La historia es mía, cualquier semejanza con otra es pura coincidencia. Los personajes pertenecen a Meyer, sólo me adjudico algunos.

Disfruten.

ACLARACIÓN: En el capítulo anterior tuve un error de tipeo. Para que quede claro, Bella tiene veintitrés años de edad.


Sentía como su respiración chocaba contra mis labios y no sabía qué hacer. Pero alguien jodió el momento. Rita, la enfermera abrió la puerta y él se alejó.

—Doctor, lo buscan. — le dijo ella.

—¿Quien? — el me miró y luego volteó.

—La doctora de al lado.

—Enseguida regreso. — me dijo Edward, yéndose.

¿Qué había sido eso? Un primer beso interrumpido. Y sentía cosas en mi interior. Pero no era capaz de expresarlas o siquiera capaz de explicarlas.

—Rita, quiero ducharme. — le dije a la enfermera que estaba acomodando unos conductos del aparato.

—De eso tiene que encargarse tu doctor. En este caso, Edward.

—¿A qué te refieres con "encargarse"? — le pregunté sin entender.

—Él debe quitarte las agujas y esas cosas para que puedas ir al baño.

—Pero tiene que ser ahora. Me estoy orinando. Por favor, me siento muy sucia.

—Él no vendrá pronto. Así que lo haré yo y será nuestro secreto. — me guiñó el ojo.

Tardó diez minutos en desconectarme. Y me sentí libre por unos minutos. Desconectada de esa mierda me sentía mejor. Pero la realidad era que... ese aparato, me hacía bien. Qué ilógico. Me hacía mejor y yo no lo sentía así.

Me metí en la bañadera y dejé que el agua caliente me despavilase por completo. Era relajante. Me coloqué shampoo en mi cabello y lo masajee. Estirando mi cuero cabelludo una y otra vez. Me enjaboné mi parte baja, mis axilas, mis pies, mis manos y mi barriga. El agua misma desparramó la espuma. Se sentía tan bien.

—¿Todo en orden allí? — la voz de mi madre me preguntó al otro lado de la puerta.

—Ya salgo. — le contesté cerrando la regadera.

Me sequé y me vestí en el mismo baño. Un pijama amarillo patito que Rosalie me había regalado.

Salí del cuarto de baño y mi madre me ayudó a acostarme.

—¿Como te sientes? — me preguntó tapándome con las sábanas.

—Bañarme me relajó, definitivamente. — le contesté.

—Hablé con tu hermana. — me contó.

—¿Qué dijo?

—Ella va a regresar en unas semanas. Dijo que te extraña y que tiene que darnos una noticia. Me dejó súper intrigada.

—Ahora me dejas intrigada a mí. — reí colocándome unas hebillas en mi cabello.

—¿Quieres que te ayude? — me preguntó tomando una hebilla.

—No, mamá. Yo puedo. — le contesté de mala manera y me miró. — Lo siento. — me disculpé.

—Está bien. ¿Quieres almorzar algo?

—No, gracias. Sólo comeré una manzana.

—¿Verde? — me preguntó levantándose.

—Sí, por favor.

Edward no venía y yo me había arreglado el cabello para que él me viese linda. Y tardaba.

—¿Como fue ese baño? — me preguntó Rita, acercándose al aparato.

—Muy lindo. — reí.

—Sentirás un leve dolor en tu pecho. — me dijo colocándome suero.

—Okey. — le contesté cerrando mis ojos. Y mi pecho palpitó, cerrándose. —Se cerrará tu pecho y no podrás respirar por unos segundos. Aguanta. — me indicó y asentí.

—Ya... pasó. — le dije estirando mis piernas.

—Tú sí que sabes manejarlo. — me palmeó sentándose en la silla de al lado.

—Rita, cuéntame de ti. ¿Tienes novio? ¿Hijos? — le pregunté poniéndome comoda.

—Estoy casada hace cinco años.

—Qué lindo. — le sonreí.

—Bella, ¿puedo preguntarte algo?

—Ya lo estás haciendo pero si.

—¿Porqué motivo te diagnosticaron cáncer?

—En mi adolescencia fumaba mucho. Llegué a fumar paquete y medio de cigarros por día. Y no sólo eso. Porro y otras cosas. Mi madre un día me llevó al médico porque mi pecho se cerraba y le dijeron que tenía cáncer en mis pulmones.

—Qué feo habrá sido para tu madre. — me dijo asombrada.

—Ella nunca me regañó ni nada. Siempre me apoyó y eso me dio fuerzas.

—¿Qué edad tenías cuando te encontraron la enfermedad?

—Tenía dieciséis.

—¿Te arrepientes de haber fumado tanto?

—Sí. Me arrepiento de haber fumado como chimenea. Me arruiné la vida y ya no hay vuelta atrás. Pero yo tengo una teoría. — le dije aclarando mi garganta. — Todos nosotros tenemos cáncer. Cada persona en el mundo tiene cáncer. Sólo que a algunas personas se les despierta y a otras no.

—Tiene lógica. Aunque me asusta un poco. — me contestó.

—Es morboso pero es mi teoría. — reí.

—¿Te enamoraste alguna vez?

—Cuando tenia quince... sí. Un niño de la escuela me había flechado completamente. Pero nunca concretamos nada.

—Cuando terminaste la escuela, ¿no pensaste en estudiar algo en una universidad?

—No terminé la escuela. Me daba vergüenza ir al instituto y que todos hablasen por lo bajo. Me miraban mal y eso me dolía. Las personas son muy hirientes. No piensan en lo que dicen y no saben cuánto duelen las palabras que le dicen a uno. Para ellos resulta gracioso herirte y lastimarte. Pero para ti, es un golpe que deja una cicatriz y una grieta en tu interior que no será fácil de cerrar. Y con las cosas que me decían, se me fueron las ganas de seguir estudiando.

—No imagino qué tan difícil fue para ti. Lo siento. — acarició mi mano.

—No es nada. — las ganas de llorar estaban saliendo.

—No estés mal. Ahora tengo que irme pero más tarde seguiremos hablando. — me sonrió.

—Claro. — le contesté secando mis lágrimas.

Rita parecía una buena mujer. Me gustaba hablar con ella porque sentía que tenía una amiga. Cosa que nunca tuve. Porque desgraciadamente en mi adolescencia estuve sola. Nadie con quién hablar y nadie a quién contarle mis cosas.

Era duro porque los muchachos me rechazaban y al verme con poco cabello me miraban con cierto... asco. Era terrible. Pero Reneé me alentaba todos los días.

Mi pecho se estaba cerrando y me asusté. No podía respirar y no sabía porqué me pasaba. Mis ojos se me iban hacia detrás y no podía controlarlo.

—¡Mamá! — grité con el poco aliento que me quedaba.

Rita entró corriendo y alzó mi cabeza.

—Respira, Bella. — me colocó una máscara de oxígeno.

Mis ojos se normalizaron pero mi respiración era irregular. Mi tórax me dolía demasiado. No dejaba de toser.

—Tranquila. — Rita me fregó mi espalda.

Esputé sangre y en mi respiración se oyó un silbido. Sentía mucha vergüenza porque había ensuciado las sábanas blancas con mi jodida sangre.

—¿Qué pasó? — Reneé entró a la habitación y se puso nerviosa al verme en ese estado. La manzana verde voló por los aires.

—Señora, todo está bien. — Rita la tranquilizó.

—Mamá, estoy bien. — le dije secando la sangre con las sábanas.

Mi madre salió de la habitación y me dejó con Rita.

—Bella, te estás desmejorando. — ella me colocó la máscara de oxifeno otra vez.

—¿Voy a morir?

—No hablo de eso. Digo que estás empeorando y que no sé porqué.

—Rita, gracias por cuidarme. — tomé su mano y entre cerré mis ojos.

Cinco horas después...

Mi rostro ardía, podía sentirlo. Y bastó mirarme al espejo de la mesa de noche para ver mi rostro tan... feo e hinchado.

—¿Qué... me pasó? — me pregunté tocando mi cara.

Tenía mis mejillas brotadas e infladas. El ataque a mi pecho había tenido efectos secundarios y ese era uno. Me veía más fea de lo normal y sentía muchas ganas de llorar. Me cubrí todo el cuerpo con sábanas limpias. Seguramente Rita las había cambiado mientras dormía.

—Rita. — la llamé y alguien abrió la puerta.

—Hola, Bella. — era Edward. De la vergüenza que sentí me cubrí el rostro.

—Vete. — le dije.

—¿Qué pasa? — se sentó en la cama.

—Nada. Sólo quiero darme una ducha.

—Bella. Ya vi tu rostro.

—No quiero hablar de eso. Soy un asco.

—No lo eres. — me destapó y me miró a los ojos. — Fue una mala jugada en tu organismo. Nada más.

—Me veo fatal, Edward. Siento asco por mí misma.

—¿Porque no te das una ducha? Después tengo que hacerte un análisis de sangre.

—Está bien. Desconectame.

Él desconectó todos los conductos y me acompañó hasta el baño. Cuando iba a desvestirme salió y me dio privacidad.

Antes de meterme a la bañadera, revisé los bolsillos de la ropa sucia. Las bermudas que había usado un día antes. Y encontré ahí un paquete de cigarros y un encendedor.

Necesitaba fumar un cigarrillo. Sentía la necesidad de hacerlo.

Me metí y dejé que la espuma cubriese todo mi cuerpo. Le di una pitada al cigarrillo de marihuana. Y el placer que sentí al inhalar ese humo era... inexplicable. Mi garganta necesitaba sentir eso.

Edward abrió la puerta del baño y quedó sorprendido al verme.

—¿Qué estás haciendo? — se acercó y me quitó el cigarrillo.

—Estoy bañandome. — le contesté enojada. — Vete de aquí.

—Por culpa de esto, estás así. — rompió el cigarro y se fue.

Era una idiota. Él seguramente estaba furioso conmigo y yo era una imbécil. No estaba pensado lo que hacía.

Me vestí con una camiseta vieja y un short de tela suave. Temía salir del baño. Pero tenía que enfrentarlo.

Él estaba sentado y me fulminó con la mirada.

—Edward. — quise decirle.

—Acuestate. — me dijo y le hice caso.

Me conectó al aparato otra vez y me miraba mal. Era mi culpa.

—Lo siento. — le dije cubriendo mis piernas con las sábanas.

—¿Porqué sigues fumando? — arqueó sus cejas.

—Te pedí disculpas. — le contesté.

—¿Quieres empeorar? ¿Quieres seguir sufriendo?

—Edward, deja de regañarme. — le dije de mal humor.

—Tengo que hacerlo. Eres... tonta al hacer esa estupidez.

—¿A ti qué te importa? No eres nada mío. No tienes que preocuparte.

—Bella...

—Dime, ¿porque te preocupas tanto?

—Porque me importas. ¿No es motivo suficiente? — me tomó por los hombros.

¿Yo le importaba? ¿Él había dicho eso? Sí. Él lo había dicho y no podía creerlo. Un hombre me había dicho que era importante. No sabía cómo reaccionar porque jamás me habían dicho algo tan lindo.


¿Qué opinan de este primer capítulo? ¿Qué creen que va a suceder entre ellos?

Espero que les haya gustado.

Como siempre, su opinión es importante para mí.

Gracias, Anbel. :)