porque mi —maldita— USB eliminó otra vez mis documentos, junto al que estaba preparando para celebrar el cumpleaños de Midorima. Che, odio la tecnología (x'D). En fin, a lo que vengo.

Kuroko no Basuke no es y nunca será de mi propiedad. Le pertenece a Tadatoshi Fujimaki. Yo sólo quiero calmar mi obsesión por el AkaMido (nwn).

Advertencias:

1) Este capítulo tiene mucho OoC, según lo que me parece y espero que me lo disculpen.

2) La historia se produce en mundo alterno... ¿o semi-alterno? (nunca me queda claro cuál es la diferencia, jeje).

Por último, sólo me gustaría agradecer a Annie Thompson, MeiSaki y ZakuryMinashiro por haberme comentado el "capítulo" anterior. Espero que a ustedes y al resto de los lectores les pueda gustar este nuevo one-shot (:D)


((*~* [TIMELESS] *~*))

.ͼͽ.

« No me hago ningún bien, es una pérdida de tiempo. ¿De qué te sirve a ti lo que hay en mi mente? […] Entonces, ¿por qué no sólo puedo decirte que me importa? ».

Avril Lavringe, Things I'll never say.

.ͼͽ.

II

Akashi permanecía con la mirada fija en el exterior, donde el cielo adquiría un color tan incandescente como las brasas de una hoguera. Llevaba un rato así, pensó Midorima: Sólo contemplando la lejanía e ignorando olímpicamente a Naoto Sanada, quien repetía —por enésima vez— las disposiciones correspondientes a la boda.

El matrimonio. Shintarou hizo un esfuerzo titánico para someter toda esa amargura que trepaba por su garganta como si fuera veneno o ácido. De alguna manera logró verse convincentemente neutral, aunque las emociones se arremolinaban en la boca de su estómago; cada una de ellas sumaba un puñetazo que le impedía respirar.

Intentó volver a concentrarse en su tarea de vestir al pelirrojo. No obstante, tenía sus dedos rígidos como los de un muerto y por lo tanto, invirtió mucho en acomodarle el haori. Una vez que lo consiguió, Midorima retrocedió para admirar a Seijuurou de los hombros a los pies, reprimiendo la tentación de hacer contacto visual. Justo ahora, mirarlo a los ojos sería su perdición, ya que no estaba seguro de cómo podría enfrentar la boda después.

La mejor oportunidad que tenía para sobrevivir a ella, era actuar fríamente y terminar pronto, igual que al arrancarse un curita. Estaba dando su mejor esfuerzo en sobrellevarlo, pero conforme las horas transcurrían, el hecho de que Akashi iba a contraer matrimonio fue cobrando realidad. Shintarou notaba el cuerpo frío y en más de una ocasión escaparon de su dominio gemidos y muecas; el dolor era tan apabullante que debió elegir entre controlar las lágrimas o el nudo en la garganta que le impedía hablar.

Vino a su mente la imagen de Akashi esa mañana, cuando fue a despertarlo y éste lo saludó, con la misma franqueza de siempre. Shintarou asintió en respuesta, lanzando una especie de gruñido y rogando porque el taheño no advirtiera la agonía que padecía en esos momentos. Lo avergonzaba su debilidad e infantilismo (nada propio en un adulto de veinticinco años)… ¿En qué clase de mundo desquiciado y alterno, él podría estar con el hijo de Masaomi Akashi, dueño de las empresas más influyentes de Japón?

A veces es imposible cambiar el destino, aunque él hubiera tenido la oportunidad de luchar en contra. Nunca volvería a tomar la mano de Seijuurou, ni aprisionarlo entre sus brazos durante las largas noches de invierno y que se fuera olvidando de acariciar los labios de Akashi con los suyos. Luego de esos ocho años, había llegado el inevitable final de su romance. Midorima tenía la —absurda— sensación de que todo pasó demasiado rápido para que él se armara de valor y se retirara sabiamente, antes de que sus sentimientos se fortalecieran hasta esos niveles.

Le habría gustado prepararse.

« Tonterías. Hace once años o mil después de hoy, jamás estarías listo para perderlo ». Gruñó una molesta vocecita en su cabeza y no pudo más que darle la razón. « Ugh, eres tan patético ». Por extraño que sonara, admitirlo le dio control sobre sí mismo y el caos en que se había convertido su mente.

—Naoto —prorrumpió Akashi unos segundos después, cuando Midorima buscaba el emblema de la familia, el cual tenía que estar sobre el haori. Un largo y pesado silencio procedió hasta que el aludido levantó la mirada, interrumpiéndose de lleno a mitad de una frase—. Me haré cargo de todo. Sé perfectamente cuáles son mis deberes, así que retírate.

El castaño lo miró a través de sus gafas con la usual expresión severa, pero asintió. En unos rápidos movimientos, recogió los papeles y salió de la habitación. Midorima tragó saliva cuando la puerta se cerró quedamente, dejándolos a solas.

—¿Debería irme también? —Preguntó él, lamiéndose los labios con nerviosismo; su voz había parecido un tanto estrangulada, así que aclaró su garganta y esperó.

Treinta segundos después, Seijuurou todavía no contestaba. Midorima acomodó sus gafas, a pesar de que sus pestañas ya tocaban el cristal. Jamás había soportado quedarse sin hacer algo cuando la mirada de Akashi lo escudriñaba, idéntico a un león que divisa su presa.

—Shintarou —empezó repentinamente, tiñendo su voz de algo parecido a la gentileza. Se trataba de un sonido armónico y suave que le provocó un estremecimiento, pues su nombre siempre parecía una caricia en los labios de Akashi. Volvió a clavar su mirada en el suelo, aguardando por lo que fuera a decirle—. Mírame.

Cualquier cosa, excepto eso. Tragó saliva, ignorando la sensación de que tragaba vidrios rotos. Ya no tenía caso rogar por piedad.

A esas alturas, obedecer una orden como esa, resultaba más que sólo doloroso. Quería protestar a gritos y después huir lejos (él, quien nunca en su vida había renunciado), pero era imposible. Si bien le llevó más tiempo del acostumbrado, terminó por cumplir la exigencia. Se le antojó una eternidad antes de que sus ojos dieran con los orbes rojo y dorado de Akashi; éstos parecían implacables como lava, pero se suavizaban al encontrarse con los suyos y le recordaban al delicioso otoño en su plena majestuosidad.

La respiración de Shintarou falló mucho antes de que Akashi terminara con la distancia que los separaba. Midorima se había acostumbrado a los movimientos sigilosos y casi felinos del taheño, aunque en muchas ocasiones, resultaba difícil comprenderlos bien. Este no era el caso, pues Seijuurou deslizó una mano a través de su pecho y jaló la corbata para obligarlo a inclinarse, hasta que las puntas de sus narices tocaban. No era un gesto romántico… Akashi estaba disfrutando del poder que tenía sobre él y seguramente quería reiterar algo que Midorima ya sabía:

—Tú me perteneces —declaró Akashi con firmeza, constatando un hecho—. No importa que esté a punto de casarme. Eres mío.

Hace tiempo que no le hablaba así y las mejillas de Shintarou reaccionaron sin querer, enrojeciendo violentamente. Dejó escapar un respingo que Akashi atrapó con una sonrisa tendida y satisfecha. En otras circunstancias, Midorima tal vez podría quedarse feliz con esa promesa, empero la única sensación que tuvo fue la de un animal retorciéndose en una trampa, aguardando por el disparo de gracia.

Contrajo los dedos hasta que sus uñas pulcramente cortadas le hirieron las palmas. Notaba el sabor a mente impregnado entre su boca y la de Seijuurou, a milímetros de tocarla. Ordenó a su cerebro detener lo que estaba sucediendo, antes de que fuera demasiado tarde; sin embargo, la mano libre de Akashi llegó antes a su rostro. Midorima percibió el tacto frío de la piel del taheño contra la suya y contuvo la respiración mientras las yemas del otro le acariciaban desde su barbilla hasta los pómulos.

Ahí donde la mano de Seijuurou tocaba, comenzaba a sentir un hormigueo que le infundía una terrible —y peligrosa— seguridad de que todo estaría bien… posiblemente era la mentira más grande que podía decirse a sí mismo.

La voz del deseo calló a la razón y Midorima permitió que lo envolviera ese dulce calor. Antes de reparar en ello, los brazos de Akashi se ceñían a su nuca y acababan con la escasa distancia entre ambos.

Se besaron. Exploraron los labios del otro con la timidez de una primera vez. Midorima oyó el susurro que Akashi dejaba escapar entre besos, llamándolo con una necesidad latente que produjo un amor inmenso y aplastante en Shintarou. En respuesta, rodeó su cintura con los brazos y lo pegó más a su cuerpo, de manera que sentía el furioso latir del corazón de Akashi; éste era el único que desmentía su fachada tranquila y su respiración aún rítmica. Hizo lo posible por traspasar unas barreras no físicas, que siempre habían estado ahí, aunque hasta entonces empezaba a tomarlas en serio.

Si no se detenía ahora, chocaría con ellas.

Midorima se separó de Akashi, dejando al pelirrojo un rastro de saliva y un suspiro de frustración porque hubiera interrumpido ese momento. Pero, él necesitaba… debía…

—Yo… —empezó, dubitativo—… Akashi, yo…

—Cierra la puerta —ordenó sin titubear; la única muestra de su agitación eran las mejillas enrojecidas que competían con los mechones de su cabello. Los ojos de Shintarou se abrieron grandes, como si estuvieran a punto de salirse de sus cuencas—. Hazlo.

—La ceremonia —procuraba no llamarla "boda" en voz alta, recién se daba cuenta— empezará pronto-nanodayo. Tienes que salir a recibir a los invitados y procurarlos como un buen anfitrión.

Akashi frunció el ceño. Estaba acostumbrado a que sus órdenes, como algo absoluto, se cumplieran al pie de la letra en un santiamén.

—Me parece adorable que aún quieras actuar tan correcto, Shintarou —musitó, aunque había una amenaza latente en el brillo de su mirada desigual—. Pero ahórranos tiempo. Ambos sabemos que terminarás haciéndolo.

Cuando Seijuurou dijo la última palabra, Midorima se separó. Tenía la nariz arrugada como si acabara de oler algo sumamente desagradable. Ajustó su corbata, haciéndose con una mayor resolución para hablar; le sorprendió oírse neutral aunque una chispa de enojo e indignación había saltado en su corazón.

—Necesitas estar preparado. Te vendrán a buscar en cualquier momento-nanodayo.

El ambiente cambió radicalmente conforme la mirada de Akashi se afilaba.

—¿Intentas desafiarme?

—Puedes llamarlo como quieras, pero no haremos algo así el día de tu…boda-nanodayo. Ni ahora ni nunca más.

La dureza en sus palabras resultó inesperada, aún para Seijuurou. Midorima, no obstante, consideró la posibilidad de que intentaba hacer enojar a Akashi, para que las cosas le resultaran más fáciles. El silencio creció, por lo que Shintarou decidió romperlo lo más pronto posible.

—Voy a dejarte para que organices lo necesario —añadió, dándole la espalda y caminando hasta la puerta. Sin embargo, cuando ya estaba por alcanzar el pomo de la misma, Akashi lo cogió del brazo.

—¿Qué estás haciendo? —Siseó el pelirrojo, obligándole a detenerse.

Él giró para verlo encima del hombro. Aunque Seijuurou era más pequeño, su expresión era capaz de amedrentarlo. Deseó golpearlo, gritar hasta quedarse afónico… cualquier cosa que no significara quedarse en ese lugar, viéndolo en el altar con una mujer, fingiendo una calma que no sentía o incluso sosteniendo una máscara de felicidad cuando en realidad estaba muriéndose por dentro. Eso, por todos los Dioses, no le haría ningún bien.

Si le daba la oportunidad a sus sentimientos, Midorima iba a llevarse la peor parte. Él no era tan fuerte (y admitirlo era incluso doloroso).

En cambio, Akashi actuaba como si fuera lo más natural del mundo: Iba a casarse y dormir con una mujer que le daría un heredero y todavía pretende quedarse con él, usarlo para satisfacer sus deseos carnales y después hablarle como si no fuera más que un amigo e incluso menos, pues realmente sólo tenía permitido ser un mayordomo.

—Te amo —dijo Midorima en un arranque de impulsividad, llevado al extremo por la mueca (casi herida) del taheño. El calor en su rostro aumentó a tal grado que se sintió un poco mareado—. Akashi, te amo demasiado.

Seijuurou aflojó la fuerza de su mano y dibujó una sonrisa de alivio. Ésta duró apenas un segundo, porque enseguida trató de ocultarla con otra más soberbia, como si aquella respuesta estuviera prevista hace mucho tiempo… un movimiento fácil de leer, igual que en sus juegos de shogi.

—Shintarou —murmuró despacio y bajito, con una nota cadenciosa y expectante acrecentada por la forma en que juntó los párpados. Akashi inhaló, disfrutando el perfume del más alto y, durante un segundo, el tiempo se congeló. Midorima sintió que su corazón se rompía en miles de pedazos.

—Es precisamente por eso que no voy a hacerlo —finalizó con voz temblorosa.

Akashi abrió sus ojos violentamente. Tenía el rostro de alguien que ha sido golpeado con una fuerza descomunal. Midorima notó que el iris dorado había desaparecido por completo y apartó su mirada al instante, como si los orbes escarlata quemaran su alma.

—¿Qué? —Al oír esa simple palabra en los labios del otro, tan ajena a su vocabulario e impregnada con esa nota de tristeza, supo que lo había lastimado.

Shintarou buscó sus manos y las apretó ligeramente. La expresión en el rostro de Akashi le dio a entender que habría preferido arrancarle la oportunidad, pero todavía estaba demasiado aturdido y no podía reaccionar según sus deseos o impulsos más cercanos.

—Estás diciendo tonterías —replicó; parecía culparlo de todo el mal en el mundo—. No voy a permitir que me dejes.

—Olvídalo —protestó él—. Es injusto. Siempre lo ha sido-nanodayo. Tú exiges y has tomado todo de mí. Me dejas atrás y esperas que me conforme. —Apretó los dientes, sacudiendo la cabeza de un lado a otro—. Pero ya no me queda nada para ofrecer. Ni siquiera estoy seguro de querer.

Akashi parpadeó y luego frunció el ceño, encabronado. Se zafó de su agarre con violencia y lo miró, iracundo.

—Nadie te ha pedido que lo hagas —bufó—. Y si tenías algún problema, Shintarou, podríamos haber encontrado una solución.

—¿Y para qué? —Replicó, herido—. ¿Eso cambiaría algo? Si antes hubiera enfrentado mis sentimientos, las consecuencias permanecerían y mi decisión, probablemente, sería la misma-nanodayo.

Seijuurou tomó una larga bocanada de aire y la dejó escapar. Midorima pensó que diría algo, pero Akashi sólo dio media vuelta y se dirigió al espejo para continuar arreglando sus ropas. A través del reflejo, pudo ver que había recuperado la expresión dura y pétrea que tanto lo caracterizaba. Shintarou sintió que el estómago se le contraía, haciéndole creer que terminaría por desplomarse.

—Debo irme —murmuró Shintarou débilmente, tragando saliva.

—Quédate conmigo —interrumpió Akashi con voz firme, pero se había drenado toda autoridad de sus labios. Hizo una pausa y se giró en dirección al peliverde—. Porque cuando te vayas, yo no podré volver a ser el Seijuurou que amas…el que amaste. —Al decir esto, cubrió su ojo izquierdo—. Shintarou, sólo por un momento, quiero decirte…

Midorima esperó. Akashi no hizo más que alargar el silencio. De pronto, el taheño acortó la distancia entre ellos, tomó al más alto por los hombros y lo guio hasta sus labios en un movimiento —casi— desesperado. Seijuurou enredó los dedos entre los cabellos verdes y aferrarlo por los hombros como si con él se escapara su vida.

Shintarou gimió y enrojeció hasta la punta de las orejas, incluso su cuello se sentía caliente. No intentó alejarse, disfrutando de la gentileza con que Akashi profundizó el beso, una vez desaparecida la especie de angustia. Midorima se entregó al contacto de sus bocas y cuerpos, al sabor de menta y los sonidos que brotaron desde la garganta del pelirrojo.

Akashi fue quien lo empujó para alejarse, rompiendo la burbuja. Lo miró y asintió diplomáticamente, aunque sus ojos mostraban una profunda tristeza que remordió el alma de Midorima.

—Vete. —Ordenó Seijuurou y él asintió.

—Con permiso, Akashi —dijo mientras se volvía hacia la puerta y se disponía a salir de la habitación. Al mirar en su interior, sólo pudo ver a Seijuurou parado, dedicándole una sonrisa lastimera que daba la impresión de disculparse por todo. Midorima abrió la boca, pero Akashi le adivinó el pensamiento.

—Adiós, Shintarou.

Y su ojo izquierdo se volvió dorado una vez más.

FIN


Aparentemente, me contagié del final triste en AkaMido (x'D). Juro que es culpa de mis manos y probablemente del dolor de cabeza que no me dejó pensar en otra cosa (espero no se me haga un hábito).

Y bueno, sólo me queda agradecer si llegaron hasta el final y aún más si me honran con un review (:D)

¡Hasta pronto!